De terciopelo y azul
Su madre guardaba los recortes de sus uñitas de Nepomucemo cada vez que se las cortaba desde que nació. Él prosiguió la piadosa costumbre después de que ella murió. Su santa madre le había inculcado la devoción a la propia persona. Hay tres personas en una, le enseñó, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que habitan tu Santo Cuerpo, que es el altar de tu alma eterna.
Nepomuceno Pérez se fue haciendo viejo, sin que él, ni nadie más, lo notara. Era jorobado, más que de nacimiento, de naturaleza. Su largo cuello lampiño, sus ojos siempre irritados, lacrimosos, su nudosa nariz despellejada, su angosta nuca calva salpicada de pecas pardas que él se rascaba hasta hacerlas sangrar y convertirlas en costras, terminaban por darle el aspecto inequívoco de una tortuga centenaria.
Vivía enconchado en la residencia de su madre, un desconocido palacete mexicano del siglo diecisiete, en pleno centro de la ciudad de México, oculto tras el alto muro de viejo adobe del anónimo almacén cavernario de plátanos machos, adosado a la preciosíma fachada original, donde el escudo de armas de doña Isabel Cano Moctezuma ponía el sello hermético en el cascarón ruinoso. Se aparecía al fondo de un zaguán cavado en la antigua entrada para supervisar las entregas de las grandes pencas de plátano, que se echaban a cuestas como cadáveres los jadeantes cargadores, y las ventas a los mayoristas del mercado de la Merced. Era un negocio muy simple y muy prospero. Había heredado con él a los empleados, indígenas tepehuas que desdeñaban el castellano y respetaban y se dejaban respetar por el jefe Nipo, como le decían. Eran todos miembros de una misma familia de Pisaflores y cuando alguno se cansaba de trabajar o más bien regresaba a la Huasteca veracruzana para morir como indio, sin un quejido y con mucha paciencia, un nieto, un hijo, un sobrino joven heredaba su lugar sin tardanza.
Sus indios de Nipo lo quisieron aparear con una moza muy fea que le servía de cocinera. Su desayuno y almuerzo consistía de chocolate con leche y pan de dulce. Nada más. No cenaba. Ella descubrió que Nipito, como habrían de decirle a la postre, don Nipito, poseía un pene diminuto de bebé que siempre estaba en erección. Le gustaba que la efectivamente fea, pues lo único que tenía de nariz o narices eran los hoyos, ciñera apretadamente su pajarito con ligas de colores y seguidamente insertara la puntita de tantos alfileres como pudiera en los minúsculos testículos, dejándolos como alfiretero. Pero claro está que así no eyaculaba y al cabo de los años la moza se cansó y se quiso regresar a Pisaflores, donde florecieron sus facultades síquicas y se hizo bruja famosa. Y gracias a su tan diligente y eficaz acupuntura el jefe se siguió conservando tan fresco como una momia.
Tenía sus ochenta y nueve añitos Nepomuceno Perez, hijo natural de aquella cabaretera que primero sedujo y luego fornicó a muerte a Plascencio Mora Tusquets, natural de Valladolid, España, comerciante mayorista en platano macho. Gachupín quintaesencial, el esforzado y astuto vallisolitano no supo resistir el asedio, tan apasionado como criminal, de la buenísima mestiza, que parecía haberse fugado de una foto de Cartier Bresson o un cuadro de Orozco y que se quería quedar con el prospero almacén, la vetusta casona y el jorobadito de sus entrañas que el buen baturro no alcanzo a ver nacer. Quién podía saber que en su villorrio de pastores y escualidas y duras mujeres enlutadas, él conoció cuando niño a dos pastores jorobados que salían juntos al campo rodeados de solícitos y oficiosos perros macilentos cuyos agudos ladridos resonaban como dagas entre los suaves balidos de las ovejas. Esa imagen infantil se la trajo al nuevo mundo todavía niño, a los once años que apenas tenía al embarcarse totalmente solo en Cádiz como grumete de cocina en un vapor de carga bananero un primero de enero de finales del siglo diecinueve. Los gemelos jorobados, tíos políticos de su padre, quien se había despeñado tratando de impedir el suicidio colectivo de sus ovejas enloquecidas por el hambre de una sequía atroz, surgían siempre en el recuerdo con la imagen de su madre, una mujer adusta de manos heladas que le entregó un pañuelo anudado que contenía veintiséis pesetas, cinco botones diversos y una aguja clavada en un carrete de corcho con hilo blanco y negro el día que lo echó de casa de madrugada. Y cómo ella le dio la espalda diciendo anda, vete ya, para esconder las astillas que empezaban a traspasar sus ojos de piedra. Y cómo aquél invierno infausto fueron matando para comérselos uno tras otro a los perros resignados que regresaron al hogar sin el padre, gimiendo y aullando, cabizbajos y llenos de vergüenza.
