
Santa Catalina de Siena
Santa Catalina es una de las tres doctoras de la Iglesia, a pesar de que nunca tuvo una preparaci�n acad�mica formal y no sab�a leer ni escribir (las otras dos doctoras son Santa Teresa de �vila y Santa Teresita del Ni�o Jes�s). Santa Catalina fue el instrumento que utiliz� el Se�or para que regresara el Papado de Avi��n, Francia, a Roma.
Santa Catalina ten�a un profundo amor a la Eucarist�a, a la Sant�sima Virgen y a los pobres. Tuvo muchas experiencias m�sticas, entre ellas: El desposorio con Cristo, profec�as, estigmas y ayunos de largos per�odos, en los cuales se alimentaba solamente de la Eucarist�a.
Breve Historia de Santa Catalina de Siena.
Durante su corta vida convirti� a muchos, de diferentes edades y clases, a una aut�ntica vida cristiana. Los que la conoc�an sab�an que s�lo ten�an que presentarle a Catalina un pecador, y por su sencilla pero profunda caridad, y por su coraz�n y personalidad, el pecador era movido a ser otro "catelinato", como le dec�an a sus seguidores en Siena.
Jesucristo es el centro de su vida.
Confianza y amor a la Virgen Mar�a.
Jes�s, mirando con ternura a Catalina, despacio y solemnemente la bendijo, haciendo tres veces la se�al de la Cruz sobre ella con su mano derecha, como lo hace un obispo. Desde ese momento Catalina dej� de ser una ni�a, se enamor� profundamente de su amado Salvador. "Esa visi�n y esa bendici�n fueron tan poderosas que despu�s ella no pudo pensar en nada m�s que en los ermita�os, y en como imitarlos".
Al a�o siguiente, ante un cuadro de Nuestra Se�ora, se ofreci� al Se�or que la hab�a bendecido. En este momento tan crucial or� a la Virgen: "�Sant�sima Virgen, no mires mi debilidad, sino dame la gracia de tener como esposo a aquel a qui�n yo amo con toda mi alma, tu Sant�simo Hijo, Nuestro �nico Se�or, Jesucristo!. Le prometo a �l y a T�, que nunca tendr� otro esposo".
S�lo Jesucristo ser� su esposo.
Catalina humildemente acept� este rechazo de su familia, y actuaba como si estuviese en la casa de Nazaret, tomando como a su �nica madre a la Virgen Sant�sima. Sus hermanas y amistades la persuadieron a que participara en sus diversiones y vanidades. Pero pronto se arrepinti� y le doli� aquello por el resto de su vida. Lo consider� como la mayor infidelidad a su esposo del cielo de la cual ella fue culpable. La muerte de su hermana mayor, Bonaventura, ocurrida poco despu�s, confirm� sus sentimientos.
Modelo de virtud antes de sus quince a�os de edad.
Asist�a con gran generosidad a los pobres, a los enfermos, consolaba a los presos. Su sometimiento a la propia voluntad al Se�or, a�n en sus penitencias, daba verdadero valor a lo que hac�a. Pero sus experiencias m�sticas no le quitaban las pruebas. Sufr�a por su temperamento al que dominaba con gran paciencia y por los ba�os calientes que le ordenaron los m�dicos. En medio de sus dolencias oraba sin cesar para expiar sus ofensas y purificar su coraz�n.
Recibe el h�bito de la tercera orden dominica.
De pronto, frente a Catalina estaba la Madre de Dios, teniendo en sus manos un traje de oro, y con su voz suave y tierna, la Virgen le dijo: "Este vestido, hija m�a, lo he tra�do del coraz�n de mi Hijo. Estaba escondido en la herida de su costado como en una canasta de oro, y te lo hice con mis propias manos." Entonces con ferviente amor y humildad, Catalina inclin� su cabeza, mientras la Virgen le impon�a este vestido celestial".
