UN CIEMPIÉS COJO

Yo soy Edgar. Soy un cuervo. Soy un cuervo negro, negrísimo. Mi pico es negro, mis ojos son negros, mis plumas son negras. Pero mi corazón es blanco. Soy amigo de todos los animales del bosque, de todos, grandes y chicos, feroces y tímidos. Soy amigo de las aves, de los peces y de los insectos. También soy amigo de los árboles, de las plantas, de los frutos y de las flores. Es por eso que en el bosque todos me conocen como Edgar, el cuervo blanco.

Edgar, el cuervo blanco, así me llaman todos en todas partes del bosque. Soy tan amigable que no me puedo comer un solo insecto, como hacen los demás cuervos y pájaros. Tampoco me puedo comer las frutas, pues son tan amigas mías como las flores. Yo sólo puedo comer la miel que me regalan mis dulces amigas, las abejas.

Así soy, así nací. A veces se me acerca un insecto y me dice, -Edgar, por favor cómeme. Ya no soy tan joven como quisiera y he perdido mucha agilidad y destreza. Muy pronto algún pájaro me alcanzará y comerá. Esa es la ley del bosque y no me quejo. Por eso quisiera que tú me comieras. Dicen que solamente comes la miel que te regalan las abejas. ¡Sería tan dulce morir en tu estómago!

Y yo claro, como soy tan bueno, me como al pobre insecto. Y así van llegando miles, y a todos por lástima me los como.

También las frutas más maduras y más jugosas me dicen, -Edgar, cómeme, por favor. Mira que jugosita y madura estoy. En cualquier momento caeré al suelo, donde los insectos y los ratones me harán pedazos. Tu pico blanco, aunque sea tan negro, debe ser tan dulce como la miel que dicen que solamente comes porque te la regalan las abejas.

En fin, ya que ustedes me van conociendo un poco, creo que es el momento de contarles la historia de mi buen amigo Angel, un ciempiés cojo.

No hay quien no sepa que a los ciempiés se les dio ese nombre porque tienen o parecen tener cien pies. La verdad, yo nunca los he contado y ellos mismos sólo saben que son unos gusanos con muchísimos pies y que no se los pueden contar porque su cerebro no da para tanto. Yo mismo, aunque no soy precisamente tonto, sólo puedo contar hasta el número veintisiete. Y mi amigo Ángel, el ciempiés cojo, nada más llegaba hasta el doce.

Cuando digo que Ángel padecía de cojera desde su nacimiento, en una palabra, que era cojo, no quiero decir que tenía el pobre un pie más corto que los otros noventa y tantos. No. Lo que quiero decir es que la mitad de sus cien pies, o sea, si no me equivoco, cincuenta y tres de sus pies eran cojos y el resto normal. ¿Cincuenta y tres más cincuenta y tres son igual a cien, no? En fin, dejemos las matemáticas y vayamos al grano. Era cojo de la mitad de sus muchos pies.

Total, Ángel, quien vivía cerca de mi rama favorita en mi árbol favorito del bosque, en un hoyo que había hecho alguna vez un pájaro carpintero, llegó a verme muy de mañana un día, con ese andar suyo tan gracioso. Se lo van a tener que imaginar, queridos lectores, pues de plano me es imposible describir ese andar de ciempiés cojo de la mitad de sus pies.

-Edgar-, me dijo-, yo ya no aguanto más. Ya no aguanto más esta vida de ciempiés cojo. Todos los insectos se burlan de mí. Así nunca voy a encontrar novia. Te lo suplico, amigo mío, cómeme.

Yo me quedé muy pensativo. Para empezar, los cuervos no comemos ciempiés o ciempieses, que no sé muy bien cómo se dice. Esos gusanos, cuando te los tragas, sientes como todos sus piesecitos te hacen cosquillas en la garganta y es muy molesto.

-Mira, querido amigo,- le dije al fin-, yo por nada del mundo me comería a un buen amigo como tú. Veo que sufres y eso me entristece. Pero se me ocurre que hay alguien que puede ayudarte. Así que móntate en mi espalda y salgamos ya, que tenemos que hacer un largo viaje.

