San Rafael


Historia

San Rafael
Su nombre significa "Medicina de Dios".
Fiesta: 24 de octubre
Patr�n: de curaciones, para alejar enfermedades, sanaciones, viajantes.

El Arc�ngel San Rafael, uno de los esp�ritus celestiales, que gozando de la beat�fica y eterna presencia de Dios, se nos ha manifestado nominalmente, fue enviado por divina majestad para destacar dos hechos importantes de tal protecci�n: la curaci�n de Sara de la opresi�n del demonio y la curaci�n de la ceguera de Tob�as, juntamente con la protecci�n al joven Tob�as.

San Rafael es uno de les tres Arc�ngeles de la Corte Celestial que venera la Iglesia, y destaca como dignos de veneraci�n particular, es por ello que la Iglesia, particularmente en Espa�a, celebra su fiesta con especial veneraci�n; siendo muchas las instituciones puestas bajo su especial patronazgo, entre ellas, las fuerzas municipales de la Guardia Urbana y la Orden de San Juan de Dios en sus hospitales.

Su historia est� referida en el Libro de Tob�as del Antiguo Testamento. Se cuenta en dicho Libro que el santo Patriarca Tob�as de la Ley mosaica se destacaba por su virtud y temor de Dios, practicando todas las obras de misericordia y caridad. Permiti� el Se�or, no obstante, que sufriera tribulaciones y trabajos: fue cautivo en N�nive de Salmanasar, perdi� sus bienes y hacienda, y hasta fue condenado a muerte por el rey Senaquerib, libr�ndose de ella mediante la fuga.

Al regreso a su casa se dedic� nuevamente a las obras de misericordia. Fatigado un d�a por el trabajo de enterrar a los muertos, israelitas como �l y v�ctimas de las iras del rey, quiso descansar junto a una pared, cay�ndole entonces en los ojos, mientras dorm�a, inmundicias de un nido de golondrinas y quedando por ello ciego. Sobrellev� con admirable paciencia y resignaci�n esta prueba del Se�or, soportando hasta agravios y ofensas de su mujer y amigos, que se burlaban y hac�an mofa del poco provecho que sus penitencias y virtudes le hab�an tra�do.

Todo ello le causaba profunda pena, por lo que rogaba fervientemente al Se�or auxilio y consuelo. Al mismo tiempo que Tob�as insist�a en las fervientes s�plicas, una doncella llamada Sara, hija de Raguel, vecina de Rages, ciudad de los medos, rogaba tambi�n a Dios que la librara de la desgracia que la aflig�a, por la muerte de sus varios esposos cuando apenas contra�a matrimonio. Oy� el Se�or las oraciones de Tob�as y de Sara, y envi� a su Arc�ngel Rafael para aliviarlos.

Creyendo el anciano Tob�as pr�xima su muerte, llama a su hijo para bendecirlo, darle sus �ltimos consejos, que detalla prolijamente el Libro santo, y lo env�a a cobrarle a Gabelo, un pariente suyo, residente de Rages, una deuda de diez talentos, que otrora le prestara; a cuyo efecto vaya luego en busca de acompa�ante que le gu�e y dirija a Rages.

Obedece el joven Tob�as y, al salir de casa, se encuentra con un apuesto joven que se le ofrece para acompa�arlo a tal viaje. Preparado todo lo conveniente, ambos emprenden luego el camino. Tras la primera jornada de viaje, trataron de descansar en las orillas del r�o Tigris, circunstancia que aprovecha Tob�as para lavarse los pies.

De repente, un pez monstruoso sale del r�o y ataca a Tob�as, a las voces del joven, acude el Arc�ngel Rafael, quien no era otro que el acompa�ante de Tob�as, y le ordena que, abraz�ndose al pez, lo saque del agua; y as�, muerto el mismo, le dice que abra sus entra�as y le saque el coraz�n, la hiel y el h�gado, para servirse de ellos en su tiempo; preparando el resto para alimentarse durante el camino cuando de ello tengan necesidad.

Pasando por casa de Raguel y prendado Tob�as de la joven Sara, le dice el Arc�ngel que la pida por esposa, pues no le ocurrir� como a los dem�s maridos que tuvo ella, ya que su coraz�n era puro y no cautivo de la lujuria. Raguel acept� a Tob�as con gran gozo, y le dio su hija �nica, enterado por Rafael de que ser�a ahuyentado el demonio, causante de los anteriores males, al cumplir el joven Tob�as las instrucciones que �l le diera.

