San Agust�n


Biograf�a

San Agust�n
Fiesta: 28 de agosto
Patr�n: de cerveceros, impresores, de los ojos, te�logos, Maguncia, Palermo y Pav�a.

Naci� en Tagaste -�frica- en el a�o 354, despu�s de una juventud desviada doctrinal y moralmente, se convirti� estando en Mil�n, y en el a�o 387 fue bautizado por el obispo San Ambrosio. De regreso a su patria llev� una vida dedicada al ascetismo, y fue elegido obispo de Hipona.

Durante treinta y cuatro a�os en el que ejerci� este ministerio, fue un modelo para su grey, a la que dio una s�lida formaci�n por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos, con los que contribuy� en gran manera a una mayor profundizaci�n de la fe cristiana, contra los errores doctrinales de su tiempo. Est� entre los Padres m�s influyentes del Occidente y sus escritos son de gran actualidad. Muri� en el a�o 430.

Su ni�ez.
San Agust�n naci� el 13 de noviembre del a�o 354, en Tagaste. Una peque�a poblaci�n del norte de �frica, estaba bastante cerca de Numidia, pero relativamente alejada del mar, de suerte que Agust�n no la conoci� sino hasta mucho despu�s. Sus padres eran de cierta posici�n, pero no ricos.

El padre de Agust�n, Patricio, era un pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo y a la prudente conducta de su esposa M�nica, se bautiz� poco antes de morir. Agust�n ten�a varios hermanos, �l mismo habla de Navigio, quien dej� varios hijos al morir y de una hermana que consagr� su virginidad al Se�or.

Aunque Agust�n ingres� en el catecumenado, desde la infancia no recibi� por entonces el bautismo, de acuerdo con la costumbre de la �poca. En su juventud se dej� arrastrar por los malos ejemplos, y hasta los treinta y dos a�os llev� una vida licenciosa, aferrado a la herej�a maniquea. De ello habla largamente en sus "Confesiones", que comprenden la descripci�n de su conversi�n y la muerte de su madre M�nica.

Dicha obra, que hace las delicias de "las personas ansiosas de conocer las vidas ajenas, pero poco sol�citas de enmendar la propia", no fue escrita para satisfacer esa curiosidad malsana, sino para mostrar la misericordia que Dios hab�a usado con un pecador y para que los contempor�neos del autor no lo estimasen m�s de lo que val�a.

M�nica le hab�a ense�ado a orar a su hijo desde ni�o, y lo hab�a instruido en la fe, de modo que el mismo Agust�n cuando cay� gravemente enfermo pidi� que le fuese conferido el bautismo, y M�nica hizo todos los preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven mejor� y el bautismo fue diferido.

El Santo conden� m�s tarde, con mucha raz�n, la costumbre de diferir el bautismo por miedo a pecar despu�s de haberlo recibido. Pero no es menos lamentable la naturalidad con que, en nuestros d�as, vemos los pecados cometidos despu�s del bautismo que son una verdadera profanaci�n de ese sacramento.

"Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la infancia me parec�an totalmente in�tiles, y si me mostraba yo negligente en los estudios, me azotaban. Tal era el m�todo ordinario de mis padres, y los que antes que nosotros hab�an andado ese camino nos hab�an legado esa pesada herencia".

Agust�n daba gracias a Dios porque, si bien las personas que lo obligaban a aprender s�lo pensaban en las "riquezas que pasan" y en la "gloria perecedera", la Divina Providencia se vali� de su error para hacerle aprender cosas que le ser�an muy �tiles y provechosas en la vida.

El Santo se reprochaba por haber estudiado frecuentemente s�lo por temor al castigo y por no haber escrito, le�do y aprendido las lecciones como deb�a hacerlo, desobedeciendo as� a sus padres y maestros. Algunas veces le ped�a a Dios con gran fervor que lo librase del castigo en la escuela; sus padres y maestros se re�an de su miedo.

