
San Luis Gonzaga
Luis en alem�n significa "batallador glorioso"
La madre, habiendo llegado a las puertas de la muerte antes del nacimiento de Luis, lo hab�a consagrado a la Sant�sima Virgen y llevado a bautizar al nacer. Por el contrario, a don Ferrante s�lo le interesaba su futuro mundano, que fuese soldado como �l.
Desde que el ni�o ten�a cuatro a�os jugaba con ca�ones y arcabuces en miniatura y, a los cinco, su padre lo llev� a Casalmaggiore, donde unos tres mil soldados se ejercitaban en preparaci�n para la campa�a de la expedici�n espa�ola contra T�nez. Durante su permanencia en aquellos cuarteles, que se prolong� durante varios meses, el peque�o Luis se divert�a en grande al encabezar los desfiles y en marchar al frente del pelot�n con una pica al hombro.
En cierta ocasi�n, mientras las tropas descansaban, se las arregl� para cargar una pieza de la artiller�a, sin que nadie lo advirtiera, y dispararla con la consiguiente alarma en el campamento. Rodeado por los soldados, aprendi� la importancia de ser valiente y del sacrificio por grandes ideales, pero tambi�n adquiri� el rudo vocabulario de las tropas. Al regresar al castillo, las repet�a c�ndidamente.
Su tutor lo reprendi�, haci�ndole ver que aquel lenguaje no s�lo era grosero y vulgar, sino blasfemo. Luis se mostr� sinceramente avergonzado y arrepentido de modo que, comprendiendo que aquello ofend�a a Dios, jam�s volvi� a repetirlo.
Despierta su vida espiritual
En 1577 su padre lo llev� con su hermano Rodolfo a Florencia, Italia, dej�ndolos al cargo de varios tutores, para que aprendiesen el lat�n y el idioma italiano puro de la Toscana. Cualesquiera que hayan sido sus progresos en estas ciencias seculares, no impidieron que Luis avanzara a grandes pasos por el camino de la santidad y, desde entonces, sol�a llamar a Florencia: "la escuela de la piedad".
Un d�a que la marquesa contemplaba a sus hijos en oraci�n, exclam�: "Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio �qu� dichosa ser�a yo!". Luis le dijo al o�do: "Yo ser� el que Dios escoger�". Desde su primera infancia se hab�a entregado al la Sant�sima Virgen. A los nueve a�os, en Florencia, se uni� a Ella haciendo el voto de virginidad. Despu�s resolvi� hacer una confesi�n general, de la que data lo que �l llama �su conversi�n�.
A los doce a�os hab�a llegado al m�s alto grado de contemplaci�n. A los trece, el obispo San Carlos Borromeo, al visitar su di�cesis, se encontr� con Luis, maravill�ndose de que en medio de la corte en que viv�a mostrase tanta sabidur�a e inocencia, y le dio �l mismo la primera comuni�n.
Fue muy puro y exigente consigo mismo
A fin de librarse de las tentaciones, se someti� a una disciplina riguros�sima. En su celo por la santidad y la pureza, se dice que lleg� a hacerse grandes exigencias como, por ejemplo, mantener baja la vista siempre que estaba en presencia de una mujer. Sea cierto o no, hay que cuidarse de no abusar de estos relatos para crear una falsa imagen de Luis o de lo que es la santidad.
No es extra�o que en los primeros a�os, despu�s de una seria decisi�n por Cristo, se cometen errores al quererse encaminar por la entrega total en una vida diferente a la que lleva el mundo. El mismo fundador de los Jesuitas explica que en sus primeros a�os cometi� algunos excesos que despu�s supo equilibrar y encausar mejor.
Lo admirable es la disponibilidad de su coraz�n, dispuesto a todo para librarse del pecado y ser plenamente para Dios. Adem�s, hay que saber que algunos vicios e impurezas requieren grandes penitencias. San Luis quiso, al principio, imitar los remedios que le�a de los padres del desierto.
Algunos hagi�grafos nos pintan una vida del Santo algo delicada que no corresponde a la realidad. Quiz�s, ante un mundo que tiene una falsa imagen de ser hombre, algunos no comprenden como un joven varonil pueda ser santo. La realidad es que se es verdaderamente hombre a la medida que se es santo. Sin duda a Luis le atra�an las aventuras militares de las tropas entre las que vivi� sus primeros a�os y la gloria que se le ofrec�a en su familia, pero de muy joven comprendi� que hab�a un ideal mas grande y que requer�a mas valor y virtud.
