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Viernes,
26 de Marzo de 2004
Alimento
Urbano
Jorge
González Torres, "Coke"
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El
delicioso tubérculo, producido en las fértiles hectáreas de un
campo de Abrantes, fue adquirido por el enviado motorizado de
un local incrustrado en un populoso barrio del centro de Santiago.
Tenía
la fábrica en el segundo piso, subiendo una oscura escalera
aromatizada por la micción felina. Ahí, el zapallo fue rebanado
y mezclado con galones de agua, algunos sacos de harina y un añoso
barril que mostraba la leyenda "Protal".
De
esos ingredientes resultó una argamasa verdosa que fue aplanada y
cortada en un sinfín de círculos, que fueron a parar a un
mostrario, reciclado de una carnicería clausurada por matar
gatos. En aquel momento, un ambicioso y emprendedor joven decidió
adquirir quinientas redondelas. "¡Tán fresquecitah!",
argumentó el vendedor mientras depositaba el medio millar dentro
de una bolsa negra con la misma extremidad con la que controlaba
la caja.
Al
día siguiente (y sin moverse de su bolsa), las masas viajaron
sobre un carro que no sufría prohibición alguna a pesar de la
preemergencia aplicada. Se detuvieron para siempre en la esquina
de la Alameda con Arturo Prat. Y de un instante a otro, las magmas
se sumergieron en un viscoso, amarillento y añejo líquido que
gorgoreaba por la alta temperatura a la que había sido expuesto.
Los
círculos se tornaron algo tostados, por lo que fueron
bestialmente atravesados por una suerte de estoque y depositados
en un gastado receptáculo metálico, que compartía la superficie
del carro con dos potes plásticos con la leyenda
"Rinso", un vasito con trozos rectangulares de papel de
impresora usados y otro recipiente cilíndrico abarrotado de
monedas, preferentemente de $10.
Las
masas entraron en una oscuridad absoluta, bajo el cobijo de un paño
de cocina. De pronto, la luz volvió a resplandecer en sus áridas
superficies: la mano del emprendedor cogió dos ejemplares
("calientitas y de las güenas") con un pedazo impreso
con alguna vieja lista de contaduría pública. En un acto
solemne, le fueron traspasadas a un inocente estudiante, previo
pago de $140. Con la misma mano del trueque, el emprendedor recibió
el merecido dinero por la transacción.
El
par de cocimientos fue separado por sólo un momento, puesto que
el mozalbete se disponía a consumar su mancomunión: aprehendió
uno de los jarros "Rinso" y, tras una suave presión,
logró que fluyera un espeso y jabonoso torrente de mostaza. El
mismo procedimiento, aunque con menor intensidad, se repitió con
el otro dispensador, del que se distribuyó ají. Una vez que
concluyó (y tras escuchar la recriminación del emprendedor:
"Chhh, no le echís tanta mostaza, poh"), aprisionó
ambas unidades esféricas, para así comenzar con el santo ritual
de la degustación, mientras una gota rebelde de mostaza se escurría
por su uña meñique.
Horas
más tarde, en una casa de los arrabales de la capital, el
inocente estudiante se dirigía con urgencia al excusado. En su
estadía en el soberano aposento, trataba de concentrarse en el
recuerdo de qué había causado aquel desaguisado. Paralelamente,
a unos metros de distancia, su padre observaba, en el noticiario,
un reportaje que narraba las ventajas de regar con aguas servidas
las viejas fincas abandonadas en los campos de la Región
Metropolitana.
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