El Patrono
Sabes qué, alejate de mí. Me divertiste de niño, incluso de adolescente. Pero ya tu madurez democrática, o lo que es peor, tu democrática madurez, tus suburbanos líos con esa personaja a quien tú llamas esposa y tus maleducados mis nietos me traen frito. Así que no estés chingando, en una palabra que equivale, te aseguro, a mil puñeteras imágenes.
El llamado Patrono chupó su pipa de hashish. Tragando el humo se incorporó en su vetusta butaca de seda cardenalicia. El sol patinado del Madrid invernal avivaba la sedosa llama, encendiendo, suave lava, la augusta urdimbre de esa seda alucinada.
Durante un momento el anciano me pareció y se me apareció como una especie de duende de biblioteca antigua, especie aún mas rara que la de sus primos hermanos silvestres. Duende de biblioteca el bibliófilo anarquista, tan anarquista como aristócrata, ahí con su pipa de hash una caña bruñida como el marfil faraónico, de embocadura y hornillo de africano oro sentado con exquisita prestancia, erguido con no se qué aire de provocación juvenil, casi atávica, definitivamente ibérica, de impertinente señoritismo madrileño, en esa seda vibrante, viva, palpitante, suave como el satín de un hongo salvaje y satánico.
Le oí y entendí a la perfección, como él sin duda esperaba. Mis ojos vagaron por la maravillosa biblioteca, un nido de libros sobre libros en orden y en desorden que prácticamente forraba los cuatro muros, encuadrando una gran ventana que daba sobre el jardín del Retiro, y se derramaba junto con papeles, revistas y diarios, impresos y manuscritos de todo tipo sobre el piso de apolillada duela cubierto de raídas alfombras islámicas.
En el centro de la habitación, esa butaca. Sólo esa butaca que en los atardeceres soleados se incendiaba ritualmente. Y frente al venerable trono del Patrono, donde se pasaba el día entero leyendo y fumando y bebiendo excelente armagnac, una pequeña alfombra perfectamente pulcra, vacía y limpia, una alfombra de salaat, de postraciones mahometanas. Resulta que el Patrono en su postrera vejez y como culminación de su terco y empecinado anarquismo castizo se había hecho sufi, "tomando la mano" de un Sheik norteamericano que había venido a hacer proselitismo en Europa, un hombre extremadamente culto y acomodado, además de exquisitamente fino, que conocía una extraordinaria tesis de doctorado de mi padre donde demostraba con pelos y señales que el primer viaje de Cristobal Colon a las Indias había sido financiado por un usurero mozarabe cordobés que luego se había embarcado con él en el tercer viaje y había desaparecido en Santo Domingo, donde fundó la primera mezquita clandestina del Islam en el Nuevo Mundo.
De ahí provenía precisamente el disgusto del Patrono. Gracias a uno de sus salvajes nietos mis hijos, uno de los cuales justo en este momento corría como aeroplano de turbina supersónico por el largo laberinto del pasillo, a cuyos lados se abría habitación tras habitación donde se toma la siesta en sólidas camas de madera labrada a la vista de severos retratos de mis sombríos antecesores; donde se almacenan pilas de libros de todos los tamaños, marcos, cuadros y diplomas, muebles viejos y sillas desvencijadas; donde no se come en una mesa de refectorio medieval frente a tapices apagados por el polvo y la indiferencia de los siglos; donde no se puede entrar por disposición y mandato del Barba Blanca que sella las puertas con sellos lacrados; y dos o tres hermosos baños de principios de siglo, reconfortantes y opulentos; y también un cuarto donde la buena de mi madre cría conejos en jaulas de alambre grueso que dejan pasar los excrementos y meados de los animales en recipientes de lámina con algo de tierra, peladuras de frutas y legumbres, y cientos de lombrices que convierten todo ello en tierra de composta, una tierra fragante y fértil que alimenta las macetas de geranios colocados en aros de hierro afuera de las ventanas que dan al precioso Retiro. Pero mi habitación favorita y que de veras despierta en mi la envidia y la sospecha de que el difícil Patrono es realmente un iluminado, es el gallinero. Dos gallinas y un hermoso gallo que lo despierta de madrugada para hacer sus abluciones y sus postraciones, rascan y picotean la paja que la abuela y la raquítica sirvienta que había sido su nana renuevan diariamente sobre la pulida y encerada duela. Con la paja usada encienden y alimentan los hornillos de carbón de la cocina, pues afortunadamente los pollos no mean, y en invierno el brasero de la camilla y la gran chimenea que también se encuentran en la vasta cocina de mosaico granadino.
