
Santa Juana de Arco
En franc�s Jeanne d'Arc, conocida por sus contempor�neos como la Pucelle (la "Doncella").
Santa Juana declar� m�s tarde: "S� cocer e hilar como cualquier mujer". Pero nunca aprendi� a leer ni a escribir. Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitaci�n de la Santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compa�eros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recib�a con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que m�s de una vez, cedi� su lecho.
Seg�n uno de los testigos, "era tan buena, que todo el pueblo la quer�a." Por lo que parece, Santa Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada por los desastres que asolaban el pa�s y por el constante peligro de un ataque armado sobre la poblaci�n de Domr�my, situada en la frontera de Lorena. Antes de emprender su gran empresa, Santa Juana tuvo que huir, por lo menos una vez, con sus padres, a la poblaci�n de Neufchatel, a trece kil�metros de distancia, para escapar de las manos de los piratas borgo�ones que saquearon Domr�my.
Santa Juana era todav�a muy ni�a cuando Enrique V de Inglaterra invadi� Francia, asol� Normand�a y reclam� la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgo�a y el duque de Orle�ns, de suerte que no hab�a podido organizar r�pidamente la resistencia. Por otra parte, despu�s de que el duque de Borgo�a fue traidoramente asesinado por los hombres del delf�n, los borgo�eses se aliaron con los ingleses que apoyaban su causa.
La muerte de los monarcas rivales, ocurrida en 1422, no mejor� la situaci�n de Francia. El duque de Bedford, regente del monarca ingl�s, prosigui� vigorosamente la campa�a y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. Entre tanto, Carlos VII, o el delf�n, como se insist�a en llamarle, consideraba la situaci�n perdida sin remedio y se entregaba a fr�volos pasatiempos en su Corte.
A los catorce a�os de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias m�sticas que hab�an de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oy� una voz, parec�a hablarle de cerca, y vio un resplandor; m�s tarde las voces se multiplicaron y la joven empez� a ver a sus interlocutores, que eran entre otros, San Miguel Arc�ngel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco le explicaron la abrumadora misi�n a la que el cielo le ten�a destinada: �Ella, una simple campesina deb�a salvar a Francia!. Para no despertar la c�lera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio.
Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y expl�citas: la joven deb�a presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana poblaci�n de Vaucouleurs. Santa Juana consigui� que un t�o suyo que viv�a en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burl� de sus palabras, y despidi� a la doncella dici�ndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posici�n militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orle�ns, el �ltimo reducto de la resistencia. Santa Juana volvi� a Domr�my, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondi� que era una campesina que no sab�a ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."
El escepticismo de Baudricourt desapareci� cuando recibi� la noticia oficial de una derrota que Santa Juana hab�a predicho; as� pues, no s�lo consinti� en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidi� que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud.
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba el monarca, el 6 de marzo de 1429, pero Santa Juana no consigui� verle sino hasta dos d�as despu�s.
Carlos se hab�a disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella lo reconoci� al instante por una se�al secreta que le comunicaron las voces y que ella transmiti� s�lo al rey. Ello bast� para persuadir a Carlos VII del car�cter sobrenatural de la misi�n de la doncella. Santa Juana le pidi� un regimiento para ir a salvar Orle�ns. El favorito del rey, la Tr�mouille, y la mayor parte de la Corte que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petici�n. Para zanjar la cuesti�n, el rey decidi� enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisi�n de sabios te�logos.
Al cabo de un interrogatorio que dur� tres semanas por lo menos, la comisi�n declar� que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsej� que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvi� entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedici�n que ella deb�a encabezar. El estandarte que se confeccion� especialmente para ella, ten�a bordados los nombres de Jes�s y de Mar�a, y una imagen del Padre Eterno, a quien dos �ngeles le presentaban de rodilla, con una Flor de Lis. La expedici�n parti� de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba a la cabeza, revestida con una armadura blanca.
A pesar de algunos contratiempos el ej�rcito consigui� entrar en Orle�ns el 29 de abril, y su presencia obr� maravillas. Para el 8 de mayo, ya hab�an ca�do los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levant� el sitio. Santa Juana recibi� una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campa�a, hab�a profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le hab�an asegurado que no vivir�a mucho tiempo. Pero La Tr�mouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberaci�n de Orle�ns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses.