Agust�n comenta: "Nos castigaban porque jug�bamos, sin embargo, ellos hac�an exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos recib�an el nombre de 'negocios'. Reflexionando bien, es imposible justificar los castigos que me impon�an por jugar, alegando que el juego me imped�a aprender r�pidamente las artes qu�, m�s tarde s�lo me servir�an para jugar juegos peores".

El Santo a�ade: "Nadie hace bien lo que hace contra su voluntad" y observa que el mismo maestro que lo castigaba por una falta sin importancia, se mostraba en las disputas con los otros profesores menos due�o de s� y m�s envidioso que un ni�o al que otro vence en el juego".

Agust�n estudiaba con gusto el lat�n, que hab�a aprendido en conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras personas; no el lat�n "que ense�an los profesores de las clases inferiores, sino el que ense�an los gram�ticos". Desde ni�o detestaba el griego y nunca lleg� a gustar a Homero, porque jam�s logr� entenderlo bien. En cambio, muy pronto tom� gusto por los poetas latinos.

A�os juveniles.
Agust�n fue a Cartago a fines del a�o 370, cuando acababa de cumplir diecisiete a�os. Pronto se distingui� en la escuela de ret�rica y se entreg� ardientemente al estudio, aunque lo hac�a sobre todo por vanidad y ambici�n. Poco a poco se dej� arrastrar a una vida licenciosa, pero a�n entonces conservaba cierta decencia de alma, como lo reconoc�an sus propios compa�eros.

No tard� en entablar relaciones amorosas con una mujer, y aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mand� a Mil�n, en el a�o 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, en el a�o 372. El padre de Agust�n muri� en el a�o 371. Agust�n prosigui� sus estudios en Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicer�n lo desvi� de la ret�rica a la filosof�a.

Tambi�n ley� las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidi� comprender su humildad y penetrar su esp�ritu. Por entonces cay� Agust�n en el manique�smo. Aquello fue, por decirlo as�, una enfermedad de un alma noble, angustiada por el "problema del mal" que trataba de resolver por un dualismo metaf�sico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo mal.

La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agust�n profesara el manique�smo hasta los veintiocho a�os. El Santo confiesa: "Buscaba yo por el orgullo lo que s�lo pod�a encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandon� el nido, crey�ndome capaz de volar y s�lo consegu� caer por tierra".

San Agust�n dirigi� durante nueve a�os su propia escuela de gram�tica y ret�rica, en Tagaste y Cartago. Entre tanto, M�nica, confiada en las palabras de un santo obispo que, le hab�a anunciado que "el hijo de tantas l�grimas no pod�a perderse", no cesaba de tratar en convertirlo por la oraci�n y la persuasi�n.

Despu�s de una discusi�n con Fausto, el jefe de los maniqueos, Agust�n empez� a desilusionarse de la secta. En el a�o 383 parti� furtivamente a Roma, por impulso al temor de que su madre tratase de retenerlo en �frica. En la Ciudad Eterna abri� una escuela, pero, descontento por la perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban frecuente de maestro para no pagar sus servicios, decidi� emigrar a Mil�n, donde obtuvo el puesto de profesor de ret�rica.

Ah� fue muy bien acogido y el obispo de la ciudad, San Ambrosio, le dio ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agust�n ten�a curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su erudici�n. As� pues, asist�a frecuentemente a los sermones de San Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia.

Los sermones del santo obispo eran m�s inteligentes que los discursos del hereje Fausto, y empezaron a producir impresi�n en la mente y el coraz�n de Agust�n, quien al mismo tiempo le�a las obras de Plat�n y Plotino. "Plat�n me llev� al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostr� el camino".

Santa M�nica, que lo hab�a seguido a Mil�n, quer�a que Agust�n se casara; por otra parte, la madre de Adeodato retorn� al �frica y dej� al ni�o con su padre. Pero nada de aquello consigui� mover a Agust�n a casarse u observar la continencia y la lucha moral, espiritual e intelectual, continu� sin cambios.

