
Santa Teresa de �vila
Fundadora de las Carmelitas Descalzas.
Santa Teresa es, sin duda, una de las mujeres m�s grandes y admirables de la historia. Es una de las tres Doctoras de la Iglesia. Las otras dos son Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Ni�o Jes�s (de Liseiux).
Sus padres eran Alonso S�nchez de Cepeda y Beatriz D�vila y Ahumada. La Santa habla de ellos con gran cari�o. Alonso S�nchez tuvo tres hijos de su primer matrimonio, y Beatriz de Ahumada le dio otros nueve. Al referirse a sus hermanos y medios hermanos, Santa Teresa escribe: "por la gracia de Dios, todos se asemejan en la virtud a mis padres, excepto yo".
Teresa naci� en la ciudad castellana de �vila, el 28 de marzo de 1515. A los siete a�os ten�a ya gran predilecci�n por la lectura de las vidas de Santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma edad, de suerte que acostumbraban a jugar juntos. Los dos ni�os estaban muy impresionados por el pensamiento de la eternidad, admiraban las victorias de los Santos al conquistar la gloria eterna y repet�an incansablemente: "Gozar�n de Dios para siempre, para siempre, para siempre".
Busca el martirio.
En vista del fracaso de sus proyectos, Teresa y Rodrigo decidieron vivir como ermita�os en su propia casa, y empezaron a construir una celda en el jard�n, aunque nunca llegaron a terminarla. Teresa amaba desde entonces la soledad. En su habitaci�n ten�a un cuadro que representaba al Salvador que hablaba con la Sanmaritana y sol�a repetir frente a esa imagen: "Se�or, dame de beber para que no vuelva a tener sed".
Toma a la Virgen como Madre.
El peligro de la mala lectura y las modas.
Enfermedad y conversi�n.
La Santa, temiendo flaquear en su prop�sito, fue a ocultas a visitar a su amiga �ntima, Juana Su�rez, que era religiosa en el Convento Carmelita de la Encarnaci�n, en �vila, con la intenci�n de no volver, si Juana la dejaba quedarse, a pesar de la pena que le causaba contrariar la voluntad de su padre. "Recuerdo... que, al abandonar mi casa, pensaba que la tortura de la agon�a y de la muerte no pod�a ser peor a la que experimentaba yo en aquel momento. El amor de Dios no era suficiente para ahogar en m� el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos".
La Santa determin� quedarse en el Convento de la Encarnaci�n. Ten�a entonces veinte a�os. Su padre, al verla tan resuelta, ces� de oponerse a su vocaci�n. Un a�o m�s tarde, Teresa hizo la profesi�n. Poco despu�s, se agrav� un mal que hab�a comenzado a molestarla desde antes de profesar, y su padre la sac� del Convento. La hermana Juana Su�rez fue a hacer compa��a a Teresa, quien se puso en manos de los m�dicos. Desgraciadamente, el tratamiento no hizo sino empeorar la enfermedad, probablemente una fiebre pal�dica. Los m�dicos terminaron por darse por vencidos, y el estado de la enferma se agrav�.
Teresa consigui� soportar aquella tribulaci�n gracias a que su t�o Pedro, que era muy piadoso, le hab�a regalado un librito del Padre Francisco de Osuna, titulado: "El tercer alfabeto espiritual". Teresa sigui� las instrucciones de la obrita y empez� a practicar la oraci�n mental, aunque no hizo en ella muchos progresos por falta de un director espiritual experimentado. Finalmente, al cabo de tres a�os, Teresa recobr� la salud.
Disipaciones, lucha con la oraci�n y justificaciones.
Adem�s, la Santa se dec�a para tranquilizarse, que no hab�a ning�n peligro de pecado en hacer lo mismo que tantas otras religiosas mejores que ella, y justificaba su descuido de la oraci�n mental, dici�ndose que sus enfermedades le imped�an meditar. Sin embargo, a�ade la Santa, "el pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre son m�s importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades puede hacerse la mejor oraci�n, y es un error pensar que s�lo se puede orar en la soledad".
Poco despu�s de la muerte de su padre, el confesor de Teresa le hizo ver el peligro en que se hallaba su alma y le aconsej� que volviese a la pr�ctica de la oraci�n. La Santa no la abandon� jam�s desde entonces. Pero, no se decid�a a�n a entregarse totalmente a Dios ni a renunciar del todo a las horas que pasaba en el recibidor y al intercambio de regalos. Es curioso notar que en todos esos a�os de indecisi�n en el servicio de Dios, Santa Teresa no se cansaba jam�s de o�r sermones, "por malos que fuesen", dec�a; pero el tiempo que empleaba en la oraci�n "se le iba en desear que los minutos pasasen pronto y que la campana anunciase el fin de la meditaci�n, en vez de reflexionar en las cosas santas".
La penitencia y la cruz.
