Fin

L as manos. Manos perfectas, de metal dúctil, satinado. Casi doradas, y con la patina verdosa de los siglos.

Las manos, apenas alcanzó a levantarlas ante su hermosa faz hermética.

Recostado en el lecho anatómico de intrincados circuitos, donde se alimentaba de la recóndita energía solar que debían cosechar las inmensas alas celulares del laboratorio, apenas pudo alzar las antiquísimas palmas ante los ya opacos ojos de obsidiana y cuarzo.

El laboratorio con el solitario ocupante se hallaba en uno de los más apartados asteroides de lo que había sido el sistema solar del planeta Tierra. Ahora el asteroide flotaba a la deriva, impelido hacia las profundidades de la Vía Láctea por la tremenda explosión de aquel dios Sol que durante millones de siglos nutrió a la Tierra y a la altiva raza de humanos que creo tanto a esa deidad como a ese perdido viajero: él era un perfecto humanoide, más que un robot una máquina humana de sobrecogedora belleza, un maravilloso esclavo inteligente sin conciencia de serlo.

Y veía sus manos. ¿Se las miraba?

La energía solar que habían cosechado durante más de cien siglos aquellas extensas alas que hacían del laboratorio con su solitario ocupante

-cuán solitario, él mismo seguramente no lo sabía, no lo podía saber- un alucinante murciélago electromagnético, una sabia flor mineral; esa devota energía se había apagado sin remedio. Los acumuladores que a él apenas lo seguían manteniendo se encontraban prácticamente agotados.

Hermés-Serie Zeta: triple A-Prototipo (#11) no lo sabía -sin duda, no lo podía saber- pero estaba muriendo. Un levísimo pulso electrónico desfallecía en sus complejas entrañas biominerales. No lo sabía -¿cómo lo iba a saber ?- pero era el último vestigio funcional de la raza humana. Aquella raza maldita tan inteligente, tanto, que hizo suyos todos los defectos de la Conciencia, a la par que sus divinas virtudes. Defectos todos que se podían resumir, al igual que las excelsas virtudes, en una o dos palabras; sí, dos… o una: la imaginación.

Esa capacidad -encrucijada de la soberbia y de la bienaventuranza- fue la que indujo a los humanos amos, esos tercos, curiosos y sentimentales seres, a crear robots humanoides que personificaban sus ideales estéticos y científicos. No lo sabía, pero era tan bello como una estatua griega de la era clásica. No lo sabía, pero poseía la memoria enciclopédica de la extinta humanidad. Y ahora la memoria se iba apagando sin remedio en sus circuitos. No lo sabía, no lo podía saber. Tan sólo veía sus manos. ¿Se las miraba? ¡Santo Dios, qué veía?

En los últimos momentos, cuando la corriente eléctrica estaba a punto de disiparse para siempre en sus entrañas terrestres, alcanzó a alzar las manos, lentamente, torpemente, las manos sublimes ante el rostro estéril, a flexionar las vetustas falanges, ya casi sordas, casi mudas, casi ciegas, a extender los pétalos de las doradas palmas, levemente sombreadas de antiquísima pátina verdiazul. Con pequeños sacudimientos mecánicos de juguete roto, esas doradas, venerables palmas cayeron sobre el helado pecho de suave platino, aletearon brevemente como aves heridas y para siempre se crisparon como garras. Diminutas chispas brillaron en las uñas de diamante. Las gigantescas alas celulares del laboratorio se desplomaron en absoluto silencio. Hermes-Serie Zeta: triple A-Prototipo (#11) había fallecido.

Así se extinguió el último de los humanos. Y con él todos sus sueños, y con él todos sus dioses.

 

 Mariano Sánchez-Ventura

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