UN ESPEJO ENAMORADO





Quiero contarte la historia de un espejo.

Este espejo era realmente precioso, muy elegante, muy fino. Con su marco dorado se encontraba en la bellísima sala de la casa de una actriz de cine y televisión muy, muy famosa. No te voy a decir quién era ella, porque éste es el cuento del espejo, no el de la famosa actriz. Además, a ella no le gustaría que dijera su famoso nombre, ni tampoco al espejo, a quien llamaremos Alejandro.

Alejandro es un nombre elegante, ¿no te parece? Es un nombre elegante para un espejo elegante, a quien hay que darle también un apellido digno de tan elegante nombre. ¿Qué te parece Alejandro de la Luna Creciente? ¿Qué te parece Alejandro de la Plata Pulida? ¿Qué te parece Alejandro Sterling Potosí?

Como no quiero que haya una de esas discusiones donde alguien siempre sale perdiendo, vamos a ponernos todos de acuerdo y llamarle al espejo Alejandro Espejo.

Pues sí, Alejandro Espejo, un elegantísimo y ¡ay! muy enamorado espejo, vivía en casa de la famosísima y claro está, bellísima actriz cuyo nombre no puedo ni quiero decir. A ella le encantaba mirarse en Alejandro Espejo, que era un soberbio espejo de cuerpo entero en un marco dorado con verdadero oro. 

La actriz recibía muchísimas visitas de admiradores en su casa, y se sentaba con sus invitados en los sofás de terciopelo blanco de la sala, a la vista de Alejandro Espejo, que no se perdía detalle de nada. Cuando la famosa actriz despedía a sus admiradores y se quedaba sola, se acercaba a Alejandro y se admiraba en él, haciendo poses diversas para verse toda ella. Suspiraba y se decía en voz alta, puesto que pensaba que estaba sola, -¿Pero habrás visto qué mujer tan bella eres?- Y luego decía, hablándole a Alejandro Espejo, sin saber, claro está, que él la oía y entendía muy bien-, ¿Que te parece, precioso espejo? ¿Soy bella o no?- Y a veces inclusive decía, lo cual era el colmo, -¡Qué suerte tienes de ser mi espejo! ¿Verdad que nunca has visto nada más bello que yo?

Alejandro Espejo se había enamorado con locura de la bellísima mujer cuando lo trajeron a aquella casa y lo colgaron en una pared la sala. Él mismo se había dicho día tras día durante los primeros años de su estancia ahí, que sin duda era el espejo más afortunado del mundo, de la historia de la humanidad y del universo entero. Siempre que su ama venía a admirarse ante él, Alejandro hacía todo lo posible por reflejar su imagen lo más fielmente posible. Inmóvil en su lugar en la sala, colgado de la pared sin poder salir detrás de esa mujer para reflejarla sin cesar segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, vivía suspirando por los momentos en que ella se le acercaba y hacía las poses más bellas y provocativas para admirarse a sí misma.

Con el pasar de los años, Alejandro Espejo empezó a sentirse muy desgraciado. A pesar de su enorme amor por la actriz, veía en carne propia como el paso de los años transformaba su belleza. Ya no era la mujer fresca y joven del pasado. Era una mujer madura, bellísima aún, como lo seguiría siendo durante muchos años todavía, pero su cutis juvenil empezaba a marchitarse. Y Alejandro sufría.

Afortunadamente, Alejandro convivía en aquella suntuosa sala con otros personajes, por demás interesantes, con quienes podía conversar y abrir su corazón. Ahí estaba su gran amigo Julio Pintado, un estupendo retrato al óleo de la famosa actriz por un gran pintor venezolano. Julio colgaba de la pared de enfrente y los dos amigos solían conversar en la oscuridad durante las largas horas de la noche.

-Dichoso tú,- decía Alejandro-, que la poseerás en toda la belleza de sus veintidós gloriosos años, por siempre y para siempre, mientras que en mi irá poco a poco decayendo con el pasar de los años, marchitándose como una flor del jardín.

Julio callaba discretamente, seguro de que su amigo tenía toda la razón. Sin embargo, intentaba consolarlo de alguna manera, diciéndole: -Sí, acaso tienes razón, enn mi vivirá siempre, año tras año, su belleza juvenil. Pero a ti es el primero que ve cuando llega cada día a la sala. Además, en ti han vivido miles y miles de sus miradas, mientras que yo sólo poseo una. Eso sí, una sola pero acaso la más admirable y la más perdurable, aunque no está bien que yo lo diga.