A la Santa le atra�an m�s los Cristos ensangrentados y manifestando profunda agon�a. En una ocasi�n, al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le pregunt�: "Se�or, �qui�n te puso as�?", y le pareci� que una voz le dec�a: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron as�, Teresa". Ella se ech� a llorar y qued� terriblemente impresionada. Pero desde ese d�a ya no vuelve a perder tiempo en charlas in�tiles y en amistades que no llevan a la santidad.
Visiones y comunicaciones.
Ello la inquiet�, porque hab�a o�do hablar con frecuencia de ciertas mujeres a las que el demonio hab�a enga�ado miserablemente con visiones imaginarias. Aunque estaba persuadida de que sus visiones proced�an de Dios, su perplejidad la llev� a consultar el asunto con varias personas; desgraciadamente no todas esas personas guardaron el secreto al que estaban obligadas, y la noticia de las visiones de Teresa empez� a divulgarse para gran confusi�n suya.
Una de las personas a las que consult� Teresa fue Francisco de Salcedo, un hombre casado que era un modelo de virtud. �ste la present� al Padre Daza, doctor tenido por muy virtuoso, quien dictamin� que Teresa era v�ctima de los enga�os del demonio, ya que era imposible que Dios concediese favores tan extraordinarios a una religiosa tan imperfecta como ella pretend�a ser. Teresa qued� alarmada e insatisfecha.
Francisco de Salcedo, a quien la propia Santa afirma que deb�a su salvaci�n, la anim� en sus momentos de desaliento y le aconsej� que acudiese a uno de los padres de la reci�n fundada Compa��a de Jes�s. La Santa hizo una confesi�n general con un jesuita, a quien expuso su manera de orar y los favores que hab�a recibido. El jesuita le asegur� que se trataba de gracia de Dios, pero la exhort� a no descuidar el verdadero fundamento de la vida interior. Aunque el confesor de Teresa estaba convencido de que sus visiones proced�an de Dios, le orden� que tratase de resistir durante dos meses a esas gracias. La resistencia de la Santa fue en vano.
Otro jesuita, el Padre Baltasar �lvarez, le aconsej� que pidiese a Dios ayuda para hacer siempre lo que fuese m�s agradable a sus ojos, y que con ese fin recitase diariamente el "Veni Creator Spiritus". As� lo hizo Teresa. Un d�a, precisamente cuando repet�a el himno, fue arrebatada en �xtasis y oy� en el interior de su alma estas palabras: "No quiero que converses con los hombres sino con los �ngeles".
Ella dir� despu�s: "El Esp�ritu Santo como fuerte hurac�n hace adelantar m�s en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros hab�amos conseguido en meses y a�os remando con nuestras solas fuerzas". La Santa, que tuvo en su vida posterior repetidas experiencias de palabras divinas, afirma que son m�s claras y distintas que las humanas; dice tambi�n que las primeras son operativas, ya que producen en el alma una tendencia a la virtud y la dejan llena de gozo y de paz, convencida de la verdad de lo que ha escuchado.
Persecuciones.
El Padre �lvarez era un hombre bueno y timorato, que no tuvo el valor suficiente para salir en defensa de su dirigida, aunque sigui� confes�ndola. Lamentablemente, los mediocres siempre son la mayor�a. �stos se molestan ante la aut�ntica santidad porque no saben como lidiar con las intervenciones sobrenaturales por m�s claras que sean. Prefieren descartarlas o ignorarlas, asumiendo que son producto de la exageraci�n o el desequilibrio. Para justificar su posici�n apelan a las verdaderas exageraciones y desequilibrios, y agrupan lo aut�ntico con lo falso. En otras palabras, carecen de discernimiento espiritual.
En el a�o 1557, San Pedro de Alc�ntara pas� por �vila y, naturalmente, fue a visitar a la famosa carmelita. El Santo declar� que le parec�a evidente que el Esp�ritu de Dios guiaba a Teresa, pero predijo que las persecuciones y sufrimientos seguir�an lloviendo sobre ella. Las pruebas que Dios le enviaba purificaron el alma de la Santa, y los favores extraordinarios le ense�aron a ser humilde y fuerte, la despegaron de las cosas del mundo y la encendieron en el deseo de poseer a Dios.
�xtasis.
En esos �xtasis se manifestaban la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura de su servicio en forma sensible, y el alma de Teresa lo comprend�a con claridad, aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, dej� de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Las experiencias m�sticas de la Santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales, el matrimonio m�stico y la transverberaci�n.
Santa Teresa nos dej� el siguiente relato sobre el fen�meno de la transverberaci�n:
El anhelo de Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba templado por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este prop�sito escribi�: "La �nica raz�n que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo �nico que pido para m�".
Escritora M�stica.
La Santa explica con una claridad casi incre�ble las experiencias m�s inefables. Y debe hacerse notar que Teresa era una mujer relativamente inculta, que escribi� sus experiencias en la com�n lengua castellana de los habitantes de �vila, que ella hab�a aprendido "en el regazo de su madre"; una mujer que escribi� sin valerse de otros libros, sin haber estudiado previamente las obras m�sticas y sin tener ganas de escribir, porque ello le imped�a dedicarse a hilar; una mujer, que someti� sin reservas sus escritos al juicio de su confesor, y sobretodo, al juicio de la Iglesia. La Santa empez� a escribir su autobiograf�a por mandato de su confesor. "La obediencia se prueba de diferentes maneras".
