San Benito de Nursia


Biograf�a

San Benito
Fiesta: 11 de julio
Patr�n: de Nursia, Italia, Europa, granjeros, monjes, alumnos religiosos, contra las erupciones de la piel, enfermedades de los ri�ones, enfermedades inflamatorias, fiebres, contra el veneno, contra la brujer�a, contra las tentaciones.

Benito significa "bendecido".
San Benito naci� de familia rica en Nursia, Italia, en el a�o 480. Su hermana gemela, Escol�stica, tambi�n alcanz� la santidad.
Fue enviado a Roma para estudiar la ret�rica y la filosof�a. Desilusionado de la vida en la gran ciudad, se retir� a Enfide (la actual Affile) para dedicarse al estudio y practicar una vida de rigurosa disciplina asc�tica.

No satisfecho de esa relativa soledad, a los 20 a�os se fue al monte Subiaco bajo la gu�a de un ermita�o y estuvo viviendo en una cueva. Tres a�os despu�s se fue con los monjes de Vicovaro. No dur� all� mucho ya que lo eligieron prior, pero despu�s trataron de envenenarlo por la disciplina que les exig�a.

Con un grupo de j�venes, entre ellos Pl�cido y Mauro, fund� su primer Monasterio en la monta�a de Cassino, en el a�o 529. Fund� numerosos monasterios, centros de formaci�n y cultura, capaces de propagar la fe en tiempos de crisis. Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los Salmos. Pasaba horas rezando y meditando. Hac�a tambi�n horas de trabajo manual, imitando a Jesucristo. Ve�a el trabajo como algo honrado.

Su dieta era vegetariana, y ayunaba diariamente, sin comer nada hasta la tarde. Recib�a a muchos para direcci�n espiritual. Algunas veces acud�a a los pueblos con sus monjes a predicar. Era famoso por su trato amable con todos. Su gran amor y su fuerza fueron la Santa Cruz con la que hizo muchos milagros. Fue un poderoso exorcista. Este don para someter a los esp�ritus malignos lo ejerci� utilizando como sacramental la famosa Cruz de San Benito.

Benito naci� y creci� en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbr�a, en el a�o 480. Esta regi�n de Italia es quiz�s la que m�s Santos ha dado a la Iglesia. Cuatro a�os antes de su nacimiento, el b�rbaro rey de los H�rculos mat� al �ltimo emperador romano poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios ten�a planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis.

San Benito ser�a el que comienza el monasticismo en occidente. Los Monasterios se convertir�an en centros de fe y cultura. De su hermana gemela, Escol�stica, leemos que desde su infancia se hab�a consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. �l fue enviado a Roma para su "educaci�n liberal", acompa�ado de una "nodriza", que habr�a de ser probablemente su ama de casa.

Ten�a entonces entre 13 y 15 a�os, o tal vez un poco m�s. Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parec�a declinar r�pidamente hacia la barbarie, durante los �ltimos a�os del siglo V, la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y pa�ses desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y se hizo notar que no exist�a un s�lo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje.

En las escuelas y en los colegios los j�venes imitaban los vicios de sus mayores, y Benito asqueado por la vida licenciosa de sus compa�eros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidi� abandonar Roma. Se fug�, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza que lo acompa��. Existe una considerable diferencia de opini�n en lo que respecta a la edad en que abandon� la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte a�os. Se dirigieron al poblado de Enfide, en las monta�as, a treinta millas de Roma.

No sabemos cuanto dur� su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermita�o y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no pod�a llevar una vida escondida, especialmente despu�s de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza hab�a pedido prestado y accidentalmente se rompi�.

En busca de completa soledad, Benito parti� una vez m�s, solo, para remontar las colinas, hasta que lleg� a un lugar conocido como Subiaco (llamado as� por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represi�n de las aguas del Anio). En esta regi�n rocosa y agreste se encontr� con un monje llamado Romano, al que abri� su coraz�n, explic�ndole su intenci�n de llevar la vida de un ermita�o.

Romano mismo viv�a en un monasterio a corta distancia de ah�; con gran celo sirvi� al joven, visti�ndolo con un h�bito de piel y conduci�ndolo a una cueva en una monta�a rematada por una roca alta de la que no se pod�a descender, y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban.

En la desolada caverna, Benito pas� los siguientes tres a�os de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guard� su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo sub�a en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontr� el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrecci�n, oy� una voz que le dec�a: "Est�s prepar�ndote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre".