Por fin, en el a�o 1635, a los 18 a�os (seg�n algunos escritores a los 20 a�os) recibi� el h�bito de la tercera orden dominica. Durante tres a�os despu�s de recibir el h�bito, Catalina vivi�, en la santa soledad de su peque�o cuarto y en su capilla favorita. All� pas� un entrenamiento estricto basado en la autonegaci�n y desarrollo espiritual, bajo la direcci�n personal de Cristo y de su Madre. No hablaba sino con Dios, la Virgen y su confesor.
Severos ataques del demonio.
As� venci� las pruebas que sirvieron mucho para purificar su coraz�n. Nuestro Se�or la visit� despu�s, y ella le dijo: "�D�nde estabas, mi divino Esposo, mientras yo yac�a en tan temible condici�n de abandono?".
Nupcias con Jes�s.
Mientras el Se�or hablaba, aparecieron muchos �ngeles, su Sant�sima Madre, San Juan, San Pablo y Santo Domingo (ella era de su orden). Y mientras el Rey David tocaba una dulce m�sica en su arpa, nuestra amorosa Madre tom� la mano de Catalina y la puso en la mano de su Hijo. Entonces Jes�s, puso un anillo de oro en el dedo de Catalina, y dijo: "Yo, tu creador y Salvador, te acepto como esposa y te concedo una fe firme que nunca fallar�. Nada temas. Te he puesto el escudo de la fe y prevalecer�s sobre todos tus enemigos".
Gu�a de Papas y pobres.
Estableci� una inspiradora correspondencia que alcanz� seis vol�menes. Comenzaba todas sus cartas con estas palabras: "En el nombre de Jesucristo Crucificado y de la dulce Mar�a".
La conversi�n de Nannes.
"Dios purg� su coraz�n", dijo Catalina, "del veneno con que estaba infectado por su gran apego a las criaturas". Nannes dio a Catalina una mansi�n la cual ella, con la aprobaci�n del Papa convirti� en un Convento. Fueron muchas las conversiones impresionantes que se lograron por su mediaci�n. Entre ellas, durante la pestilencia de 1374, en la que sirvi� a los enfermos, las de dos Santos dominicos, Raimundo de Capua y Bartolom� de Siena.
Los pecadores m�s empecinados se ablandaban ante el poder de sus exhortaciones. Ten�a el don de sanaci�n. Catalina ten�a gran compasi�n por los enfermos y los atend�a con esmero. En una visita a Pisa, enviada por sus superiores, san� a muchos enfermos y a�n a m�s almas.
Intercede por un condenado a muerte.
"Esper� por �l en el lugar de la ejecuci�n, esper� en oraci�n cont�nua, y en la presencia de Mar�a y antes que �l llegase, puse mi cabeza sobre el ladrillo y or� suplic�ndole al cielo, repitiendo: "�Mar�a!". Quer�a obtener la gracia de que Ella en el �ltimo momento, que le diera luz y paz. Y Mar�a no me defraud�".
Milagros al servicio de los pobres.
El mayor de los milagros posiblemente fue su paciencia ante los severos ataques y reproches, a�n de personas desagradecidas que ella hab�a beneficiado con sus servicios. As� fue el caso de una mujer leprosa, a quien todos hab�an abandonado y que Catalina cuid� con esmero. Su cuidado continu� igual a pesar de los insultos de la mujer. Atendi� a otra mujer cancerosa.
Por mucho tiempo Catalina venc�a su natural desagrado y limpiaba y curaba sus llagas. �sta sin embargo public� contra Catalina las calumnias m�s infames, las que fueron secundadas por una hermana del Convento. Catalina sufri� en silencio la persecuci�n violenta, y continu� con afecto sus servicios hasta que con su paciencia y oraci�n obtuvo de Dios la conversi�n de ambas.
Un noble secretario.
El Di�logo de Santa Catalina de Siena.
La Virgen le da un confesor.
�ste se convirti� en el director espiritual de Catalina. Despu�s de muchos a�os de una relaci�n muy fruct�fera, le llam�: "mi Padre y mi hijo, qui�n mi dulce Madre Mar�a me regal�". �l por su parte creci� mucho espiritualmente gracias a la inspiraci�n de la Santa y lleg� a ser beatificado.
