| " ANECDOTAS Y PERSONAJES DE MI BARRIO 'DOS DE MAYO' " | |||||||||||||||||
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| EL �GUILLE� COLLANTES El �Guille� Collantes. Su nombre era Guillermo, pero lo llam�bamos as�, en diminutivo. Ten�a varios hermanos, pero �l era de mi edad. Era un integrante de la �patota�. Su padre ten�a una hacienda en Yanacancha, en las alturas de Cajamarca, en la �jalca�, como llaman a las �punas�. En tiempo de vacaciones el viejo llevaba a sus hijos a trabajar en el campo y casi no lo ve�amos, pero nos convenc�a para ir con �l. Mi padre nunca me dej� ir y la vez que acept� fue por mis constantes ruegos. Recuerdo que baj�bamos al r�o a pescar "charcocas", las cuales desviscer�bamos y fre�amos en una sart�n, previamente con tres piedras hac�amos una improvisada cocina usando como combustible un poco de esti�rcol o "ichu". Que delicia comer a orillas del r�o! Conversando y riendo, las horas pasaban volando. Cuando ya empezaba a oscurecer sub�amos a la casa hacienda antes de que nos �agarre� la negra noche. En cierta oportunidad, de madrugada me llevaron a cazar venados, acompa�ados de dos peones, con los rifles colocados en las monturas de las bestias de carga. Sub�amos y sub�amos por estrechos senderos, yo miraba hacia abajo y pensaba que en cualquier momento me iba a desbarrancar, pero el "Guille" me daba �nimo�" No mires abajo", me gritaba, "�ten la mirada hacia adelante�los caballos saben lo que hacen�saben donde pisan�". Los pobres sudorosos y cansados hund�an sus pezu�as en el lodo y entre las filudas rocas, iban jadeando� trepando� llevando su pesada carga. Juvenal, el pe�n de mas edad, di� la voz de alto. Mir� en el suelo el excremento de un animal. "Es de venado", exclam�, "�tenemos que apearnos y seguir a pi�, hay que separarse". Arroj� un poco de tierra al aire y continu� "...yo me voy con el Juancho por este lado y ustedes por all�.hay que ir contra el viento para que no nos husmeen, ellos nos huelen a kil�metros�". Se refer�a a los venados quienes poseen un olfato muy desarrollado. Efectivamente siguiendo las instrucciones avanzamos lentamente con el rifle entre las manos. De repente entre los arbustos, Juvenal nos indic� con la mano que nos detuvi�ramos y llevando su dedo �ndice a la boca nos hizo se�al de silencio. A lo lejos, a una distancia de unos 100 metros estaban una pareja de hermosos venados. "�son hembra y macho", nos dec�a en voz baja, "....ni�o Guille usted le dispara al grande y yo a la hembra. Ustedes�, nos dec�a al Juancho y a m�, "escojan a cualquiera pero con mucha punter�a�por lo menos tenemos que llevarnos a uno�no vamos a venir por las huevas". Nunca hab�a disparado un arma, sobre todo con la intenci�n de matar. De modo que poco me importaba acertar, solo atin� a esperar que ellos lo hagan primero, cuando me toc� mi turno casi desganado dispar� sin apuntar al objetivo. Pero la suerte estaba echada para las pobres criaturas de Dios. Desaparecieron de nuestra vista. "Les dimos�les dimos�",gritaba el Juvenal, "los jodimos�. los jodimos�vamos a ver�" Y as� fue. Cuando llegamos al lugar, el macho agonizaba y un halo de vapor sal�a de su hocico. Era su aliento c�lido que con el fr�o se volv�a humeante. Parec�a que las l�grimas brotaban de sus enormes ojos. "Est� llorando el huev�n", dec�a el Juancho. La hembra si yac�a muerta, con un orificio en la cabeza. "A �sta le d� yo", exclamaba mi amigo, "tengo una punter�a de la jijuna�hoy d�a comemos hasta cansarnos". Una vez que subieron los cuerpos a los caballos, emprendimos el camino de regreso. Yo estaba impactado. Permanec�a mudo y con ganas de vomitar. El grupo respetaba mi silencio y susurraban entre ellos, de seguro se refer�an a mi, pero no me importaba. S�lo quer�a llegar a la casa y preparar el regreso a mi hogar. Nunca mas volver�a a participar en una experiencia como �sta. Y as� fue. Jam�s en mi vida volv� a empu�ar un arma. Amo los animales y a mis mascotas las considero como miembros de la familia. |
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| EL TIO �MATAGATOS� El t�o Matagatos. Otro personaje de mi barrio. En realidad se llamaba H�ctor Silva. Era un caballero de estampa imponente en la que resaltaba sus ojos azules color cielo, un car�cter jovial, barba blanca y miles de pecas en su curtida piel. Le gustaba reunirse con los muchachos en la esquina del jir�n Dos de Mayo cruce con Leticia. Se acercaba saludando amablemente, estrechando las manos de algunos y palmeando las espaldas de otros. Se integraba a la charla que al momento de su presencia resultaba m�s amena. Nos narraba sus experiencias de soldado. Batallas �picas que aunque un poco exageradas, manten�a al auditorio en suspenso. Hab�a combatido en el conflicto con el Ecuador all� por los a�os 1940, producto del cual exhib�a orgulloso una herida de bala con entrada y salida en la pierna izquierda, lo que hac�a que cojee convirtiendo su andar en muy lento y pausado. En su �poca de militar, espec�ficamente durante la guerra hab�a consumido carne de gato. Contaba que en varias oportunidades el alimento escaseaba y se ve�an obligados a comer lo que sea. En algunos casos carne de v�bora, de mono, etc y al estar acampados cerca de un poblado, los gatos uno tras otro iban desapareciendo del lugar para terminar en los est�magos de los hambrientos soldados. Es por eso que a cambio de �UN SOL DE ORO� nos encargaba que apenas vi�ramos un felino en el techo, le avisemos para que de un certero guaracazo el pobre micifuz rod�se hasta caer al suelo. Ese d�a hab�a alboroto entre las personas que frecuentaban la chicher�a de la se�ora Encarna. Se pasaban la voz de que habr�a banquete en la casa de �Don H�ctor� y el desfile comenzaba. De a pocos entraban por el amplio port�n donde ya los estaban esperando la fuente de adobo, con papas sancochadas, arroz bien graneado y un oloroso rocoto reci�n molido. Este suculento almuerzo era remojado con chicha de jora. Tomaban, re�an y a una hora determinada comenzaba la jarana. Sonaban las guitarras, el caj�n, el viol�n del cieguito Carlos y la melodiosa voz del canario Johnny Chavarri, un personaje que con sus serenatas hab�a logrado casar a casi todas las parejas del pueblo. Nosotros los j�venes mir�bamos de la puerta hacia adentro. El t�o H�ctor me buscaba y me alcanzaba la mejor presa, con su gesto me demostraba el gran cari�o que sent�a por m�, ya que al no tener esposa ni hijos, con frecuencia le ped�a a mi madre que lo acompa�e. Esto yo lo hac�a con gusto puesto que en su huerto abundaban los duraznos, manzanas y un nogal cargado de maduras nueces las que devoraba en grandes cantidades. Muchos a�os despu�s ya radicando en la capital, segu�a manteniendo correspondencia con el t�o Matagatos. Me escrib�a con frecuencia, d�ndome consejos y pidi�ndome que nunca lo olvide. |
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