San Roque


Biograf�a

San Roque
Fiesta: 16 de agosto
Patr�n: de solteros, enfermedades del ganado, perros, epidemias, contra acusaciones falsas, inv�lidos, dolores en las rodillas, epidemias y plagas, contra la peste, enfermedades de la piel, cirujanos, adoquinadores, pedreros y marmolistas.

Naci� en Francia, en la ciudad de Montpellier, en el a�o 1295, de padres ricos. "Roc" o "Roque" era seguramente su apellido. En aquella comarca hubo otros "Roques" por aquel siglo. No sabemos su nombre de pila. Muri� en 1327.

Hoy d�a son raras las pestes en los pa�ses civilizados, porque est�n bien atendidos los medios de desinfecci�n, y porque la medicina y la higiene p�blica han progresado much�simo. Pero antiguamente la peste era frecuente. Algunas comarcas eran especialmente perjudicadas por ella, a causa de las aguas poco sanas o del clima riguroso. Sobre todo sol�a propagarse en tiempos de guerra, o cuando �sta hab�a acabado; efecto de la suciedad de los campamentos y de las infecciones que contra�an los soldados viviendo semanas y meses sin poder cuidarse de la limpieza m�s precisa.

Una de las �pocas en que la peste azot� m�s los pa�ses cristianos del sur de Europa, particularmente Italia, fue la primera mitad de la decimocuarta centuria. Tenemos que atribuirlo al gran comercio que hubo en aquellos tiempos entre estos pa�ses y los de Oriente. Llegaban a los puertos del Mediterr�neo muchos barcos orientales cargados de objetos primorosos y de riqu�simas especias; pero tambi�n de gente sucia que no ten�a medios de aseo, y que difund�a las semillas de muchas enfermedades y fiebres de sus lejanas tierras. Numerosas ciudades y regiones fueron v�ctimas de epidemias horribles.

Pues bien, en aquella �poca viv�a un Santo que cur� innumerables apestados con la se�al de la Cruz: San Roque. Su historia, especialmente la de su infancia y primera juventud, es muy oscura.
Lo que nos cuentan los antiguos historiadores es que, ya desde ni�o, Roque se distingui� por su coraz�n piadoso, de tal manera que encantaba a sus padres y a cuantos le conoc�an. A sus veinte a�os qued� hu�rfano de padre y madre.

Encontr�ndose due�o de una fortuna considerable, se acord� del consejo de Jesucristo: "Si quieres ser perfecto, da tus bienes a los pobres y s�gueme".
Y he aqu� que en el mismo momento lo puso en pr�ctica. Como no ten�a hermanos, cedi� una parte de la herencia a un t�o paterno, juntamente con todos los derechos que le pudiesen pertenecer desde entonces y en adelante. Y hecho �sto, vendi� secretamente el resto de su hacienda y distribuy� su precio entre los necesitados.

Descargado totalmente de los bienes de la tierra, se visti� de peregrino y emprendi� viaje hacia Roma. Pidiendo limosna y sinti�ndose fel�z cuando se la negaban groseramente, o cuando le asaltaban los perros de los cortijos, lleg� a Aquapendente, ciudad italiana donde la peste estaba haciendo grandes estragos. Deseando prestar ayuda al pr�jimo, se present� en el hospital, pidiendo que le admitiesen como enfermero.

El administrador no quer�a acceder a �sto, pues le inspiraba l�stima verle, tan joven y delicado, exponi�ndose a la muerte. Pero tanto y tanto insisti� Roque en su petici�n y en decir que ten�a segura confianza en Dios, que al fin fue aceptado. Y comenzando su tarea, visit� uno por uno todos los lechos, haciendo la se�al de la Cruz sobre cada uno de los apestados. Todos ellos se sintieron curados al instante. �Ya pueden figurarse el pasmo de todo el hospital ante semejante maravilla!.

Inmediatamente sali� Roque a la ciudad, y cur� de la misma manera a todos los enfermos que hab�an en las casas. Comenz� a correr la voz de que era un �ngel enviado del Cielo para librarlos de la epidemia. Quer�an hacerle una gran demostraci�n de homenaje. Pero �l, para evitar toda suerte de honor, huy� escondidamente. Antes de llegar a Roma, hizo semejantes milagros en la ciudad de Cesena, igualmente apestada. Una pintura de la Catedral lo recuerda. Tambi�n encontr� a la Ciudad Eterna atacada por tan horrible azote. Fueron numerosas las curaciones que hizo all�. Asimismo en los alrededores y en otras comarcas italianas, adonde se traslad� expresamente.

En Plasencia tuvo un sue�o en el que oy� la voz de Dios que le dec�a:
"Siervo fiel, ya que has tenido bastante �nimo para dedicarte al cuidado de los enfermos por mi amor, tenlo para sufrir la prueba que te voy a enviar".