Inspira el retorno del papado a Roma
El Papa Gregorio XI que resid�a en Avign�n, al no conseguir nada con sus cartas a Florencia, envi� un ej�rcito a esta ciudad. Las divisiones internas causaron que los florentinos buscaran reconciliaci�n. Le pidieron a Santa Catalina que fuera mediadora. La Santa lleg� a Avign�n el 18 de junio de 1376. El Papa se reuni� con ella y con gran admiraci�n por su prudencia y santidad, le dijo: "No quiero otra cosa sino paz. Pongo este asunto enteramente en tus manos".
El papado se encontraba en Avign�n, (hoy parte de Francia) desde el a�o 1314, cuando fue electo Papa el franc�s que tom� el nombre Juan XXII. Sus sucesores tambi�n vivieron en Avign�n. El Papa es el obispo de Roma, por lo que los romanos protestaban que su obispo los hab�a abandonado por setenta y cuatro a�os y amenazaban con un cisma. Gregorio XI hab�a hecho un voto secreto de regresar a Roma, pero no se decid�a al notar la resistencia de su corte.
Aprovechando la presencia de Catalina en Avign�n, le consult� el caso. "Cumpla lo que le ha prometido a Dios", fue la respuesta de Catalina. La Santa recibi� del Se�or la certeza de que el Papa deb�a regresar a Roma, y aquel fue el momento en que se lo pudo comunicar. El Papa, sorprendido de que supiese por revelaci�n lo que �l no hab�a confiado a nadie, decidi� cumplir con su traslado a Roma. Catalina le escribi� en varias ocasiones anim�ndole a apresurar su retorno a Roma. El Papa sali� de Avign�n el 14 de septiembre de 1376.
No tardaron en aparecer las envidias y las preguntas farisaicas de los que deseaban atrapar a la Santa. Pero se quedaban asombrados ante sus respuestas a las preguntas m�s dif�ciles sobre la vida interior y otros temas. Por otro lado, los florentinos continuaban en sus intrigas contra el Papa, por lo que �ste envi� a Catalina a vivir en esa ciudad. All� sufri� much�simo, y en varias ocasiones peligraba su vida. Pero al final, en 1378, logr� la reconciliaci�n de esta ciudad con el sucesor de Gregorio, el Papa Urbano VI.
Gusto por la vida contemplativa.
La corona de espinas.
Experiencias m�sticas con la Virgen.
Un d�a de la Asunci�n, que tradicionalmente era la fiesta m�s grande del a�o en Siena, la ciudad de la Virgen, Catalina estaba muy enferma en cama, y deseaba intensamente por lo menos poder ver la Catedral. De pronto se encontr� en el atrio de la Catedral de la Asunci�n de Nuestra Se�ora, y pudo caminar perfectamente y participar en la Misa solemne dedicada a la Virgen.
El ni�o Jes�s.
Poco antes de morir, en el adviento, Santa Catalina escribi� estas palabras a una amiga: "Te pido, en este dulce tiempo de adviento y de la fiesta de la Navidad, que visites el pesebre donde posa el Manso Cordero. All� encontrar�s tambi�n a Mar�a, una extranjera y un exilio, en tan gran pobreza que no tiene con que vestir al Hijo de Dios, o fuego con que calentarlo... Aseg�rate de recurrir siempre a la Virgen Sant�sima, abrazando siempre la cruz".
Las turbulencias pol�ticas contin�an.
Tambi�n escribi� al mismo Papa Urbano exhort�ndole a dominar su dif�cil temperamento que hab�a sido en parte causa de la divisi�n. El Papa la escuch� y le pidi� ir a Roma para ayudarle a persuadir a los cism�ticos. Trabajando en esa misi�n en Roma, la Santa se enferm�, y muri� el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres a�os.
