
San Jer�nimo
Jer�nimo quiere decir "el que tiene un nombre sagrado" Jero = sagrado. Nomos = nombre.
Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religi�n y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar, y m�s tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jer�nimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gram�tico pagano.
En poco tiempo lleg� a dominar perfectamente el lat�n y el griego (su lengua natal era el ilirio), ley� a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicaci�n e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como hab�a quedado falto de la gu�a paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvid� algunas de las ense�anzas y de las devociones que se le hab�an inculcado desde peque�o.
A decir verdad, Jer�nimo termin� sus a�os de estudio sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al esp�ritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admiti� y lament� amargamente a�os m�s tarde.
Por otra parte, en Roma recibi� el bautismo (no fue catec�meno hasta que cumpli� m�s o menos los dieciocho a�os)y, como �l mismo nos lo ha dejado dicho, "ten�amos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los m�rtires y de los ap�stoles y nos met�amos a las galer�as subterr�neas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos".
Despu�s de haber pasado tres a�os en Roma, sinti� el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compa��a de su amigo Bonoso, se fue hacia Tr�veris. Ah� fue donde renaci� impetuosamente el esp�ritu religioso que siempre hab�a estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su coraz�n se entreg� enteramente a Dios.
En el a�o de 370, Jer�nimo se estableci� temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se hab�a atra�do a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jer�nimo tuvo amistad con varios de aquellos cl�rigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos.
Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedi� a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los di�conos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ah� Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jer�nimo y, luego, su encarnizado opositor.
Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos a�os, alg�n conflicto, sin duda m�s grave que los otros, disolvi� al grupo de amigos, y Jer�nimo decidi� retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que hab�a sido compa�ero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adri�tico.
Jer�nimo, por su parte, hab�a conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioqu�a con merecida fama de ciencia y virtud, quien despert� el inter�s del joven por el oriente, y hacia all� parti� con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, �ste �ltimo hab�a sido esclavo de Santa Melania.
Jer�nimo lleg� a Antioqu�a en 374 y ah� permaneci� durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jer�nimo tambi�n estuvo enfermo, pero san�. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sue�o en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado.
Al pregunt�rsele qui�n era, repuso que: "un cristiano".
Corno consecuencia de aquellas emociones, Jer�nimo se retir� a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inh�spito al sureste de Antioqu�a, donde pas� cuatro a�os en di�logo con su alma. Ah� soport� grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.
"En el rinc�n remoto de un �rido y salvaje desierto", escribi� a�os m�s tarde a Santa Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que all� viven, a mi me parec�a encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma ...
En aquel exilio y prisi�n a los que, por temor al infierno, yo me conden� voluntariamente, sin m�s compa��a que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imagin� que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas.
Ten�a el rostro escu�lido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sent�a los ataques del deseo; en mi cuerpo fr�o y en mi carne enjuta, que parec�a muerta antes de morir, la pasi�n ten�a a�n vida. A solas con aquel enemigo, me arroj� en esp�ritu a los pies de Jes�s, los ba�� con mis l�grimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras.
No me averg�enzo al revelar mis tentaciones, pero s� lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volv�a la calma". De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jer�nimo en el desierto, era regular, rnon�tona y tranquila.
Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agreg� a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginaci�n desatada. Se propuso aprender el hebreo. "Cuando mi alma ard�a con los malos pensamientos", dijo en una carta fechada en el a�o 411 y dirigida al monje R�stico, "como �ltimo recurso, me hice alumno de un monje que hab�a sido jud�o, a fin de que me ense�ara el alfabeto hebreo.
As�, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicer�n, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pas� a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. �Cu�nto trabajo me cost� aprenderla y cu�ntas dificultades tuve que vencer! �Cu�ntas veces dej� el estudio, desesperado y cu�ntas lo reanud�! S�lo yo que soport� la carga puedo ser testigo, yo y tambi�n los que viv�an junto a m�. Y ahora doy gracias al Se�or que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembr� durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los cl�sicos paganos.
Por aquel entonces, la Iglesia de Antioqu�a sufr�a perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis tambi�n tomaron partido en aquellas disensiones e insist�an en que Jer�nimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusi�n.
El habr�a preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribi� dos cartas a San D�maso, que ocupaba la sede pontificia desde el a�o 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cu�les tendencias se inclinaba.
En la primera de sus cartas dice: "Estoy unido en comuni�n con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo s� que, sobre esa piedra, est� construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa Santa casa, es un profano. El que no est� dentro del arca, perecer� en el diluvio".