Excelencia de la castidad.
Agust�n comprend�a la excelencia de la castidad predicada por la Iglesia cat�lica, pero la dificultad de practicarla lo hac�a vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo. Por otra parte, los sermones de San Ambrosio y la lectura de la Biblia lo hab�an convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resist�a todav�a a cooperar con la gracia de Dios.

El Santo lo expresa as�: "Deseaba y ansiaba la liberaci�n, sin embargo, segu�a atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El enemigo se hab�a posesionado de mi voluntad, y la hab�a convertido en una cadena que me imped�a todo movimiento, porque de la perversi�n de la voluntad hab�a nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre, a la costumbre a la que yo no hab�a resistido, hab�a creado en m� una especie de necesidad cuyos eslabones unidos unos a otros, me manten�an en cruel esclavitud".

"Y ya no ten�a la excusa de dilatar mi entrega a T�, alegando que a�n no hab�a descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conoc�a y, sin embargo, segu�a encadenado... Nada pod�a responderte cuando me dec�as: 'Lev�ntate del sue�o y resucita de los muertos y Cristo te iluminar�'. Nada pod�a responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. As� pues, te dec�a: 'Lo har� pronto, poco a poco; dame m�s tiempo�. Pero ese 'pronto' no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el 'poco tiempo' se convert�a en mucho tiempo".

El ejemplo de los Santos.
El relato que San Simpliciano lo hab�a hecho de la conversi�n de Victorino, el profesor romano neoplat�nico, le impresion� profundamente. Poco despu�s, Agust�n y su amigo Alipio recibieron la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las ep�stolas de San Pablo sobre la mesa de Agust�n, Ponticiano les habl� de la vida de San Antonio y qued� muy sorprendido al enterarse de que no conoc�an al Santo.

Despu�s les refiri� la historia de dos hombres que se hab�an convertido por la lectura de la vida de San Antonio. Las palabras de Ponticiano conmovieron mucho a Agust�n, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus precedentes intentos de conversi�n, Agust�n hab�a pedido a Dios la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado pronto: "En la aurora de mi juventud, te hab�a yo pedido la castidad, pero s�lo a medias, porque soy un miserable".

"Te dec�a yo, pues: 'Conc�deme la gracia de la castidad, pero todav�a no'; porque ten�a yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo quer�a era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida". Avergonzado de haber sido tan d�bil hasta entonces, Agust�n dijo a Alipio en cuanto parti� Ponticiano: "�Qu� estamos haciendo? Los ignorantes arrebatan el Reino de los Cielos y nosotros, con toda nuestra ciencia nos quedamos atr�s cobardemente, revolc�ndonos en el pecado. Tenemos verg�enza de seguir el camino por el que los ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario, deber�amos avergonzarnos de no avanzar por �l".

Gracia divina que todo lo puede.
Agust�n se levant� y sali� al jard�n. Alipio lo sigui�, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el rinc�n m�s alejado de la casa. Agust�n era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Esp�ritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Y Levant�ndose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un �rbol, clamando: "�Hasta cu�ndo, Se�or? �Vas a estar siempre airado? �Olvida mis antiguos pecados!".

Y se repet�a con gran aflicci�n: "�Hasta cu�ndo? �Hasta cu�ndo? �Hasta ma�ana? �Por qu� no hoy? �Por qu� no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?". En tanto que se repet�a �sto y lloraba amargamente, oy� la voz de un ni�o que cantaba en la casa vecina una canci�n que dec�a: "Tolle lege, tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agust�n empez� a preguntarse si los ni�os acostumbraban a repetir esas palabras en alg�n juego, pero no pudo recordar ninguno en el que �sto sucediese.

Entonces le vino a la memoria que San Antonio se hab�a convertido al o�r la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpret� pues, las palabras del ni�o como una se�al del cielo, dej� de llorar y se dirigi� al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las Ep�stolas de San Pablo. Inmediatamente lo abri� y ley� en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las ri�as y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambici�n y en la envidia: poneos en manos del Se�or Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia".