El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermita�o, al que encontr� al fin con gran dificultad. Despu�s de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invit� a comer, dici�ndole que era el d�a de Pascua, en el que no hay raz�n para ayunar. Benito, quien sin duda hab�a perdido el sentido del tiempo y ciertamente no ten�a medios de calcular los ciclos lunares, respondi� que no sab�a que era el d�a de tan grande solemnidad.

Comieron juntos, y el sacerdote volvi� a casa. Poco tiempo despu�s, el Santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron fruto de sus ense�anzas.

A partir de ese momento empez� a ser conocido y mucha gente lo visitaba, provey�ndolo de alimentos y recibiendo de �l instrucciones y consejos. Aunque viv�a apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio.

Cierto d�a, cuando estaba solo, se present� el tentador. Un peque�o p�jaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empez� a volar alrededor de su cabeza y se le acerc� tanto qu�, si hubiese querido, habr�a podido agarrarlo con la mano, pero al hacer la se�al de la cruz el p�jaro se alej�. Una violenta tentaci�n carnal, como nunca antes hab�a experimentado, sigui� despu�s.

El esp�ritu maligno le puso ante su imaginaci�n el recuerdo de cierta mujer que �l hab�a visto hac�a tiempo, e inflam� su coraz�n con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pens� en abandonar la soledad; sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontr� la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ah� un tupido matorral de espinas y zarzas, se quit� sus vestiduras y se arroj� entre ellos. Ah� se revolc� hasta que todo su cuerpo qued� lastimado. As�, mediante aquellas heridas corporales, cur� las heridas de su alma, y nunca volvi� a verse turbado en aquella forma.

En Vicovaro, en T�voli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farall�n que domina Anio, resid�a por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad hab�a muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar. Al principio rehus�, asegurando a la delegaci�n que hab�a venido a visitarlo que sus modos de vida no coincid�an, quiz� �l hab�a o�do hablar de ellos. Sin embargo, los monjes lo importunaron tanto, que acab� por ceder y regres� con ellos para hacerse cargo del gobierno.

Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina mon�stica no se ajustaban a ellos, porque quer�a que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de �l, llegaron hasta poner veneno en su vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, �ste se rompi� en pedazos como si una piedra hubiera ca�do sobre �l. "Dios os perdone, hermanos", dijo el abad con tristeza. "�Por qu� hab�is maquinado esta perversa acci�n contra m�? �No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras?. Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque despu�s de �sto yo no puedo quedarme por m�s tiempo entre vosotros".

El mismo d�a retorn� a Subiaco, no para llevar por m�s tiempo una vida de retiro, sino con el prop�sito de empezar la gran obra para la que Dios lo hab�a preparado durante estos a�os de vida oculta.
Empezaron a reunirse a su alrededor los disc�pulos atra�dos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que hu�an del mundo, como solitarios que viv�an en las monta�as.

San Benito se encontr� en posici�n de empezar aquel gran plan, quiz�s revelado a �l en la retirada cueva, de "reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Se�or, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un s�lo reba�o, seg�n su propio coraz�n, para unirlos m�s y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios".

Por lo tanto, coloc� a todos los que quer�an obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior. El ten�a la suprema direcci�n sobre todos, desde donde viv�a con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado. Hasta ah�, no ten�a escrita una regla propia, pero seg�n un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito.

Romanos y b�rbaros, ricos y pobres, se pon�an a disposici�n del Santo, quien no hac�a distinci�n de categor�a social o nacionalidad. Despu�s de un tiempo, los padres ven�an para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida mon�stica. San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, T�rtulo el patricio, y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Pl�cido, de siete a�os y Mauro de doce, y dedica varias p�ginas a estos j�venes novicios.

En contraste con estos aristocr�ticos j�venes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudi� a San Benito, fue recibido con alegr�a y visti� el h�bito mon�stico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabaj� tan vigorosamente que la cuchilla de la hoz se sali� del mango y desapareci� en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebat� el mango y lo arroj� al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgi� la cuchilla de hierro y se ajust� autom�ticamente al mango. El abad devolvi� la herramienta, diciendo: "�Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes".

No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Cre�a que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conduc�a a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneci� el Santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su Monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina, y parece no haber sido premeditada.

