EL TIGRE CON TRES PATAS

Cuando la tigresa dio a luz a tres cachorros, todo pareció haberse dado con normalidad. No era el primer parto de la madre, cuyo nombre y apodo, Sultana, la Daga, describía su fiero carácter a la perfección. Al poco rato de nacer, los tres encantadores gatitos se pusieron a mamar con voracidad y fruición la tibia y nutritiva y deliciosa leche de la vida.

Así pasaron tres perezosos días. La madre no dejaba la madriguera, a pesar de que el hambre empezaba a estrujarle las tripas. Toda ella estaba entregada al bienestar de sus hijos, una hembra y dos varones. Al cuarto día, la madre supo que tenía que alimentarse ella misma para poder seguir produciendo la cremosa leche que colmaba sus hinchados pezones.

Sultana, la Daga, salió a cazar, con tal fortuna que a pocos pasos de su guarida atrapó a un conejo distraído que tomaba el sol de la fresca mañana. Ese fue un bocado demasiado pequeño para la hambrienta tigresa, que sin embargo regresó con sus cachorros sin ir más lejos. Se puso a bañarlos, lamiéndolos durante largo rato con su gran lengua rosada y rasposa, y fue entonces cuando se dio cuenta de la desgracia. Uno de los dos varones había nacido con tres patas.

La ley de la selva es dura. Sin pensarlo dos veces la madre alzó con las fauces al hijo con tres patas y salió con él al trote hasta el borde de una barranca muy empinada, donde dejo caer al pobre cachorro. Luego esperó un buen rato. Si el cachorro lograba salir de ese sitio y regresar al regazo de la madre, ella lo aceptaría de nuevo y le daría alimento hasta que pudiera salir a ganarse la vida por sí mismo. Lo amamantaría con esa nutritiva leche de buena madre, luego cazaría y le enseñaría a cazar las piezas que puede derribar, matar y comer un tigre o una tigresa bien hecha, desde las humildes liebres hasta las altivas gacelas.

Pero era pobre probable que un bebito con tres patas, debilitado por una caída brutal, pudiera lograr la hazaña de subir la ladera a fuerza de arañazos. La ley de la selva es dura y ese animalito iba a morir, sin duda alguna. Sus propios maullidos de auxilio, sus desesperados llamados a la madre que lo había abandonado, atraerían la atención de las muchas bestias carnívoras de la selva , grandes y pequeñas, con garras o con alas, que salían a cazar a diario para conseguir sus sustento. Y aunque no acabara masticado en algún estomago, moriría de hambre sin la leche de la tigresa.

Al caer rodando entre piedras y raíces, lastimándose un par de costillas y la nuca, el pobre tuvo la extraña fortuna de lastimarse también la garganta y las cuerdas vocales. Cuando llegó a detenerse contra un majestuoso árbol de mango cargado de fruta madura y se puso de nuevo sobre sus tres patas, ningún sonido pudo salir de su garganta. Eso significó su inicial salvación, porque he de deciros que ese cachorro llegó a ser adulto -adulto y famoso.

Se encontraba nuestro héroe, a quien llamaremos Príncipe de ahora en adelante, bajo un enorme árbol cuajado de mangos maduros. Todo alrededor suyo, en la tierra en torno al soberbio tronco, estaba regado de mangos maduros, tan maduros y jugosos que muchos estallaban al caer al suelo desde las enjoyadas ramas. Casi todos estaban picados por gusanos y por pájaros de todas las especies que venían comer esa dulce y suave carne dorada, y a beber ese néctar que sabe a cielo. La fragancia debajo del ancho árbol era mareante. Eso significó su segunda salvación. Ni las narices mas finas entre los cazadores carnívoros hubieran podido detectar el olor a tigrito tras ese perfume embriagador.

El pobre llamó a su madre sin cesar durante mucho tiempo y aunque no salía un sonido de su garganta, ella lo oía muy bien. Finalmente, sabiendo que ni siquiera intentaría salir de la barranca, Sultana lo abandonó a su suerte, corriendo de regreso con sus otros dos hijos.

Principito lloraba de hambre y de frío y de desamparo. La barranca se oscurecía rápidamente con la caída del sol. El pobre se arrimó a las raíces del majestuoso árbol y de nuevo la fortuna le sonrió, aunque de extraña manera, pues encontró una cueva donde se pudo abrigar. Es dura la ley de la selva pero al mismo tiempo compasiva. Lo que a algunos les quita a otros se los da. Esa cueva había sido la guarida de aquel conejo que la Daga cazó cuando dejó a sus cachorros solos por primera vez. Ese animalito se había hecho una cama de suaves hierbas donde el tigrito pudo soportar el frío de la noche y dormir, a pesar de sus atroces dolores, tanto del hambre como de los golpes que había sufrido al caer rodando a la barranca.

