Un suceso

A veces es mejor decir las cosas escuetamente, sin adornos. A veces es mejor adornarse, creando con el lenguaje verdaderos paraísos artificiales, o infiernos ficticios, con sus paisajes y vegetación, arquitectura, fauna y habitantes, donde el incauto lector entra encantado, es atrapado, fascinado, hipnotizado por los intrincados dibujos de la página impresa. ¿Qué son las letras sino dibujos de sonidos, que combinándose caprichosamente entre sí quedan encuadrados en palabras? Y las palabras son huellas en la arena de los tiempos, pisadas que seguimos paso a paso haciendo camino al andar; haciendo novelas, cuentos y poemas al leer; haciendo lectores al escribir.

Quiero contar un anécdota, un suceso —un cuento es el relato de un suceso aislado, según Goethe y esa definición, en su escueta perfección, es la ley suprema de la literatura: pues es precisamente el relato lo que da sentido a las caprichosas palabras, al enlazarlas y coordinarlas en torno al suceso que se pretende transmitir a otro; es imposible escribir para sí mismo, porque como dijo el divino Rimbaud, Yo soy el otro —y no se qué lenguaje utilizar, si el incisivo y documental, si el acrobático y frondoso.

Lo que quiero contar es que a mí me sucedió que hice el amor a una mujer muerta a quien yo había amado mucho. Me encontré a esa mujer muerta en el cuerpo de otra viva; pude besar los mismos labios amados, los ojos mismos y las pestañas, el aroma olvidado de su cabello, las manos, las uñas Dios mío las mismas uñas de esa mujer tan amada que volvía a encontrar milagrosamente en esa otra mujer de diferente nacionalidad, diferente situación, inclusive diferente edad. Pude amar con todo mi amor desesperado y resucitado a aquella aparición que se me entregaba materialmente en el cuerpo de otra mujer. Y ésta, la viva me dijo al amanecer, me dijo, y éstas son sus auténticas palabras: "Por lo menos moriré sabiendo que he sido amada hasta el fondo de mí misma."

Conforme la luz floreciente del nuevo día inundaba la cama de nuestros amores apasionados y pasajeros, me fui dando cuenta con desbordantes asco y compasión y vergüenza, que ambas mujeres, la viva y la muerta, no se parecían absolutamente en nada. ¿Qué había sucedido? ¿Que me había sucedido?

Después del concierto yo me encontraba exhausto, al punto de quedarme dormido de pie durante la recepción posterior en la embajada de México. Yo era segundo violín de un excelente cuarteto de cuerdas que se había conformado, acaso milagrosamente, en una ciudad de provincia que no quiero mencionar, porque nadie me lo creería. Tuvimos mucho éxito en un festival de música de cámara que se organizó en una universidad discreta de San Antonio, Texas, adonde llegamos gracias al papá del violoncello, que era dueño de un barco camaronero, y el gobernador del estado nos organizó una gira por Estados Unidos, gracias a que un primo hermano suyo era amigo de la señora del Secretario de Relaciones Exteriores. Había sido una verdadera paliza. Tocábamos todos los días y todas las noches, casi como sonámbulos, a veces hasta tres veces por día, en ciudad tras ciudad gabacha de segunda y tercera categoría, en las canchas de baloncesto de escuelas primarias, en los sotanos de iglesias y templos de todas las denominaciones, en las salas de cines clausurados, en las salas de recreo de prisiones federales y de centros de detención para menores… Eso duró cinco implacables semanas: pobre Silvestre Revueltas, pobre Miguel M. Ponce, pobre Carlos Chávez. Pero llegamos a Washington al final y para coronar dignamente nuestra huarachuda gira dimos el último concierto en la mismísima embajada, ante un distinguidísimo público de diplomáticos centroamericanos, orientales y africanos y de secretarias de secretarios de secretarios de estado.

Una mujer atractiva me acorraló. Estaba fascinada por mí. Yo casi no oía lo que me decía y me dejé cautivar por su halagador encanto. Sin parar de hablar ante mi hermetismo mestizo me llevó a su casa y me dio más de beber. Me hizo martinis muy secos y no dejaba de hablar con brillante coquetería. Yo sonreía cortésmente, dulcemente, hundido en un sofa gabacho tapizado de lindas florecitas y muy mullido, con la reconfortante copa entre las manos, tendidas sobre mi pancita de músico. Pues sí, estaba briago y exhausto, deliciosa combinación. Sus manos eran muy largas y muy blancas, sus tobillos muy gruesos, sus ojos amarillos. El cabello, gris acero, se lo recogía en un moño con un broche de plata y turquesas. Por lo demás solamente recuerdo que conocía de veras la gringa su música de Revueltas y esa noche habíamos tocado pero muy bien y acaso sólo ella se pudo dar cuenta de ello de entre todos los correctos asistentes, cuya mente estaba mayoritariamente en los sopecitos de caviar y el bastante buen vino que en el fondo del salón disponían los oficiosos meseros haciendo sonar de vez en cuando las campanillas de los copas alineadas republicanamente en largas mesas plegables cubiertas de manteles de algodón muy blancos y los manjares diplomáticos de siempre: caviarcito, salmoncito y patecito. Estaba entusiasmada y por qué no decirlo, un poco tipsy. Llegó el momento en que me arrancó la copa de la mano y me agarró los negros bucles de las sienes besándome con tal avidez que quedé conmovido y muy despierto. De rodillas en mis muslos se me quedó mirando luego con sus ojos de gato y en ese momento su rostro se transfiguró y vi a Esperanza. Era Esperanza. La amé como siempre la amé, sin quitar ni añadir un beso, una caricia, una mirada. Era ella. Era yo. Eramos ambos enamorados.

Me vestí muy de prisa. Ella me miraba con serenidad. —Espera—, me dijo sin moverse, desnuda sobre las sabanas revueltas con esa desnudez de la mujer que se ha entregado toda ella sin guardar nada ni para el recuerdo ni para el remordimiento. —Quiero que sepas que ahora puedo morir sabiendo que he sido amada hasta el fondo de mi alma. Eso es todo, that’s all. Que Dios te bendiga, God bless you—. Y luego sencillamente—, Goodby.

Esas sus palabras suyas, tan suyas, tan llenas de verdad, tan verdaderas, bien lo sé, están escritas en mi sangre y acaso, y acaso, y acaso algún día, cuando todo lo demás y todo lo de menos, todas las imágenes y todas las historias, inclusive el amor de mi vida, Esperanza, todos los conciertos y todas las partituras, todo se disuelva en el océano insondable del silencio del olvido, algún día habrá de ser que sólo ellas queden fijas en mi alma, alumbrando mi vejez y justificando mi vida entera, eternas y luminosas y despertando las notas de la música de Silvestre Revueltas a la que he entregado mi existencia y que siempre estará conmigo, como caricia y consuelo de mi karma y recompensa del Dador de la vida, el Señor de lo contiguo y lo cercano

 Mariano Sánchez-Ventura

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