Fue enterrada en Roma, en la Iglesia de Minerva, donde hoy en d�a puede visitarse su cuerpo que yace bajo el altar tras un panel de cristal. Su cabeza est� en la Iglesia de Santo Domingo, en Siena, en cuya ciudad tambi�n se puede visitar su casa, ver sus instrumentos de penitencia y otras reliquias.
Para apreciar la vida de la Santa, tan engalanada con dones extraordinarios, no podemos olvidar su incondicional amor a la cruz. Tuvo grandes y prolongados sufrimientos, tanto los f�sicos como los del coraz�n. Cuando se ama mucho se sufre por el amado. Ella sufr�a las ofensas contra Jes�s, contra Su Madre, contra la Iglesia, contra los pobres. Sufr�a por los pecadores.
Aunque muchos la admiraban, muchos tambi�n la tildaban de farsante y la hac�an sufrir. Sus virtudes her�icas la hicieron victoriosa sobre sus pasiones en las pruebas m�s dif�ciles. Es por todo �sto que la debemos admirar, y nos sirve de inspiraci�n para nosotros buscar la santidad. En Santa Catalina vemos lo que Dios puede hacer con un coraz�n que se deja traspasar de amor por �l y por la Virgen.
Fue canonizada por el Papa P�o II en el a�o 1461.
Biograf�a
Fiesta: 29 de abril
Patrona: de Europa, Italia, Siena, prevenci�n de incendios, bomberos, abortos, enfermeras, personas ridiculizadas por su fe, tentaciones sexuales, tentaciones, enfermedades, contra el fuego.
En la fiesta de la Anunciaci�n, en el a�o 1347, naci� en Siena, "la ciudad de la Virgen", una joven de un atractivo extraordinario y de una gran fuerza de voluntad. En s�lo 33 a�os de santidad heroica vivi�, sufri� y muri� por el Cuerpo M�stico de su Amado Se�or. Esta alma extraordinaria es conocida en la historia como Santa Catalina de Siena, una de las m�s grandes de la Iglesia, y una de las m�s fascinantes.
Catalina fue tan inmensamente devota a su Salvador, que �l fue el centro de todas sus muchas experiencias m�sticas. Pero veremos como la Santa ten�a una muy tierna, amorosa y confiada relaci�n con la Virgen Sant�sima, y en un n�mero significante de eventos en su vida, fue en la Madre de Dios que ella busc� su refugio, o fue la Virgen la que vino en su ayuda.
Desde ni�a, empez� a orar a la Reina de Siena, y a menudo se le o�a rezar el Ave Mar�a bajando las escaleras de su casa. Un d�a, cuando ten�a 6 a�os de edad y mientras caminaba por las calles de Siena con su hermano, elev� su mirada y de repente vio sobre el techo de la Iglesia de Santo Domingo, al Rey de Reyes sobre un espl�ndido trono, vestido como el Papa con su corona Papal; y con �l estaban San Pedro, San Pablo y San Juan.
Cuando Catalina ten�a doce a�os, su familia quer�a obligarla a contraer matrimonio. Ella, despu�s de consultar con un sacerdote dominico acerca de su voto de castidad y como defenderlo ante esta amenaza, se cort� el pelo, como se�al de haber 'cortado' con el mundo. Sus padres hac�an todo lo posible por impedir que ella tuviera tiempo de oraci�n y soledad. La pusieron a trabajar a toda hora, trat�ndola muy mal, como sirvienta de la familia.
Con su ejemplo de humildad, obediencia y caridad ante su familia, los conquist�, y entonces le permitieron ser miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo y tener un cuarto privado. All� comenz� a hacer actos de mortificaci�n heroicos. Se alimentaba principalmente de hierbas y vest�a con telas muy crudas.
En la noche anterior a su profesi�n en la orden, despu�s de pasar por una severa prueba, en la cual el demonio se le apareci� como un caballero muy guapo y elegante y le ofreci� un traje de seda con joyas brillantes, Catalina se tir� sobre el crucifijo y grit�: "�Mi �nico, mi amado esposo, T� sabes que jam�s he deseado a nadie m�s que a ti. Ven en mi ayuda, mi amado Salvador!".
