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Realmente
no iba a escribir esta semana sobre algún tema en particular.
La celebración del semestre de SQC me tenía lleno de compromisos y
de reuniones de pauta en el "Liguria" de Macul,
"Donde Thomas". Pero un extraño mail me alertó
sobre cierto evento que se iba a realizar el miércoles en la
mañana. El "asunto" del correo lo decía todo:
"Muertitos!!!"
Sí.
Nuestro estimado (y movido, hay que decirlo) profe de Radio Sergio
Campos se consiguió una visita al Servicio Médico Legal, el lugar
donde se realizan los peritajes forenses. La cita era a las
nueve y media en el frontis del edificio.
Con
mi mejor cara de "qué hago aquí" me sumé al grupo
mientras una señorita de aspecto eslavo (rubia de ojos verdes) nos
introducía por un pasillo curvo que llevaba a las dependencias del
Servicio. Más habituado a los sets de Morandé con Compañía
o a las clases de Ricardo López, debo reconocer que fue chocante
llegar hasta las dependencias de tanatología (traducción: sector
donde están los muertitos) y encontrarme con un "museo"
donde exhibían objetos tales como cráneos con heridas de bala,
embriones o una calavera con pelo que tenía cierto parecido a Peter
Rock (por la edad, claro). Allí el jefe de sección nos hizo
pasar a una sala estrecha, parecida a aquellas míticas salas de
preuniversitario, donde dictó una charla de una hora sobre las
consecuencias de la Reforma Procesal Penal y la ética del
periodista en cuanto al chequeo de fuentes (por cierto, me
permitiría un consejo: señor Morales, cuando uno insiste hasta la
majadería en que es tergiversado y en que los periodistas hacen mal
su trabajo - cosa que puede ser cierta -, da la sensación de que
finalmente hay algo que se está ocultando. Busque una manera
más "retórica" de decirlo. No queda bien.).
Sin embargo, de muertos, nada. ¡Y estábamos en Tanatología!
Recuerdo
que una querida amiga había mencionado si nos encontraríamos con
algún "cadáver noticioso". Pero hasta el minuto la
visita era como cuando un colegio va a la planta embotelladora de
Coca Cola. Faltaba que nos regalaran lapicitos y chapitas y
que nos dejaran correr un rato por los pasillos hasta que llegara el
bus. Sin embargo, después de la charla comenzó la parte
seria del asunto.
Nos
llevaron a los subterráneos, "la papa misma" del
asunto. Ingresamos a una sala con olor a acetona y una
extraña sensación de carne que se impregnaba en la piel. El
aroma era fuertísimo, pero en mi rol de periodista decidí seguir
aspirándolo. Craso error: después no lo pude olvidar durante
todo el día. Más con la explicación: en la sala habían
refrigeradores que mantenían los cuerpos que no habían sido
reclamados en un plazo perentorio. Ochenta cuerpos se
mantenían en el lugar. La escena era impactante.
Pero
más impactante fue llegar al final de ese pasillo. Habían
unos números, del 1 al 36, cada uno como si fuera la
"custodia" de un supermercado. A la derecha, una
puerta entreabierta. Ingenuo yo, decidí asomarme (en realidad
retiro lo dicho: nadie anda asomándose así como así si es
ingenuo, especialmente en el Servicio Médico Legal, ¿no
creen?). Y me encontré con el cadáver de una mujer joven, de
pelo rubio, con heridas en la cabeza. En realidad, pensé que
iba a sentirme peor al ver un cuerpo. Fue sólo la impresión
de verla de pronto, así como quien encuentra a su sobrinito jugando
detrás de una puerta sin saber que estaba allí. El ambiente
estaba helado, porque había que mantener los cuerpos en el mejor
estado de conservación posible. Demás está decir que yo
también quedé helado.
Luego
me enteré que esa señorita había sido encontrada muerta en un
baño del edificio de ENDESA, en la mañana del miércoles. La
presunción del "cadáver noticioso" había sido
cumplida. Obviamente se me vinieron todas las consultas a la
cabeza: ¿quién era?, ¿por qué estaba en el edificio?, ¿cómo se
quedó allí? Pero nadie lo podía responder.
Posteriormente,
se dio una escena que Alfred Hitchcock plagiaría con agrado para
alguna de sus películas: el grupo de estudiantes saliendo del lugar
y detrás un camillero llevando el cuerpo por la misma ruta.
Alucinante. Llegamos a la sala de autopsias, donde sólo
pudimos ver desde la puerta cómo empezaban a "acomodar" a
la joven previo a su revisión. Y finalmente llegamos al
mítico "salón blanco".
Para
quienes no lo conocen, el "salón blanco" es un lugar
donde se hacen autopsias para público. Obviamente no es que
cualquier persona vaya, lleve un paquete de cabritas, pague por su
entrada y se siente a ver, no. Es para universidades que
tienen convenio con el Servicio Médico Legal y para carreras
específicas, como Derecho o Medicina, que necesitan de estas
experiencias (aunque mi querido hermano periodista alguna vez me
habló de que estuvo presente en una de esas autopsias. No le
creí... hasta hoy). Para más referencias, aparece en la
película "Angel Negro". Y el ambiente es...
especial. No sé si definirlo como tétrico, como de tensión,
de que se respiran almas (así tal cual). Pero no deja
indiferente. En absoluto. Pensar que en una camilla de
metal que está al centro se hace la autopsia de un cadáver durante
dos horas a vista de público, con todos los cortes y sacadas de
órganos que eso implica, es a lo menos un ejercicio perturbador.
Así
concluyó la visita. Con una extraña sensación de querer
huir y volver allí al mismo tiempo. El Servicio Médico Legal
es un lugar que vale la pena conocer, sin duda, pero que recuerda a
Comala, el pueblo de "Pedro Páramo" donde todos los
habitantes eran fantasmas, y se sentía algo en el ambiente que
recordaba a los espíritus de aquellos que habían partido. El
jefe de Tanatología nos señaló que él cree que hay sensaciones
que quedan en las paredes del edificio: el dolor, la rabia, la
impotencia. Y tal vez más de algún alma quede errando por
allí. Sólo espero que esa alma no sea la mia. |