Volamos hasta lo más profundo del bosque, hasta un pequeño valle totalmente oculto por la espesísima vegetación, donde brota un manantial de aguas de todos los colores del arco iris. Como sé que nadie me creerá esto, no diré una palabra más sobre el particular. Tan sólo añadiré que ahí, y sólo ahí, llegaban a beber los unicornios y las aves fénix. Que alguien te explique, simpático lector, qué son los unicornios y las aves fénix, porque yo no lo haré. Es bien sabido que si mencionas esos seres fabulosos más de dos veces seguidas, te salen colmillos de vampiro, pezuñas de jabalí y orejas de cebra..

Bajamos al valle y Ángel saltó a tierra. A nuestro alrededor se encendían y apagaban, aparecía y desaparecían, unos hombrecillos minúsculos. Eran los gnomos, que son invisibles y visibles a voluntad, lo mismo que sus casas, sus campos y jardines, sus caballitos, pollitos y vaquitas, sus bicicletas y sus helicópteros. También sé muy bien que esto de que los gnomos tienen helicópteros nadie pero nadie me lo va a creer. Así que no diré una palabra más sobre el particular. Tan sólo añadiré que también usan motocicletas y patines en línea.

Cerré los ojos porque tanto encender y apagar de gnomos me daba mareo y me puse a gritar, -¡General Cero, General Cero, enciéndase ya, no sea payaso!-. No tengo que decir que me llevo bien con esos condenados hombrecillos.

-Cállese, cochino cuervo…-. Una voz melodiosa y musical, que sonaba como campanitas de oro y plata al viento, surgió ante mí y el pobre de Ángel, que estaba enroscado en mis patas. Yo sentía todos sus pies vibrando de miedo.

Abrí los ojos y ahí estaba el General Cero, con su pelo verde, sus cejas azules, sus ojos amarillos, sus dientes violetas, sonriendo traviesamente. A su alrededor se empezaron a encender otros hombrecillos y hombrecillas (todo mundo sabe que los gnomos no llaman a sus mujeres mujeres, ni tampoco gnomas, sino hombrecillas). También empezaron a aparecer las calles y casas de la ciudad, los helicópteros y las motocicletas (que por cierto, son de madera, lo mismo que sus patines en línea y sus bicis de montaña), los perros y gatos, caballos, cerdos, gansos y gallinas, en fin, todos sus animales, cuya piel es completamente transparente, de manera que se les puede ver los huesos y las venas, las tripas y el cerebro.

La ciudad de los gnomos es una Disneylandia, pero de verdad. Ahí puedes ver al ratón Miguelito, a Tribilín, a Blanca Nieves y los Siete Enanitos, igual que en Disneylandia, sólo que no se te ocurra jalarle las orejas al llamado Mickey Mouse, ni la cola al llamado Donald Duck, ¡porque son de verdad y te puede morder el ratón o el pato!

-Ya sabíamos que venías, cuervo hipócrita y mentiroso, con tu gentil amiguito, este pobre Angelito.

Como se sabe, los canijos gnomos todo lo saben y todo lo adivinan. Sentí que Angel se derretía de gusto y se desprendía de mis patas como una seda.

-En ese caso, asqueroso enano, dinos cómo lo podrás ayudar con su problema de cojera,- respondí con fingido enojo-, porque no hemos venido a perder el tiempo ni a dejarnos impresionar por tus malas artes.

-Eso es asunto nuestro, ¿verdad amiguito Ángel?- alcance a oír antes de que la ciudad entera, los perros y gatos de piel transparente, los helicópteros y motocicletas de madera, los hombrecillos y hombrecillas, y el coloreado General Cero, jefe de todo aquel tinglado, desaparecieran llevándose a mi amigo Ángel.