Por otra parte, el mejor comentario de las obras de la Santa es la paciencia con que sobrellev� las enfermedades, las acusaciones y los desenga�os; la confianza absoluta con que acud�a en todas las tormentas y dificultades al Redentor crucificado, y el invencible valor que demostr� en todas las penas y persecuciones. Los escritos de Santa Teresa subrayan sobre todo el esp�ritu de oraci�n, la manera de practicarlo y los frutos que produce. Como la Santa escribi� precisamente en la �poca en que estaba consagrada a la dif�cil tarea de fundar Conventos de carmelitas reformadas, sus obras, prescindiendo de su naturaleza y contenido, dan testimonio de su vigor, industriosidad y capacidad de recogimiento.
Santa Teresa escribi� el "Camino de Perfecci�n" para dirigir a sus religiosas, y el libro de las "Fundaciones" para edificarlas y alentarlas. En cuanto al "Castillo Interior", puede considerarse que lo escribi� para instrucci�n de todos los cristianos, y en esa obra se muestra a la Santa como verdadera doctora de la vida espiritual.
Fundadora.
Santa Teresa comenta m�s tarde: "La experiencia me ha ense�ado lo que es una casa llena de mujeres. �Dios nos guarde de ese mal". Ya que tal estado de cosas se aceptaba como normal, las religiosas no ca�an generalmente en la cuenta de que su modo de vida se apartaba mucho del esp�ritu de sus fundadores. As�, cuando una sobrina de Santa Teresa, que era tambi�n religiosa en el Convento de la Encarnaci�n de �vila, le sugiri� la idea de fundar una comunidad reducida, la Santa la consider� como una especie de revelaci�n del cielo, no como una idea ordinaria. Teresa, que llevaba ya veinticinco a�os en el Convento, resolvi� poner en pr�ctica la idea y fundar un Convento reformado.
Do�a Guiomar de Ulloa, que era una viuda muy rica, le ofreci� ayuda generosa para la empresa. San Pedro de Alc�ntara, San Luis Beltr�n y el obispo de �vila, aprobaron el proyecto, y el Padre Gregorio Fern�ndez, provincial de las carmelitas, autoriz� a Teresa a ponerlo en pr�ctica. Sin embargo, el revuelo que provoc� la ejecuci�n del proyecto hizo que el provincial retirase el permiso y Santa Teresa fue objeto de las cr�ticas de sus propias hermanas, de los nobles, de los magistrados y de todo el pueblo. A pesar de eso, el Padre Iba�ez, dominico, alent� a la Santa a proseguir en la empresa con la ayuda de Do�a Guiomar.
Do�a Juana de Ahumada, hermana de Santa Teresa, emprendi� con su esposo la construcci�n de un Convento en �vila, en 1561, pero haciendo creer a todos que se trataba de una casa en la que pensaban habitar. En el curso de la construcci�n, una pared del futuro convento se derrumb� y cubri� bajo los escombros al peque�o Gonzalo, hijo de Do�a Juana, que se hallaba ah� jugando. Santa Teresa tom� en brazos al ni�o, que no daba ya se�ales de vida, y se puso en oraci�n; algunos minutos m�s tarde, el ni�o estaba perfectamente sano, seg�n consta en el proceso de canonizaci�n. En lo sucesivo, Gonzalo sol�a repetir a su t�a que estaba obligada a pedir por su salvaci�n, puesto que a sus oraciones deb�a el verse privado del cielo.
Por entonces, lleg� de Roma la noticia que autorizaba la fundaci�n del nuevo convento. San Pedro de Alc�ntara, Don Francisco de Salcedo y el Dr. Daza, consiguieron ganarle al obispo la causa, y la nueva casa se inaugur� bajo sus auspicios el d�a de San Bartolom�, en el a�o 1562. Durante la misa que se celebr� en la capilla con tal ocasi�n, tomaron el velo la sobrina de la Santa y otras tres novicias.
La inauguraci�n caus� gran revuelo en �vila. Esa misma tarde, la superiora del Convento de la Encarnaci�n mand� a llamar a Teresa y la Santa acudi� con cierto temor, "pensando que iban a encarcelarme". Naturalmente tuvo que explicar su conducta a su superiora y al Padre Angel de Salazar, provincial de la orden. Aunque la Santa reconoce que no le faltaba raz�n a sus superiores para estar disgustados, el Padre Salazar le prometi� que podr�a retornar al Convento de San Jos� en cuanto se calmase la excitaci�n del pueblo.
La fundaci�n no era bien vista en �vila, porque la gente desconfiaba de las novedades y tem�an que un convento sin fondos suficientes se convirtiese en una carga demasiado pesada para la ciudad. El alcalde y los magistrados hubiesen acabado por mandar a demoler el convento si no los hubiese disuadido de ello el dominico B��ez. Por su parte, Santa Teresa no perdi� la paz en medio de las persecuciones y sigui� encomendando a Dios el asunto; el Se�or se le apareci� y la reconfort�.
