San Gerardo Mayela


Biograf�a

San Gerardo
Fiesta: 30 de octubre
Patr�n: de nacimientos, ni�os, confesiones, hermanos seglares, maternidad, madres, mujeres embarazadas, movientos a favor de la vida, ni�os no nacidos.

Gerardo quiere decir "Valiente para la defensa". Del alem�n: Ger: defensa, ard: valiente.
Naci� en Muro, a setenta kil�metros de N�poles. Su madre, despu�s de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: "Mi hijo s�lo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Sant�simo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo. Verdaderamente, hab�a nacido para el cielo".

Cuando Gerardo ten�a diez a�os, su confesor le di� permiso de comulgar cada tercer d�a, como era una �poca en que la influencia del jansenismo todav�a se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo lo consideraba como un ni�o excepcionalmente dotado para la piedad.

A la muerte de su padre, Gerardo debi� abandonar la escuela y entr� a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Mart�n Pannuto, hombre muy bueno, que lo comprend�a y apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco, que sol�a maltratar a Gerardo y, m�s se enfurec�a por la paciencia con que soportaba sus majader�as.

Una vez aprendido el oficio a la perfecci�n, Gerardo pidi� ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su t�o era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condici�n delicada. Entonces entr� a trabajar como criado en la casa del obispo de Lacedogna. Humanamente hablando, fue una mala elecci�n, ya que el prelado era un hombre de caracter irascible, que trat� al joven con gran rudeza.

A pesar de ello, Gerardo le sirvi� fielmente y sin una queja, hasta que muri� el obispo en 1745. Entonces, Gerardo volvi� a Muro y abri� una sastrer�a por su cuenta. Viv�a con su madre y sus tres hermanas. Sol�a dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repart�a entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.

Cuando ten�a ventitr�s a�os los padres de la congregaci�n del Sant�simo Redentor, recientemente fundada, predicaron una misi�n en Muro. El joven les rog� que lo admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no lo ayudaba, y su madre y sus hermanas no ten�an ning�n deseo de verlo partir. Sin embargo, Gerardo insisti� y, finalmente, el Padre Cafaro lo envi� a la casa de Deliceto, donde �l era superior, con un mensaje que dec�a: "Os env�o a este hermanito in�til".

Pero, cuando el Padre Cafaro volvi� a su casa, cay� inmediatamente en la cuenta de su error y le concedi� el h�bito. Los hermanos de Gerardo, al verlo trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacrist�a y en el huerto, sol�an decir: "O es un loco o es un Santo". El fundador de la congregaci�n, San Alfonso de Ligorio, comprendi� que era un Santo y le acort� el periodo de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesi�n en 1752.

A los votos acostumbrados a�adi� el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, m�s agradable a Dios. El Padre Tannoia, autor de las biograf�as de San Alfonso y de San Gerardo, que hab�a sido curado por la intercesi�n de este �ltimo, cuenta que un d�a cuando el Santo era novicio, lo vio orando ante el tabern�culo; s�bitamente Gerardo grit�: "Se�or, dejame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer". Sin duda, �sta es una de las an�cdotas m�s conmovedoras de toda la hagiolog�a.

Durante los tres a�os que vivi� despu�s de hacer la profesi�n, el Santo trabaj� como sastre y enfermero de la comunidad; sol�a tambi�n pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarlo consigo a sus misiones y retiros, porque pose�a el don de leer en las almas. Se cuentan m�s de veinte ejemplos de casos en los que el Santo convirti� a los pecadores, poni�ndoles de manifiesto su oculta maldad. Los fen�menos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito.

Se cuenta que en una ocasi�n fue arrebatado en el aire y recorri� as� m�s de medio kil�metro; se menciona tambi�n el fen�meno de "bilocaci�n" y se dice que pose�a los dones de profec�a, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La �nica voz que consegu�a arrancarlo de sus �xtasis era la de la obediencia. Hall�ndose en N�poles, presenci� el asesinato del arcipreste de Muro, en el preciso momento en que ten�a lugar a setenta kil�metros de distancia.

Por otra parte, en m�s de una ocasi�n ley� el pensamiento de personas ausentes. Tan profundamente supo leer el pensamiento del secretario del arzobispo de Conza, que �ste cambi� de vida y se reconcili� con su esposa, de suerte que toda Roma habl� del milagro. Pero los hechos m�s extraordinarios en la vida de San Gerardo est�n relacionados con la bilocaci�n. Se cuenta que asisti� a un enfermo en una caba�a de Caposele y que, al mismo tiempo, estuvo charlando con un amigo en el monasterio de la misma poblaci�n.

Una vez, su superior fue a buscarlo en su celda y no lo encontr� ah�. Entonces se dirigi� a la capilla, donde lo hall� en oraci�n: "�D�nde estabais hace un instante?", le pregunt�. "En mi celda", replic� el hermanito. "Imposible, pues yo mismo fui dos veces a buscaros". Entonces Gerardo se vio obligado a confesar que, como estaba en retiro, hab�a pedido a Dios que lo hiciese invisible para que lo dejasen orar en paz. El superior le dijo: "Bien, por esta vez os perdono, pero no volv�is a pedir eso a Dios".

Sin embargo, Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que �stos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios pod�a haber dispuesto que el Santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un �pice la bondad, caridad y devoci�n que alabaron en el joven P�o IX y Le�n XIII. Uno de los resultados m�s sorprendente de su fama de santidad fue el de que sus superiores le permitieron encargarse de la direcci�n de varias comunidades de religiosas, lo que no acostumbran hacer los hermanos legos.