Ese texto hizo desaparecer las �ltimas dudas de Agust�n, que cerr� el libro y relat� serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio ley� entonces el siguiente vers�culo de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son d�biles en la fe". Aplic�ndose el texto a s� mismo, sigui� a Agust�n en la conversi�n. Ambos se dirigieron al punto de narrar lo sucedido a Santa M�nica, la cual alab� a Dios, "que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre del a�o 386, cuando Agust�n ten�a treinta y dos a�os.

En las manos del Se�or.
El Santo renunci� inmediatamente al profesorado y se traslad� a una casa de campo en Casiciaco, cerca de Mil�n, que le hab�a prestado su amigo Verecundo. Santa M�nica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, San Alipio y algunos otros amigos lo siguieron a ese retiro, donde vivieron en una especie de comunidad. Agust�n se consagr� a la oraci�n y al estudio y, a�n �ste era una forma de oraci�n por la devoci�n que pon�a en �l.

Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su coraz�n y sus sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el Santo se prepar� a recibir la gracia del bautismo, que hab�a de convertirlo en una nueva criatura, resucitada con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empec� a amarte. �Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empec� a amarte! T� estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detr�s de la hermosura por T� creada; las cosas que hab�an recibido de T� el ser, me manten�an lejos de T�. Pero T� me llamaste. Me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. T� me iluminaste y tu luz acab� por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de T�. Me has tocado y mi coraz�n desea ardientemente tus abrazos". Los tres di�logos "Contra los Acad�micos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el orden", se basan en las conversaciones que Agust�n tuvo con sus amigos en esos siete meses.

Nueva Vida en Cristo.
La v�spera de la Pascua del a�o 387, San Agust�n recibi� el bautismo, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato, quien ten�a entonces quince a�os y muri� poco despu�s. En el oto�o de ese a�o, Agust�n resolvi� retornar a �frica y fue a embarcarse en Ostia, con su madre y algunos amigos. Santa M�nica muri� ah� en noviembre del a�o 387.

Agust�n consagra seis conmovedores cap�tulos de las "Confesiones" a la vida de su madre. Viaj� a Roma unos cuantos meses despu�s y, en septiembre de 388, se embarc� para �frica. En Tagaste vivi� casi tres a�os con sus amigos, olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la oraci�n y las buenas obras.

Adem�s de meditar sobre la ley de Dios, Agust�n instru�a a sus pr�jimos con sus discursos y escritos. El Santo y sus amigos hab�an puesto todas sus propiedades en com�n y cada uno las utilizaba seg�n sus necesidades. Aunque Agust�n no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado en el a�o 391 por el obispo de Hipona, Valerio, quien lo tom� por asistente.

As� pues, el Santo se traslad� a dicha ciudad y estableci� una especie de monasterio en una casa pr�xima a la Iglesia, como lo hab�a hecho en Tagaste. San Alipio, San Evodio, San Posidio y otros, formaban parte de la comunidad y viv�an "seg�n la regla de los Santos Ap�stoles". El obispo, que era griego y ten�a adem�s cierto impedimento en el habla, nombr� predicador a Agust�n.

En el oriente era muy com�n la costumbre de que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos sermones asist�an; pero en el occidente eso constitu�a una novedad. M�s todav�a, Agust�n obtuvo permiso de predicar a�n en ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces el Santo no dej� de predicar hasta el fin de su vida.

Se conservan casi cuatrocientos sermones de San Agust�n, la mayor�a de los cuales no fueron escritos directamente por �l, sino tomados por sus oyentes. En la primera �poca de su predicaci�n, Agust�n se dedic� a combatir el manique�smo y los comienzos del donatismo y consigui� extirpar la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los m�rtires.

El Santo predicaba siempre en lat�n, a pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la di�cesis s�lo hablaban el p�nico y era dif�cil encontrar sacerdotes que les predicasen en su lengua. En el a�o 395, San Agust�n fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco despu�s muri� �ste �ltimo y el Santo lo sucedi� en la sede de Hipona.