Entre tanto, Francisco de Salcedo y otros partidarios de la fundaci�n enviaron a la corte a un sacerdote para que defendiese la causa ante el rey, y los dos dominicos, B��ez e Ib��ez, calmaron al obispo y al provincial. Poco a poco fue desvaneci�ndose la tempestad, y cuatro meses m�s tarde, el Padre Salazar le dio permiso a Santa Teresa para volver al Convento de San Jos�, con otras cuatro religiosas de la Encarnaci�n.
Convento de San Jos�.
Teresa, la gran m�stica, no descuidaba las cosas pr�cticas sino que las atend�a seg�n era necesario. Sab�a utilizar las cosas materiales para el servicio de Dios. En una ocasi�n dijo: "Teresa sin la gracia de Dios es una pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y mucho dinero, una potencia".
M�s fundaciones.
Santa Teresa pas� cinco a�os con sus trece religiosas en el Convento de San Jos�, precediendo a sus hijas no s�lo en la oraci�n, sino tambi�n en los trabajos humildes, como la limpieza de la casa y el hilado. En esa �poca escribi�: "Creo que fueron los a�os m�s tranquilos y apacibles de mi vida, pues disfrut� entonces de la paz que tanto hab�a deseado mi alma. Su Divina Majestad nos enviaba lo necesario para vivir sin que tuvi�semos necesidad de pedirlo, y en las raras ocasiones en que nos ve�amos en necesidad, el gozo de nuestras almas era todav�a mayor".
La Santa no se contenta con generalidades, sino que desciende a ejemplos menudos, como el de la religiosa que plant� horizontalmente un pepino por obediencia y la ca�er�a que llev� al Convento el agua de un pozo que, seg�n los plomeros, era demasiado bajo.
En agosto de 1567 Santa Teresa se traslad� a Medina del Campo, donde fund� el segundo Convento, a pesar de las m�ltiples dificultades que surgieron. A petici�n de la condesa de la Cerda se fund� un Convento en Malag�n. Despu�s siguieron los de Valladolid y Toledo. Esta �ltima fue una empresa especialmente dif�cil, porque la Santa s�lo ten�a cinco ducados al comenzar; pero, seg�n escrib�a, "Teresa y cinco ducados no son nada; pero Dios, Teresa y cinco ducados bastan y sobran".
Una joven de Toledo, que gozaba de gran fama de virtud, pidi� ser admitida en el Convento y dijo a la fundadora que traer�a consigo su Biblia. Teresa exclam�: "�Vuestra Biblia?... �Dios nos guarde! No entr�is en nuestro Convento, porque nosotras somos unas pobres mujeres que s�lo sabemos hilar y hacer lo que se nos dice". No es que la Santa rechazare la Biblia, sino que supo descubrir que �sta se habr�a convertido en un pretexto para faltar en humildad.
La reforma de los religiosos carmelitas.
Nuevas fundaciones, dificultades y gracias extraordinarias.
En 1570, la Santa con otra religiosa tom� posesi�n en Salamanca de una casa que hasta entonces hab�a estado ocupada por ciertos estudiantes "que se preocupaban muy poco de la limpieza". Era un edificio grande, complicado y en ruinas, de suerte que al caer la noche la compa�era de la Santa empez� a ponerse muy nerviosa. Cuando se hallaban ya acostadas en sendos montones de paja "lo primero que llevaba yo a un nuevo monasterio era un poco de paja para que nos sirviese de lecho", Teresa pregunt� a su compa�era en qu� pensaba. La religiosa respondi�: "Estaba yo pensando en qu� har�a su reverencia si muriese yo en este momento y su reverencia quedase s�la con un cad�ver". La Santa confiesa que la idea la sobresalt�, porque aunque no ten�a miedo de los cad�veres, la vista de ellos le produc�a siempre "un dolor en el coraz�n". Sin embargo, respondi� simplemente: "Cuando eso suceda, ya tendr� tiempo de pensar lo que har�, por el momento lo mejor es dormir".
En julio de ese a�o, mientras estaba haciendo oraci�n, tuvo una visi�n del martirio de los beatos jesuitas Juan Acevedo y sus compa�eros, entre los que se contaba su pariente Francisco P�rez Godoy. La visi�n fue tan clara, que Teresa ten�a la impresi�n de haber presenciado directamente la escena, e inmediatamente se la describi� detalladamente al Padre Alvarez, quien un mes m�s tarde, cuando las nuevas del martirio llegaron a Espa�a, pudo comprobar la exactitud de la visi�n de la Santa.
Nombrada superiora de La Encarnaci�n.