Al despertar se sinti� atacado de una fiebre abrasadora y de unos dolores acerbad�simos, y levant� el coraz�n al Cielo, n� para quejarse, sino para dar gracias a Dios bondadoso, pues le daba una ocasi�n de sufrir por amor suyo. Lo colocaron en el hospital entre los dem�s enfermos v�ctimas de la epidemia. Sus dolores se agravaron m�s todav�a, de manera que no pod�a evitar dar grandes gritos. Cuando se dio cuenta que molestaba a los dem�s enfermos, se levant� de la cama y se dispuso a salir fuera de la ciudad hacia alguna cueva o refugio en que no molestase a nadie.

Burlando la vigilancia del hospital, aunque con mucha dificultad para caminar, lleg� a un bosque vecino en donde encontr� una peque�a caba�a abandonada, que le sirvi� de asilo.
Sinti�ndose devorado por la sed, alz� los ojos al Se�or, diciendo: "�Oh Dios de misericordia!, os doy gracias porque me permit�s sufrir por vos; pero, �oh Se�or� n� me abandon�is en mi tribulaci�n"
Al instante vio salir de una roca inmediata una fuente de agua cristalina y abundante. Apagando su sed con aquella agua milagrosa, y lav�ndose frecuentemente en ella se fue curando poco a poco.

No lejos de la caba�a hab�a unos grandes cortijos. El due�o de uno de ellos, llamado Gotardo, se dio cuenta que uno de sus perros arrebataba cada d�a de la mesa un panecillo y lo llevaba m�s all� de los campos. Lo sigui� y vio con sorpresa como el animal pon�a el pan en las manos de Roque. El se�or pens�: "�ste debe ser un Santo, pues Dios le sustenta de una manera tan maravillosa". Se acerc� y le pregunt� qui�n era. Roque le respondi�:
"Apartaos de m�, que puedo contagiaros de peste".

Pero Gotardo, reflexionando, se convenci� que se hallaba delante de un gran siervo de Dios, y comenz� a hablar con �l sin temor, y enseguida se hicieron grandes amigos, de tal manera que quiso imitarlo en su vida de pobreza y penitencia (como lo hizo efectivamente). Renunci� Gotardo a toda su hacienda y determin� vivir en una cueva del bosque, completamente olvidado del mundo y entregado a la contemplaci�n de las verdades divinas. Roque lo ejercit� en alguna prueba dur�sima, como la de hacerle salir a mendigar por aquellos cortijos conocidos, cuyos moradores lo tomaron por loco y lo llenaron de mofas e improperios. Al mismo tiempo lo fue instruyendo en el camino de la perfecci�n y no lo dej� hasta que lo vio entrenado en su nueva y santa vida.

Mientras tanto, Roque hab�a o�do la voz de Dios que le orden�:
"Roque, fiel siervo m�o; ya que est�s curado de tu mal, vuelve a tu patria, y all� har�s obras de penitencia; y prep�rate para merecer un lugar entre los bienaventurados del Para�so". En efecto, se sinti� completamente curado y decidi� obedecer el mandato del Cielo. La ciudad de Montpellier estaba en guerra, y as�, al llegar, lo tomaron por esp�a.

Como hab�an pasado unos cuantos a�os y el Santo estaba muy cambiado, nadie lo reconoci�, y �l no quiso decir qui�n era. Se present� como un pobre peregrino; nadie le crey�. Le apresaron, y despu�s de hacerlo tuvo que ir de tribunal en tribunal, lo metieron en un calabozo infecto y oscur�simo en donde vivi� cinco a�os, ejercit�ndose en el ayuno y la oraci�n, en la que pasaba todo el d�a y la mayor parte de la noche.

Finalmente, una luz misteriosa ilumin� el calabozo, y Roque oy� que Jesucristo le dec�a:
"Ha llegado tu hora, y quiero llevarte a mi gloria. Si tienes alguna gracia que pedirme, hazlo ahora mismo".
El Santo prisionero le pidi� nuevamente el perd�n de sus culpas y que fuesen preservados y libres de la peste aquellos que acudiesen a su intercesi�n. Poco despu�s muri� dulcemente.

Del calabozo sal�an unos rayos de luz brillant�sima. El cuerpo del Santo resplandec�a y a su lado se encontr� una tablilla con esta inscripci�n:
"Todos los que imploraren la intercesi�n de Roque, se ver�n libres del terrible azote de la peste".
La buena nueva de estas maravillas se extendi� r�pidamente por la ciudad.

La gente quer�a ver al Santo. Su t�o reconoci� el cad�ver, y dispuso que se le hiciesen exequias triunfales, en las que tom� parte todo el pueblo. El cuerpo fue sepultado primeramente en la Iglesia principal, y m�s tarde en una capilla edificada expresamente en honor a San Roque. Hoy es una Iglesia magn�fica, adonde acuden devotas muchedumbres para pedir su protecci�n contra las enfermedades contagiosas.

Bibliograf�a:
Butler, Vida de los Santos


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