Procedi� inmediatamente a establecer la vida com�n regular en su propia casa, y exigi� que todos los sacerdotes, di�conos y subdi�conos que viv�an con �l renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a las reglas. Por otra parte, no admit�a a las �rdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de vida.

San Posidio, su bi�grafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos, pero decentes y limpios. Los �nicos objetos de plata que hab�a en la casa eran las cucharas, los platos eran de barro o de madera. El Santo era muy hospitalario, pero la comida que ofrec�a era frugal; el uso mesurado del vino no estaba prohibido.

Durante las comidas se le�a alg�n libro para evitar las conversaciones ligeras. Todos los cl�rigos com�an en com�n y se vest�an de manera com�n. Como lo dijo el Papa Pascual XI: "San Agust�n adopt� con fervor y contribuy� a regularizar la forma de vida com�n que la primitiva Iglesia hab�a aprobado como instituida por los Ap�stoles".

El Santo fund� tambi�n una comunidad femenina. A la muerte de su hermana, que fue la primera "abadesa", escribi� una carta sobre los primeros principios asc�ticos de la vida religiosa. En esa ep�stola y en dos sermones se halla comprendida la llamada "Regla de San Agust�n", que constituye la base de las constituciones de tantos can�nigos y canonesas regulares.

El santo obispo empleaba las rentas de su di�cesis como lo hab�a hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio refiere que, en varias ocasiones mand� a fundir los vasos sagrados para rescatar cautivos, como antes lo hab�a hecho San Ambrosio. San Agust�n menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre que hab�a impuesto a sus fieles de vestir una vez al a�o a los pobres de cada parroquia y, algunas veces, llegaba hasta a contraer deudas para ayudar a los necesitados.

Su caridad y celo por el bien espiritual de sus pr�jimos era ilimitado. As�, dec�a a su pueblo, como un nuevo Mois�s o un nuevo San Pablo: "No quiero salvarme sin vosotros". "�Cu�l es mi deseo? �Para qu� soy obispo? �Para qu� he venido al mundo? S�lo para vivir en Jesucristo, para vivir en �l con vosotros. Esa es mi pasi�n, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza".

Pocos hombres han pose�do un coraz�n tan afectuoso y fraternal como el de San Agust�n. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con �l; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta p�blicamente escandalosa y les impon�a con severidad las penitencias can�nicas y las censuras eclesi�sticas.

Aunque jam�s olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se opon�a a todas las injusticias sin excepci�n de personas. San Agust�n se quejaba de que la costumbre hab�a hecho tan comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos, har�a m�s mal que bien, y segu�a fielmente las tres reglas de San Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su propia ciudad para no verse obligado a salir demasiado.

Generalmente, la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y sus pensamientos �ntimos. As� sucede, particularmente con la correspondencia de San Agust�n. En la carta quincuag�sima cuarta dirigida a Januario, alaba la comuni�n, dir�a con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad con que Zaqueo recibi� a Cristo en su casa; pero tambi�n alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centuri�n, s�lo comulgan los s�bados, los domingos y los d�as de fiesta, para hacerlo con mayor devoci�n.

En la carta a Ecdicia explica las obligaciones de la mujer respecto de su esposo, dici�ndole que no se vista de negro, puesto que eso desagrada a su marido y que practique la humildad y la alegr�a cristiana visti�ndose ricamente por complacer a su esposo. Tambi�n la exhorta a seguir el parecer de su marido en todas las cosas razonables, particularmente en la educaci�n de su hijo, en la que debe dejarle la iniciativa. En otras cartas el Santo habla del respeto, el afecto y la consideraci�n que el marido debe a la mujer.