Al principio, las religiosas se negaron a obedecer a la nueva superiora, cuya s�la presencia produc�a ataques de histeria en algunas. La Santa comenz� por explicarles que su misi�n no consist�a en instruirlas y guiarlas con el l�tigo en la mano, sino en servirlas y aprender de ellas: "Madres y hermanas m�as, el Se�or me ha enviado aqu� por la voz de la obediencia a desempe�ar un oficio en el que yo jam�s hab�a pensado y para el que me siento muy mal preparada. Mi �nica intenci�n es serviros... No tem�is mi gobierno. Aunque he vivido largo tiempo entre las carmelitas descalzas y he sido su superiora, s� tambi�n, por la misericordia del Se�or, c�mo gobernar las carmelitas calzadas".
De esta manera se gan� la simpat�a y el afecto de la comunidad y le fue menos dif�cil restablecer la disciplina entre las carmelitas calzadas, de acuerdo con sus constituciones. Poco a poco prohibi� completamente las visitas demasiado frecuentes (lo cual molest� mucho a ciertos caballeros de �vila), puso en orden las finanzas del Convento e introdujo el verdadero esp�ritu del claustro. En resumen, fue aquella una realizaci�n caracter�sticamente teresiana.
Sevilla.
La persecuci�n lleva a la separaci�n entre calzados y descalzos.
La Santa, al mismo tiempo que encomendaba el asunto a Dios, decidi� valerse de los amigos que ten�a en el mundo y consigui� que el propio Felipe II interviniese en su favor. En efecto, el monarca convoc� al nuncio y le reprendi� severamente por haberse opuesto a la reforma del Carmelo.
En 1580 obtuvo de Roma una orden que exim�a a los carmelitas descalzos de la jurisdicci�n del provincial de los calzados. "Esa separaci�n fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco a�os nuestra orden hab�a sufrido m�s persecuciones y pruebas de las que yo podr�a escribir en un libro. Ahora est�bamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a distraernos del servicio de Dios".
�guila y paloma.
Pero el �guila no mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribi� a un sobrino suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea Dios porque os ha guiado en la elecci�n de una mujer tan buena y ha hecho que os cas�is pronto, pues hab�ais empezado a disiparos desde tan joven, que tem�amos mucho por vos. �sto os mostrar� el amor que os profeso". La Santa tom� a su cargo a la hija ileg�tima y a la hermana del joven, la cual ten�a entonces siete a�os: "Las religiosas deber�amos tener siempre con nosotras a una ni�a de esa edad".
Ingenio y franqueza.
Selecci�n de novicias.
Los �ltimos a�os.
Dios ten�a reservada para los �ltimos a�os de vida de su Sierva, la prueba cruel de que interviniera en el proceso legal del testamento de su hermano Lorenzo, cuya hija era superiora en el Convento de Valladolid. Como uno de los abogados tratase con rudeza a la Santa, �sta replic�: "Quiera Dios trataros con la cortes�a con que vos me trat�is a m�". Sin embargo, Teresa se qued� sin palabra cuando su sobrina, que hasta entonces hab�a sido una excelente religiosa, la puso a la puerta del Convento de Valladolid, que ella misma hab�a fundado. Poco despu�s, la Santa escrib�a a la madre de Mar�a de San Jos�: "Os suplico, a vos y a vuestras religiosas, que no pid�is a Dios que me alargue la vida. Al contrario, pedidle que me lleve pronto al eterno descanso, pues ya no puedo seros de ninguna utilidad".
En la fundaci�n del Convento de Burgos, que fue la �ltima, las dificultades no escasearon. En julio de 1582, cuando el Convento estaba ya en marcha, Santa Teresa ten�a la intenci�n de retornar a �vila, pero se vio obligada a modificar sus planes para ir a Alba de Tormes, a visitar a la duquesa Mar�a Henr�quez. La Beata Ana de San Bartolom� refiere que el viaje no estuvo bien proyectado y que Santa Teresa se hallaba ya tan d�bil, que se desmay� en el camino. Una noche s�lo pudieron comer unos cuantos higos. Al llegar a Alba de Tormes, la Santa tuvo que acostarse inmediatamente.
Tres d�as m�s tarde, dijo a la Beata Ana: "Por fin, hija m�a, ha llegado la hora de mi muerte". El Padre Antonio de Heredia le dio los �ltimos sacramentos y le pregunt� donde quer�a que la sepultasen. Teresa replic� sencillamente: "�Tengo que decidirlo yo? �Me van a negar aqu� un agujero para mi cuerpo?". Cuando el Padre de Heredia le llev� el vi�tico, la Santa consigui� erguirse en el lecho, y exclam�: "�Oh, Se�or, por fin ha llegado la hora de vernos cara a cara!".
Santa Teresa de Jes�s, visiblemente transportada por lo que el Se�or le mostraba, muri� en brazos de la Beata Ana a las 9 de la noche del 4 de octubre de 1582. Precisamente al d�a siguiente, entr� en vigor la reforma gregoriana del calendario, que suprimi� diez d�as, de suerte que la fiesta de la Santa fue fijada, m�s tarde, el 15 de octubre.
Santa Teresa fue sepultada en Alba de Tormes, donde reposan todav�a sus reliquias.
