Santiago de Chile, /    

 

Martes 25 de Mayo de 2004

No me arrepiento de este amor...

Por Rodrigo "Rojinegro" Retamal

 

Primero que todo, me es menester sostener que me es obligatoriamente moral escribir sobre lo que más me apasiona, lo que espero con mucha impaciencia cada fin de semana, lo que es pasión de multitudes: mi amor por Rangers y la camiseta rojinegra. Más aún es obligatorio hacerlo debido a que un ciudadano iquiqueño se jactó de su equipo que existió hasta el año 2002: Deportes Iquique. Sin embargo, hoy se declara colocolino. Así cualquiera... 

Pero no voy a descalificar a otros “hinchas”. Ser verdadero hincha es estar con el equipo en las buenas y en las malas. Con mi amado equipo Rangers me ha tocado vivir de todo. Experiencias malignas y nefastas como el equipo del año 1994 con una manga de borrachos que nos llevaron a la segunda división (Entre ellos Mario “Chispa” Cruz, Dema, Valdir Pereira, etc), así como también experiencias lindas con aquel equipo del 2002, el del centenario. Con un aguerrido Nicolás Peric, con un jugado y excelente Gustavo Semino, la magia de Marcio Dos Santos, la velocidad de Luis Díaz, la potencia de Mauricio Risso y la experiencia de Rubén “Camión” Vallejos. Un equipo denominado como los “matagigantes” que sólo pudo ser superado por una burguesa, capitalista y poderosa Universidad Católica en la final. Fue la época en que la capital provincial del fútbol fue Talca, ante la envidia de otras ciudades.

La camiseta rojinegra es como un smoking para un novio apunto de contraer matrimonio. Mi primera rojinegra, marca Puma, la tuve a los 14 años. No es que antes no haya querido tenerla, sino que había que juntar el dinero (que no era poco) para adquirirla. Pero el día que la tuve fue uno de los más felices. Recuerdo que recién a la semana dejé de usarla para mandarla directa a la lavadora. Esa camiseta fue la primera de tres que tengo. Van mejorando los diseños pero el escudo con la “R” del medio sigue teniendo un aura mágico, el que enamora a todo ranguerino de corazón.

Un bombo y un tambor sonaban en el Fiscal de Talca cuando fui por primera vez a un estadio. Me parece que Rangers jugaba con Arica, O´higgins o Iquique (QEPD). Lo único que recuerdo era que en la cancha habían once rojinegros y once celestes. La verdad es que no recuerdo el resultado. El primer resultado que recuerdo (Que coincidió con mi segundo partido de mi vida en el Fiscal) fue un triunfo de Rangers 2 a 1 contra Unión La Calera, vistoria que permitió ascender a la primera división al equipo local en  noviembre de 1993. Los goles ranguerinos los anotaron Patricio Peralta y Héctor Avilés, mientras que el descuento cementero lo hizo el argentino Claudio Valz.

De ahí en adelante el estadio Fiscal se convirtió en mi segunda casa. La planificación acerca las actividades semanales se programaban en función de las fechas en que Rangers jugaba de local: los viajes, los trámites, los asados con los amigos, etc.

Al mejor jugador que he visto pisar el Fiscal vistiendo la rojinegra fue el gran Gustavo Adrián Semino. Argentino, proveniente de Atlético de Rafaela con pasado en Platense y Unión de Santa Fe, de un metro ochenta de estatura y pelo corto, se ganó el cariño de los hinchas merced a su grandes condiciones dentro de la cancha. Era un jugadorazo: llegaba constantemente al gol ya sea de cabeza, definiendo frente al arquero, de tiro libre o desde el punto penal. Nada del otro mundo si no fuera que Gustavo Semino es líbero, el león del fondo de la cancha, el que era capaz de ir a trancar al suelo con su cabeza. Incluso, en un partido válido por la Copa pre-Sudamericana –invento de “Don Choco”- le atajó un penal al rancagüino Claudio Videla, tras la expulsión del arquero titular Nicolás Peric (Otro grande del club)

Como para refrescar la memoria histórica, Rangers logró la clasificación a la Copa Libertadores de América en 1969 como subcampeón del Torneo Oficial detrás de Universidad de Chile. Aquel equipo era conocido como “el de las B”: Rodolfo Begorre, Thomas Beckjec, Onofre Barreto, Eladio Benítez, Luis Briones.

La participación en Copa Libertadores no fue buena, es cierto. Sólo se logró un triunfo por dos goles a cero ante América de Cali en Talca. Se empató a cuatro goles contra Olimpia de Paraguay en Santiago. Se obtuvieron apenas tres puntos. No obstante, el recuerdo de aquellos años sesenta han sido lo más importante en una centenaria institución.

En 1983 el Fiscal reventaba cada fin de semana. Era el llamado “Equipo del pueblo” el que convocaba sobre las vente mil personas semana tras semana. Algunos elementos eran Antonio Muñoz, Atilio Herrera (el “Tigre”, que venía de Colo Colo, Palestino, Iquique, etc), Juan Carlos Hernández (El “pera”, seleccionado Chileno), Santiago Oñate, Juan Ubilla, Hugo Solís, Pablo Prieto (Actual Diputado de la República, capitán de aquel equipo y seleccionado nacional), Víctor Estay, Eduardo “Matute” Fabre, José “Coto” Acevedo, el brasileño Rubens Nicola, Mario Espinoza, Luis González, el trasandino Juan Raúl Meglio, entre muchos otros. No fue un equipo que ganó copas ni logró clasificaciones, pero era el que atraía al pueblo rojinegro gracias a su entrega dentro de la cancha y al fútbol siempre ofensivo desplegado por estos gladiadores.

Como pueden ver, mi amor por la enseña rojinegra no es gratuito. Es algo que me representa, incluso los hitos que no viví. Mejor dicho, los viví en la leyenda contada por mis antepasados tan fanáticos y locos por Rangers. De esas leyendas conocí a un Angel Amadeo Labruna, los goles de Héctor Scandolli (Goleador de Rangers y del fútbol chileno en 1965 con 25 goles), las anécdotas de Juan Cortés, Arturo Rodenack, Walter Behrends, la “chancha voladora” Luis Carrizo y el record histórico de goles marcados por un ranguerino: el de Juan Soto Mura (“el niño gol”, que convirtió 82 goles vistiendo la rojinegra)

En este momento espero ansioso un viaje a Valparaíso programado para el domingo, ocasión en que se enfrentarán el local Santiago Wanderers y mi amado Rangers. Espero el fin de semana para ver mojar la camiseta a los que nos defienden dentro de la cancha. Ansioso dirijo la mirada a la camiseta rojinegra que cuelga en el closet. Sé que tiene que estar lista y dispuesta para gritar mil veces “erre con a” junto al resto del pueblo ranguerino que salta en el tablón (o en el cemento). Veo la bandera que cuelga en la pared con los colores rojinegros y grito en mi interior el “erre con a” más fuerte. Gane o pierda el equipo en la visita al puerto, la pasión seguirá siendo la misma. Incluso será mayor. Ser ranguerino es motivo de orgullo. Por eso me da lo mismo lo que piensen de mí, los que creen que soy tonto al gastar cierta cantidad de dinero en seguir al equipo y no invertirlo en carretear, por ejemplo. Me da lo mismo lo que me digan el lunes después de una derrota. Total, ser de Rangers es ser de una familia, una familia que sueña con un campeonato. O simplemente, con un equipo que se juegue la vida dentro de la cancha.

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