San Gerardo hablaba en particular con cada religiosa y sol�a darles conferencias a trav�s de la reja del recibidor. Adem�s, aconsejaba por carta a varios sacerdotes, religiosos y superiores. Se conservan todav�a algunas de sus cartas. No hay en ellas nada de extraordinario: en una expone simplemente el deber de todo cristiano de servir a Dios seg�n su propia vocaci�n; en otras, incita a la bondad a una superiora, exhorta a la vigilancia a una novicia, tranquiliza a un p�rroco y predica a todos la conformidad con la voluntad divina.

En el a�o 1753 los estudiantes de teolog�a de Deliceto hicieron una peregrinaci�n al santuario de San Miguel, en Monte G�rgano. Aunque no ten�a m�s que unas cuantas monedas para cubrir los gastos del viaje, se sent�an seguros, porque el hermano Gerardo iba con ellos. Y, en efecto, el Santo se las arregl� para que no les faltase nada en los nueve d�as que dur� la peregrinaci�n, que fue una verdadera sucesi�n de milagros.

Ex�ctamente un a�o m�s tarde, San Gerardo sufri� una de las pruebas m�s terribles de su vida. Una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el Santo hab�a ayudado, lo acus� de haberla solicitado. San Alfonso mand� llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfecci�n lo obligaba a no defenderse, Gerardo guard� silencio; con �so no hizo sino meter en aprietos a su superior, quien no pod�a creerlo culpable.

San Alfonso le prohibi� durante algunas semanas recibir comuni�n y hablar con los extra�os. San Gerardo respondi� tranquilamente: "Dios, que est� en el cielo, no dejar� de defenderme". Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su c�mplice confesaron que hab�an calumniado al hermanito. San Alfonso pregunt� a su s�bdito por qu� no se hab�a defendido, y �ste replic�: "Padre, �acaso no tenemos una regla que nos prohibe disculparnos?" (Naturalmente la regla no estaba hecha para aplicarse a esos casos).

Poco despu�s, el Santo acompa�� al Padre Mangotta a N�poles, donde el pueblo asedi� d�a y noche, en la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.

Era ese un oficio que agradaba especialmente al joven. El Padre Tannoia escribi�: "En esa �poca, nuestra casa estuvo asediada por los mendigos. El hermano Gerardo ve�a por ellos como lo hubiese hecho una madre. Ten�a el arte de contentar a todos, y la necedad y malicia de algunos de los pedig�e�os jam�s le hicieron perder la paciencia".

Durante el crudo invierno de aquel a�o, doscientas personas, entre hombres, mujeres y ni�os, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el Santo portero los provey� de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de donde los sacaba. Seg�n el libro de S�lesman, mientras ejerc�a como portero, un d�a el padre ec�nomo lo rega�� porque hab�a repartido entre los mendigos todo lo que los religiosos ten�an para comer en la despensa. Pero al llegar el padre ec�nomo a la despensa la encontr� otra vez llena.

En la primavera del a�o siguiente fue nuevamente a N�poles. A su paso por Calitri, de donde el Padre Mangotta era originario, el pueblo le atribuy� varios milagros. Cuando volvi� a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisi�n de los edificios que se estaban construyendo. Cierto viernes, cuando no hab�a en la casa un s�lo c�ntimo para pagar a los trabajadores, las oraci�nes del Santo hermanito movieron a un bienhechor inesperado a regalar lo suficiente para salir del apuro.

San Gerardo pas� el verano pidiendo limosna para la construcci�n. Pero el calor del sur de Italia acab� con su salud y, en los meses de julio y agosto, el Santo se debilit� r�pidamente. Tuvo que pasar una semana en cama en Ovieto, donde cur� a otro hermano lego que hab�a ido a asistirle y hab�a ca�do enfermo. Lleg� a Caposele casi a rastras.

En septiembre, pudo abandonar el lecho unos cuantos d�as, pero volvi� a caer. Sus �ltimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos f�sicos y �xtasis, cuando sus dones de profec�a y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario. Muri� en la fecha y hora que hab�a predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755.

Fue canonizado en 1904.
A comienzos de 1800, casi cincuenta a�os despu�s de su muerte, un m�dico de Grassano declaraba: "Desde hace muchos a�os no ejerzo la profesi�n de m�dico. La ejerce por m� Fray Gerardo". �ste m�dico tomaba tan en serio el patrocinio de Gerardo, proclamado beato s�lo en 1893, quien en vez de recetar medicinas prefer�a dejar a sus pacientes una medalla del buen religioso.

Y el bi�grafo Tannoia, en la Vida escrita hacia 1806, declaraba: "Fray Gerardo es protector especial de las parturientas, y en Foggia no hay ninguna mujer que vaya a dar a luz que no tenga la imagen del Santo y no invoque su patrocinio". Singular "revancha del Santo" por los sufrimientos que le causaron las calumnias de una mujer, una ex-monja, a quien le creyeron f�cilmente los superiores de Gerardo.

En realidad San Gerardo, que en el lecho de su muerte pudo confesar que no sab�a lo que era una tentaci�n impura, ten�a de la mujer un concepto muy elevado: ve�a, efectivamente, en toda mujer una imagen de Mar�a, "alabanza perenne de la Sant�sima Trinidad". Eran los impulsos m�sticos de un alma sencilla, pero llena de ardor espiritual. Exclamaba con frecuencia: "Mi querido Dios; mi Esp�ritu Santo", pues sent�a en su intimidad la bondad y el amor infinito de Dios.

P�o IX calific� a San Gerardo de "perfecto modelo de los hermanos legos", y Le�n XIII dijo que hab�a sido "uno de los j�venes m�s angelicales que Dios haya dado a los hombres por modelo". En sus veintinueve a�os de vida, el Santo lleg� a ser el m�s famoso taumaturgo del siglo XVIII.

Extra�do de:
Vida de los Santos, Butler.


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