En la actualidad, las carmelitas descalzas son aproximadamente 14000 en 835 conventos en el mundo. Los carmelitas descalzos son 3800 en 490 conventos.
"Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. S�lo Dios basta".
Bibliograf�a:
Biograf�a
Fiesta: 15 de octubre
Patrona: de enfermedades, dolores de cabeza, pasamaneros, p�rdida de parientes, oposici�n a la autoridad de la Iglesia, de la gracia de saber orar bien, de la orden de los Carmelitas, personas ridiculizadas por su fe, Alba de Tormes, �vila, Espa�a.
Doctora de la Iglesia
Se cree que la palabra "Teresa" viene de la palabra griega "teriso" que se traduce por "cultivar", cultivadora. O de la palabra "terao" que significa "cazar", "la cazadora". Como bien dice el Padre S�lesman en su biograf�a, ambos t�tulos le quedan bien a Santa Teresa, por ser ella "Cultivadora" de las virtudes y "cazadora" de almas para llevarlas al cielo.
Teresa y su hermano consideraban que los m�rtires hab�an comprado la gloria a un precio muy bajo y resolvieron partir al pa�s de los moros con la esperanza de morir por la fe. As� pues, partieron de su casa a escondidas, rogando a Dios que les permitiese dar la vida por Cristo; pero en Adaja se toparon con uno de sus t�os, quien los devolvi� a los brazos de su afligida madre. Cuando �sta los reprendi�, Rodrigo le ech� la culpa a su hermana.
La madre de Teresa muri� cuando �sta ten�a catorce a�os.
"En cuanto empec� a caer en la cuenta de la p�rdida que hab�a sufrido, comenc� a entristecerme sobremanera; entonces me dirig� a una imagen de Nuestra Se�ora y le rogu� con muchas l�grimas que me tomase por hija suya".
Por aquella �poca, Teresa y Rodrigo empezaron a leer novelas de caballer�as y tambi�n trataron de escribir una. La Santa confiesa en su "Autobiograf�a":
"Esos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Las novelas de caballer�as me gustaban tanto, que no estaba yo contenta cuando no ten�a una entre las manos. Poco a poco empec� a interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condici�n".
El cambio que paulatinamente se operaba en Teresa, no dej� de preocupar a su padre, quien la envi� a los quince a�os de edad a educarse en el Convento de las Agustinas de �vila, en el que sol�an estudiar las j�venes de su clase.
Un a�o y medio m�s tarde, Teresa cay� enferma, y su padre la llev� a casa. La joven empez� a reflexionar seriamente sobre la vida religiosa que le atra�a y le repugnaba a la vez. La obra que le permiti� llegar a una decisi�n fue la colecci�n de "Cartas" de San Jer�nimo, cuyo fervoroso realismo encontr� eco en el alma de Teresa. La joven dijo a su padre que quer�a hacerse religiosa, pero �ste le respondi� que tendr�a que esperar a que �l muriese para ingresar en el convento.
Su prudencia, amabilidad y caridad, a las que a�ad�a un gran encanto personal, le ganaron la estima de todos los que la rodeaban. Seg�n la reprobable costumbre de los conventos espa�oles de la �poca, las religiosas pod�an recibir a cuantos visitantes quer�an, y Teresa pasaba gran parte de su tiempo charlando en el recibidor del Convento. Eso la llev� a descuidar la oraci�n mental y el demonio contribuy�, al inculcarle la �ntima convicci�n, bajo capa de humildad, de que su vida disipada la hac�a indigna de conversar familiarmente con Dios.
Convencida cada vez m�s de su indignidad, Teresa invocaba con frecuencia a los grandes Santos penitentes, San Agust�n y Santa Mar�a Magdalena, con quienes est�n asociados dos hechos que fueron decisivos en la vida de la Santa. El primero, fue la lectura de las "Confesiones" de San Agust�n. El segundo fue un llamamiento a la penitencia que la Santa experiment� ante una imagen de la Pasi�n del Se�or: "Sent� que Santa Mar�a Magdalena acud�a en mi ayuda... y desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual".
Una vez que Teresa se retir� de las conversaciones del recibidor y de otras ocasiones de disipaci�n y de faltas, Dios empez� a favorecerla frecuentemente con la oraci�n de quietud y de uni�n. La oraci�n de uni�n ocup� un largo periodo de su vida, con el gozo y el amor que le son caracter�sticos, y Dios empez� a visitarla con visiones y comunicaciones interiores.
En la �poca en que el Padre �lvarez fue su director, Teresa sufri� graves persecuciones, que duraron tres a�os; adem�s, durante dos a�os atraves� por un periodo de intensa desolaci�n espiritual, aliviado por momentos de luz y consuelo extraordinarios. La Santa quer�a que los favores que Dios le conced�a, permaneciesen secretos, pero las personas que la rodeaban estaban perfectamente al tanto y, en m�s de una ocasi�n la acusaron de hipocres�a y presunci�n.
