EL NIÑO CON BIGOTE
Esa mañana Federico no podía despertar. Sin embargo, los gritos de su mamá, cada vez más agudos, cada vez más afilados, acabaron por taladrar su sueño.
Acaso porque dormía tan profundamente y despertó tan de repente, sobre la boca y bajo la nariz del niño un pedacito de sueño se quedó atrapado. Sí, Federico, un chavo de casi diez años, de pelo rizado y grandes cachetes, aunque delgado y algo alto para su edad, había despertado con bigote.
Así es, había despertado con un bigote muy elegante, muy negro, del color y la forma de las alas de un cuervo. ¡Sí, un auténtico bigote mexicano!
Pero Federico aún no lo sabía. Cuando los gritos de mamá finalmente lo hicieron reaccionar, saltó de la cama, corrió al baño y se cepilló los dientes. Ya no había tiempo de tomar la ducha de todos los días y apenas se echó agua en la cara sin mirarse al espejo. Se vistió de prisa y fue a sentarse a desayunar con su papa y su mamá. Su papa leía el periódico mientras comía y su mama una revista. Federico se puso a leer la caja de cereal que tenía frente a su plato de cereal con leche mientras movía bigote, es decir, comía.
El papá dobló el periódico, se levantó y besó rápidamente a la mamá en la frente. Las noticias del día lo tenían muy preocupado, así que salió sin despedirse de su hijo. La mamá miró su reloj, pegó un gritito y se levantó y salió corriendo sin mirar a Federico, pero diciéndole, -Estudia mucho, hijito.
Poco después llegó Juventina, la muchacha que limpiaba la casa y acompañaba al niño hasta la esquina donde pasaba el camión de la escuela. También lo iba a recoger por la tarde y luego le hacía de comer. Tanto mamá como papá llegaban al anochecer, cansadísimos del trabajo y de andar por la ciudad. Pero todos, incluyendo a Juventina, se sentaban a cenar juntos y todos hablaban de todo.
Juventina se quedó mirando a su niño, como le decía, y soltó una alegre carcajada.
-¡Federico, pero qué te has hecho! ¡Niñito del alma, qué bigotote! ¡Te pareces a mi tío Fulgencio y a mi hermano más grande Chon y al mismísimo general Emiliano Zapata!
Federico no entendía nada. La muchacha, que era muy su amiga pues pasaban mucho tiempo juntos, se acercó para pellizcarle los cachetes y mirar su bigote. Juventina era una chica de Oaxaca, bonita, morenita y menuda, apenas más alta que su niñito del alma. Sus ojos se hicieron muy grandes, grandísimos. Casi con miedo le jaló ambos extremos de los bigotazos a Fede, primero suavemente, y después con tanta firmeza que éste gritó adolorido.
-¡Santo Señor de Chalma, pero si tus bigotes son de verdad!
La muchacha se persignó varias veces. El pobre de Federico estaba con la boca abierta. Se tocaba el bigote con la punta de los dedos, se lo pellizcaba, se lo jalaba. Finalmente salió corriendo a mirarse al espejo del baño, con Juventina detrás.
Se quedaron los dos mirando el espléndido bigote en el espejo, parpadeando y tragando saliva repetidamente, sin poder pronunciar palabra. La verdad sea dicha, al niño le empezaba a gustar su mostacho. Lo encontraba elegante y, sobre todo, muy masculino. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Juventina en el espejo, de repente se asustó de sí mismo y de su increíble y misterioso bigote. Se echó en brazos de su amiga Juve y empezó a llorar.
-¿Qué voy a hacer, Juve? ¡Así no puedo ir a la escuela! ¡Se van a reír de mí los demás niños! ¡Me van a regañar los maestros! ¡Haz algo Juve, haz algo, te lo ruego!
Tratando de calmarlo, Juventina fue con el pobre Fede al sofá de la sala, delante de la tele, donde siempre se sentaban por las tardes a hacer la tarea, comer palomitas y ver la tele, las tres cosas al mismo tiempo.
-No llore, mi niño, mi niñito del alma, no llore pero si están rete bonitos sus bigotes, de veras. No llore.