Viv�a en las cercan�as un indigno sacerdote llamado Florencio, quien viendo el �xito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reun�a en torno suyo, sinti� envidia y trat� de arruinarlo. Pero como fracas� en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envi� (que seg�n San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trat� de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el Convento.

El abad, d�ndose perfecta cuenta que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra �l personalmente, resolvi� abandonar Subiaco por miedo a que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encamin� desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es �sta una colina solitaria en los l�mites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las monta�as y, por el cuarto, hasta el Mediterr�neo una planicie ondulante que fue alguna vez rica y f�rtil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los b�rbaros, se hab�a convertido en pantanosa y malsana.

La poblaci�n de Monte Cassino, fue en otro tiempo un lugar importante, hab�a sido aniquilada por los godos, y los pocos habitantes que quedaban hab�an vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo hab�an dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Despu�s de cuarenta d�as de ayuno, el Santo se dedic� en primer lugar a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedi� a destruir el templo, su �dolo y su bosque sagrado.

Sobre las ruinas del templo construy� dos Capillas, y alrededor de estos Santuarios levant� poco a poco el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la m�s famosa abad�a que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido hechos por San Benito, alrededor del a�o 530. De ah� parti� la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianizaci�n y civilizaci�n de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesi�stico lo que se destruy� durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombarde� Monte Cassino.

Es probable que Benito, ya de edad madura, en aquel entonces pasara nuevamente alg�n tiempo como ermita�o, pero sus disc�pulos pronto acudieron tambi�n a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mand� a casas separadas, sino que los coloc� juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisi�n general. Casi inmediatamente despu�s se hizo necesario a�adir cuartos para hu�spedes, porque Monte Cassino a diferencia de Subiaco, era f�cilmente accesible desde Roma y C�pua.

No solamente los laicos, sino tambi�n los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputaci�n de santidad, sabidur�a y milagros se hab�a extendido por todas partes. Tal vez fue durante ese per�odo cuando comenz� su "Regla", de la que San Gregorio dice que da a entender "todo su m�todo de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera ense�ar algo distinto de lo que practicaba".

Aunque primordialmente la Regla est� dirigida a los monjes de Monte Cassino, como se�ala el abad Chapman, parece que hay alguna raz�n para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, seg�n deseos del Papa San Hormisdas. Est� dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad tomen sobre s� "la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey", y prescribe una vida de oraci�n lit�rgica, estudio, ("lectura sacra") y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre com�n. Entonces, y durante mucho tiempo despu�s, s�lo en raras ocasiones un monje recib�a las �rdenes sagradas, y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote.

Pens� en proporcionar "una escuela para el servicio del Se�or", proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermita�o que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encaden� sus pies a la roca, San Benito le envi� un mensaje que dec�a:
"Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo".

La gran visi�n en la que Benito contempl�, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiraci�n de su vida y de su regla. El Santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que quer�an seguir su regla, extendi� sus cuidados a la poblaci�n de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribu�a limosnas y aliment� a los pobres, y se dice que en m�s de una ocasi�n resucit� a los muertos.

Cuando la Campania sufr�a un hambre terrible, don� todas las provisiones de la abad�a, con excepci�n de cinco panes. "No ten�is bastante ahora", dijo a sus monjes, notando su consternaci�n, "pero ma�ana tendr�is de sobra". A la ma�ana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del Monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder prof�tico de San Benito, al que se a�ad�a el don de leer los pensamientos de los hombres.

Un noble al que convirti�, lo encontr� cierta vez llorando e inquiri� la causa de su pena. El Abad repuso: "este Monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas". La profec�a se cumpli� cuarenta a�os despu�s, cuando la Abad�a de Monte Cassino fue destru�da por los lombardos.

Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a trav�s del centro de Italia, concibi� el deseo de visitar a San Benito, porque hab�a o�do hablar mucho de �l. Por lo tanto, envi� aviso de su llegada al Abad, quien accedi� a verlo. Para descubrir si en realidad el Santo pose�a los poderes que se le atribu�an, Totila orden� que se le dieran a Riggo, capit�n de su guardia, sus propias ropas de p�rpura y lo envi� a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantaci�n no enga�� a San Benito, quien salud� a Riggo con estas palabras: "hijo m�o, qu�tate las ropas que vistes, no son tuyas".