Fue en Montserrat donde se decidi� la vocaci�n de Luis.
En el viaje Luis estuvo a punto de morir ahogado al pasar el r�o Tessin, crecido por las lluvias. La carroza se hizo pedazos y fue a la deriva. Providencialmente, un tronco detuvo a los n�ufragos. Un campesino que pasaba vio el peligro en que se hallaban y los salv�.
Una dolorosa enfermedad renal que le atac� por aquel entonces, le sirvi� de pretexto para suspender sus apariciones en p�blico y dedicar todo su tiempo a la plegaria y la lectura de la colecci�n de "Vidas de los Santos" por Surius. Pas� la enfermedad, pero su salud qued� quebrantada por trastornos digestivos tan frecuentes, que durante el resto de su vida tuvo dificultades en asimilar los diarios alimentos.
Otros libros que ley� en aquel per�odo de reclusi�n son: Las cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en aquel pa�s, le suscit� la idea de ingresar en la Compa��a de Jes�s a fin de trabajar por la conversi�n de los herejes, y Compendio de la doctrina espiritual de fray Luis de Granada. Como primer paso en su futuro camino de misionero, aprovech� las vacaciones veraniegas que pasaba en su casa de Castiglione para ense�ar el catecismo a los ni�os pobres del lugar.
En Casale-Monferrato, donde pasaba el invierno, se refugiaba durante horas enteras en las iglesias de los capuchinos y los barnabitas; en privado comenz� a practicar las mortificaciones de un monje: ayunaba tres d�as a la semana a pan y agua, se azotaba con el l�tigo de su perro, se levantaba a mitad de la noche para rezar de rodillas sobre las losas desnudas de una habitaci�n en la que no permit�a que se encendiese fuego, por riguroso que fuera el tiempo.
Fue in�til que su padre lo combatiese en estos deseos. En la misma corte, Luis viv�a como un religioso, someti�ndose a grandes penitencias. A pesar de que ya hab�a recibido sus investiduras de manos del emperador, manten�a la firme intenci�n de renunciar a sus derechos de sucesi�n sobre el marquesado de Castiglione en favor de su hermano.
Madrid
Cumpl�a estrictamente con la hora diaria de meditaci�n que se hab�a prescrito, no obstante que para llegar a concentrarse, necesitaba a veces varias horas de preparaci�n. Su seriedad, espiritualidad y circunspecci�n, extra�as en un adolescente de su edad, fueron motivo para que algunos de los cortesanos comentaran que el joven marqu�s de Castiglione no parec�a estar hecho de carne y hueso como los dem�s.
Resuelto a unirse a la Compa��a de Jes�s
A la desilusi�n de ver frustrados sus sue�os sobre la carrera militar de Luis, se agregaba en la mente de Ferrante la sospecha de que la decisi�n de su hijo era parte de un plan urdido por los cortesanos para obligarlo a retirarse del juego en el que hab�a perdido grandes cantidades de dinero.
De todas maneras, Ferrante persist�a en su negativa hasta que, por mediaci�n de algunos de sus amigos, accedi� de mala gana a dar consentimiento provisional. La temprana muerte del infante Don Diego vino entonces a librar a los hermanos Gonzaga de sus obligaciones cortesanas y, luego de una estancia de dos a�os en Espa�a, regresaron a Italia en julio de 1584.
Al llegar a Castiglione se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis, y �ste encontr� obst�culos a su vocaci�n, no s�lo en la tenaz negativa de su padre, sino en la oposici�n de la mayor�a de sus parientes, incluso el duque de M�ntua. Acudieron a parlamentar eminentes personajes eclesi�sticos y laicos que recurrieron a las promesas y las amenazas a fin de disuadir al muchacho, pero no lo consiguieron.
Ferrante hizo los preparativos para enviarle a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomend� a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en �l nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus prop�sitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de Luis.
Luego de haber dado y retirado su consentimiento muchas veces, Ferrante capitul� por fin, al recibir el consentimiento imperial para la transferencia de los derechos de sucesi�n a Rodolfo, y escribi� al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, dici�ndole: �Os env�o lo que m�s amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia ten�a puestas sus esperanzas.�
El Noviciado
Sus maestros ten�an que vigilarlo estrechamente para impedir que se excediera en las mortificaciones. Al principio el joven tuvo que sufrir otra prueba cruel: las alegr�as espirituales que el amor de Dios y las bellezas de la religi�n le hab�an proporcionado desde su m�s tierna infancia desaparecieron.
