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Yo
amo el periodismo. Era lo que quería estudiar. Gracias a Dios, pude
quedar en la Universidad de Chile, que era el lugar en donde quería
seguir mis estudios. Sin embargo, a diferencia de muchos compañeros
que indagaron mallas curriculares, cuerpo docente y aranceles, yo
llegué a este acuario sabiendo apenas la dirección del recinto.
Pero
eso no importaba. Poco a poco me iba a ir sumergiendo en su
exquisito mundillo lleno de alegrías, conquistas amorosas,
refrescantes sorbos de cerveza y un acogedor crisol humano que he
sabido valorar bastante. Explorando uno por uno todos los rostros
que conjugan este mosaico y las relaciones que establecen con los
estudiantes, pude concluir que hay una persona predilecta para los
centenares de futuros periodistas: la Tía.
Exactamente.
Sin desmerecer a otros íconos de nuestro edificio -tales como
Danilo, Manuel, Olguita, Faride y la perrita Cholguita-, Luz María
(así se llama la Tía) ha sabido canalizar de buena manera las
necesidades básicas de un alumno: la lectura. Por supuesto, no
vamos a conseguir nunca que la Tía nos lea los textos, pero el sólo
hecho de estar dispuesta a fotocopiarlos merece nuestro respeto.
Por
cierto, la Tía es un ejemplo de buenos valores: amable, cariñosa,
abierta al diálogo, responsable, acogedora y honesta. Todos esos
valores hacen que muchos alumnos asuman que ir a comprar un texto
significa no sólo el cumplimiento del deber académico, sino también
una acción en busca de una maternalidad que escasea en nuestra
escuela.
Lo
extraño del caso es cómo se puede provocar tanta empatía con la Tía,
considerando que el trámite de adquirir un texto no tarda más de
un minuto si está listo el encargo. Seguramente, la razón de la
coinonía se basa en que ella presta un servicio que nos salva de
una necesidad: sin ella, no habría fotocopias, no habría texto, no
habría buena nota en el control de lectura.
Pero
la gracia (que no existe en Sociales, Filosofía ni afuera, aunque
sea más barato) es que en ese pequeño tiempo que implica la
transacción, la Tía está dispuesta a escuchar cualquier situación
que parezca pertinente. Muchas veces, es ella quien recibe quejas de
malos tratos, pateaduras amorosas o rabias por precarias
calificaciones.
La
Tía, fácilmente, podría decir que no le corresponde escuchar su
impotencia y vaya a reclamarle a quien sí debiera oírlo. No
obstante, la Tía le hace honor al apodo y pacientemente retiene
todos los sentimientos que le expresan. Eso hace que muchos confíen
y canalicen sus emociones en ella, puesto que es un lugar seguro
para acoger la inquietud y encontrar la solución al estanco.
Ella
se cree su rol de mamá universitaria. Trata a sus clientes como
“mi niño” o “mi niña” y ampara a Zita (su ayudante) como
su fiel escudera: que ella se encargue de las fotocopias cuando ella
necesita prestarle atención a algo más importante: la vida de sus
niños. Lo anterior lo avalan generaciones de estudiantes que han
pasado durante trece años de servicio que ha tenido la Tía en pos
del periodismo. Si no me creen, pregúntenle a Cristián Arcos o José
Miguel Labrín –ya egresados-, a ver si les dicen algo distinto.
A
pesar de todo esto, lo que profundamente me llama la atención es la
fortaleza que posee la Tía para afrontar su destino y continuar en
su noble empleo. Hace poco tiempo, sufrió la pérdida de dos de sus
seres queridos: su padre y su hermano. Pero no muchos se dieron
cuenta: la Tía seguía ahí, inmutable y sin bajonearse,
demostrando la seguridad y cariño que nos entrega día tras día.
No
crean que con esto me gané una beca de fotocopiado. Es más:
confieso que ahorro bastante en textos inútiles. Pero no impide que
frecuentemente me aparezca por lo alto de la escuela para saludar a
nuestra querida Tía, quien me brinda de su afecto para seguir por
esta linda pero a veces fría carrera. Gracias, Tía. La queremos
mucho.
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