Su visitante se apresur� a partir para informar a su amo que hab�a sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemoriz� tanto, que cay� postrado. Pero Benito lo levant� del suelo, lo recrimin� por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le suceder�an. A tal punto, el rey implor� sus oraciones y parti�, pero desde aquella ocasi�n fue menos cruel. Esta entrevista tuvo lugar en el a�o 542 y San Benito dif�cilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profec�a.

Anuncia su muerte.
El Santo que hab�a vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su pr�xima muerte. Lo notific� a sus disc�pulos, y seis d�as antes del fin, les pidi� que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El 21 de marzo del a�o 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibi� la Eucarist�a. Despu�s, junto a sus monjes, murmur� unas pocas palabras de oraci�n y muri� de pie en la Capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus �ltimas palabras fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo".

Fue enterrado junto a Santa Escol�stica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que �l hab�a destruido. Dos de sus monjes estaban lejos de all� rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que sub�a hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad". Era el momento preciso en el que mor�a el Santo.

En 1964 Pablo VI declara a San Benito patrono principal de Europa.

La Santa Regla.
Inspirado por Dios, San Benito escribi� un Reglamento para sus monjes que llam� "La Santa Regla", y que ha sido inspiraci�n para los reglamentos de muchas comunidades religiosas mon�sticas. Muchos laicos tambi�n se comprometen a vivir los aspectos esenciales de esta regla, adaptada a las condiciones de la vocaci�n laica.
La s�ntesis de la Regla es la frase "Ora et labora" (reza y trabaja), es decir, la vida del monje ha de ser de contemplaci�n y de acci�n, como nos ense�a el Evangelio.

Algunas recomendaciones de San Benito.
La primera virtud que necesita un religioso (despu�s de la caridad) es la humildad.
La casa de Dios es para rezar y no para charlar.
Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso.
El ec�nomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie.
Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato.
Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman.
Evite cada individuo todo lo que sea vulgar.
Recuerde lo que dec�a San Ambrosio: "Portarse con nobleza es una gran virtud".
El verdadero monje deb�a ser "no soberbio, no violento, no glot�n, no dormil�n, no perezoso, no murmurador, no denigrador; sino casto, manso, celoso, humilde, obediente".

Milagros de San Benito.
He aqu� algunos de los muchos milagros relatados por San Gregorio, en su biograf�a de San Benito.

El muchacho que no sab�a nadar.
El joven Pl�cido cay� en un profundo lago y se estaba ahogando. San Benito mand� a su disc�pulo preferido Mauro: "T�rese al agua y s�lvelo". Mauro se lanz� enseguida y logr� sacarlo sano y salvo hasta la orilla. Y al salir del profundo lago se acord� de que hab�a logrado atravesar esas aguas sin saber nadar. La obediencia al Santo le hab�a permitido hacer aquel salvamento milagroso.

El edificio que se cae.
Estando construyendo el Monasterio se vino abajo una enorme pared y sepult� a uno de los disc�pulos de San Benito. �ste se puso a rezar y mand� a los otros monjes que removieran los escombros, y debajo de todo apareci� el monje sepultado, sano y sin heridas, como si hubiera simplemente despertado de un sue�o.

La piedra que no se mov�a.
Estaban sus religiosos constructores tratando de quitar una inmensa piedra, pero �sta no se dejaba ni siquiera mover un cent�metro. Entonces, el Santo le envi� una bendici�n, y enseguida la pudieron remover de all� como si no pesara nada. Por eso desde hace siglos cuando la gente tiene alg�n grave problema en su casa que no logra alejar, consigue una medalla de San Benito y le reza con fe, y obtiene prodigios. Es que este var�n de Dios tiene mucho influjo ante Nuestro Se�or.

Panes que se multiplican.
Hubo una gran escasez en esa regi�n y San Benito mand� a repartir entre los pobres todo el pan que hab�a en el Convento. Solamente dej� cinco panes, y los monjes eran muchos. Al verlos aterrados ante este atrevimiento les dijo: "Ya ver�n que el Se�or nos devolver� con la misma generosidad con la que hemos repartido". A la ma�ana siguiente, llegaron a las puertas del monasterio 200 bultos de harina, y nunca se supo qui�n los envi�.