Seis semanas despu�s muri� Don Fernante. Desde el momento en que su hijo Luis abandon� el hogar para ingresar en la Compa��a de Jes�s, hab�a transformado completamente su manera de vivir. El sacrificio de Luis hab�a sido un rayo de luz para el anciano.
No hay mucho m�s que decir sobre San Luis durante los dos a�os siguientes, fuera de que, en todo momento, dio pruebas de ser un novicio modelo. Al quedar bajo las reglas de la disciplina, estaba obligado a participar en los recreos, a comer m�s y a distraer su mente. Adem�s, por motivo de su salud delicada, se le prohibi� orar o meditar fuera de las horas fijadas para ello: Luis obedeci�, pero tuvo que librar una recia lucha consigo mismo para resistir el impulso a fijar su mente en las cosas celestiales.
Por consideraci�n a su precaria salud, fue trasladado de Mil�n para que completase en Roma sus estudios teol�gicos. S�lo Dios sabe de qu� artificios se vali� para que le permitieran ocupar un cub�culo estrecho y oscuro, debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros.
Luis suplicaba que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas m�s serviles. Cierto d�a, hall�ndose en Mil�n, en el curso de sus plegarias matutinas, le fue revelado que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Aquel anuncio lo llen� de j�bilo y apart� a�n m�s su coraz�n de las cosas de este mundo.
Durante esa �poca, con frecuencia en las aulas y en el claustro se lo ve�a arrobado en la contemplaci�n; algunas veces, en el comedor y durante el recreo ca�a en �xtasis. Los atributos de Dios eran los temas de meditaci�n favoritos del Santo y, al considerarlos, parec�a impotente para dominar la alegr�a desbordante que lo embargaba.
Una epidemia
Luis iba de puerta en puerta con un zurr�n, mendigando v�veres para los enfermos. Muy pronto, despu�s de implorar ante sus superiores, logr� cuidar de los moribundos. Luis se entreg� de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesi�n.
Luis contrajo la enfermedad. Hab�a encontrado un enfermo en la calle y, carg�ndolo sobre sus espaldas, lo llev� al hospital donde serv�a.
Pens� que iba a morir y, con grandes manifestaciones de gozo (que m�s tarde lament� por el escr�pulo de haber confundido la alegr�a con la impaciencia), recibi� el vi�tico y la unci�n.
Contrariamente a todas las predicciones, se recuper� de aquella enfermedad, pero qued� afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, lo redujo a un estado de gran debilidad.
En todas las ocasiones que le fue posible, se levantaba del lecho por la noche, para adorar al crucifijo, para besar una tras otra, las im�genes sagradas que guardaba en su habitaci�n y para orar, hincado en el estrecho espacio entre la cama y la pared. Con mucha humildad pero con tono ansioso, preguntaba a su confesor, San Roberto Belarmino, si cre�a que alg�n hombre pudiese volar directamente a la presencia de Dios, sin pasar por el purgatorio. San Roberto le respond�a afirmativamente y, como conoc�a bien el alma de Luis, lo alentaba a tener esperanzas de que se le concediera esa gracia.
En una de aquellas ocasiones el joven cay� en un arrobamiento que se prolong� durante toda la noche, y fue entonces cuando se le revel� que habr�a de morir en la octava del Corpus Christi. Durante todos los d�as siguientes, recit� el "Te Deum" como acci�n de gracias.
Algunas veces se le o�a gritar las palabras del Salmo: "Me alegr� porque me dijeron: �Iremos a la casa del Se�or!" (Salmo CXXI - 1). En una de esas ocasiones, agreg�: "�Ya vamos con gusto, Se�or, con mucho gusto!". Al octavo d�a parec�a estar tan mejorado que el padre rector habl� de enviarle a Frascati. Sin embargo, Luis afirmaba que iba a morir antes de que despuntara el alba del d�a siguiente y recibi� de nuevo el vi�tico. Al padre provincial, que lleg� a visitarle, le dijo:
Al caer la tarde se diagn�stico que el peligro de muerte no era inminente y se mand� a descansar a todos los que lo velaban, con excepci�n de dos. A instancias de Luis, el padre Belarmino rez� las oraciones para la muerte antes de retirarse. El enfermo qued� inm�vil en su lecho y s�lo en ocasiones murmuraba: "En Tus manos, Se�or..."
