El Adiós

—¡Ah, qué la canción! ¡Ya bájale al radio, compadre!

Faustino nomás se carcajeaba. Todo hilaridad y todo muelas. Todas picadas. Agusanadas. Marfil, mazorca, carcoma. Mulatón indiano, macizo y mullido. Alucinante caricatura del Buda riente.

—Tú tan sabido y tan fino… ¿por qué no me pica este angelito?… a ver, ¿por qué?

—Ya bájale al radio, Faus. Ya bájale. De plano ya deja de chingar, coño…

Y mi compadre, claro, le mete segunda a su gozo, redoblando sus estridentes risotadas, sin dejar de jugar, diabólico y prieto, con el pobre alacrán. Santo Niñote, se lo pasa de mano en mano, haciéndole correr como ratón de laboratorio. Se lo pasea en sus trémulas carnes, sus gruesos brazos, lampiño pecho, redondo vientre.

Gelatinoso y oscuro su remendado pellejo de Faustino, el Siete Vidas, morado cenizo y brutalmente tatuado de pies a cabeza de rosadas cicatrices de machete, de bala y puñal, de piedra, de cuerno y diente.

—Pero a ver… ¿por qué no me pica esta linda criatura? A ver, dímelo…— .Ríe que ríe, inflándose hasta el ahogo de hilaridad demencial.

Habíamos bajado la profunda barranca para bañarnos en el río lechoso, helado, a coger cangrejos de agua dulce y comer de esas tunas jugosas que ahí se dan en la escarpada ribera, del tamaño de un puño y ambarinas. En el descenso teníamos que cruzar un extenso y tupido plantío caciquil de Cannabis Indica en sazón, y los efluvios de la resina que bajo el sol piramidal del mediodía rezumaban aquellos primorosos, cultivadísimos y vigiladísimos arbolitos, de plano nos sahumaron el cerebro. Y eso que pasamos en sigilo avizor, ágiles y agachados, machete en ristre. Él con la 38 especial encajada en la cintura, arriba de la cóccix, y miguelito detrás, blandiendo en la otra mano mi Beretta disimulada dentro del sombrero. Mi niquelada 22 de juguete, de muñeca, de princesa, que solía decir el consabido muerto de la susodicha.

Tullecidos de frío y de veras pegando diente con diente salimos a la arenita de la orilla a secarnos al aire calcinado. El sol hervía sobre el peñasco que cubría un semiencuevado remanso del turbio, ladino río. Se traía jalando una corriente en apariencia calmosa pero que se agarraba a la piel y se lo quería llevar a uno a rastras liado por los tentáculos de ávidos remolinos que brotaban sorpresivamente.

Al recostarnos junto a los machetes hincados y nuestra ropa lavada y tendida —ambas armas, como dos muertitos, cubiertas con sendos pañuelos blancos, y los sombreros rebosantes de la movediza obsidiana de los traslúcidos cangrejillos morenos— se le apareció el alacrán, encrestado y picudo, justo donde iba a apoyar la entrecana cholla negroide. Con regocijo y perfecta, delicada habilidad, lo atrapó y lo alzó, prendiendo la mortífera cola por detrás con el pulgar cuadrado y el índice mocho. Fingiendo terror, me lo acercó a milímetros de la nariz, columpiándolo como un dije. Lo vi descomunal, del grosor y tamaño de un alzado dedo meñique de señorita cursi tomando el té, anaranjado y fosforescente.

—¿Se te trabó el pico de oro, camarada? ¿Se te trabó, camaradísima? Dime por qué no me pica el desgraciado…

Las carcajadas huesudas y sebosas rebotan entre las paredes del cañón, las parietales de mi cráneo alumbrado. Buscando fijar mi mareo y dominar mis incontrolables escalofríos clavo la vista en los aceros relucientes de los machetes, increíblemente relucientes, a los que sacamos filo y brillo de navaja hundiéndolos una y otra vez en la fina arena húmeda. Se miran tornasolados, cristalinos, humosos como hielo seco.

—Ya bájale, Faus, ya bájale…—, murmuro mientras me abrazo convulsivamente las piernas temblorosas. Y súbitamente, sin transición, una renovada ráfaga de su hilaridad se desploma, disolviéndose en un eco plañidero, desgarrador, inmensamente desolador.

El alacrán detiene su loca carrera en la palma rosa de una mano, tensando la cola como un arco a punto de soltar la flecha.

Cae sin remedio la guillotina del silencio y poco a poco, con creciente vértigo de terror, empiezo a oír los minúsculos lamentos clorofílicos que entretejen los cangrejos dentro de los sombreros, que enhebran con mecánicos estremecimientos en su hormigueante agonía los traslúcidos cangrejillos de relojería y obsidiana.

Con las palmas, pupilas y orejas vueltas al cielo, con las piernas cruzadas, con sus desnudas carnes flageladas y con ese sagrado alacrán en la mano, mi compadre Faustino se va decantando en un estatuario eremita en éxtasis, digno de Luis Buñuel, digno del Bosco y digno de Curzio Malaparte.

El cosquilleo de una sonrisa despierta en mi bajo vientre y un regozijante calorcillo me va ganando los huesos, florece en mis labios y sale volando. Una mariposa blanca del tamaño de un libro abierto levita y danza ante mi rostro. Sobre el peñasco que nos guarece repiquetean y rebotan tres descargas automáticas de AKA 47 que no rasgan el silencio y no rasgan el encanto. En el aire pasan fugaces fragmentos duros y los ruidos silbantes que hacen al salpicar nopales, piedra y agua los diminutos cometas hacen brotar arpegios circulares en el oído, agua, piedra, cerebro y sangre. El aroma de pólvora florece lánguidamente como incienso ante un altar. Estoy lleno de agradecimiento.

Sus ojos de Faustino descienden suavemente sobre de mí y nuestras miradas se flechan mutuamente. Inmóviles y sonrientes nos miramos con tremenda ternura. ¡Se ve tan dulce! Sin mover los labios nos decimos amorosamente: —Adiós, camarada.

 

Con todo cariño y toda admiración para el subcomandante.

Moline , Illinois - México D.F. 1981-1997

 Mariano Sánchez-Ventura.

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