Despertó al día siguiente cuando el sol ya estaba alto. Más que dormir, el tigrito había caído durante la noche en un profundo desmayo provocado por el hambre y los golpes. De nuevo la fortuna le había sonreído de extraña manera.

La leche de la Daga era tan rica y nutritiva, que su hijo Príncipe no sólo seguía en vida, sino muy alerta y despierto. Al salir de la que habría de ser su cueva durante varias semanas, hasta que ya no cupiera en ella debida a su rápido y sano crecimiento, el precioso animalito empezó a mordisquear y chupar todo lo que estaba a su alcance, buscando con desesperación algún tipo de alimento.

Aquellos mangos caídos en torno al frondoso árbol fueron su salvación. Su carne jugosa y tierna gracias a los cálidos rayos del sol se convertía en un espeso néctar, muy dulce, muy sabroso y además, lleno de suaves insectos blancos. Cuando Príncipe chupo su primer mango, sintió como si chupara uno de los dulces pezones de su madre. El tibio néctar donde engordaban gusanos blancos y lechosos le llenó el estomago de bienestar. Chupaba los frutos por la punta como si fueran chichis que crecieran en la tierra. Una vez más, la fortuna le había sonreído de extraña manera al gatito. El jugo de los mangos por sí solo, seguramente le hubiera enfermado, provocándole una diarrea mortal. Pero la mezcla del jugo con los gusanos blancos era un alimento extraordinario, repleto de proteínas muy digestibles y tremendamente nutritivas.

El tigrito aprendió rápidamente a seleccionar los mangos más maduros, más jugosos y más agusanados. No se saciaba y su pequeño estomago se infló como un globo. Finalmente quedó satisfecho y se quedó dormido de gusto, ahí entre los mangos, despatarrado y con la punta de un mango en la boca. ¡Era tan tierno ver esa pelota de sedoso pelaje amarillo tirada entre los frutos de oro! Y alguien además sonreía viendo la escena: sonreía de manera invisible para nosotros los seres humanos, pero no para las nubes, las aves y las flores. Era ese espléndido y generoso árbol de mangos, que sonreía con ternura, que sonreía con orgullo, que sonreía con cariño. Sonreía con dulzura, de la misma manera que una madre humana sonríe al ver al bebé que se ha quedado dormido en su seno, con el pezón todavía en la boquita entreabierta y los labios relucientes de leche. Príncipe no lo sabía, pero Príncipe había sido adoptado por quien ya era su segunda madre.

Dicen que los árboles no tienen nombre pero yo no lo creo. ¡Cómo no van a tenerlo, si son todos diferentes, todos únicos aunque sean de la misma especie! Sus ramas son diferentes, sus frutos no tienen del mismo sabor, así como las palabras de los hombres, siendo las mismas, siempre tienen un sabor, un aroma y un sonido diferente. Vamos a darle a esa frondosa y fértil madre de mangos un nombre generoso, digno de su alta majestad: vamos a llamarla Madre Teresa de los Mangos.

Jamás hubo madre más diligente de ninguna especie -animal, vegetal o mineral. Sus cientos dde ramas cargadas de fruta, aunque no podían abrazarlo, maduraban los mangos con amoroso cuidado para el tigrito. Cuando uno de los hermosos mangos llegaba a plena madurez dorada, la madre le daba un delicioso tinte rosa que los pájaros encontraban irresistible. En el mismo instante que uno de ellos lo picoteaba para saborearlo, la rama lo dejaba caer al suelo para que los gusanos lo invadieran por el hoyo que había dejado el pico. Así la fruta se llenaba de gusanos blancos, blandos y gordos, que el hijo adoptivo mamaba con el néctar y esa carne de suave oro derretido que sabe a cielo primaveral.

Fueron pasando los días, hasta sumar cuatro semanas. Príncipe crecía rápidamente con esa dieta, pero no como crecían sus hermanos, quienes gracias a la rica leche de la Daga engordaban como ositos de peluche o cerditos lanudos. Él era esbelto, largo. Su pelaje era liso y brillante, su cabeza fina y su mirada brillante y aguda. Se había convertido en algo nunca antes visto, en un tigre vegetariano, o más bien, insectívoro y frutívoro. Tan bonito era, que no se notaba que le faltaba una pata, la pata derecha trasera, por cierto. Parecía que tres patas eran justo las que debía tener, ni más ni menos. Parecía un animal perfecto de una especie desconocida y a decir verdad, lo era. Príncipe fue, a decir verdad, el primero y el último de su especie.