Entonces, saca el muchacho un pedazo del coraz�n del pez y lo pone sobre unas brasas encendidas en su aposento; mientras, el demonio culpable, atado por el arc�ngel, era conducido por el mismo a un desierto del alto Egipto, para que no perturbase m�s la paz de Sara, que persuadida por Tob�as, y siguiendo las instrucciones de Rafael, se pasa la noche en oraci�n para vencer as� al enemigo.

Ana, esposa de Raguel, temerosa de que ocurriera como en las veces anteriores, envi� a una de sus criadas al aposento de Sara, regresando ella con la feliz nueva de que los esposos dorm�an pl�cidamente. Celebrando al d�a siguiente un gran banquete de bodas, Raguel hace a Tob�as cesi�n de la mitad de su hacienda, como dote de su hija, transmiti�ndole el dominio de la otra mitad para despu�s de su muerte.

Permanece Tob�as en casa de Raguel por espacio de dos semanas, mientras Rafael realiza el encargo del anciano Patriarca, tan satisfactoriamente, que hace que el mismo Gabelo vaya a casa de Raguel a pagarle a Tob�as la deuda, y participar as� del regocijo general.

Sin embargo, en casa del Patriarca la tristeza era grande; Ana, madre de Tob�as, lloraba su tardanza y aunque el anciano la consolaba con buenas razones, ella ascend�a todos los d�as a una cumbre para divisar el regreso de su hijo, llorando inconsolable. Al fin, Tob�as y su esposa Sara, aconsejados por Rafael, emprenden el camino de regreso al hogar de aquel, con gran acompa�amiento de criados, despu�s de haber recibido la mitad de la hacienda ofrecida, en dinero, alhajas y ganados.

Avanzado el camino, Rafael insta a Tob�as para que se adelante con �l, anticipando el regreso, dici�ndole: "Lleva contigo alg�n tanto de la hiel del pez, porque ser� necesario dentro de poco". La madre, que observaba desde lo alto, al divisarlos, llena de alegr�a avisa de ello a su esposo, y entonces el perro, compa�ero fiel del joven Tob�as que se hab�a acercado hasta ellos, confirma en el m�s grande gozo y alegr�a el coraz�n de los ancianos padres, ante la inminente llegada del hijo ausente, que los abraza seguidamente, con l�grimas de gozo y satisfacci�n.

Dadas las gracias a Dios y ofrecidos al Se�or sacrificios de adoraci�n, toma el joven Tob�as de la hiel del pez, seg�n su acompa�ante Rafael lo previniera, y unta a su padre en los ojos, recobrando �ste la vista, tan sana y perfecta desde aquel momento, como si nunca hubiera padecido ceguera. Bendijo nuevamente al Se�or el anciano, y todos los suyos con gran alegr�a, que subi� al l�mite cuando a los siete d�as entraba Sara con sus criados y riquezas.

Hubo grandes fiestas y convites, y conociendo el anciano Tob�as que todos aquellos bienes proced�an de la mediaci�n y bondad del gu�a, cuya personalidad ignoraban, dijo a su hijo: "�C�mo podremos agradecer, hijo m�o, los bienes que nos ha prodigado este joven que ha sido tu gu�a?".

Respondi� el hijo: "Padre, yo no s� que recompensa sea digna de �l, que me llev� y trajo sano y salvo, cobr� la deuda de Gabelo, hizo que Sara fuese mi esposa, ahuyentando el demonio que la atormentaba y llenando de gozo la casa de sus padres; me liber� del pez y, te ha curado a t�, padre, la ceguera, para que vierais nuevamente la luz del Cielo. Suplicadle, padre m�o, se digne recibir siquiera la mitad de todo cuanto hemos traido".

Lo crey� muy prudente el santo var�n, y llamando a Rafael, le rogaron con encarecimiento se dignase aceptar la mitad de los bienes recibidos. Entonces San Rafael, develando su secreto, les habl� as�: "Bendecid a Dios del cielo y dadle gracias ante todo, porque ha usado con vosotros de su misericordia. Yo soy el Arc�ngel Rafael, uno de los siete que estamos delante del Se�or".

Al o�r �sto, los dos Tob�as se turbaron y, llenos de temor, cayeron en tierra. San Rafael les dice entonces dulcemente: "No tem�is, porque cuando yo estaba con vosotros, estaba por voluntad de Dios. Bendecidle y cantad sus alabanzas. Ya es tiempo de que vuelva al que me envi�. Vosotros bendecid siempre al Se�or y contad sus maravillas". Dicho �sto desapareci� y no volvieron a verlo.


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