San Vicente Ferrer


Biograf�a

San Vicente Ferrer
Fiesta: 5 de abril
Patr�n: de fabricantes de ladrillos, trabajadores en la construcci�n, trabajadores de pavimentos, fontaneros, fabricantes de tejas, Valencia, Vannes.

Naci� en el a�o 1350, en Valencia, Espa�a. Sus padres le inculcaron desde muy peque�ito una fervorosa devoci�n hacia Jesucristo y a la Virgen Mar�a, y un gran amor por los pobres. Le encargaron de repartir las cuantiosas limosnas que la familia acostumbraba a dar.

As� lo fueron haciendo amar el dar ayudas a los necesitados. Le ense�aron a hacer una mortificaci�n cada viernes en recuerdo de la Pasi�n de Cristo, y cada s�bado en honor de la Virgen Sant�sima. Estas costumbres las ejercit� durante toda su vida. Se hizo religioso en la Comunidad de Padres Dominicos y, por su gran inteligencia, a los 21 a�os ya era profesor de filosof�a en la universidad.

Durante su juventud el demonio lo asalt� con violentas tentaciones y, adem�s, como era extraordinariamente bien parecido, varias mujeres de dudosa conducta se enamoraron de �l, y como no les hizo caso a sus pretensiones, le inventaron terribles calumnias contra su buena fama. Todo �sto lo fue haciendo fuerte para soportar las pruebas que le iban a llegar despu�s.

Siendo un simple di�cono lo mandaron a predicar a Barcelona. La ciudad estaba pasando por un per�odo de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces Vicente en un serm�n anunci� una tarde que esa misma noche llegar�an los barcos con los alimentos tan deseados.

Al volver a su convento, el superior lo rega�� por dedicarse a hacer profec�as de cosas que �l no pod�a estar seguro de que iban a suceder. Pero esa noche llegaron los barcos, y al d�a siguiente el pueblo se dirigi� hacia el convento a aclamar a Vicente, el predicador. Los superiores tuvieron que trasladarlo a otra ciudad para evitar des�rdenes.

Vicente estaba muy angustiado porque la Iglesia Cat�lica estaba dividida entre dos Papas y hab�a much�sima desuni�n. De tanto af�n se enferm� y estuvo a punto de morir. Pero una noche se le apareci� Nuestro Se�or Jesucristo, acompa�ado de San Francisco y Santo Domingo de Guzm�n, y le dio la orden de dedicarse a predicar por ciudades, pueblos, campos y pa�ses. Y Vicente recuper� inmediatamente la salud.

En adelante, y por 30 a�os, Vicente recorre el norte de Espa�a, y el sur de Francia, el norte de Italia, y el pa�s de Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales. Los primeros convertidos fueron jud�os y moros. Dicen que convirti� m�s de 10000 jud�os y otros tantos musulmanes o moros en Espa�a. Y �sto es admirable, porque no hay gente m�s dif�cil de convertirse al catolicismo que un jud�o o un musulm�n.

Las multitudes se api�aban para escucharle, donde quiera que �l llegara. Ten�a que predicar en campos abiertos porque la gente no cab�a en los templos. Su voz sonora, poderosa y llena de agradables matices y modulaciones y, su pronunciaci�n sumamente cuidadosa, permit�an o�rle y entenderle a m�s de una cuadra de distancia.

Sus sermones duraban casi siempre m�s de dos horas (un serm�n suyo de las Siete Palabras en un Viernes Santo dur� seis horas), pero los oyentes no se cansaban ni se aburr�an porque sab�a hablar con tal emoci�n y de temas tan propios para esas gentes, y con frases tan propias de la Santa Biblia, que a cada uno le parec�a que el serm�n hab�a sido compuesto para �l mismo en persona.

Antes de predicar permanec�a cinco o m�s horas rezando para pedir a Dios la eficacia de la palabra, y conseguir que sus oyentes se transformaran al o�rle. Dorm�a en el suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad a otra (los �ltimos a�os se enferm� de una pierna y se trasladaba cabalgando en un burrito).

En aquel tiempo hab�a predicadores que lo �nico que buscaban era agradar a los o�dos, y compon�an sermones rimbombantes que no convert�an a nadie. En cambio a San Vicente lo que le interesaba no era lucirse sino convertir a los pecadores. Y su predicaci�n conmov�a hasta a los m�s fr�os e indiferentes. Su poderosa voz llegaba hasta lo m�s profundo del alma.

