
San Crist�bal
Crist�bal significa "el que carga o portador de Cristo".
Mientras fue pagano, pens� s�lo en aventuras. Su sed de gloria lo impuls� a poner su espada al servicio de un gran rey, "el que sea el rey m�s grande de la tierra", dec�a con entusiasmo. Y por �sto, dejando su patria, se puso en camino y fue a parar a las huestes de Gordiano, emperador de Roma, empe�ado a la saz�n en una guerra tenaz contra los persas.
Present�ndose a �l, lo dej� admirado por su bizarr�a y figura, y al ofrec�rsele a formar parte de sus tropas, alegando que no quer�a servir a un rey peque�o, sino al m�s famoso del mundo, Gordiano se dej� prender por sus palabras y lo admiti� en el acto. Los hechos le demostraron que no se hab�a equivocado.
Relicto era ducho en las armas, tanto valor mostraba y tanta destreza en el combate, que el emperador quer�a tenerlo junto a s� en los momentos de peligro.
Pero un d�a Relicto oy� hablar de Cristo, como del m�s poderoso de los reyes. Y comenz� a preguntar: "�D�nde he de encontrar a ese Cristo, Monarca m�s poderoso que todos los otros?".
La Divina Providencia le depar� un buen maestro, un ermita�o cristiano, por el cual se dej� instruir en el conocimiento de los misterios de la fe verdadera. No tard� en abandonar la milicia terrena y adscribirse al servicio del "Rey inmortal de los siglos".
Y pregunta entonces Relicto al ermita�o: "�C�mo he de servir a mi nuevo Se�or?".
Se desarroll� este di�logo, al parecer, cerca de la ciudad de Samos, en la provincia de la Licia, adonde Relicto se hab�a dirigido. Obedeci� exactamente al eremita. Su cuerpo gigantesco empez� a transportar sobre sus hombros a los que no se atrev�an a vadear la corriente. Y as� una temporada, hasta que un d�a vio un ni�o en la ribera, y habi�ndole preguntado qu� deseaba, el peque�o le respondi� que le pasase a la otra orilla.
Relicto lo tom� y se lo puso al hombro, creyendo que el peso ser�a insignificante. Se equivoc�. Cuenta uno de sus bi�grafos que: "Crist�bal entr� animoso al r�o con su b�culo (una recia y alta vara con la que sol�a ir a todas partes) como jugueteando con las olas, pero, a los pocos instantes conoci� que el alto bajel se iba a pique, arrebatado por la furia de las aguas.
Crec�an las olas, mientras �l procuraba cortarlas valientemente, haciendo pie firme en la arena, pero nada le val�a, porque el Ni�o que llevaba en sus hombros lo abrumaba con tanto peso, que si �l mismo no le diera la mano, en ellas hubiera hallado su sepultura. Rendido, sudando y gimiendo, sali� a la orilla, y admirado puso al Ni�o en la arena y le dijo: "�Qui�n eres, Ni�o?. En gran peligro me has puesto. Jam�s me vi en riesgo de perder la vida, sino hoy, que te llev� sobre mi espalda. Las col�ricas aguas aumentaban su enojo, y T� ibas multiplicando tu peso. No pesabas tanto al principio. �Qui�n eres, Ni�o, que tan en la mano tienes hacerte ligero o pesado?. Creo que m�s pesas T� que el Mundo".
Y entonces Relicto oy� la respuesta, en la cual se le se�alaba, precisamente, el nombre que habr�a de adoptar en el Bautismo: "Te llamar�s Crist�foro, porque has llevado a Cristo sobre tus hombros. No te admires de que yo te pese m�s que el mundo, aunque me veas tan ni�o, porque realmente peso yo m�s que el mundo entero. Yo soy de este mundo que dices, el �nico Creador, y as� no s�lo al mundo, sino al Creador del mundo has tenido sobre t�. Bien puedes gloriarte con el peso: Yo soy ese Se�or que buscas. Hallaste ya lo que deseas y a qui�n has servido tanto en esas obras piadosas. Y aunque sobra mi palabra para cr�dito de mi verdad, pues s�lo porque yo lo digo tiene su firmeza la fe, ejecutar� un prodigio para que conozcas la grandeza de este Ni�o peque�o. Vu�lvete a tu casa, no tienes ya que temer las olas. Fija en la tierra ese �rido tronco que te sirve de b�culo, que ma�ana lo ver�s no s�lo florido, sino coronado de frutos".
En efecto, a la ma�ana siguiente la estaca seca plantada en el suelo se hab�a trocado en esbelta palmera, con incontables frutos.
Fue despu�s del episodio del divino Ni�o cuando Relicto recibi� el Bautismo, que le administr� el patriarca Babilas en su Bas�lica de Antioqu�a. Desde aquel momento, se llam� para siempre Crist�foro, es decir, portador de Cristo.
De cuatro maneras dice un escritor tan le�do como es Tihamer Toth, llev� Crist�bal a Cristo: sobre sus hombros, en los labios por la confesi�n y predicaci�n de su nombre, en el coraz�n por el amor, y en todo el cuerpo por el martirio.
