San Pancracio


Biograf�a

San Pancracio
Fiesta: 12 de mayo
Patr�n: de buena suerte, ni�os, para conseguir trabajo, contra falsos testigos y falsos testimonios, contra perjurio, calambres, espasmos, dolores de cabeza.

Es uno de los Santos "auxiliadores" m�s invocados en la Edad Media, uno de los m�s famosos del Cristianismo por los innumerables favores que por su intercesi�n se han obtenido en todos los tiempos.

Pancracio naci� en una ciudad de Frigia, provincia romana del Asia Menor, y fue su padre un noble y hacendado se�or, llamado Cleonio, pagano de recto coraz�n, que falleci� cuando el ni�o ten�a siete a�os. Qued� �ste sin otro familiar que un t�o paterno, llamado Dionisio, a cuya tutela fue confiado.

Result� Dionisio un excelente y ejemplar tutor, que administr� y acrecent� admirablemente el vasto patrimonio del hu�rfano, y cuid� con diligente celo de su buena educaci�n. Le pareci� que �sta resultar�a m�s acabada en la capital del Imperio, donde, por otra parte, Pancracio ten�a tambi�n grandes posesiones; y por �sto, cuando el ni�o lleg� a sus diez a�os, se trasladaron el t�o y el sobrino a Roma. All� se establecieron en un bello palacio y Pancracio prosigui� sus estudios.

Estamos en los finales del siglo III. Es emperador Diocleciano, el que decret� la d�cima y �ltima persecuci�n general contra el Cristianismo. Dionisio y Pancracio tienen a su servicio un criado cristiano, con todo y profesar ellos el culto a los dioses de la gentilidad. Como ambos merecen toda su confianza, el criado no se recata de manifestarles su fe religiosa.

Es hombre de singulares virtudes. Se propone convertir a sus buenos se�ores. Muy pronto lograr� sus deseos, poni�ndoles en relaci�n con el Papa, nada menos, que vive oculto all� cerca. Pueden hablar reiteradamente con el Sumo Pont�fice y embelesarse en la sabidur�a de sus razonamientos, admiran su esp�ritu de caridad y la ejemplaridad de todas sus acciones.

Entonces se enteran de las her�icas virtudes de los seguidores de Cristo, y tienen oportunidad de conocer a algunos. Comienzan a conocer as� mismo algunos dogmas y preceptos morales del Cristianismo; contrastan la nueva y lozana religi�n con la vieja y carcomida idolatr�a. No se hicieron esperar los resultados. T�o y sobrino, con gran anhelo, determinaron abrazar la santa fe y pedir el Bautismo al Pont�fice.

Pocas semanas m�s tarde eran bautizados ambos en las catacumbas, asistiendo despu�s al Santo Sacrificio y recibiendo la divina Eucarist�a. Terminada la Misa, contribuyeron a la colecta que se acostumbraba, cada uno con una espl�ndida ofrenda: la de todos sus bienes, rentas y riquezas, en favor de los pobres y de la comunidad cristiana.

Pancracio fue denunciado al poco tiempo por el mismo emperador, que tiempo atr�s fue amigo de Cleonio, su padre.
"El hijo de Cleonio de Frigia se ha hecho cristiano y est� distribuyendo sus haciendas entre viles personas, adem�s blasfema horriblemente contra nuestros dioses", le dijeron.

Diocleciano dispuso su detenci�n y mand� que fuera conducido a su presencia. Largo fue, seg�n parece, el di�logo entre el tirano y el jovencito, pero, no habiendo logrado ni con halagos ni con amenazas apartarlo de la adoraci�n de Jesucristo, orden� furioso que se lo decapitase.

Fue conducido a la V�a Aurelia para darle la pena capital. Llegado al punto preciso del sacrificio, se arrodill� y levant� los ojos y las manos al cielo, dando gracias al Se�or porque hab�a llegado el ansiado momento. Despu�s lo obligaron a inclinar la cabeza, y el hacha del verdugo con rudo golpe la separ� del cuerpo.

Qued� Pancracio all� mismo, para que lo comieran los perros, ya entrada la noche una noble se�ora llamada Octavila lo hizo recoger, lo embalsam� con ricos aromas, lo amortaj� con un lienzo precioso y cuid� de que fuese enterrado en un sepulcro nuevo, muy cerca del lugar del martirio.

En Roma San Pancracio tiene una Bas�lica, donde antiguamente se celebraba el domingo despu�s de la Pascua una hermos�sima fiesta. Los que hab�an sido bautizados el S�bado de Gloria dejaban en la Octava de la Resurrecci�n (llamada Dominica in Albis) los vestidos blancos que hab�an llevado todos aquellos d�as como s�mbolo de la gracia bautismal; y como acto conclusivo de su feliz Pascua se dirig�an en procesi�n a la Bas�lica del joven m�rtir, para renovar sobre su tumba, que all� se venera, el juramento de perpetua fidelidad a Jesucristo.

Del acostumbrado juramento de los antiguos neobautizados procedi�, sin duda, la especial devoci�n que tuvo en la Edad Media San Pancracio, invoc�ndolo como protector de los inocentes y como inexorable vengador de los juramentos falsos. Protector de la inocencia y perseverancia de los que quieren cumplir sus bautismales promesas.

Defensor de los votos santos, de la verdad en la palabra y de los dignos contratos. Se dec�a, y no sin fundamento, que el Santo castigaba con la muerte a los perjuros. Por �sto su Bas�lica era considerada especialmente por los comarcanos de Roma, como un lugar muy a prop�sito para la celebraci�n de contratos importantes.

Sabemos por libros antiqu�simos que el sepulcro del M�rtir era considerado como "lugar de salud", y �l como abogado ante el Se�or en las dificultades econ�micas y en los apuros de la vida.

A trav�s de los siglos, y sobre todo en tiempos m�s modernos, se lo aclama como Patr�n de la salud y el trabajo. Los enfermos, los pobres obreros, y todas las personas modestas lo invocan.

Se considera a San Pancracio como protector de los pobres, porque voluntariamente se hizo t�l. Era riqu�simo, pero entre los necesitados y desvalidos reparti� todo su patrimonio. No es extra�o, pues, que haya conquistado la simpat�a del pueblo humilde y la entusiasta devoci�n de los menesterosos.


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