La modestia y humildad de San Agust�n se muestran en su discusi�n con San Jer�nimo sobre la interpretaci�n de la ep�stola a los G�latas. A consecuencia de la p�rdida de una Carta, San Jer�nimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. San Agust�n le escribi�: "Os ruego que no dej�is de corregirme con toda confianza siempre que cre�is que lo necesito; porque, aunque la dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agust�n es inferior en muchos aspectos a Jer�nimo".

El santo obispo lamentaba la actitud de la controversia que sostuvieron San Jer�nimo y Rufino, pues tem�a en esos casos que los adversarios sostuviesen su opini�n m�s por vanidad que por amor de la verdad. Como �l mismo escrib�a, "sostienen su opini�n porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el triunfo".

La Verdad ante el error.
Durante los treinta y cinco a�os de su episcopado, San Agust�n tuvo que defender la fe cat�lica contra muchas herej�as. Una de las principales fue la de los donatistas, quienes sosten�an que la Iglesia cat�lica hab�a dejado de ser la Iglesia de Cristo por mantener la comuni�n con los pecadores y que los herejes no pod�an conferir v�lidamente ning�n sacramento.

Los donatistas eran muy numerosos en �frica, donde no retrocedieron ante el asesinato de los cat�licos y todas las otras formas de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable celo de San Agust�n y a su santidad de vida, los cat�licos ganaron terreno paulatinamente.

Ello exasper� tanto a los donatistas, que algunos de ellos afirmaban p�blicamente que quien asesinara al Santo prestar�a un servicio insigne a la religi�n y alcanzar�a gran m�rito ante Dios. En el a�o 405, San Agust�n tuvo que recurrir a la autoridad p�blica para defender a los cat�licos contra los excesos de los donatistas y, en el mismo a�o, el emperador Honorio public� severos decretos contra ellos.

El Santo desaprob� al principio esas medidas, aunque m�s tarde cambi� de opini�n, excepto en cuanto a la pena de muerte. En el a�o 411 se llev� a cabo en Cartago una conferencia entre los cat�licos y los donatistas, que fue el principio de la decadencia del donatismo. Pero, por la misma �poca, empez� la gran controversia pelagiana.

Pelagio era originario de la Gran Breta�a. San Jer�nimo lo describ�a como un hombre alto y gordo, "repleto de avena de Escocia". Algunos historiadores afirman que era irland�s. En todo caso, lo cierto es que hab�a rechazado la doctrina del pecado original y afirmaba que la gracia no era necesaria para salvarse; como consecuencia de su opini�n sobre el pecado original, sosten�a que el bautismo era un mero t�tulo de admisi�n en el cielo.

Pelagio pas� de Roma a �frica, en el a�o 411, junto con su amigo Celestio, y aquel mismo a�o el s�nodo de Cartago conden� por primera vez su doctrina. San Agust�n no asisti� al concilio, pero desde ese momento empez� a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones.

A fines del mismo a�o, el tribuno San Marcelino lo convenci� de que escribiese su primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo, el Santo no nombr� en �l a los autores de la herej�a con la esperanza de as� gan�rselos, y a�n tribut� ciertas alabanzas a Pelagio: "Seg�n he o�do decir, es un hombre santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de alabanza".

Desgraciadamente Pelagio se obstin� en sus errores. San Agust�n lo acos� implacablemente en toda la serie de disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Despu�s de Dios, la Iglesia debe a San Agust�n el triunfo sobre el pelagianismo. A ra�z del saqueo de Roma por Alarico, en el a�o 410, los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuy�ndole todas las calamidades del Imperio.

Para responder a esos ataques, San Agust�n empez� a escribir su gran obra, "La Ciudad de Dios", en el a�o 413, y la termin� en el a�o 426. "La Ciudad de Dios" es, despu�s de las "Confesiones", la obra m�s conocida del Santo. No se trata simplemente de una respuesta a los paganos, sino de toda una filosof�a de la historia providencial del mundo.