Sin embargo, se permiti� a Santa Juana emprender una campa�a en el Loira con el duque de Alencon. La campa�a fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trat� de coronar inmediatamente al delf�n. El camino a Reims estaba pr�cticamente conquistado y el �ltimo obst�culo desapareci� con la inesperada capitulaci�n de Troyes.
Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la Santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneci� de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronaci�n de Carlos VII termin� la misi�n que las voces hab�an confiado a la Santa y tambi�n su carrera de triunfos militares.
Santa Juana se lanz� audazmente al ataque de Par�s, pero la empresa fracas� por la falta de los refuerzos que el rey hab�a prometido enviar y por la ausencia del monarca. La Santa recibi� una herida en el muslo durante la batalla y, el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que sigui�, la pas� Santa Juana en la Corte, donde los nobles la miraban mal, con disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudi� a socorrer a la plaza de Compiegne, que resist�a a los borgo�ones.
El 23 de mayo de 1430, entr� en la ciudad y ese mismo d�a organiz� un ataque que no tuvo �xito.
Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. �stos no pod�an condenarla a muerte por haberlos derrotado, pero la acusaron de hechicer�a y de herej�a. Como la brujer�a estaba entonces a la orden del d�a, la acusaci�n no era extravagante. Adem�s, es cierto que los ingleses y los borgo�eses hab�an atribuido sus derrotas a conjuros m�gicos de la Santa doncella.
Los ingleses la condujeron dos d�as antes de Navidad, al castillo de Rouen. Seg�n se dice, sin suficiente fundamento la encerraron primero en una jaula de acero, porque hab�a intentado huir dos veces; despu�s la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un apoyo de piedra, y la vigilaban d�a y noche. El 21 de febrero de 1431 la Santa compareci� por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escr�pulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses.
El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, cl�rigos y empleados ordinarios. En seis sesiones p�blicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrog� a la doncella acerca de sus "visiones" y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. S�la y sin defensa, la Santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundi� con sus h�biles respuestas y su memoria exact�sima. Una vez terminadas las sesiones, se present� a los jueces y a la Universidad de Par�a un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones hab�an sido diab�licas y la Universidad la acus� en t�rminos violentos.
En la deliberaci�n final el tribunal declar� que, si no se retractaba deb�a ser entregada como hereje al brazo secular. La Santa se neg� a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdi� valor e hizo una vaga retractaci�n. Digamos, sin embargo, que no se conservan los t�rminos de su retractaci�n y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisi�n, pero ese respiro no dur� mucho tiempo.
Ya fuese por voluntad propia, ya por artima�as de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvi� a vestirse de hombre, contra la promesa que le hab�an arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que hab�a recobrado todo su valor, declar� nuevamente que Dios la hab�a enviado y que las voces proced�an de Dios.
Seg�n se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: "Tened buen �nimo, que pronto acabaremos con ella". El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, despu�s de o�r el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la Santa al brazo secular como hereje renegada. Al d�a siguiente, a las ocho de la ma�ana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidi� a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Muri� rezando. Invocaba al Arc�ngel San Miguel, al cual siempre le hab�a tenido gran devoci�n, e invocando el nombre de Jes�s tres veces, entreg� su esp�ritu al Se�or.
La Santa no hab�a cumplido todav�a los veinte a�os. Era el 29 de mayo del a�o 1431. Sus cenizas fueron arrojadas al r�o Sena. M�s de uno de los espectadores debi� haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: "�Estamos perdidos! �Hemos quemado a una Santa!"
Biograf�a
Fiesta: 30 de mayo
Patrona: de Francia y Doncella de Orle�ns.
Santa Juana de Arco naci� en d�a de la Epifan�a, 6 de enero de 1412, en Domr�my, peque�o pueblecito de Champagne, a orillas de la Mosa, Francia. Su padre, Jacobo d�Arc, era un hacendado de cierta importancia, hombre bueno, frugal y un tanto hura�o. La madre de Santa Juana, que amaba tiernamente a sus cinco hijos, educ� a sus dos hijas en los quehaceres dom�sticos.
Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huy� de su casa y se dirigi� nuevamente a Vaucouleurs.
A causa del p�nico, o debido a un error de c�lculo del gobernador de la plaza, se levant� demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgo�eses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa griter�a y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la hab�a hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el oto�o, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgo�a. Ni el rey ni los compa�eros de la Santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte.
Veintitr�s a�os despu�s de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombr� a una comisi�n encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisi�n rehabilit� plenamente a la Santa. M�s de cuatro siglos y medio despu�s, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV.