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DOCTRINA CRISTIANA
Manuscritos anunciados en las Sagradas Escrituras
del Cristo Solar

Hijo Primogénito de Dios

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DOCTRINA CRISTIANA
Alfa y Omega

Agradezco a Nuestro divino Padre Celestial Alfa y Nuestra divina y Hermosa Madre Solar Omega
por el Conocimiento Alcanzado

Compilación, traducción y estructuración de Ami Asa Ome ;- Phares
Copyright © 1997 C; Celestial - Hermandad del Cordero de dios
 

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TESTAMENTO DEL PATRIARCA JUDÄ
HIJO DE JACOB
Del testamento de los Doce Patriarcas

Traducción Española*/de A; Díez Macho


PATRIARCA JUDÁ
Sobre la valentía, la avaricia, y la fornicación

1 Copia de las palabras de Judá dirigidas a sus hijos antes de su muerte. Se congregaron todos y fueron a verle. Entonces les dijo: Yo fui el cuarto hijo de mi padre. Mi madre me llamó Judá, pues a sí misma se decía: «Doy gracias al Señor porque me ha dado un cuarto hijo». Yo era rápido y diligente en mi juventud y obedecía a mi padre en todo, 5respetando a mi madre y a su hermana. Cuando me hice hombre, mi padre me bendijo así: «Serás rey y tendrás éxito en todas tus cosas».
2 El Señor me concedió gracia en todas mis obras, en el campo y en la casa. Cuando me di cuenta de que podía competir con las ciervas en velocidad, cacé una y la preparé como comida para mi padre. Vencía a las gacelas en la carrera y apresaba todo lo que había en la llanura. Me apoderé de una yegua salvaje y la domé. 4Maté a un león y arranqué a un cabrito de su boca. Arrastrando a un oso por las patas, lo lancé por un precipicio. A cualquier animal salvaje que se me enfrentaba lo desgarraba como si fuera un perro. 5Competí con un jabalí, le gané a la carrera y lo destrocé. 6En Hebrón, un leopardo cayó sobre un perro; lo agarré por la cola, lo lancé como si fuera un venablo y se reventó en dos. 7A un toro salvaje que pastaba en la región lo agarré por los cuernos, le di vueltas en círculo, lo cegué y lo aniquilé derribándolo en tierra.
3 1Cuando avanzaron contra mis rebaños los dos reyes de los cananeos, cubiertos con corazas y con mucha gente a su alrededor, corrí en solitario contra el rey Asur, lo agarré, le golpeé en sus grebas, lo tiré al suelo y acabé así con él. 2También eliminé al otro rey, Tafué, que se mantenía a lomos de su caballo; así dispersé a todo el ejército. 3Contra el rey Acor, un gigante que lanzaba sus dardos a caballo por delante y por detrás, levanté una piedra de sesenta libras, la lancé, golpeé a su caballo y lo maté. 4Luché luego contra Acor durante dos horas y lo maté también: dividí en dos partes su escudo y le corté los pies. 5Cuando estaba despojándole de su coraza, ocho compañeros suyos se dispusieron a luchar contra mí. 6Enrollé mi capa en mi brazo, lancé contra ellos piedras con mi honda; maté a cuatro, y el resto huyó. 7Jacob, mi padre, acabó con Beelisa, el jefe de todos los reyes, un gigante forzudo de doce codos de estatura. 8Les invadió el terror y dejaron de hacernos la guerra. 9Por esta razón no se angustiaba mi padre con las guerras, ya que yo estaba entre mis hermanos; 10pues había tenido una visión sobre mí: que un ángel poderoso me seguía en todas mis acciones, de modo que no podía ser vencido.
4 1En el sur tuvimos una guerra más encarnizada que en Siquén. Me dispuse en orden de batalla con mis hermanos, perseguí a mil hombres y maté a doscientos de ellos y a cuatro reyes. 2Me lancé contra ellos sobre la muralla y abatí a otros dos reyes. 3Así liberamos Hebrón y recuperamos a todos los prisioneros de esos reyes.
