La Pirámide
Desde la cima del elevado monte, el potentado y su corte se dispusieron a observar el desarrollo de la batalla. Empezaría en la madrugada, y al alzarse el sol como una mano de profeta dando la bendición a su pueblo imagen que al rey le pareció muy feliz y que dictó con apagada voz al escribiente que nunca dejaba su lado las columnas de lanceros, flecheros y caballeros se erizaron con largas, afiladas sombras. Las macizas columnas de ambos ejércitos se empezaron a partir en diversos trozos que avanzaban como curiosos gusanos de muchas patas con lo que desde lo alto parecía extremada lentitud, hasta encontrarse las opuestas sombras, fundiéndose entre un estridente griterío cuyo horror la distancia no suavizaba; a la vez callado y discordante, el blando estruendo estremecía en lo más hondo al corcovado escribano que el Magnífico siempre tenía a sus pies, más fiel que su propia sombra. Le temblaba la pluma mojada en su propia sangre, que manaba de una herida que se había hecho en el centro de la palma izquierda y que formaba un charquito carmesí en la cuenca de la mano. Ese devoto secretario tenía el brazo izquierdo totalmente tatuado de innumerables cicatrices de cortadas donde había mojado sus raras y curiosas plumas de quetzal y de ave fénix en el desempeño de su fatigosa profesión desde la ya remota adolescencia.
A lo largo del día las cambiantes sombras se cruzaron desde todos los ángulos posibles al fragor de la batalla, cayendo muchas hasta quedar inmóviles, mudas, tiñéndose paulatinamente de rojo. Con el atardecer las sombras se fueron alargando cada vez más de un solo lado del campo de batalla, haciéndose cada vez más puras, más lentas, más estatuarias. Las sombras nos dan la victoria, dictó el mongol al desfalleciente calígrafo.
Había sido una enorme victoria. En un solo día se hicieron diez mil prisioneros que serían degollados sin tardanza durante la noche, dando la exacta suma de diecisiete mil novecientos trece cadáveres, contando tanto los hombres como los caballos muertos y heridos en la batalla. El Magnífico, hombre de mirada cansada y grisáceo rostro, aunque de robusto cuerpo, ordenó con cierto desgano rayano en desencanto que los vencidos -más de uno en los últimos estertores- fueran amontonados en forma de pirámide, con precisión geométrica y rigurosa jerarquía, sentado el rey perdedor en la punta dentro de una estrecha jaula de hincadas lanzas.
Aunque el ejercito vencedor de trece mil bárbaros tras enterrar someramente y sin ceremonias a sus bajas se empleó a fondo día tras noche, la construcción de la pila mortuoria se hizo en extremo penosa debido a la rápida descomposición de los cuerpos. Para entorpecerlo todo aún más, bandadas de miles y miles de aves de rapiña aparecieron desde los cuatro vientos, lanzándose enloquecidas sobre vivos y muertos al igual.
Sin embargo, cuando se dio termino a la descomunal tarea el Mongol dispuso que para tomarse un merecido descanso su ejercito acampase en torno a la pirámide. Así mis hombres se harán más feroces, más indiferentes a la muerte y probablemente vegetarianos, lo cual es una ventaja por añadidura y por demás inapreciable, pues ha de rebajar los costos y trabajos de manutención castrense de manera considerable, anotó prolijamente el sufrido pendolista.
Los arqueros pudieron adiestrarse de manera inmejorable, tanto durante el levantamiento de la fantástica pirámide como durante las muy largas vacaciones subsecuentes, flechando las inextinguibles aves carnívoras -mientras el resto del aburrido ejercito fabricaba más y más flechas, dardos y arcos- y se hicieron famosos en aquella antigüedad mongólica por su tino y destreza infalibles y por su desmedido amor a la alcachofa, cuya imagen convirtieron en el emblema labrado en oro, plata y bronce de su temibles estandarte.
Mariano Sánchez-Ventura