Dr. Eduardo Barreto.
EL BUSCADOR (Anónimo)
Esta es la historia de un hombre que yo definiría como un buscador...
Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda. Un día, el buscador sintió que debía ir a la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de si mismo, de modo que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos
divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar
al pueblo una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la
atención.
Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de
árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una
especie de valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo
invitaba a entrar.
De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la
tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador
traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras
blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los
árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada
detalle de este paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió
sobre una de las piedras, aquella inscripción: Aquí yace Abdul
Tareg vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días. Se
sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era
simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar
que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar.
Mirando a su alrededor el hombre se dió cuenta que la piedra de
al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla;
decía: Aquí yace Yamirn Kalib - vivió 5 años, 8 meses y 3
semanas.
El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar
era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las
lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el
tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que más lo conectó
con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido
sobrepasaba apenas los 11 años.
Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar. El
cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo
miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si
lloraba por algún familiar. No, ningún familiar, dijo el
buscador.
¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta
ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este
lugar? ¿Cual es la horrible maldición que pesa sobre esta gente
que los ha obligado a construir un cementerio de niños?.
El anciano respondió: Puede usted serenarse. No hay tal
maldición. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja
costumbre. Le contaré: Cuando un joven cumple quince años sus
padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí colgando
del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de ese
momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la
libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo
disfrutado... a la derecha, cuanto tiempo duro el gozo.
Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuanto tiempo duró
esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿una semana? ¿dos?
¿tres semanas y media? Y después, la emoción del primer beso,
el placer maravilloso de la primera noche, ¿cuanto duró? ¿el
minuto y medio del beso..? ¿dos días..? ¿una semana..? Y el
casamiento de sus amigos..? ¿Y el viaje mas deseado..? ¿Y el
encuentro con quien vuelve de un país lejano..? ¿Cuanto tiempo
duró el disfrutar de esas sensaciones...? ¿Horas..? ¿días...?
así... vamos anotando en la libreta cada momento que
disfrutamos.
Cuando alguien muere es nuestra costumbre abrir su libreta y
sumar el tiempo de lo
disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque es, amigo
caminante, el único y verdadero tiempo vivido.
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