Y Julio, que cuando empezaba a hablar no había nadie que lo detuviera, seguía derramando su verbo coloreado-. Sí, amigo mío, acaso cada quien tiene lo que se merece, eso que los orientales llaman el karma, acaso cada quien tiene que conformarse y resignarse. Acepto que no ha sido malo mi destino, ¡pero tú no te podrás quejar! Todos aquí hemos visto cómo se mira en ti, cómo se admira, cómo se quiere. Es más…-

En este punto interrumpió impacientemente un hermoso escritorio de caoba portugués del siglo XVIII (es decir, dieciocho) desde un rincón de la sala.

-¡Tonterías! ¡Qué poca cultura la vuestra, distinguidos amigos! ¡Qué ignorancia y que presunción! Sois nada más que unos nuevos ricos, por así decirlo. No habéis pasado la prueba de los siglos, que es lo único que aporta verdadera distinción y autenticidad. Los hombres y mujeres más cultos, más finos, saben que sólo la antigüedad aporta verdadera belleza. Así como me veis, a mis casi trescientos años valgo muchísimo más que cualquiera de vosotros dos, incluso que vosotros dos juntos. Todos esos vulgares sofás de terciopelo blanco no valen lo que uno de mis cajones…

En este punto los sofás clamaron con grande indignación: -¡Pero como se atreve, viejo presumido y apolillado! ¡Pero si usted no aguanta ni un florero encima, porque se cae en pedazos! ¡Sepa usted que algunos de los más distinguidos traseros de México y el mundo entero se han posado en nuestros mullidos cojines!

Alejandro Espejo, Julio Pintado, Joao Lusitano (que así se llamaba el espléndido escritorio portugués, una verdadera pieza de museo), los Beverly Hills (nombre colectivo de los modernos sofás de terciopelo blanco) y otros miembros de aquella preciosa sala empezaron a hablar todos a la vez, de manera que no me fue posible entender todo lo que se decía con tanta pasión. De seguro todos tenían algo de razón. Es verdad que la belleza juvenil de las mujeres, de los hombres y de las cosas se transforma con el tiempo. Hay quien dice que tanto los seres humanos como las obras de arte se vuelven más bellos, más interesantes y más valiosos con la edad; hay quien dice que sólo la juventud vale la pena. ¿Tú que piensas?

En cuanto a mí, mi deber no es dar una opinión sino acabar este cuento.

Pues señor, resulta que en lo más acalorado de la discusión sobrevino un fuerte temblor en la ciudad de México. Si tú vives ahí, sabrás que tal cosa puede suceder en cualquier momento y que el susto, como dicen, es mayúsculo. Gracias al Señor del Karma, esos temibles temblores suelen ser muy breves, pero no por eso menos desagradables.

Cuando empezó a temblar la tierra todos aquellos personajes callaron aterrorizados. Dada su condición de muebles, poco podían hacer más que quedarse inmóviles como siempre. Crujían los muros, crujían los viejos huesos de Joao Lusitano, crujían los resortes de los Beverly Hills. Y de repente se oyó un gran estrépito. Y luego el silencio atemorizado que sigue a un temblor.

Entre el silencio se empezaron a oír unos suaves sollozos. Era Julio Pintado, que lloraba la muerte de su gran amigo Alejandro Espejo, el espejo enamorado, que había caído al piso víctima del temblor, haciéndose pedazos su gran corazón de plata y su marco dorado. 

Al día siguiente la gran actriz, la bellísima actriz, la famosísima actriz, hizo retirar los pedazos de fiel espejo. En su lugar, mando colocar semanas después otro retrato suyo, donde el pintor, un ruso, por cierto, se esforzó en hacerla aparecer más juvenil de lo que realmente era, pero al mismo tiempo mostrarla como la gran dama en que se había convertido gracias a su fama y su fortuna. ¡Difícil tarea!

Grandes, interminables discusiones tuvieron el primer retrato de la actriz, Julio Pintado, y este otro, que dijo llamarse Andrés Bello. Cada uno pretendía ser más hermoso que el otro. Los Beverly Hills estaban divididos en su apreciación del caso. El antiguo caballero Joao Lusitano se reía de unos y otros.

Pero del pobre Alejandro Espejo, el fiel espejo enamorado, ya nadie se acordaba. Bueno, nosotros sí, ¿verdad?
 

Mariano Sánchez-Ventura

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