En pleno serm�n se o�an gritos de pecadores pidiendo perd�n a Dios, y a cada rato ca�an personas desmayadas de tanta emoci�n. Gente que siempre hab�an odiado, hac�an las paces y se abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios ped�an confesores. El Santo ten�a que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta 15000 personas se reun�an en los campos abiertos para o�rlo.

Despu�s de sus predicaciones lo segu�an dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Sant�sima Virgen. Estos dos grupos lo acompa�aban hasta el pr�ximo pueblo a donde el Santo iba a predicar, y all� lo ayudaban a organizar aquella misi�n y con su buen ejemplo conmov�an a los dem�s.

Como la gente se lanzaba hacia �l para tocarlo y quitarle pedacitos de su h�bito para llevarlos como reliquias, ten�a que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerr�ndolo y protegi�ndolo entre maderos y tablas. El Santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma.

La gente se quedaba admirada al ver que despu�s de sus predicaciones se disminu�an enormemente las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad y gusto de aparecer. Y hay un dato curioso: siendo tan fuerte su modo de predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las muchedumbres lo escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que obten�an al o�rle sus sermones.

Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, que son la causa de tantos males. Invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesi�n y de la comuni�n. Hablaba de la sublimidad de la Santa Misa. Insist�a en la grave obligaci�n de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas.

Insist�a en la gravedad del pecado, en la proximidad de la muerte, en la severidad del Juicio de Dios, y del cielo y del infierno que nos esperan. Y lo hac�a con tanta emoci�n que frecuentemente ten�a que suspender por varios minutos su serm�n, porque el griter�o del pueblo pidiendo perd�n a Dios era inmenso.

Pero el tema en que m�s insist�a este Santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo pecador. La gente lo llamaba "El �ngel del Apocalipsis", porque continuamente recordaba a la gente lo que el libro del Apocalipsis ense�a acerca del Juicio Final que nos espera a todos. El repet�a sin cansarse aquel aviso de Jes�s: "He aqu� que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le dar� a cada uno seg�n hayan sido sus obras" (Apocalipsis 22:12).

Hasta los m�s soberbios y alejados de la religi�n se conmov�an al o�rle anunciar el Juicio Final, donde: "Los que han hecho el bien, ir�n a la gloria eterna y los que se decidieron a hacer el mal, ir�n a la eterna condenaci�n" (San Juan 5:29). Los milagros acompa�aron a San Vicente en toda su predicaci�n. Y uno de ellos era el hacerse entender en otros idiomas, siendo que �l solamente hablaba el espa�ol y el lat�n.

Y suced�a frecuentemente que la gente de otros pa�ses le entend�an perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Era como la repetici�n del milagro que sucedi� en Jerusal�n el d�a de Pentecost�s, cuando al llegar el Esp�ritu Santo en forma de lenguas de fuego, la gente de 18 pa�ses escuchaban a los ap�stoles cada uno en su propio idioma, siendo que ellos solamente les hablaban en el idioma de Israel.

San Vicente se mantuvo humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompa�aba, y de las muchas alabanzas que le daban en todas partes. Dec�a que su vida no hab�a sido sino una cadena interminable de pecados. Repet�a: "Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en m� tiene la fetidez de mis culpas".

Los �ltimos a�os, ya lleno de enfermedades, lo ten�an que ayudar a subir al sitio donde iba a predicar. Pero apenas empezaba la predicaci�n se transformaba, se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoci�n de sus primeros a�os. Era como un milagro. Durante el serm�n no parec�a viejo ni enfermo, sino lleno de juventud y de entusiasmo. Y su entusiasmo era muy contagioso.

Muri� en plena actividad misionera, en la ciudad de Vannes, Francia, un Mi�rcoles de Ceniza, el 5 de abril del a�o 1419. Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que el Papa Calixto III lo declar� Santo a los 36 a�os de haber muerto, el 29 de junio de 1455, a quien San Vicente le hab�a profetizado: "Ser�s Papa y me canonizar�s".

An�cdota.
El Santo regalaba a las se�oras que peleaban mucho con su marido, un frasquito con agua bendita, y les recomendaba: "Cuando su esposo empiece a insultarle, �chese un poco de esta agua a la boca y no la trague mientras el otro no deje de ofenderla". Y esta famosa "agua de Fray Vicente" produc�a efectos maravillosos porque como la mujer no le pod�a contestar al marido, no hab�a peleas.


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