Muertes anunciadas.
Un d�a exclam�: "Se muri� mi amigo el obispo de C�pua, porque vi que sub�a al cielo un bello globo luminoso". Al d�a siguiente vinieron a traer la noticia de la muerte del obispo. Otro d�a vi� que sal�a volando hacia el cielo una blanqu�sima paloma y exclam�: "Seguramente se muri� mi hermana Escol�stica". Los monjes fueron a averiguar, y s�, en efecto acababa de morir tan Santa mujer. �l, que hab�a anunciado la muerte de otros, supo tambi�n que se aproximaba su propia muerte y mand� a unos religiosos a excavar su tumba.

La Medalla de San Benito.
La Medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder, que como todo sacramental, su poder est� no en s� misma sino en Cristo quien lo otorga a la Iglesia, y por la fervorosa disposici�n de qui�n usa la medalla.

Descripci�n de la medalla:
En el frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra mano, con la oraci�n: "A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia". (Oraci�n de la Buena Muerte).

El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:
C.S.P.B.: "Santa Cruz del Padre Benito"
C.S.S.M.L. : "La Santa Cruz sea mi luz" (crucero vertical de la cruz)
N.D.S.M.D.: "y que el Drag�n no sea mi gu�a." (crucero horizontal)

En c�rculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. "Abajo contigo Satan�s"
N.S.M.V. "para de atraerme con tus mentiras"
S.M.Q.L. "Venenosa es tu carnada"
I.V.B. "Tr�gatela tu mismo".
PAX "Paz"

Bendici�n de la medalla de San Benito
(deber ser por hecha por un sacerdote)

Exorcismo de la medalla
-Nuestra ayuda nos viene del Se�or
-Que hizo el cielo y la tierra.
Te ordeno, esp�ritu del mal, que abandones esta Medalla, en el nombre de Dios Padre Omnipotente, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos se contiene.
Que desaparezcan y se alejen de esta Medalla toda la fuerza del adversario, todo el poder del diablo, todos los ataques e ilusiones de satan�s, a fin de que todos los que la usaren gocen de la salud de alma y cuerpo.
En el nombre del Padre Omnipotente y de su Hijo, nuestro Se�or, y del Esp�ritu Santo Par�clito, y por la caridad de Jesucristo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y al mundo por el fuego.

Bendici�n
-Se�or, escucha mi oraci�n
-Y llegue a t� mi clamor

Oremos:
Dios omnipotente, dador de todos los bienes, te suplicamos humildemente que por la intercesi�n de nuestro Padre San Benito, infundas tu bendici�n sobre esta sagrada medalla, a fin de que quien la lleve, dedic�ndose a las buenas obras, merezca conseguir la salud del alma y del cuerpo, la gracia de la santificaci�n, y todas la indulgencias que se nos otorgan, y que por la ayuda de tu misericordia se esfuerce en evitar la acechanzas y enga�os del diablo, y merezca aparecer santo y limpio en tu presencia.
Te lo pedimos por Cristo, nuestro Se�or. Am�n.

Indulgencias.
El 12 de marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorg� indulgencia plenaria a la Medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucarist�a, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el Santo Rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, ense�a la Fe o participa en la Santa Misa. Las grandes fiestas son Navidad, Epifan�a, Pascua de Resurrecci�n, Ascensi�n, Pentecost�s, la Sant�sima Trinidad, Corpus Christi, La Asunci�n, La Inmaculada Concepci�n, el nacimiento de Mar�a, todos los Santos y fiesta de San Benito.

N�mero de indulgencias parciales:
1) 200 d�as de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos, o visita la Iglesia, o ense�a a los ni�os la Fe.
2) 7 a�os de indulgencia, si uno celebra la Santa Misa o est� presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes.
3) 7 a�os si uno acompa�a a los enfermos en el d�a de todos los Santos.
4) 100 d�as si uno hace una oraci�n antes de la Santa Misa, o antes de recibir la sagrada Comuni�n.
5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisi�n de la tercera parte de sus pecados.
6) Cualquiera que el Jueves Santo o el d�a de Resurrecci�n, despu�s de una buena confesi�n y de recibir la Eucarist�a, rece por la exaltaci�n de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganar� las indulgencias que necesita.
7) Cualquiera que rece por la exaltaci�n de la Orden Benedictina, recibir� una porci�n de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

Quienes lleven la Medalla de San Benito a la hora de la muerte ser�n protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comuni�n o al menos invoquen el nombre de Jes�s con profundo arrepentimiento.

Bibliograf�a:
Butler, Vida de los Santos


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