Instantánea ecológica

La víbora acechadora picó certera y muda su torpe mano sorda o ciega. Cayó el agrio machete a sus pies como ave herida en pleno vuelo. Bañado en ácido sudor, rabiosamente, tronchando maleza espinosa allá en el fondo del ejido —allá más acá de la parcela del Tuerto, Florencio Pacual, mi suegro, pues, pa’más señas— andaba el finado mi ahijado pero que bien encabronado, pero que bien sediento y echando sin hache espumilla por las comisuras de los violáceos labios, tan gruesos como agrietados; punto y coma, que conste; sí, bien encabronado el desgraciado correteando a la canija borrega de su abuela la Negra y su regalo de bodas de aquella para aquesta… puntos suspensivos… ¿Verdad que los mismos dan al decurso cierta aura tridimensional?

Pobre buey. Rumiando ansias, de plano, y de plano muy acelerado. ¡Si la sonada celebración de la sonada boda apenas si se estaba comenzando a calentar a mediodía! Con ese calorón mayestático hasta los cohetes parecían marchitarse al ascender y estallar lánguidamente, desmayar… desmayando como suspiros de quinceañera —ah, pero qué bonita y qué rechula me salió esa metáfora, verdad de Dios, ¿sí mi Lic.? Pero al pobre buey hasta eso, se le hacían agua en la boca ardiente y reseca los lejanos estallidos blandos de los cohetones aquellos que él mismo, Agapito Cid Xochi, primo hermano de la Negra, se había ido a traer hasta el mismísimo barrio de la Santa Cruz en el mero mero Tepoztlán (entre paréntesis, arriesgando que lo vieran los Ventura Ámatl y me lo convertieran o convirtieran en coladera a las primeras de cambio: dos puntos: mas esa, sin, y con acento, es otra fecunda historia que me reservo para otra ocasión y reunión de este venerable círculo.

A ratos, una bocanada de aire o vaho caliente lamía su nuca chorreada del finadito, poniéndole como soga al cuello un jirón de música sincopada de la célebre banda sinfónica de Ocotitlán de las Nieves —si les repito mis estimados y nunca bien ponderados que su cabrona boda de la inmarcesible Prieta, como diría Su Reverencia, fue sonada (hace diez años de aquello y no la han visto pasar, más elástica y más lozana que a sus catorce agraciados mayos de entonces, aunque descalza hoy en día, con la patita rajada y cargando sus criaturas rotas y chorreadas y tamaño bultote de ropa ajena para lavar… Passons, como diría su distinguida esposa de usted, profesor Andrés).

Por cierto que a esa borrega, presunta responsable de la tragedia, la condené al paredón al otro día bajo los efectos de la irreversible cruda, mas a instancias de la recién casada —a quien debía, y es más, debo inefables favores, con su perdón, Reverencia— le conmuté la pena por cadena perpetua y es hoy en día la jodida su adoración y el consuelo de mis presos.

Total, se quedó mi ahijado Agapito chupándose el dorso de la mano, caído el machete a sus pies, mirando sin pensar y sin sentir nada pero nada mas con ojos cada vez más grandes a la culebrita roja, amarilla, negra, que perezosa se desenroscaba y líquida retomaba su camino interrumpido… su camino… ¡su camino hermético! Qué le parece esa figura, Doc. Modestia aparte, imponderables y distinguidos congéneres, ahí sí me la saqué. Ese adjetivo está bien puesto y muy bien puesto. ¡A ver quién me dice que no!

Un pajarraco renegrido de sucio pico amarillo revoleó regando plumas sobre el petrificado humano. Sus colorados graznidos se disolvieron en el candente aire vaporoso, que parecía a punto de ebullición. Al cabo de unos instantes preñados de expectación un árbol seco, un amate ancestral y gigantesco que se alzaba ante un precipicio agarrado a una pared de roca en el rincón más recóndito de la sierra, cargado de zopilotes dormidos como funestos y hórridos frutos de pesadilla, se quedó meciendo solo con leves crujidos entre el silencio disecado del vacío, cuando éstos pesadamente emprendieron el vuelo, casi al unísono, casi soñando todavía…

He dicho.

 

El coronel García Enríquez, comandante de las eufemísticas fuerzas del orden y cacique ilustrado de San Benito Acaltongo alzó los ojos del sobado manuscrito con aire retador y complacido, y junto con él su muy catalana Reverencia don Joan Jordi Junyent-Castells y Pujol, párroco del lugar; don Carlitos, médico cirujano, veterinario, dentista, colombófilo y doctor; el profesor Andrés, cornigacho y gabachudo director de la secundaria local, amén de frustrado ajedrecista y licenciado; y Juan Sánchez, sencillo y taimado agricultor y propietario de la cantina y burdel donde a la sazón todos se hallaban, alzaron sus copas solemnemente y silenciosamente brindaron, musitaron el lema del Círculo Literario y Declamatorio Netzahualcóyotl, del cual eran fundadores y exclusivistas miembros únicos —Por las Musas de la Patria— y le dieron mate a la nona cuba libre de la tarde.

 

Mariano Sánchez-Ventura

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