¡Recién
empezando a reportear personajes prominentes y me fallan!
Ya me había fallado Juan Cristóbal Guarello, el gordo
Schiappacasse lo postergó para la vuelta de vacaciones de
fiestas patrias y acabábamos de esperar dos horas y media
a Fernando Solabarrieta sin resultado. Menos mal que en
esta travesía me acompañaba mi compadre Seba, porque
mutuamente nos ayudamos –junto con Daniel Fernández- en
el reportaje que nos había pedido Claudia Lagos para
Periodismo Informativo (el ramo de Cárdenas).
Estábamos
súper picados. Había llamado al vasco a las 12:50 y me
dijo: “Al tiro. En diez minutos más tengo grabación”.
“No te preocupís, se demora tres minutos esto”, le
respondí, refieriéndome a las breves preguntas que le
debía hacer. Llegué a las 12:56 a Televisión Nacional y
Solabarrieta ya no estaba disponible. Lo esperamos como
hasta las 15:30 y nunca salió.
Cabreados,
con el Seba decidimos buscar un nuevo entrevistado en
radio Cooperativa. A ver si nos resultaba algo con mi
amigo Manuel Fernández. Ustedes saben: TVN en Bellavista,
Cooperativa en Antonio Bellet, bastaba con avanzar un par
de cuadras para llegar... y cruzar el río Mapocho. Joder:
lo más cercano era el Puente del Arzobispo –que
significaba retroceder mucho- y el puente Pedro de
Valdivia –que era avanzar demasiado-.
Resignados
a caminar bastante, con el Seba enfilamos cabizbajos por
Santa María cuando aparece la salvación a nuestros
problemas: un puente que no conocíamos, frente a la
puerta de TVN y que derivaba hacia Manuel Montt. Pero no
era un puente cualquiera. Estaba sin pavimentar, con
marcas del paso de las grúas y con malla verde
delimitando su frontera. Pero estábamos dispuestos a
cualquier sacrificio con tal de ahorrar tiempo; incluso,
de estropear el lustrado de nuestros zapatos.
Sin
embargo, decidimos consultar si se podía pasar, ya que no
había aspecto de ello. Lo único que vimos fue un tipo
con casco rojo a diez metros. Le hicimos una seña para
pasar y él respondió con un jadeo de su brazo, lo que
nosotros interpretamos como “pase”. Y así fue.
Cruzamos rápida pero tranquilamente por el puente,
dejando nuestro firme rastro en la tierra. Mirábamos a
nuestro alrededor y todo seguía normal.
Uff,
ya llegábamos al final del puente cuando irrumpe un
guardia chato, con walkie talkie en mano, gritándonos con
voz de trabajador sindical lo que acababa de acontecer:
-¡Ustedes
no pueden estar aquí! ¿Quién les dio permiso para
pasar? ¿No ven que es peligroso? ¡Ya, se me van a tener
que devolver!
¡Devolver!
Todo el terreno cruzado y ese enano quería que nos
devolviésemos al punto de partida. Yo le argumenté que cómo
se le ocurría, que estábamos a dos metros de la llegada.
“Son órdenes del jefe, porque ustedes se metieron en
recinto privado y peligroso”, aseguró el centinela.
Recuerdo que se dio la desfachatez de agarrarnos del brazo
y trasladarnos hacia el regreso.
Ahí
descubrimos que se trataba de uno de los miles que aún
quedan prestándole pleitesía al patrón. De esos que son
guardias porque no tienen más cabeza para pensar
irrestrictamente en los mandatos del superior y que no ven
más allá de la punta de su nariz. De esos que no se les
puede hablar con argumentos válidos porque no los
entiende. De esos que nos quería echar a cincuenta metros
cuando la otra salida estaba sólo a dos.
Intenté,
con voz calmada pero fuerte, convencerlo que su afán de
echarnos era tan fácil como dar tres pasitos hacia el
este y se acabó. No: “tiene que ser por allá, porque
el jefe tiene que ver que se van yendo”. Un rato atrás,
nos había dicho que cruzar el puente era peligroso y que
se necesitaba casco para cruzarlo. ¡Y el bruto quería
llevarnos nuevamente!
Proseguimos
con la insistencia de la cordura y la razón, para hacerle
entender que lo más lógico era irse por la salida, ya
que nos ahorraba riesgo y tiempo. Pero volvió a reflotar
el terco: “Es que corro el riesgo de perder mi trabajo,
pueh”. ¡Y nosotros corríamos el riesgo de perder la
vida devolviéndonos! Linda cosa: por más que le dijésemos
que asumíamos que se trataba de un error, que fue una
acción involuntaria y que éramos estudiantes de
periodismo, no pasó nada. El guardia continuaba en lo
suyo: necesito aclarar quién manda aquí y, por eso, voy
a cumplir con mi patronito sea como sea.
Fue
un chiste. Cincuenta y cinco minutos haciéndole entender
que la solución era mucho más simple de lo que “su
jefecito” le proponía. No hubo caso. Seba ya tenía
cara de conformismo y no descartaba caer en las manos del
escolta para solucionar de una vez el entuerto. Fue ahí
donde saqué mi lado más duro y no sé de donde obtuve
fuerzas para gritarle en la cara:
-¿Sabe
algo? Nos está haciendo perder tiempo en algo mucho menos
importante del resto de cosas que debemos hacer. Por
favor, llame a su jefe inmediatamente y déme su
identificación.
En
ese momento, el guardia cambia su absurdo rostro
recalcitrante y pone cara de urgido, apenas diciendo su
nombre: “VÍCTOR COLEMAN”, como los minifreezers
portátiles en que uno lleva su cocaví. Y como su
superior jamás aparecía, le volví a decir secamente:
-
Mala suerte para usted. Nosotros nos vamos. Tome nuestros
nombres, nuestros números de carné y haga lo que quiera
con ellos. Hasta luego, señor.
Coleman
hizo su último ademán de cazarnos, pero fue en vano:
dimos los tres pasos que dieron libertad a nuestra
pasajera opresión y, desde afuera del puente, le
observamos por última vez: nos miraba con gusto a
venganza, pero nosotros le devolvimos la mirada como diciéndole
que tipos como él hacen de Chile un país subdesarrollado
e ineficiente.
Gajes
del oficio, que le llaman a estas cosas, ¿no?