Santiago de Chile, /  

Jueves, 20 de Mayo de 2004

Coleman o la filosofía del tarado

Jorge "Coke" González

¡Recién empezando a reportear personajes prominentes y me fallan! Ya me había fallado Juan Cristóbal Guarello, el gordo Schiappacasse lo postergó para la vuelta de vacaciones de fiestas patrias y acabábamos de esperar dos horas y media a Fernando Solabarrieta sin resultado. Menos mal que en esta travesía me acompañaba mi compadre Seba, porque mutuamente nos ayudamos –junto con Daniel Fernández- en el reportaje que nos había pedido Claudia Lagos para Periodismo Informativo (el ramo de Cárdenas).

Estábamos súper picados. Había llamado al vasco a las 12:50 y me dijo: “Al tiro. En diez minutos más tengo grabación”. “No te preocupís, se demora tres minutos esto”, le respondí, refieriéndome a las breves preguntas que le debía hacer. Llegué a las 12:56 a Televisión Nacional y Solabarrieta ya no estaba disponible. Lo esperamos como hasta las 15:30 y nunca salió.

Cabreados, con el Seba decidimos buscar un nuevo entrevistado en radio Cooperativa. A ver si nos resultaba algo con mi amigo Manuel Fernández. Ustedes saben: TVN en Bellavista, Cooperativa en Antonio Bellet, bastaba con avanzar un par de cuadras para llegar... y cruzar el río Mapocho. Joder: lo más cercano era el Puente del Arzobispo –que significaba retroceder mucho- y el puente Pedro de Valdivia –que era avanzar demasiado-.

Resignados a caminar bastante, con el Seba enfilamos cabizbajos por Santa María cuando aparece la salvación a nuestros problemas: un puente que no conocíamos, frente a la puerta de TVN y que derivaba hacia Manuel Montt. Pero no era un puente cualquiera. Estaba sin pavimentar, con marcas del paso de las grúas y con malla verde delimitando su frontera. Pero estábamos dispuestos a cualquier sacrificio con tal de ahorrar tiempo; incluso, de estropear el lustrado de nuestros zapatos.

Sin embargo, decidimos consultar si se podía pasar, ya que no había aspecto de ello. Lo único que vimos fue un tipo con casco rojo a diez metros. Le hicimos una seña para pasar y él respondió con un jadeo de su brazo, lo que nosotros interpretamos como “pase”. Y así fue. Cruzamos rápida pero tranquilamente por el puente, dejando nuestro firme rastro en la tierra. Mirábamos a nuestro alrededor y todo seguía normal.

Uff, ya llegábamos al final del puente cuando irrumpe un guardia chato, con walkie talkie en mano, gritándonos con voz de trabajador sindical lo que acababa de acontecer:

-¡Ustedes no pueden estar aquí! ¿Quién les dio permiso para pasar? ¿No ven que es peligroso? ¡Ya, se me van a tener que devolver!

¡Devolver! Todo el terreno cruzado y ese enano quería que nos devolviésemos al punto de partida. Yo le argumenté que cómo se le ocurría, que estábamos a dos metros de la llegada. “Son órdenes del jefe, porque ustedes se metieron en recinto privado y peligroso”, aseguró el centinela. Recuerdo que se dio la desfachatez de agarrarnos del brazo y trasladarnos hacia el regreso.

Ahí descubrimos que se trataba de uno de los miles que aún quedan prestándole pleitesía al patrón. De esos que son guardias porque no tienen más cabeza para pensar irrestrictamente en los mandatos del superior y que no ven más allá de la punta de su nariz. De esos que no se les puede hablar con argumentos válidos porque no los entiende. De esos que nos quería echar a cincuenta metros cuando la otra salida estaba sólo a dos.

Intenté, con voz calmada pero fuerte, convencerlo que su afán de echarnos era tan fácil como dar tres pasitos hacia el este y se acabó. No: “tiene que ser por allá, porque el jefe tiene que ver que se van yendo”. Un rato atrás, nos había dicho que cruzar el puente era peligroso y que se necesitaba casco para cruzarlo. ¡Y el bruto quería llevarnos nuevamente!

Proseguimos con la insistencia de la cordura y la razón, para hacerle entender que lo más lógico era irse por la salida, ya que nos ahorraba riesgo y tiempo. Pero volvió a reflotar el terco: “Es que corro el riesgo de perder mi trabajo, pueh”. ¡Y nosotros corríamos el riesgo de perder la vida devolviéndonos! Linda cosa: por más que le dijésemos que asumíamos que se trataba de un error, que fue una acción involuntaria y que éramos estudiantes de periodismo, no pasó nada. El guardia continuaba en lo suyo: necesito aclarar quién manda aquí y, por eso, voy a cumplir con mi patronito sea como sea.

Fue un chiste. Cincuenta y cinco minutos haciéndole entender que la solución era mucho más simple de lo que “su jefecito” le proponía. No hubo caso. Seba ya tenía cara de conformismo y no descartaba caer en las manos del escolta para solucionar de una vez el entuerto. Fue ahí donde saqué mi lado más duro y no sé de donde obtuve fuerzas para gritarle en la cara:

-¿Sabe algo? Nos está haciendo perder tiempo en algo mucho menos importante del resto de cosas que debemos hacer. Por favor, llame a su jefe inmediatamente y déme su identificación.

En ese momento, el guardia cambia su absurdo rostro recalcitrante y pone cara de urgido, apenas diciendo su nombre: “VÍCTOR COLEMAN”, como los minifreezers portátiles en que uno lleva su cocaví. Y como su superior jamás aparecía, le volví a decir secamente:

- Mala suerte para usted. Nosotros nos vamos. Tome nuestros nombres, nuestros números de carné y haga lo que quiera con ellos. Hasta luego, señor.

Coleman hizo su último ademán de cazarnos, pero fue en vano: dimos los tres pasos que dieron libertad a nuestra pasajera opresión y, desde afuera del puente, le observamos por última vez: nos miraba con gusto a venganza, pero nosotros le devolvimos la mirada como diciéndole que tipos como él hacen de Chile un país subdesarrollado e ineficiente.

Gajes del oficio, que le llaman a estas cosas, ¿no?

Counter

Copyright © Ble Inc. 2004.  Todos los derechos reservados / E-mail: [email protected]

Hosted by www.Geocities.ws

1