La serpiente, viendo su vida angelical, la asaltaba buscando destruir su virtud. Llenaba su imaginaci�n con las m�s sucias representaciones, y asaltaba su coraz�n con las m�s bajas y humillantes tentaciones. Despu�s su alma quedaba en una nube de oscuridad, las m�s severa prueba imaginable. Se ve�a a si misma cientos de veces al borde del precipicio, pero siempre sostenida por una mano invisible. Sus armas eran la oraci�n ferviente, la humildad, resignaci�n y confianza en Dios.
Jes�s le contest�: "Estaba contigo".
"��C�mo?! -replic� ella- ��entre las sucias abominaciones en que infectaban mi alma?!.
�l le dice: "Eran desagradables y sumamente dolorosas para t�. Este conflicto, por lo tanto, fue tu m�rito, y la victoria sobre ellas fue debido a mi presencia".
El enemigo tambi�n la invitaba al orgullo, sin escatimar ni violencia ni estrategia alguna para seducirla a sus vicios. Pero la humildad era su defensa. Dios la recompens� con su caridad para los pobres y muchos milagros.
Un d�a jueves, despu�s de que Catalina hab�a orado todo el d�a con extraordinaria fe, Nuestro Se�or se le apareci� y le dijo: "Ya que por amor a M� has renunciado a todos los gozos terrenales y deseas gozarte s�lo en M�, he resuelto solemnemente celebrar Mi esponsorio contigo y tomarte como mi esposa en la fe".
Con la fortaleza recibida del Se�or, Catalina continu� creciendo en su fervor y efectividad en el apostolado, primero entre la gente de Siena, luego en Pisa, en Florencia, y eventualmente en las ciudades papales de Avign�n y Roma. Catalina fue atrayendo a un grupo de devotos amigos. Todos sus discursos, acciones y hasta su silencio induc�a al amor, a la virtud. Seg�n el Papa P�o II, nadie se acerc� a ella que no le fuera mejor.
Santa Catalina lleg� a influenciar a dos Papas, numerosos prelados y religiosos. M�s que ning�n otro factor, fueron las oraciones y sacrificios de esta joven esposa de Cristo, las que le permitieron ser instrumento de mensajes divinos que llegaron a ser escuchados por el Papa.
Nannes, un poderoso personaje, fue llevado ante la Santa. Nada de lo que ella le dec�a parec�a tener efecto. Entonces Catalina hizo una pausa repentina para ofrecer oraciones por �l. En ese mismo instante el joven comenz� a llorar, profundamente convertido. Se reconcili� con sus enemigos y se dedic� a la penitencia. Cuando m�s tarde Nannes tuvo muchas calamidades temporales, la Santa se alegraba entendi�ndolo como para su bien espiritual.
Como Catalina dedicaba toda su vida enteramente al servicio del Crucificado y de su dulce Madre, �sta a menudo ven�a en su auxilio. En ocasiones en que Catalina ten�a entre manos la conversi�n de un endurecido pecador, se dirig�a con confianza a la Madre de Misericordia. A trav�s de la Virgen Sant�sima logr� la gracia de la resignaci�n y de la paz para un joven condenado a la decapitaci�n, y pudo estar con �l hasta el final.
En al menos dos ocasiones Catalina recibi� ayuda sobrenatural de parte de la Virgen cuando preparaba comida para los dem�s. Una vez cuando estaba horneando pan para su familia, otra vez fue durante una epidemia, donde por la misma cantidad de harina que ten�an todos los dem�s, logr� sacar cinco veces m�s pan.
No debemos olvidar que Jes�s le conced�a tanto porque ella por su parte era siempre fiel, presta para sufrirlo todo y pasar las mayores pruebas por Su amor.