"No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extra�o para m�. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no est� con Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si ten�is a bien, lo que yo debo hacer". Como Jer�nimo no recibiese pronto una respuesta, envi� una segunda carta sobre el mismo asunto.
No conocemos la contestaci�n de San D�maso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioqu�a y que Jer�nimo recibi� la ordenaci�n sacerdotal de manos del Pont�fice, cuando al fin se decidi� a abandonar el desierto de Calquis.
�l no deseaba la ordenaci�n (nunca celebr� el santo sacrificio) y, si consinti� en recibirla, fue bajo la condici�n de que no estaba obligado a servir a tal o cual Iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones lo llamaban a la vida mon�stica de reclusi�n. Poco despu�s de recibir las �rdenes, se traslad� a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la direcci�n de San Gregorio Nazianceno.
En muchas partes de sus escritos Jer�nimo se refiere con evidente satisfacci�n y gratitud a aquel per�odo en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el a�o de 382, San Gregorio abandon� Constantinopla, y Jer�nimo regres� a Roma, junto con Paulino de Antioqu�a y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San D�maso a fin de discutir el cisma de Antioqu�a. Al t�rmino de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo emple� como su secretario.
A solicitud del Pont�fice y de acuerdo con los textos griegos, revis� la versi�n latina de los Evangelios que "hab�a sido desfigurada con traducciones falsas, correcciones mal hechas y a�adiduras descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisi�n al salterio en lat�n.
A la vez que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirig�a el extraordinario florecimiento del ascetismo que ten�a lugar entre las m�s nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, como el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa L�a, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinaci�n a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquia (28 de septiembre).
Pero al morir San D�maso, en el a�o de 384, el secretario se qued� sin protecci�n, y se encontr� de buenas a primeras en una situaci�n dif�cil. En sus dos a�os de actuaci�n p�blica, hab�a causado profunda impresi�n en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se hab�a creado antipat�as entre los envidiosos, entre los paganos y gente de mal vivir, a quienes hab�a condenado vigorosamente, y tambi�n entre las gente sencilla y de buena voluntad, que se ofend�an por las palabras duras, claras y directas del Santo, como por sus ingeniosos sarcasmos.
Cuando hizo un escrito en defensa de la decisi�n de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que s�bitamente renunci� al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jer�nimo satiriz� y critic� despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hac�a ostentaci�n, atac� a aquellas damas "que se pintan las mejillas con p�rpura y los p�rpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro demasiado blanco deja de ser humano para convertirse en el de un �dolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una l�grima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas".
"Son esas mujeres a las que el paso de los a�os no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otra gente, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos".
No se mostr� menos �spero en sus cr�ticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribi� a Santa Eustoquia, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas... Se les tomar�a por novios y no por cl�rigos; no piensan en otra cosa m�s que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas".
Despu�s de semejante proemio, describe a cierto cl�rigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma b�rbara y despiadada. Jer�nimo escribi� a Santa Marcela en relaci�n con cierto caballero que se supon�a, err�neamente, blanco de sus ataques. "Yo me divierto en grande y me r�o de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero �l lo toma todo para s� mismo... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podr�a pasar por un hombre bien parecido y sabio".
A nadie le puede extra�ar que, por justificadas que fuesen sus cr�ticas, causasen resentimientos tan s�lo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputaci�n fue atacada con violencia, y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonre�r fueron, a su vez, blanco de los ataques de los dem�s.
Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su direcci�n, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, lo salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jer�nimo con Santa Paula.
Las cosas llegaron a tal extremo, que el Santo, en el colmo de la indignaci�n, decidi� abandonar Roma y buscar alg�n retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribi� una hermosa apolog�a en forma de carta dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquia, m�as en Cristo, lo quiera el mundo o n� lo quiera", concluye aquella ep�stola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se ver� en qu� esp�ritu vivi� cada uno de nosotros".
En el mes de agosto del a�o 385, se embarc� hacia Porto, y nueve meses m�s tarde se reunieron con �l en Antioqu�a, Paula, Eustoquia y las otras damas romanas que hab�an resuelto compartir con �l su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jer�nimo, aquellas mujeres se establecieron en Bel�n y Jerusal�n, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso D�dimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandr�a.