Seguramente era un milagro manifiesto del feroz, vengativo y misericordioso Alá que ese gallo cantase y anunciase puntualmente todas las horas de la oración durante el día, tarde y noche. Era una especie de plañidero llamado a la oración que hubiera envidiado el más pintado de los imanes del islam. Lo de milagro no lo digo de burla porque el puñetero pájaro canta y anuncia la hora y minuto de los rezos exactamente lo cual no es una bicoca pues varían de día en día y de mes en mes conforme están registrados en los minuciosos calendarios que configuran matemática y astrológicamente devotísimos doctores en algún país desértico incrustado de aceitosas torres negras de armazón de hierro humeante, donde las mujeres se visten como diurnos fantasmas oscuros y los hombres de blue jeans, monísimas subametralladoras que parecen de juguete y no, no lo son, tupidos bigotes y pañuelos de cuadritos negros, rojos y blancos que sujetan a la cabeza con cordones anudados.
Pues señor, resulta que uno de mis críos al pasar de puntitas por el pasillo, habiéndose escapado desapercibido de la cocina donde mi mujer anglosajona hacía desternillar a mi madre con su disparatada locuacidad y su imposible acento castellano, alcanzó a ver al Patrono haciendo devotamente sus oraciones un día que vinimos todos a visitar a la virgen y mártir de la abuela. Estaban ambas ahora mismo hirviendo unas mazorcas de maíz vascas que con gran deleite habíamos encontrado en el Rastro. Ibamos a untar las frescas y jugosas mazorcas con mantequilla salada de vaca y darnos un banquete de corn on the cob a lo gringo, con todo y coca cola. Los mayores tomábamos la coca con vino tinto, proletaria costumbre uruguaya que a todos recomiendo de todo corazón.
Nuestro pequeño Camilo, el mediano (siendo el mayor Emiliano y el tercero Sandino) le había preguntado al santo patrono, adentrándose en el sagrado recinto y pisoteando un manuscrito celta del siglo séptimo, ¿Oye Patrón, por qué adoras a Dios con el culo?. Cosa por otra parte que había oído de mí en vuestra pobre casa.
Por cierto que la abuela mi madre desnuca y quita la piel ella misma a los conejos, los parte y hace un conejo toledano, de espesa salsa de vino tinto y sangre, casi negra, que no tienen ustedes que probar para chuparse los dedos figurativamente. Y los buenos huevos orgánicos de las gallinas son, you guessed it o usted lo adivino, para el afortunado duende o genio de la botella o butaca. Le gustan fritos con ajos en mucho aceite de oliva bien caliente, con la naranja yema casi cruda y la clara inflada y tostada, acompañados de gruesas rebanadas del pan candeal de la nana.
Confieso que la sola mención de sufis, untuosas postraciones, arábigas recitaciones y demás me da a la vez asco y calofrío, casi tanto como las sotanas pringosas de los curas ibéricos, apostólicos y romanos, y lo mismo que esos sombreros de los años cincuenta que usan los rabinos para proteger sus cuernos, tan míticos como bien bruñidos, pero esto, claro, estoy seguro que lo habéis captado. Aunque, claro, no faltan místicos y chamanes trasnochadores que pretendiendo ser originales clamen que el erotismo al cubo se cifra en los ojos abismales de esas clausuradas mujeres que han sido condenadas a ahogarse en el velo que las inunda de pies a cabeza, dejando sólo esa mirada desnuda a flote, esa llamada estéril de auxilio, llena de desolación y de silencio paralizantes.
Mariano Sánchez-Ventura