Me quedé solo, totalmente solo en ese maravilloso valle, riéndome de gusto. Nunca se sabe que pasará cuando visitas la ciudad de los condenados gnomos. Me encantó ver llegar a los fabulosos seres que no se pueden nombrar más de dos veces en el mismo cuento, porque te salen orejas de pato, etcétera. Venían a beber en el manantial de aguas multicolores. Primero probaban un color, después otro. Yo mismo me acerqué a tomar unos sorbos de agua violeta, la que más me gusta. El agua violeta te da mucha energía y yo tenía que hacer un largo viaje de regreso al árbol que es mi casa.

Algunas semanas más tarde, el zumbido de un pequeño helicóptero de madera me despertó de una profunda siesta. Se venía acercando a mi rama con la clara intención de posarse a mi lado. El vendaval que producía con sus aspas despeinaba mis plumas y cegaba mis ojos, así que le di la espalda y me cubrí la cabeza con las alas. Esperaba así que el aparato apagara su motor para poder volverme a darle la bienvenida a su ocupante. Grande fue mi sorpresa cuando después de un rato, el helicóptero se empezó a alejar. Me volví para ver lo que sucedía y vi con horror que había dejado en la rama un pequeño ataúd de madera.

Mi corazón se tiñó instantáneamente de dolor. No soy adivino pero sabía muy bien que dentro de ese pequeño ataúd se encontraba mi amiguito Ángel, que así había regresado de la ciudad de los gnomos al árbol de su nacimiento. Al levantar la tapa del ataúd con mi pico, una voz grabada, la voz del General Cero, se dejo oír dulce y melodiosamente, como si varias campanitas de oro y plata incrustadas con diamantes y rubíes sonaran al aire.

"Mi viejo y estimado amigo cuervo. La última voluntad de Angelito fue que le regresáramos al árbol de su nacimiento. Debes saber que yo decidí que la mejor manera de ayudar al pobre y valiente Ángel, era hacerle integrante de nuestro circo, que no porque yo lo diga, es el mejor circo del bosque. Lo entrenamos, pues, como equilibrista y trapecista. ¡Cómo le gustaba desde el principio andar por la cuerda tendida de lado a lado de la carpa, a una altura que él insistía fuera cada vez mayor, pues tenía una sed de alturas como no he visto en ningún cirquero desde la época de los Wallenda. Y claro, todo sin red protectora, todo sin cables sujetos a su cintura…"

Aquí la voz se convertía en un ruido electrónico, debido a una falla en el cassette. Así que el resto me lo tuve que imaginar. Esos hombrecillos, para quienes yo era un pájaro gigantesco, eran menos altos que yo. Mi amigo Ángel aunque cojo de la mitad de sus pies, era todo un señor ciempiés, del tamaño de un lápiz a medio usar. Para ellos, Angelíto era una novedad, un gusano también gigantesco y además cojo, cuyos andares y piruetas en la cuerda como equilibrista, erguido sobre las patas traseras, llevando una larga ramita de bambú entre las manos delanteras para equilibrarse, debían de ser a la vez extremadamente cómicos y extremadamente peligrosos.

Ángel había encontrado su camino en la vida. Los aplausos de aquellos minúsculos y musicales seres, cuya voz y lenguaje sonaba como campanitas de oro y plata encrustadas de diamantes, rubíes y esmeraldas, y alguna que otra perla, sonando al viento como una música casi transparente, casi etérea; esos aplausos, esas risas, esos ¡ayes! de emoción, esas respiraciones entrecortadas, esos gritos le emborracharon. Quiso ir cada vez más alto y un día cayó. Y aquí estaba ante mí, embalsamado como un faraón egipcio, en un ataúd de madera.

No puedo olvidar a mi amigo Ángel, el ciempiés cojo, pero cojo de la mitad de sus muchos pies, no nada más de uno, dos o tres. Su historia es uno de mis mejores cuentos y me ha valido muchos litros de la miel más fina. A mis amigas las abejas les encanta y no se cansan de oírlo contar una y otra vez.

¿Y a ti que te pareció?

 

 Mariano Sánchez-Ventura

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