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Escribo esta
columna en la noche del día sábado. Es que no
quiero saber cuál será el, a estas horas, público y conocido
resultado de las elecciones españolas para pronunciarme: podría
ser contraproducente. No sé, aunque mis sospechas tengo, qué
efecto real tendrán en la sociedad española los horribles
atentados cometidos este jueves no contra trenes, sino contra el
alma de una nación que hoy cuenta 200 llagas sangrantes en su
pecho.
Y, en realidad,
tengo dos temas a los cuales referirme. Ambos me producen
horror y asco, por lo sucios de sus métodos. Uno es el
atentado en sí, que es repugnante, y sobre el cual me parece que
las imágenes hablan más que todo lo que yo pudiera escribir en una
tesis completa. El otro, el tratamiento del Gobierno español
a la información, y la utilización de la prensa como instrumento
de influencia directa, aprovechándose del desconcierto reinante,
para cambiar las votaciones. ¿Sacar dividendos políticos de
un atentado? Eso es de bárbaros insensibles. Pero
parece que ocurre, y más a menudo de lo que pensamos.
Hace sólo unos
días, los familiares de las víctimas del 11 de Septiembre en
EE.UU. reclamaban ante George W. Bush por la utilización de las
imágenes de la tragedia en spots televisivos que promovían la
reelección del presidente. Si bien la explicación de los
operadores de campaña fue que era necesario para recordar al pueblo
estadounidense que su líder fue capaz de hacer frente a una
situación gravísima, con toda la estatura que esto le confiere, de
todas maneras pareció un exabrupto, algo que se debió haber
omitido. Utilizar tragedias en beneficio propio debería
quedar restringido únicamente para quienes macabramente perpetran
estos atentados, y no para quienes los combaten. Porque en
ambos casos es un hecho repudiable. Horrendo. Indigno no
ya de la política, sino de los seres humanos.
Pero parece que el
gobierno español no aprendió la lección. Digo el gobierno
porque no se puede decir lo mismo de sus ciudadanos, que han dado
una lección al mundo sacando a más de un cuarto de su población
total a la calle, en clara señal de que el terrorismo no los
logrará intimidar. Entre contradicciones y demoras, sólo a
las 12 y media de la noche de hoy, cuando las sedes del PP (Partido
Popular) colapsaban en toda España ante los manifestantes que
exigían información certera y oportuna, el Ministro del Interior,
Ángel Acebes, ha reconocido que las pistas recopiladas señalan
como los más probables autores del brutal atentado del 11 de Marzo
a células relacionadas con Al Qaeda. Siete apariciones han
hecho falta para hacerse eco de lo que ya en todo el mundo se
mencionaba como la más segura opción; eso, sin contar las dos
oportunidades en que ha comparecido ante la opinión pública el
Presidente del Gobierno, José María Aznar.
Y lo peor es que
todo apunta a que el gobierno español insistió en la tesis de la
autoría de la banda terrorista vasca ETA por motivos netamente
electorales, ni siquiera por una desinformación o porque los
indicios recogidos llevaran a ello. No hay que olvidar que en
primera instancia todos los partidos políticos españoles
sindicaron a los vascos como los seguros culpables (también yo lo
creí ante el shock inicial de ver los vagones destrozados), y que
esa tesis, como bien dijo Aznar, es la que cualquier gobierno
"con dos dedos de frente" al menos consideraría después
de 30 años de atentados y dolor.
Tal vez ellos
mismos se hicieron cargo del rumor: si el atentado es hecho por Al
Qaeda, perderemos las elecciones. Tesis sustentada por el 95%
de desaprobación que tuvo la decisión del gobierno de apoyar la guerra contra
Irak. La cuenta podía ser cobrada al candidato del Partido
Popular, Mariano Rajoy.
Pero no nos engañemos: son dos cosas muy distintas. Aunque para
mí la guerra
en Medio Oriente fue una falacia motivada por intereses económicos
- y por ende la intervención de España era una brutalidad -, ciertamente los atentados sólo
hacen comprobar la opinión sustentada por el Ejecutivo español
acerca de la peligrosidad de la red terrorista y las necesidades de
exterminarla. Eso podría ser perdonable. Hasta incluso
razón a Aznar le encontraría por su antiguo proceder.
Además, existen otros antecedentes: desde España se planificaron
los atentados a las Torres Gemelas, e incluso se desarticuló una
célula completa de Al Qaeda que operaba en su territorio.
Sin embargo,
eligieron la peor alternativa. Encubrir. Negar.
Mentir. Utilizaron todos los medios: Televisión Española
sostuvo hasta bien entrada la tarde de hoy la tesis de ETA.
Incluso programaron especialmente una película, "Muerte en
Febrero", que habla sobre las atrocidades de esta banda.
No se hicieron eco de los comunicados que negaban cualquier
participación de los vascos, y todas las palabras e invitados que
se sucedían en la pantalla eran para convencer de la idea de que
los nacionalistas, y sólo los nacionalistas, estaban detrás de
esto. La Canciller, Ana Palacio, instruyó a todas las
embajadas españolas en el mundo para que sustentaran la tesis
oficial, negando cualquier otra, e incluso los incitaba a dar
entrevistas para convencer a la opinión pública exterior de
aquello. El diario "El Mundo" (pro PP) entrevistó
en plena jornada de reflexión electoral, y en un hecho que atenta
contra la ley, al candidato del Gobierno, Mariano Rajoy. Su
frase central: "Tengo la convicción moral de que fue
ETA".
Estaban
condenados. Uno de los grandes logros de Aznar, la
masificación de Internet, les pasó la cuenta. Los diarios
del mundo dejaban en evidencia la poca sustancia del gobierno
español. Otro de los grandes avances, la telefonía celular,
jugó su parte. Por mensajes de texto se citó a
concentraciones frente a las sedes del PP en todo el país. Ya
la débil argumentación del PP se tambaleaba. La presión del
pueblo hizo el resto.
Un error en la
información producido por la ira y el dolor del primer momento es
absolutamente aceptable. Más aún reconociendo que la
actuación del gobierno español en todos los demás frentes ha sido
impecable, y ha permitido que las ciudades permanezcan con una vida
normal (parece fácil, pero no lo es: sólo hay que recordar a Nueva
York el 2001). Pero la mentira con fines tan bajos y burdos
como un voto más ha manchado esta elección de manera
indeleble. Al menos quedará la sospecha, una quemante
sospecha sobre el PP, que empañará la posible asunción de Rajoy
al poder. Hoy más que nunca, el mismo lema que se corea en
las calles de España para repudiar al terrorismo machaca las
cabezas de los jefes del gobierno. Los gritos son de
todos. Del pueblo, de las víctimas, del mundo: Aznar,
basta ya.
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