Una sola vez el mestizo Nepomucemo había salido del palacio cuya fachada había quedado clausurada por el muro del almacén adosado a ella; la vez que la madre lo llevó en brazos a la pila bautismal a su tortuguita. El negocio marchaba gracias a la solidaridad de los pisaflorinos, a quienes no daba un céntimo y que hasta lo mantenían pero que tenían lo que con mucho más les interesaba, una guarida familiar de donde salían mujeres vestidas de brillantes colores con muchos niños muy pequeños y muy sucios a vender golosinas entre el tráfico millonario y embrollado del centro de la ciudad. Nipito tenía ocultos sacos de trigo y avena repletos de fajos de billetes muy bien contados y sujetos con ligas de colores, incluso montones de viejos billetes que hacía años se habían retirado de circulación y que ya no valían nada. Los ocultaba y olvidaba entre las montañas de añeja basura que se había ido reproduciendo en todos los rincones de las cavernarias habitaciones a través de los siglos: trapos desgarrados, muebles desvencijados, hierros de máquinas y motores, partes de bicicletas y partes de santos, ídolos de piedra y crucifijos, cestos y canastas sin fondo, trozos de mampostería y tepetates, quebradas vasijas de barro, alguna que otra prehispánica todo ello pudriéndose, fermentándose, apestándose, deshaciéndose en sus elementos y reproduciéndose casi audiblemente, durante las lluvias y durante las secas, pues los altos techos estaban llenos de boquetes que los indígenas reparaban de tiempo en tiempo con retazos rosas y azules de tela de plástico. Sin embargo, el hedor se diluía dulcemente en la espesa fragancia de la jungla de pencas de plátano macho que maduraban colgadas como tropicales cadáveres o capullos de seres extraterrestres de grandes ganchos de hierro fijos a las grandes vigas de pétrea madera azteca. Al estilo mozárabe, todas las habitaciones abrían, ya sin puertas todas ellas, sobre un patio cuadrado en cuyo centro se encontraba la carcomida taza labrada de una fuente de piedra donde seguía brotando el puro chorro del manantial original. En torno a la milagrosa fuente las indias lavaban coloridas y remendadas prendas y los niños sucios chapoteaban salpicando de lodo la ropa tendida. Dos o tres perros despatarrados, alguno que otro gato, que apenas tenían ánimo para rascarse las pulgas entre los hondos surcos de las costillas, veían con total indiferencia, cuando acertaban a abrir los párpados sarnosos, a las ratas, las lagartijas y las mariposas que tomaban el sol tranquilamente. Aves rojas, amarillas, grises, blancas y negras hacían nido en los hoyos y hendeduras de los muros y en las ramas de la abundante vegetación que había echado raíz en ellos, tanto por dentro como por fuera. Una pareja de verdes loros fugados chillaban el nombre de don Nipito a cada rato. Trinaban las aves con brillantez y contento. Gritaban agudamente su dulce nahuatl los niños y las mujeres. Eso era un paraíso realmente terrenal y nada artificial y coronando la obra, en un mezquite petrificado que nació, se hizo fuerte y murió en el patio durante alguno de los pasados siglos, un zopilote y una zopilota medio desplumados y medio vegetarianos que ya no sabían ni podían volar, sino saltar como marionetas descoyuntadas, frotaban su pico embarrado de plátano maduro y de venusinas larvas en las nudosas, relucientes ramas.
Y Nipo también poseía, el verdadero tesoro de Nepomuceno era, casi llena de los recortes de uñas de toda su existencia, una bolsa de terciopelo azul que su madre amorosa había confeccionado para el caso.
La bolsa estaba toda bordada, primorosa y profusamente, de lunas crecientes y menguantes en hilo de plata. Y en letras de oro, en su afilada caligrafía de la desgraciada huérfana criada por las monjas del Sagrado Corazón y que había parido una de ellas clandestinamente en el convento mismo, se leía, "Mis Uñas".
El punto de la i era una estrella.
Mariano Sánchez-Ventura