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jes�s en sus labios, expir� alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitr�s a�os y ocho meses.
Los restos de San Luis Gonzaga se conservan actualmente bajo el altar de Lancellotti en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.
Fue canonizado en 1726.
Biograf�a
Fiesta: 21 de junio
Patr�n: enfermos de sida, j�venes cat�licos, estudiantes jesuitas, dolencias de la vista, contra la peste, de la juventud.
San Luis Gonzaga naci� el 9 de marzo de 1568, en el castillo de Castiglione delle Stivieri, en la Lombardia. Hijo mayor de Ferrante, marqu�s de Chatillon de Stivi�res en Lombardia y pr�ncipe del Imperio y Marta Tana Santena (Do�a Norta), dama de honor de la reina de la corte de Felipe II de Espa�a, donde tambi�n el marqu�s ocupaba un alto cargo.
Apenas contaba siete a�os de edad cuando experiment� lo que podr�a describirse mejor como un despertar espiritual. Siempre hab�a dicho sus oraciones matinales y vespertinas, pero desde entonces y por iniciativa propia, recit� a diario el oficio de Nuestra Se�ora, los siete salmos penitenciales y otras devociones, siempre de rodillas y sin cojincillo. Su propia entrega a Dios en su infancia fue tan completa que, seg�n su director espiritual, San Roberto Belarmino, y tres de sus confesores, nunca, en toda su vida, cometi� un pecado mortal.
Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, se encontr� mezclado con aquellos que, seg�n la descripci�n de un historiador, "formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie". Pero para un alma tan piadosa como la de Luis, el �nico resultado de aquellos ejemplos funestos, fue el de acrecentar su celo por la virtud y la castidad.
Hac�a poco m�s de dos a�os que los j�venes Gonzaga viv�an en Florencia, cuando su padre los traslad� con su madre a la corte del duque de M�ntua, quien acababa de nombrar a Ferrante gobernador de Montserrat. Esto ocurr�a en el mes de noviembre de 1579, cuando Luis ten�a once a�os y ocho meses.
En 1581, se dio a Ferrante la comisi�n de escoltar a la emperatriz Mar�a de Austria en su viaje de Bohemia a Espa�a. La familia acompa�� a Ferrante y, al llegar a Espa�a, Luis y su hermano Rodolfo fueron designados pajes de Don Diego, pr�ncipe de Asturias. A pesar de que Luis, obligado por sus deberes, atend�a al joven infante y participaba en sus estudios, nunca omiti� o disminuy� sus devociones.
El d�a de la Asunci�n del a�o 1583, en el momento de recibir la sagrada comuni�n en la iglesia de los padres jesuitas de Madrid, oy� claramente una voz que le dec�a: �Luis, ingresa en la Compa��a de Jes�s.�
Primero, comunic� sus proyectos a su madre, quien los aprob� en seguida, pero en cuanto �sta los particip� a su esposo, �ste mont� en c�lera a tal extremo, que amenaz� con ordenar que azotaran a su hijo hasta que recuperase el sentido com�n.
Inmediatamente despu�s, Luis parti� hacia Roma y, el 25 de noviembre de 1585, ingres� al noviciado en la casa de la Compa��a de Jes�s, en Sant'Andrea. Acababa de cumplir los dieciocho a�os. Al tomar posesi�n de su peque�a celda, exclam� espont�neamente: "�ste es mi descanso para siempre; aqu� habitar�, pues as� lo he deseado" (Salmo cxxxi-14). Sus austeridades, sus ayunos, sus vigilias hab�an arruinado ya su salud hasta el extremo de que hab�a estado a punto de perder la vida.
En 1591, atac� con violencia a la poblaci�n de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.
Luis vio que su fin se acercaba y escribi� a su madre: �Alegraos, Dios me llama despu�s de tan breve lucha. No llor�is como muerto al que vivir� en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias�. En sus �ltimos momentos no pudo apartar su mirada de un peque�o crucifijo colgado ante su cama.
-�Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...!
-�A d�nde, Luis?
-�Al Cielo!
-�Oigan a este joven! -exclam� el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati.
El Papa Benedicto XIII lo nombr� protector de estudiantes j�venes.
El Papa Pio XI lo proclam� patr�n de la juventud cristiana.