Santiago de Chile, /  

Viernes, 16 de Abril de 2004

Tía que estás en lo alto

Coke González Torres

Yo amo el periodismo. Era lo que quería estudiar. Gracias a Dios, pude quedar en la Universidad de Chile, que era el lugar en donde quería seguir mis estudios. Sin embargo, a diferencia de muchos compañeros que indagaron mallas curriculares, cuerpo docente y aranceles, yo llegué a este acuario sabiendo apenas la dirección del recinto.

Pero eso no importaba. Poco a poco me iba a ir sumergiendo en su exquisito mundillo lleno de alegrías, conquistas amorosas, refrescantes sorbos de cerveza y un acogedor crisol humano que he sabido valorar bastante. Explorando uno por uno todos los rostros que conjugan este mosaico y las relaciones que establecen con los estudiantes, pude concluir que hay una persona predilecta para los centenares de futuros periodistas: la Tía.

Exactamente. Sin desmerecer a otros íconos de nuestro edificio -tales como Danilo, Manuel, Olguita, Faride y la perrita Cholguita-, Luz María (así se llama la Tía) ha sabido canalizar de buena manera las necesidades básicas de un alumno: la lectura. Por supuesto, no vamos a conseguir nunca que la Tía nos lea los textos, pero el sólo hecho de estar dispuesta a fotocopiarlos merece nuestro respeto.

Por cierto, la Tía es un ejemplo de buenos valores: amable, cariñosa, abierta al diálogo, responsable, acogedora y honesta. Todos esos valores hacen que muchos alumnos asuman que ir a comprar un texto significa no sólo el cumplimiento del deber académico, sino también una acción en busca de una maternalidad que escasea en nuestra escuela.

Lo extraño del caso es cómo se puede provocar tanta empatía con la Tía, considerando que el trámite de adquirir un texto no tarda más de un minuto si está listo el encargo. Seguramente, la razón de la coinonía se basa en que ella presta un servicio que nos salva de una necesidad: sin ella, no habría fotocopias, no habría texto, no habría buena nota en el control de lectura.

Pero la gracia (que no existe en Sociales, Filosofía ni afuera, aunque sea más barato) es que en ese pequeño tiempo que implica la transacción, la Tía está dispuesta a escuchar cualquier situación que parezca pertinente. Muchas veces, es ella quien recibe quejas de malos tratos, pateaduras amorosas o rabias por precarias calificaciones.

La Tía, fácilmente, podría decir que no le corresponde escuchar su impotencia y vaya a reclamarle a quien sí debiera oírlo. No obstante, la Tía le hace honor al apodo y pacientemente retiene todos los sentimientos que le expresan. Eso hace que muchos confíen y canalicen sus emociones en ella, puesto que es un lugar seguro para acoger la inquietud y encontrar la solución al estanco.

Ella se cree su rol de mamá universitaria. Trata a sus clientes como “mi niño” o “mi niña” y ampara a Zita (su ayudante) como su fiel escudera: que ella se encargue de las fotocopias cuando ella necesita prestarle atención a algo más importante: la vida de sus niños. Lo anterior lo avalan generaciones de estudiantes que han pasado durante trece años de servicio que ha tenido la Tía en pos del periodismo. Si no me creen, pregúntenle a Cristián Arcos o José Miguel Labrín –ya egresados-, a ver si les dicen algo distinto.

A pesar de todo esto, lo que profundamente me llama la atención es la fortaleza que posee la Tía para afrontar su destino y continuar en su noble empleo. Hace poco tiempo, sufrió la pérdida de dos de sus seres queridos: su padre y su hermano. Pero no muchos se dieron cuenta: la Tía seguía ahí, inmutable y sin bajonearse, demostrando la seguridad y cariño que nos entrega día tras día.

No crean que con esto me gané una beca de fotocopiado. Es más: confieso que ahorro bastante en textos inútiles. Pero no impide que frecuentemente me aparezca por lo alto de la escuela para saludar a nuestra querida Tía, quien me brinda de su afecto para seguir por esta linda pero a veces fría carrera. Gracias, Tía. La queremos mucho.

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