En las "Confesiones" San Agust�n hab�a expuesto con la m�s sincera humildad y contrici�n los excesos de su conducta. A los setenta y dos a�os, en las "Retractaciones", expuso con la misma sinceridad los errores que hab�a cometido en sus juicios. En dicha obra revis� todos sus numeros�simos escritos y corrigi� leal y severamente los errores que hab�a cometido, sin tratar de buscarles excusas.

A fin de disponer de m�s tiempo para terminar �se y otros escritos, y para evitar los peligros de la elecci�n de su sucesor, despu�s de su muerte, el Santo propuso al clero y al pueblo que eligiesen a Heraclio, el m�s joven de sus di�conos, quien fue efectivamente elegido por aclamaci�n, en el a�o 426. A pesar de esa precauci�n, los �ltimos d�as de San Agust�n fueron muy borrascosos.

El conde Bonifacio, que hab�a sido general imperial en �frica, cay� injustamente en desgracia de la regente Placidia, e incit� a Genserico, rey de los v�ndalos, a invadir �frica. Agust�n escribi� una carta maravillosa a Bonifacio para recordarle su deber, y el conde trat� de reconciliarse con Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasi�n de los v�ndalos.

San Posidio, por entonces obispo de Calama, describe los horribles excesos que cometieron y la desolaci�n que causaron a su paso. Las ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y los habitantes que no lograban huir, mor�an asesinados. Las alabanzas a Dios no se o�an ya en las iglesias, muchas de las cuales hab�an sido destruidas. La misa se celebraba en las casas particulares, cuando llegaba a celebrarse, porque en muchos sitios no hab�a alma viviente a quien dar los sacramentos.

Por otra parte, los pocos cristianos que sobreviv�an no encontraban un s�lo sacerdote a quien ped�rselos. Los obispos y cl�rigos que sobrevivieron hab�an perdido todos sus bienes y se ve�an reducidos a pedir limosna. De las numerosas di�cesis de �frica, las �nicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta, gracias a que dichas ciudades no hab�an sucumbido a�n.

El conde Bonifacio huy� a Hipona. Ah� se refugiaron tambi�n San Posidio y varios obispos de los alrededores. Los v�ndalos sitiaron la ciudad en mayo de 430. El sitio se prolong� durante catorce meses. Tres meses despu�s de establecido, San Agust�n cay� presa de la fiebre, y desde el primer momento comprendi� que se acercaba la hora de su muerte.

Desde que hab�a abandonado el mundo, la muerte hab�a sido uno de los temas constantes de su meditaci�n. En su �ltima enfermedad, el Santo habl� de ella con gozo: "�Dios es inmensamente misericordioso!". Con frecuencia recordaba la alegr�a con que San Ambrosio recibi� la muerte y mencionaba las palabras que Cristo hab�a dicho a un obispo que agonizaba, seg�n cuenta San Cipriano: "Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti".

El Santo escribi� entonces: "Quien ama a Cristo no puede tener miedo de encontrarse con �l. Hermanos m�os, si decimos que amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con �l, deber�amos cubrirnos de verg�enza". Durante su �ltima enfermedad pidi� a sus disc�pulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitaci�n y los cantasen en su presencia, y no se cansaba de leerlos con l�grimas de gozo.

San Agust�n conserv� todas sus facultades hasta el �ltimo momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhal� apaciblemente el �ltimo suspiro, a los setenta y dos a�os de edad, de los cuales hab�a pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios. San Posidio comenta: "Los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por su alma y le dimos sepultura". Con palabras muy semejantes hab�a comentado Agust�n la muerte de su madre.

Durante su enfermedad, el Santo hab�a curado a un enfermo, s�lo con imponerle las manos. Posidio afirma: "Yo s� de cierto, que tanto como sacerdote como obispo, Agust�n hab�a pedido a Dios que librase a ciertos posesos por quienes se les hab�a encomendado que rogase, y los malos esp�ritus los dejaron libres".

Las principales fuentes sobre la vida y car�cter de San Agust�n son sus propios escritos, especialmente las "Confesiones".

Bibliograf�a:
Butler, Vida de los Santos


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