Ya casi no cabía en su guarida, la cueva de aquella coneja que Sultana, la Daga, había devorado, el día mismo en que había arrojado al hijo incapacitado en la barranca. Con frecuencia dormía acurrucado junto a las ramas salientes de su segunda madre, Madre Teresa. Ella le abrigaba con las amorosas vibraciones de su vetusta savia y aunque el hijo no lo sabía, ciertamente sí lo sentía. Con mucha frecuencia el gato se acercaba al venerable tronco de la madre y restregaba su lomo en la tibia corteza, sintiendo un bienestar enorme que se parecía mucho al amor de un buen hijo. Un suceso extraordinario vendría a estrechar los lazos entre ambos. Como siempre, la fortuna sonreía de extraña manera al gato.

Sucedió que un tarde calurosa, mientras Príncipe dormía arrimado a las raíces de su madre, una gran serpiente, Lisa, la boa, se acercó con la intención de subir el tronco en busca de huevos de pájaros. Había muchos nidos de diversas especies de aves entre los cientos de frondosas ramas. Al ver al tigrito, Lisa se inmovilizó. Sacó su vibrante lengua y fijó su mirada hipnótica en Príncipe para asegurarse de que era en efecto un animal, pues olía poderosamente a mango. Entonces se empezó a acercar con sigilo, sabiendo que había encontrado un buen bocado, suficiente para alimentarla durante un mes entero. Madre Teresa miraba frenética e impotente cómo Lisa estaba a punto de alcanzar a su hijo, a quien estrangularía, enredándolo con su largo cuerpo, para luego írselo tragando entero poco a poco. La madre soltó un mango que cayó en la cabeza de Príncipe, despertándolo. Este abrió los ojos. Se quedó mirando esos ojos eléctricos que venían hacia él y que ya estaban muy cerca. Príncipe no podía moverse. Estaba paralizado. Estaba fascinado. Estaba perdido.

En esta ocasión, sin embargo, una vez más se salvaría, aunque no gracias a la extraña fortuna que desde su nacimiento le perseguía, tanto para su desgracia como para su beneficio. No, esta vez sería el tremendo amor de Madre Teresa quien le salvaría, porque el amor de una madre es la fuerza más grande de la naturaleza. Solamente la fuerza de ese amor pudo hacer que la madre rompiera uno de sus amorosos brazos, se arrancara una de sus ramas, que con un tremendo crujido cayó sobre la boa. Como si despertara de una pesadilla, el hijo reaccionó de inmediato. Dando un salto increíble se torció en el aire y arañando el tronco con frenesí lo trepó velozmente, no parando hasta encaramarse en las ramas más altas y más delgadas, donde quedó meciéndose de lado a lado. Mirando hacia abajo veía a la serpiente que ágilmente había trepado en su persecución, pero que debido a su peso no podía llegar hasta él. Unos dos metros separaban a Lisa y a Príncipe, que se miraron fijamente durante largo rato. Entonces sucedió una de esas cosas extrañas que a él le sucedían. Principito abrió las fauces, mostró los colmillos y rugió. Sí, rugió. Principito había encontrado su voz, la voz que había perdido cuando su primera madre, Sultana, la Daga, lo dejó caer en la barranca y él quedo todo golpeado.

Lisa la boa retrocedió. El tigrito volvió a rugir, una, dos veces más. El clamor de su propia voz le gustaba. No lo podía saber, pero su segunda madre, la enorme Madre Teresa, derramaba lágrimas de felicidad y de orgullo, oyendo a su hijo rugir. ¡Cómo lo amaba! ¡Cómo amaba a ese extraño hijo! Pero el no lo sabía, no veía lo que las nubes, las aves y las flores, los demás árboles que rodeaban a la madre veían: no veía el amor de su madre. Nosotros, los seres humanos, acaso, acaso hubiéramos podido notar que las hojas más tiernas y más verdes de la madre llovían suavemente en torno al tronco.

Pasado el peligro, Príncipe emprendió el descenso lentamente. A la natural torpeza que tienen los gatos para descender un árbol, aunque no para subirlo, se unía el gusto que sentía de estar entre las amorosas ramas cuajadas de grandes mangos. Al ir bajando con cautela el gato descubrió un nido de palomas con cuatro huevos. La paloma madre había huido al acercarse él y batía sus alas en una rama cercana tratando de atraer la atención del animal y alejarlo del nido. Pero el vegetariano lamió los tibios huevos que la paloma había estado incubando. Eran huevos frescos que había puesto esa misma mañana. Su suavidad y tersura le recordaron los mangos que lo alimentaban. Tomo un huevo en la boca y quiso chuparlo, rompiendo la cáscara. Cuando la yema y la clara se derramaron en su boca el tigre quedo de verdad con la boca abierta durante un momento. ¡Qué delicia! Con voracidad y fruición devoró los demás huevos. Largo rato se quedo paladeando el sabor y lamiéndose los bigotes.