Gracias a la generosidad de Paula, se construy� un monasterio para hombres, pr�ximo a la bas�lica de la Natividad, en Bel�n, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jer�nimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde naci� el Salvador. En aquel mismo lugar estableci� una escuela gratuita para ni�os y una hoster�a, "de manera qu�, si Jos� y Mar�a visitaran de nuevo Bel�n, habr�a donde hospedarlos". Dijo Santa Paula.
Ah�, por lo menos, transcurrieron algunos a�os en completa paz.
"Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiop�a, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aqu� y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religi�n es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones... Aqu� tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable".
"En el verano, los �rboles proporcionan sombra y frescura. En el oto�o, el viento fr�o que arrastra las hojas, nos da la sensaci�n de quietud. En primavera, nuestras salmodias son m�s dulces, porque las acompa�an los trinos de las aves. No nos falta la le�a, cuando la nieve y el fr�o del invierno nos caen encima. Dej�mosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad, y para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos tambi�n el cortejo de damas que reciben sus diarias visitas".
Pero no por gozar de aquella paz, pod�a Jer�nimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma hab�a escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Sant�sima Virgen Mar�a, ya que aqu�l sosten�a que, despu�s del nacimiento de Cristo, Su Madre hab�a tenido otros hijos con Jos�.
�ste y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioqu�a, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jer�nimo, y �ste, como respuesta, escribi� dos libros contra aqu�l en el a�o 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que hab�a sido negado por Joviniano, y en el segundo atac� los otros errores.
Los tratados fueron escritos con el estilo recio, caracter�stico de Jer�nimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a la gente de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros como �l, se sintieron ofendidos y as� se lo notificaron a Jer�nimo; entonces, �ste escribi� la Apolog�a a Pamaquio, conocida tambi�n como el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacci�n a sus cr�ticos.
Pocos a�os m�s tarde, Jer�nimo tuvo que dedicar su atenci�n a Vigilancio -a quien sarc�sticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneraci�n de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, id�latras y adoradores de cenizas.
En su respuesta, Jer�nimo le dijo: "Nosotros no adoramos las reliquias de los m�rtires, pero s� honramos a aquellos que fueron m�rtires de Cristo para poder adorarlo a �l. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Se�or".
Protest� contra las acusaciones de que la adoraci�n a los m�rtires era idolatr�a, al demostrar que los cristianos jam�s adoraron a los m�rtires como a dioses y, a fin de probar que los Santos interceden por nosotros, escribi�: "Si es cierto que cuando los ap�stoles y los m�rtires viv�an a�n sobre la tierra, pod�an pedir por otros hombres, �y con cu�nta mayor eficacia podr�n rogar por ellos despu�s de sus victorias! �Tienen acaso menos poder ahora que est�n con Jesucristo?"
Defendi� el estado mon�stico y dijo que, "al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconf�a de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente". Con frecuencia se refiere Jer�nimo a los Santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometi� a rezar por �l cuando estuviese en la gloria, y a Santa Paula le dijo, en ocasi�n de la muerte de su hija Blesila: "Ahora eleva oraciones ante el Se�or por t� y obtiene para m� el perd�n de mis culpas".
Del a�o 395 al 400, San Jer�nimo le hizo la guerra a la doctrina de Or�genes, y desgraciadamente en el curso de la lucha, se rompi� su amistad de veinticinco a�os con Rufino. Tiempo atr�s le hab�a escrito a �ste la declaraci�n de que: "una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos a�os m�s tarde, dir�a Shakespeare de esta manera:
"Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove". (No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el afecto de Jer�nimo por Rufino debi� ceder ante el celo del Santo por defender la verdad. Jer�nimo, como escritor recurr�a continuamente a Or�genes y era un gran admirador de su erudici�n y de su estilo, pero tan pronto como descubri� que en el oriente algunos se hab�an dejado seducir por el prestigio de su nombre y hab�an ca�do en grav�simos errores, se uni� a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse.
Rufino, que viv�a por entonces en un monasterio de Jerusal�n, hab�a traducido muchas de las obras de Or�genes al lat�n y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herej�as que, por lo menos materialmente se hallan en los escritos de Or�genes.
San Agust�n fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Or�genes y Jer�nimo, a pesar de que nadie mejor que �l estaba en posici�n de comprender que suyos eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no ten�a el sentido de la moderaci�n.
Era f�cil que se dejase arrastrar por la c�lera o por la indignaci�n, pero tambi�n se arrepent�a con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una an�cdota referente a cierta ocasi�n en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparec�a el Santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. "Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pont�fice a la imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado".
Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte m�s importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jer�nimo como sus obras cr�ticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia lo reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y lo tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposici�n, la explicaci�n y el comentario de la Divina Palabra.
El Papa Clemente VIII no tuvo escr�pulos en afirmar que Jer�nimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que �l para semejante trabajo: durante muchos a�os hab�a vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de la gente eran todav�a las mismas.
Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representaci�n de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conoc�a el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces, y tambi�n sab�a el hebreo, que si bien hab�a dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los jud�os, a�n se hablaba entre los doctores de la ley.
A ellos recurri� Jer�nimo para una mejor comprensi�n de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso jud�o llamado Bar Anan�as, el cual acud�a a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignaci�n de los otros doctores de la ley.
Pero no hay duda de que, adem�s de todo eso, Jer�nimo recibi� la ayuda del cielo para obtener el esp�ritu, el temperamento y la gracia indispensable para ser admitido en el santuario de la divina sabidur�a y comprenderla. Adem�s, la pureza de coraz�n y toda una vida de penitencia y contemplaci�n, hab�an preparado a Jer�nimo para recibir aquella gracia.
Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San D�maso, revis� en Roma la antigua versi�n latina de los Evangelios y los Salmos, as� como el resto del Nuevo Testamento. La traducci�n de la mayor�a de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realiz� durante sus a�os de retiro en Bel�n, a solicitud de todos sus amigos y disc�pulos m�s fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducci�n del original y no de otra versi�n cualquiera.
No comenz� a traducir los libros por orden, sino que se ocup� primero del Libro de los Reyes y sigui� con los dem�s, sin elegirlos. Las �nicas partes de la Biblia en lat�n conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jer�nimo, son los libros de la Sabidur�a, el Eclesi�stico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos.
Hizo una segunda revisi�n de los Salmos, con la ayuda del Hexapla de Or�genes y los textos hebreos, y esa segunda versi�n es la que est� incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versi�n, conocida como el Salterio Romano, se usa todav�a en el salmo de invitaci�n de los maitines y en todo el misal, as� como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses.
El Concilio de Trento design� a la Vulgata de San Jer�nimo, como el texto b�blico latino aut�ntico o autorizado por la Iglesia Cat�lica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versi�n sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa P�o X confi� a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jer�nimo en la Vulgata, ya que al cabo de quince siglos de uso, hab�an sido considerablemente modificados y corregidos.
En el a�o de 404, San Jer�nimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos a�os despu�s, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran n�mero de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasi�n, San Jer�nimo les escribi� de esta manera: �Qui�n hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendr�an que vagar un d�a, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? �Qui�n se imaginaba que Bel�n iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro, y completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".
De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursi�n de los b�rbaros y, alg�n tiempo despu�s, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Bel�n a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ah� moraban bajo la direcci�n y la protecci�n de San Jer�nimo, el cual hab�a atacado a Pelagio en sus escritos.
Durante aquella incursi�n, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un di�cono result� muerto y casi todos los Monasterios fueron incendiados. Al a�o siguiente, muri� Santa Eustoquia, y pocos d�as m�s tarde San Jer�nimo la sigui� a la tumba. El 30 de septiembre del a�o 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parec�a una sombra, pas� a mejor vida.
Fue sepultado en la Iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquia, pero mucho tiempo despu�s, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la Bas�lica de Santa Mar�a la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jer�nimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prest� al Papa San D�maso, aunque a veces tambi�n lo pintan junto a un le�n, porque se dice que domestic� a una de esas fieras a la que sac� una espina que se hab�a clavado en la pata. La leyenda pertenece m�s bien a San Ger�simo, pero el le�n podr�a ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.
Bibliograf�a:
Biograf�a
Fiesta: 30 de septiembre
Patr�n: de traductores, bibliotecarios, libreros, escritores.
JER�NIMO (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que m�s estudi� las Sagradas Escrituras, naci� alrededor del a�o 342, en Stridon, una poblaci�n peque�a situada en los confines de la regi�n d�lmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea.
"�Mientes!", le replicaron. "T� eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro est� tambi�n tu coraz�n". Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su esp�ritu y su encuentro con San Maleo, cuya extra�a historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahond� todav�a m�s el sentimiento.
"Aqu� se congregan los ilustres galos y tan pronto como los brit�nicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religi�n, dejan las tierras donde viven y acuden a �stas, a las que s�lo se conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras".
Butler, Vida de los Santos