En algunos de sus �xtasis, de los que nos dej� la Santa una descripci�n detallada, se elevaba hasta un metro. Despu�s de una de aquellas visiones escribi� la bella poes�a que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no muero". A este prop�sito, comenta Teresa: "Dios no parece contentarse con arrebatar el alma a S�, sino que levanta tambi�n este cuerpo mortal, manchado con el barro asqueroso de nuestros pecados".
"Vi a mi lado a un �ngel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los �ngeles, se trata de visiones intelectuales, como las que he referido m�s arriba. El �ngel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los �ngeles m�s altos que son todo fuego. Deb�a ser uno de los que llamamos querubines. Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parec�a un ascua encendida. Me parec�a que por momentos hund�a la espada en mi coraz�n y me traspasaba las entra�as y, cuando sacaba la espada, me parec�a que las entra�as se me escapaban con ella y me sent�a arder en el m�s grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hac�a gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella".
Seg�n revel� la autopsia en el cad�ver de la Santa, hab�a en su coraz�n la cicatriz de una herida larga y profunda.
El a�o siguiente (1560), para corresponder a esa gracia, la Santa hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese m�s perfecto y agradable a Dios. Un voto de esa naturaleza est� tan por encima de las fuerzas naturales, que s�lo el esforzarse por cumplirlo puede justificarlo. Santa Teresa cumpli� perfectamente su voto.
El relato que la Santa nos dej� en su "Autobiograf�a" sobre sus visiones y experiencias espirituales, da muestra de una extraordinaria sencillez de estilo y de una preocupaci�n constante por no exagerar los hechos. La Iglesia califica de "celestial" la doctrina de Santa Teresa, en la oraci�n del d�a de su fiesta. Las obras de la m�stica "Doctora" ponen al descubierto los rincones m�s rec�nditos del alma humana.
Las carmelitas, como la mayor�a de las religiosas, hab�an deca�do mucho del primer fervor a principios del siglo XVI. Ya hemos visto que los recibidores de los Conventos de �vila eran una especie de centro de reuni�n de las damas y caballeros de la ciudad. Por otra parte, las religiosas pod�an salir de la Clausura con el menor pretexto, de suerte que el Convento era el sitio ideal para quien deseaba una vida f�cil y sin problemas. Las comunidades eran sumamente numerosas, lo cual era a la vez causa y efecto de la relajaci�n. Por ejemplo, en el Convento de �vila hab�a 140 religiosas.
La Santa estableci� la m�s estricta clausura y el silencio casi perpetuo. El convento carec�a de rentas y reinaba en �l la mayor pobreza. Las religiosas vest�an toscos h�bitos, usaban sandalias en vez de zapatos (por ello se les llam� "descalzas") y estaban obligadas a la perpetua abstinencia de carne. Santa Teresa no admiti� al principio m�s que a trece religiosas, pero m�s tarde, en los conventos que no viv�an s�lo de limosnas sino que pose�an rentas, acept� que hubiese veintiuna.
En 1567, el superior general de los carmelitas, Juan Bautista Rubio (Rossi), visit� el Convento de �vila y qued� encantado de la superiora y de su sabio gobierno; concedi� a Santa Teresa plenos poderes para fundar otros conventos del mismo tipo (a pesar de que el de San Jos� hab�a sido fundado sin que �l lo supiese) y a�n la autoriz� a fundar dos conventos de frailes reformados ("carmelitas contemplativos"), en Castilla.
La Santa hab�a encontrado en Medina del Campo a dos frailes carmelitas que estaban dispuestos a abrazar la reforma: uno era Antonio de Jes�s de Heredia, superior del Convento de dicha ciudad, y el otro, Juan de Yepes, m�s conocido con el nombre de San Juan de la Cruz. Aprovechando la primera oportunidad que se le ofreci�, Santa Teresa fund� un Convento de frailes en el pueblecito de Duruelo, en 1568; a �ste le sigui� el Convento de Pastrana, en 1569. En ambos reinaba la mayor pobreza y austeridad. Santa Teresa dej� el resto de las fundaciones de Conventos de frailes a cargo de San Juan de la Cruz.
La Santa fund� tambi�n en Pastrana un Convento de Carmelitas descalzas. Cuando muri� Don Ruy G�mez de Silva, quien hab�a ayudado a Teresa en la fundaci�n de los Conventos de Pastrana, su mujer quiso hacerse carmelita, pero exigiendo numerosas dispensas de la regla y conservando el tren de vida de una princesa. Teresa, viendo que era imposible reducirla a la humanidad propia de su profesi�n, orden� a sus religiosas que se trasladasen a Segovia y dejasen a la princesa su casa de Pastrana.
Por entonces, San P�o V nombr� a varios visitadores apost�licos para que hiciesen una investigaci�n sobre la relajaci�n de las diversas �rdenes religiosas, con miras a la reforma. El visitador de los carmelitas de Castilla fue un dominico muy conocido, el Padre Pedro Fern�ndez. El efecto que le produjo el Convento de La Encarnaci�n de �vila fue muy malo, e inmediatamente mand� a llamar a Santa Teresa para nombrarla superiora del mismo. La tarea era particularmente desagradable para la Santa, tanto porque ten�a que separarse de sus hijas, como por la dificultad de dirigir una comunidad que, desde el principio, hab�a visto con recelo sus actividades de reformadora.