Y ahora ser� cuando, dejando otros maravillosos episodios, algunos no carentes de probabilidad hist�rica, pero entremezclados con sucesos visiblemente legendarios, digamos algo de la gloriosa inmolaci�n de nuestro valiente Crist�bal. Provisto �l de su gran bast�n, en la mano y caminando majestuosamente, no ces� de evangelizar a la gente de Samos, maravilladas de su elocuencia.
Por aquel entonces sali� un edicto de persecuci�n del emperador Decio, mandando que fuesen ofrecidos sacrificios a los dioses paganos y amenazando con las m�s graves penas a cuantos se resistiesen a ofrecerlos. Dag�n, prefecto de la Licia, se afan� en cumplir rigurosamente el decreto. Y as�, despu�s de ordenar a sus soldados la profanaci�n de todas las iglesias o lugares donde era adorado el Dios verdadero, les incit� a que se lanzasen como lobos rapaces sobre todos los cristianos que no quisiesen enseguida claudicar.
Nuestro Santo fue uno de los primeros en incurrir en esas iras. Al ver que se aproximaba su hora, implor� el auxilio divino postr�ndose en el suelo. Jesucristo se le apareci� y, levant�ndolo, alent� sobre �l, d�ndole el esp�ritu de sabidur�a, y le dijo: "No temas, que estoy contigo".
Crist�bal, al saber primero, y ver despu�s como eran torturados los que confesaban p�blicamente la fe de Cristo, en vez de desfallecer, en medio de una multitud inmensa clam�: "Tambi�n yo soy cristiano".
Prolija resultar�a tambi�n la rese�a de los tormentos a que fue sometido. Flagelaci�n con varillas de hierro, durante la cual no cesaba Crist�bal de cantar himnos a Dios. Prueba de un casco de hierro al rojo vivo sobre su cabeza, de la cual sale indemne. Parrilla enorme sobre la que es tendido para que sea quemado en fuego lento, y que es derretida por las llamas, mientras �stas respetan su cuerpo.
Saetas innumerables arrojadas sobre Crist�bal atado a un �rbol, sin que ni una s�la de en el blanco, pero s� una en un ojo del prefecto. Y entonces, la voz del M�rtir, que resuena vibrante: "El Se�or prepara ya mi corona... Cuando la espada separe mi cabeza de mi cuerpo, unge tu ojo con mi sangre, mezclada con el polvo, y al punto quedar�s sano. Entonces reconocer�s Qui�n te cre� y Qui�n te ha curado".
A la ma�ana siguiente Crist�bal es decapitado, y el prefecto hace lo que le indicara. A tal punto que recobra la visi�n, abraza la verdadera fe, ordena a sus s�bditos que adoren a Cristo y abandonen el culto de los falsos dioses.
Todo lo dicho persuade del extraordinario predicamento que San Crist�bal ha tenido a trav�s de los siglos. En la Edad Media fue catalogado entre los catorce santos auxiliadores de la humanidad.
En la iconograf�a la imagen del Santo tiene una importancia muy grande. Los himnos lit�rgicos antiguos proclaman su patronazgo sobre los caminantes. Ello explica que en nuestros d�as los automovilistas hayan adoptado este excelso patronazgo de San Crist�bal, cuya festividad cobra cada a�o mayor esplendor, y cuya efigie adorna y protege innumerables coches, en tal d�a son bendecidos lit�rgicamente al pie de nuestros templos.
Sus reliquias son veneradas desde tiempos muy remotos. Algunas fueron llevadas a Espa�a, al parecer poco despu�s del martirio. Un brazo se conserva en Compostela, una mand�bula en Astorga, y poseen varias otras en Toledo y Valencia.
Biograf�a
Fiesta: 25 de julio
Patr�n: de caminantes, viajeros, automovilistas.
Seg�n la tradici�n, fue Crist�bal el primog�nito y unig�nito de un rey cananeo, y naci� en Sid�n o en Tiro. Antes de ser bautizado se llamaba Relicto. Ten�a gran porte, verdadero gigante por su estatura, de cabellera rubia, ojos claros y mirada penetrante, y despertaba en todos excepcional simpat�a.
Le responde �ste: "Con la oraci�n y el ayuno".
"No s� rezar", contesta Relicto.
"Ayuna, pues".
"�No ves mi corpulenta estatura? He de comer m�s que los otros para sostenerme", dice.
"S�rvele entonces con tu estatura y tu fuerza. Ayuda a vadear el r�o a los caminantes que lo necesiten".
Otra vez, seg�n la tradici�n, se realiz� el mismo prodigio y, entonces, instant�neamente y ante los ojos de todo el pueblo, a petici�n del Santo, que lo impetr� de Dios para ofrecer un testimonio de la verdad que estaba predicando.
Inmediatamente fue detenido y conducido hacia el tribunal del prefecto. En di�logo con Dag�n, Crist�bal se mostr� investido de una serenidad imponente, proclamando su fe con palabras de profundidad celestial y manteni�ndose inconmovible, lo mismo ante las promesas seductoras de las m�s feroces amenazas.