Madre Teresa lo miraba con regocijo. Bien sabía ella que muy pronto sus mangos se acabarían y que además su hijo necesitaba de un alimento más fuerte. Entre sus ramas había docenas de nidos. Los árboles que la rodeaban, y cuyas ramas se juntaban con las suyas, también estaban llenos de nidos. Había suficientes huevos para alimentar al tigrito durante un par de semanas. Además, cuando las aves, las palomas, guacamayas o loros perdían sus huevos, de inmediato volvían a poner otros. Así pues, el vegetariano tenía la comida asegurada. También seguiría comiendo la fruta de otros árboles cuando los mangos de su madre se acabaran. Finalmente, había toda clase de gusanos y de insectos que aprendería a comer sin asco alguno.

Por lo pronto, Príncipe se puso a buscar más nidos de pájaros, inspirado y guiado por su instinto de cazador nato. Pronto encontró otros dos nidos, cuyos huevos, afortunadamente, eran bastante frescos, pues habían sido puestos recientemente, hacía un par de días. Sin embargo, el cuarto nido que encontró, mientras recorría las ramas de su madre con torpeza todavía, contenía tres huevos de guacamaya cuyos embriones estaban en avanzado estado de formación. Al romper uno de esos huevos entre la lengua y el paladar, en vez de derramarse la dorada yema y la untuosa clara con un líquido estallido de sabor en la boca del gato, éste probó con indecible asco el sabor de la carne, los huesos, la sangre. Escupió el feto de pajarito y durante largo rato se frotó las fauces con el reverso de las manos, frunciendo los labios y mostrando los colmillos, gruñendo suavemente. ¡Cómo se reía su madre, Madre Teresa, y su risa contagiaba a los árboles cercanos cuyas ramas tocaban las suyas. Eran unas risas frescas y dulces como rebanadas de sandías.

Pero no por eso dejó Principito de buscar más huevos. Sus sentido del olfato y del oído estaban tan desarrollados, tanto porque eso era lo natural en un cachorro de tigre, tanto porque su dieta vegetariana lo propiciaba, que en seguida aprendió a detectar el olor a la carne de los embriones avanzados, a detectar los minúsculos movimientos de las diminutas aves encerradas en los huevos. Un par de equivocaciones más terminaron por hacerle afinar sus facultades, y de ahí en adelante infaliblemente chupaba solamente los huevos frescos.

Principito pasó todo el día entre las ramas. Al atardecer, moría de sed y bajó a tierra a chupar mangos. Además, en el fondo de la barranca, no lejos de su madre, corría un hilillo de agua que en la temporada de lluvias se convertía en un furioso torrente. Días atrás, el tigrito había descubierto una pequeña poza donde aprendió a lamer el agua de la vida. Ahora, al acercarse para beber hasta hartarse, hizo un nuevo hallazgo. El tronco de un gigantesco árbol caído hacía mucho tiempo llamó su atención. Había detectado con su agudísima vista leves movimientos dentro de la madera podrida del tronco. Al desgarrar con sus garras la superficie del gigante caído, encontró docenas de gruesos gusanos que empezó a lamer y tragar con delicia. El tigre de tres patas, condenado desde su nacimiento a la muerte, poseía ya todos los elementos para sobrevivir, al menos durante el primer año de su vida.

Caía la noche y quiso regresar a su guarida terrestre, pero estaba su panza tan llena y redonda que a duras penas pudo entrar. Se sintió tan incomodo dentro que volvió a salir, agrandando la salida con sus garras. Entonces subió de nuevo a los brazos de su madre y de ahí en adelante jamás volvió a dormir en tierra. Madre Teresa, previendo como buena madre que las cosas llegarían a este punto, durante los pasados días le había preparado a su hijo una especie de hamaca, entretejiendo sus ramas a cierta altura del tronco. En torno al futuro lecho, había creado una casita de tupidas hojas. El tigre ya había pasado por ese lugar durante la cacería de huevos y ahí había tomado una siesta. Ahora volvía para acurrucarse de nuevo en la hamaca y pronto caía dormido profundamente, mecido tiernamente por la madre, quien le cantaba una tonada tan antigua como las montañas y los mares, una tonada que conocen todas las madres de todas las especies, animales, vegetales o minerales.

La voz del gran árbol de mangos era tan profunda como sus poderosas raíces, tan tierna como las frágiles flores que se convertían en hermosos mangos, tan misteriosa como la luz de las estrellas que venía a anidar en sus ramas.

 

Continuará.

México-Tenochtitlan, año 2000, para Beatriz Mira

 

 Mariano Sánchez-Ventura

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