En Veas, a donde hab�a ido a fundar un Convento, la Santa conoci� al Padre Jer�nimo Graci�n, quien la convenci� f�cilmente para que extendiese su campo de acci�n hasta Sevilla. El Padre Graci�n era un fraile de la reforma carmelita que acababa precisamente de predicar la cuaresma en Sevilla.
Fuera de la fundaci�n del Convento de San Jos� de �vila, ninguna otra fue m�s dif�cil que la de Sevilla; entre otras dificultades, una novicia que hab�a sido despedida, denunci� a las carmelitas descalzas ante la Inquisici�n como "iluminadas" y otras cosas peores.
Los carmelitas de Italia ve�an con malos ojos el progreso de la reforma en Espa�a, lo mismo que los carmelitas no reformados de Espa�a, pues comprend�an que un d�a u otro se ver�an obligados a reformarse. El Padre Rubio, superior general de la orden, quien hasta entonces hab�a favorecido a Santa Teresa, se pas� al lado de sus enemigos y reuni� en Plasencia un cap�tulo general que aprob� una serie de decretos contra la reforma. El nuevo nuncio apost�lico, Felipe de Sega, destituy� al Padre Graci�n de su cargo de visitador de los carmelitas descalzos y encarcel� a San Juan de la Cruz en un monasterio; por otra parte, orden� a Santa Teresa que se retirase al Convento que ella eligiera y que se abstuviese de fundar otros nuevos.
Indudablemente Santa Teresa era una mujer excepcionalmente dotada. Su bondad natural, su ternura de coraz�n y su imaginaci�n chispeante de gracia, equilibradas por una extraordinaria madurez de juicio y una profunda intuici�n, ganaban generalmente el cari�o y el respeto de todos. Raz�n ten�a el poeta Crashaw al referirse a Santa Teresa bajo los s�mbolos aparentemente opuestos de "el �guila" y "la paloma". Cuando le parec�a necesario, la Santa sab�a hacer frente a las m�s altas autoridades civiles o eclesi�sticas, y los ataques del mundo no le hac�an doblar la cabeza. Las palabras que dirigi� al Padre Salazar: "Guardaos de oponeros al Esp�ritu Santo", no fueron el reto de una hist�rica sino la verdad. Y no fue un abuso de autoridad lo que la movi� a tratar con dureza implacable a una superiora que se hab�a incapacitado a fuerza de hacer penitencia.
El ingenio y la franqueza de Teresa jam�s sobrepasaban la medida, ni siquiera cuando los empleaba como un arma. En cierta ocasi�n en que un caballero indiscreto alab� la belleza de sus pies descalzos, Teresa se ech� a re�r y le dijo que los mirase bien porque jam�s volver�a a verlos. Los famosos dichos: "Bien sab�is lo que es una comunidad de mujeres" e: "Hijas m�as, estas son tonter�as de mujeres", demuestran el realismo con que la Santa consideraba a sus s�bditas. Criticando un escrito de su buen amigo Francisco de Salcedo, Teresa le escrib�a: "El se�or Salcedo repite constantemente: 'Como dice el Esp�ritu Santo', y termina declarando que su obra es una serie de necedades. Me parece que voy a denunciarle a la Inquisici�n".
La intuici�n de Santa Teresa se manifestaba sobretodo en la elecci�n de las novicias. Lo primero que exig�a, a�n antes que la piedad, era que fuesen inteligentes, es decir, equilibradas y maduras, porque sab�a que es m�s f�cil adquirir la piedad que la madurez de juicio. "Una persona inteligente es sencilla y sumisa, porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad de un gu�a. Una persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas, aunque se las pongan delante de los ojos; y como est� satisfecha de s� misma, jam�s se mejora".
"Aunque el Se�or diese a esta joven los dones de la devoci�n y la contemplaci�n, jam�s llegar� a ser inteligente, de suerte que ser� siempre una carga para la comunidad".
"�Qu� Dios nos guarde de las monjas tontas!".
En 1580, cuando se llev� a cabo la separaci�n de las dos ramas del Carmelo, Santa Teresa ten�a ya sesenta y cinco a�os, y su salud estaba muy debilitada. En los dos �ltimos a�os de su vida fund� otros dos conventos, lo cual hac�a un total de diecisiete. Las fundaciones de la Santa no eran simplemente un refugio de las almas contemplativas, sino tambi�n una especie de reparaci�n de los destrozos llevados a cabo en los monasterios por el protestantismo, principalmente en Inglaterra y Alemania.
Su canonizaci�n tuvo lugar en 1622.
El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le reconoci� el t�tulo de Doctora de la Iglesia.
Santa Teresa
Butler, Vida de los Santos