Esteban fue uno de los disc�pulos m�s cercanos a Catalina. Hijo de un senador de Siena, este noble hab�a sido reducido a ruina por sus enemigos. La Santa le ense�� el camino del Evangelio y la renuncia a las cosas del mundo. Se hizo secretario de la Santa y compil� sus palabras y cartas. Fue su compa�ero en los viajes a Avign�n, Florencia y Roma. M�s tarde, por consejo de la Santa, Esteban se hizo monje Cartujo. Asisti� a la Santa en su muerte y escribi� su vida.
Fue en el "d�a de Mar�a", como Catalina le dec�a al s�bado, que empez� a escribir su famoso "Di�logo", un tratado inspirado sobre las virtudes cristianas.
Catalina hab�a orado por much�simo tiempo para conseguir un buen confesor y director espiritual. Ella, como todos los Santos, comprend�a la importancia de ser guiada por un santo pastor de almas. Un d�a, durante la misa en la Iglesia dominica de Santa Mar�a Novella, en Florencia, le pareci� a la Santa que la Virgen estaba de pie a su lado y le indicaba un sacerdote para que fuera su gu�a: el Padre Raimundo de Capua.
En 1375, Florencia, Perugia, una gran parte de la regi�n Toscana de Italia y hasta de los Estados Pontificios, entraron en liga contra la Santa Sede. El coraz�n de Catalina, que tres a�os antes hab�a profetizado estos eventos, se traspas� de dolor. Por sus oraciones y esfuerzos, muchas ciudades, entre ellas Arezzo, Lucca y Siena se mantuvieron fieles al Papa.
En seguida Catalina volvi� a Siena para continuar su vida solitaria de oraci�n intensa. Algunas de sus meditaciones fueron recogidas en el tratado Sobre la Providencia. Por a�os vivi� en abstinencia rigurosa, de tal manera que pr�cticamente se alimentaba s�lo de la Eucarist�a. En una ocasi�n ayun� desde el mi�rcoles de ceniza hasta el d�a de la Ascensi�n, recibiendo solamente la Sagrada Hostia.
En una visi�n, El Se�or le present� dos coronas, una de oro y la otra de espinas, invit�ndola a escoger la que m�s le gustara. Ella respondi�: "Yo deseo, oh Se�or, vivir aqu� siempre conformada a tu pasi�n y a tu dolor, encontrando en el dolor y el sufrimiento mi respuesta y deleite". Entonces, con decisi�n tom� la corona de espinas y la presion� con fuerza sobre su cabeza.
Dos veces, en fiestas lit�rgicas especiales, la Virgen la ayud� milagrosamente. Durante una Misa de a�o nuevo, Catalina estaba tan sobrecogida por la emoci�n, que cuando se puso de pie para ir a recibir la comuni�n estuvo a punto de caer. La Virgen, con sus manos tiernas y al mismo tiempo fuertes, la sostuvo hasta que se recuper�.
Catalina ten�a gran devoci�n al Ni�o Jes�s. Una noche de Navidad, mientras oraba con sus hermanas de la tercera orden en la Iglesia de Santo Domingo, se le concedi� una visi�n muy impresionante: La Virgen Mar�a de rodillas adorando en oraci�n ferviente al reci�n nacido, el Divino Ni�o. Catalina estaba tan sobrecogida que suplic� humildemente a la Virgen que le permitiera cargar al Ni�o por un momento. Con una sonrisa afectuosa, la Virgen tom� al Ni�o y se lo entreg� a Catalina, quien teni�ndolo en sus brazos, lo beso y le susurr� en el o�do los nombres de todos sus seres queridos.
En 1378 ocurre el gran cisma de la Iglesia. Al morir Gregorio XI, el Papa Urbano VI fue electo. M�s tarde muchos cardenales declararon la elecci�n nula y eligieron un nuevo Papa, Clemente VII. Con �l, se fueron a Avign�n.
Santa Catalina sufri� much�simo por Jes�s y su Iglesia. Escribi� a los cardenales y pr�ncipes de varios pa�ses implor�ndoles que reconozcan al Papa Urbano y as� acabar con el cisma.