Santiago de Chile, /  

Viernes, 30 de Abril de 2004

La Casa de los Espíritus

por Larry Moe (exclusivo SQC)

Realmente no iba a escribir esta semana sobre algún tema en particular.  La celebración del semestre de SQC me tenía lleno de compromisos y de reuniones de pauta en el "Liguria" de Macul, "Donde Thomas".  Pero un extraño mail me alertó sobre cierto evento que se iba a realizar el miércoles en la mañana.  El "asunto" del correo lo decía todo: "Muertitos!!!"

Sí.  Nuestro estimado (y movido, hay que decirlo) profe de Radio Sergio Campos se consiguió una visita al Servicio Médico Legal, el lugar donde se realizan los peritajes forenses.  La cita era a las nueve y media en el frontis del edificio.

Con mi mejor cara de "qué hago aquí" me sumé al grupo mientras una señorita de aspecto eslavo (rubia de ojos verdes) nos introducía por un pasillo curvo que llevaba a las dependencias del Servicio.  Más habituado a los sets de Morandé con Compañía o a las clases de Ricardo López, debo reconocer que fue chocante llegar hasta las dependencias de tanatología (traducción: sector donde están los muertitos) y encontrarme con un "museo" donde exhibían objetos tales como cráneos con heridas de bala, embriones o una calavera con pelo que tenía cierto parecido a Peter Rock (por la edad, claro).  Allí el jefe de sección nos hizo pasar a una sala estrecha, parecida a aquellas míticas salas de preuniversitario, donde dictó una charla de una hora sobre las consecuencias de la Reforma Procesal Penal y la ética del periodista en cuanto al chequeo de fuentes (por cierto, me permitiría un consejo: señor Morales, cuando uno insiste hasta la majadería en que es tergiversado y en que los periodistas hacen mal su trabajo - cosa que puede ser cierta -, da la sensación de que finalmente hay algo que se está ocultando.  Busque una manera más "retórica" de decirlo.  No queda bien.).  Sin embargo, de muertos, nada.  ¡Y estábamos en Tanatología!

Recuerdo que una querida amiga había mencionado si nos encontraríamos con algún "cadáver noticioso".  Pero hasta el minuto la visita era como cuando un colegio va a la planta embotelladora de Coca Cola.  Faltaba que nos regalaran lapicitos y chapitas y que nos dejaran correr un rato por los pasillos hasta que llegara el bus.  Sin embargo, después de la charla comenzó la parte seria del asunto.

Nos llevaron a los subterráneos, "la papa misma" del asunto.  Ingresamos a una sala con olor a acetona y una extraña sensación de carne que se impregnaba en la piel.  El aroma era fuertísimo, pero en mi rol de periodista decidí seguir aspirándolo.  Craso error: después no lo pude olvidar durante todo el día.  Más con la explicación: en la sala habían refrigeradores que mantenían los cuerpos que no habían sido reclamados en un plazo perentorio.  Ochenta cuerpos se mantenían en el lugar.  La escena era impactante.

Pero más impactante fue llegar al final de ese pasillo.  Habían unos números, del 1 al 36, cada uno como si fuera la "custodia" de un supermercado.  A la derecha, una puerta entreabierta.  Ingenuo yo, decidí asomarme (en realidad retiro lo dicho: nadie anda asomándose así como así si es ingenuo, especialmente en el Servicio Médico Legal, ¿no creen?).  Y me encontré con el cadáver de una mujer joven, de pelo rubio, con heridas en la cabeza.  En realidad, pensé que iba a sentirme peor al ver un cuerpo.  Fue sólo la impresión de verla de pronto, así como quien encuentra a su sobrinito jugando detrás de una puerta sin saber que estaba allí.  El ambiente estaba helado, porque había que mantener los cuerpos en el mejor estado de conservación posible.  Demás está decir que yo también quedé helado.

Luego me enteré que esa señorita había sido encontrada muerta en un baño del edificio de ENDESA, en la mañana del miércoles.  La presunción del "cadáver noticioso" había sido cumplida.  Obviamente se me vinieron todas las consultas a la cabeza: ¿quién era?, ¿por qué estaba en el edificio?, ¿cómo se quedó allí?  Pero nadie lo podía responder.

Posteriormente, se dio una escena que Alfred Hitchcock plagiaría con agrado para alguna de sus películas: el grupo de estudiantes saliendo del lugar y detrás un camillero llevando el cuerpo por la misma ruta.  Alucinante.  Llegamos a la sala de autopsias, donde sólo pudimos ver desde la puerta cómo empezaban a "acomodar" a la joven previo a su revisión.  Y finalmente llegamos al mítico "salón blanco".

Para quienes no lo conocen, el "salón blanco" es un lugar donde se hacen autopsias para público.  Obviamente no es que cualquier persona vaya, lleve un paquete de cabritas, pague por su entrada y se siente a ver, no.  Es para universidades que tienen convenio con el Servicio Médico Legal y para carreras específicas, como Derecho o Medicina, que necesitan de estas experiencias (aunque mi querido hermano periodista alguna vez me habló de que estuvo presente en una de esas autopsias.  No le creí... hasta hoy).  Para más referencias, aparece en la película "Angel Negro".  Y el ambiente es... especial.  No sé si definirlo como tétrico, como de tensión, de que se respiran almas (así tal cual).  Pero no deja indiferente.  En absoluto.  Pensar que en una camilla de metal que está al centro se hace la autopsia de un cadáver durante dos horas a vista de público, con todos los cortes y sacadas de órganos que eso implica, es a lo menos un ejercicio perturbador.

Así concluyó la visita.  Con una extraña sensación de querer huir y volver allí al mismo tiempo.  El Servicio Médico Legal es un lugar que vale la pena conocer, sin duda, pero que recuerda a Comala, el pueblo de "Pedro Páramo" donde todos los habitantes eran fantasmas, y se sentía algo en el ambiente que recordaba a los espíritus de aquellos que habían partido.  El jefe de Tanatología nos señaló que él cree que hay sensaciones que quedan en las paredes del edificio: el dolor, la rabia, la impotencia.  Y tal vez más de algún alma quede errando por allí.  Sólo espero que esa alma no sea la mia. 

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