El niñito, que se había olvidado que tenía nueve añotes rete bien cumplidos y era todo un hombre, con bigote y todo, se dejaba consolar por su amiga Juve, sintiendo como las lagrimas iban empapando su nuevo bigote. Se lo mordía y chupaba y aquello le iba gustando, pero de pronto se acordaba del ridículo que iba a hacer en la escuela y volvía a estallar en sollozos.
De repente la muchacha dijo:
-¡Pero Fede, si está Linda tu amiga en la novela ahorita mismo! ¡Vamos a verla!
Federico se incorporó como un títere. Se frotó los ojos y se limpió las lágrimas. Linda, la niña más chula de su escuela, era actriz en una novela de la televisión que se llamaba "Lucerito" y que pasaba por las mañanas. Sólo una vez había podido él ver a Linda en la novela, cuando por una vez logró convencer a su mamá que estaba enfermo y no fue a la escuela. De veras estaba muy, muy enamorado de Linda, más que ninguno de los niños de su clase.
Los dos se pusieron a ver la novela. Linda era Lucerito, una niña huérfana que en realidad era la hija de un millonario pero al morir la mamá una tía mala se la había robado para casarse con el señor y tener su propia hija con él y quitarle su herencia a la verdadera hija que era Lucerito que había crecido con unos viejitos muy buenos y muy pobres que criaban cerdos y guajolotes pero el papá no olvidaba a su hijita robada y se gastaba fortunas buscándola por todo el país y la tía mala entonces decidió hacer matar a Lucerito.
Federico y Juventina se agarraban el uno del otro mientras veían con terror como la sombra del asesino a sueldo se acercaba al pobre lecho de Lucerito. Pero de repente la sombra se detenía. Se oían los gritos del papá de la hermosa niña que llegaba a salvarla justo a tiempo, habiendo por fin descubierto su paradero. El asesino huía y ahí terminaba el episodio.
La muchacha y el niño suspiraron, respiraron hondamente y se reclinaron en el sofá, llenos de alivio. Y sucedió que sin quererlo ni saberlo, ambos se quedaron dormidos, abrazaditos. Fede se hallaba exhausto. La aparición de su bigote lo había conmovido profundamente. Y Juve, al sentir que su querido niño se le dormía en los brazos, se quedó muy quietecita para no despertarlo y poco a poco se fue quedando dormida ella también.
Acaso porque eran tan amigos, acaso porque quedaron dormidos hombro con hombro y cabeza con cabeza, Juve y Fede tuvieron el mismo sueño. En éste, el general Emiliano Zapata decidía casar a su hijo preferido, que era Federico, porque ya era muy hombrecito y merecía tener su propia señora. Así pues, mi general montó a Fede en su caballo y lo llevó a casa de la novia, que era la hija más guapa de unos viejecitos muy buenos que criaban cerdos y guajolotes.
Se quedaron solos los novios, mirándose en silencio con una mezcla de curiosidad, timidez y confianza. Entonces ella se acercó a su futuro esposo, le dio un sencillo beso en la frente y se le quedó mirando muy seria, diciéndole así:
-Si quieres ser mi esposo no puedes dejarte el bigote, porque no me gustan los bigotudos.
Federico y Juventina despertaron justo en ese momento y al mismo tiempo, sabiendo que habían tenido el mismo sueño. El niño y la muchacha se miraron muy serios, igual que en el sueño. Exactamente igual que en el sueño, Juventina Reyes Xochitl y Federico Sánchez Santos se miraron en silencio con una mezcla de curiosidad, timidez y confianza.
Pero acaso lo más bonito y lo más misterioso de todo es que ese bigote, ese bigote que se había quedado atrapado esa mañana sobre la boca y bajo la nariz del niño, ese bigote había regresado al mundo de los sueños. Fede no tuvo necesidad de tocarse el labio para saberlo y Juve no dijo una sola palabra sobre su desaparición.
Y entonces el niño le dio un sencillo beso en la frente a su amiga y se puso a jugar con su nintendo, mientras que la muchacha lavaba los trastes en la cocina, cantando alegremente una canción de moda.
Y me parece que este cuento se acabó
Mariano Sánchez-Ventura