5 1Al día siguiente nos fuimos a Areta, ciudad fuerte, amurallada e inaccesible, que nos amenazaba de muerte. 2Gad y yo nos acercamos a la ciudad por el este, y Rubén y Leví, por el occidente y el sur. 3Los de la muralla pensaron que estábamos solos y se lanzaron hacia abajo contra nosotros. 4Entonces, secretamente, mis hermanos escalaron la muralla ayudándose de clavijas y entraron a la ciudad sin que los enemigos se enteraran. 5Tomamos la ciudad a punta de espada. Otros habían huido a la torre, pero le prendimos fuego y así nos apoderamos de todo. 6Cuando nos retirábamos, los hombres de Tafué cayeron sobre nuestro botín de prisioneros. Se lo dejamos a nuestros hijos y luchamos contra ellos hasta Tafué misma. 7Los matamos, incendiamos su ciudad y pillamos todo lo que en ella había.
6 1Cuando estábamos cerca de las aguas de Cozebá, los hombres de Jobel vinieron contra nosotros en son de guerra. 2Peleamos contra ellos y matamos a sus aliados, los de Silón, sin darles la oportunidad de salir contra nosotros. 3Los de Maquir se nos enfrentaron al quinto día para apoderarse de nuestro botín. Nos lanzamos contra ellos y los vencimos en una ruda batalla, puesto que había entre ellos gran cantidad de valientes. Los matamos antes de que completáramos la subida. 4Cuando nos acercamos a su ciudad, sus mujeres hacían rodar piedras contra nosotros desde lo alto del monte en que estaba emplazada la villa. 5Ocultándonos Simeón y yo por detrás, nos apoderamos de las alturas y aniquilamos toda la ciudad.
7 1Al día siguiente nos comunicaron que el rey de la ciudad de Gaas venía contra nosotros con una muchedumbre fuertemente armada. 2Dan y yo, fingiéndonos amorreos, entramos como aliados en su ciudad. 3En medio de la oscuridad nocturna vinieron nuestros hermanos, les abrimos las puertas y los aniquilamos a ellos y a sus propiedades. Nos repartimos todas sus riquezas y abatimos sus tres murallas. 4Nos acercamos a Tamná, donde se habían concentrado en su huida las huestes de los reyes enemigos. 5Me insultaron y me irrité. Me lancé hacia la cima contra ellos, mientras me arrojaban flechas y piedras con sus hondas. 6Si Dan, mi hermano, no hubiera luchado conmigo, habrían podido matarme. 7Pero nos lanzamos contra ellos con gran ira, y huyeron todos. Yendo por otro camino, suplicaron a mi padre, quien firmó con ellos la paz. 8No les hicimos ningún daño, sino que concluimos un tratado y les devolvimos todo nuestro botín. 9Yo edifiqué Tamná, y mi padre, Rambael. 10Tenía yo veinte años cuando tuvo lugar esta guerra. 11Los cananeos nos tenían miedo, a mí y a mis hermanos.
8 1Poseía yo muchos rebaños y, como mayoral, a Irán el odolamita. 2Cuando yo me dirigía hacia él, vi a Barsán, rey de Odolán, que preparó para nosotros un banquete. Me exhortó a que aceptara a su hija Besué como mujer. 3Ella me parió a Er, Onán y Selón. A dos de ellos los hizo morir el Señor sin hijos. Pero Selón vivió, y vosotros sois sus hijos.
9 1Durante dieciocho años, desde que llegamos de Mesopotamia de casa de Labán, mantuvimos la paz, mi padre y nosotros, con Esaú, su hermano, e igualmente con los hijos de éste. 2Cuando pasaron estos años, teniendo yo cuarenta, vino contra nosotros Esaú, el hermano de mi padre, con multitud de gentes valerosas y fuertemente armados. 3Esaú cayó bajo el arco de Jacob, fue llevado (casi) muerto al monte Seír y murió cuando se dirigía a Eirramna. 4Nosotros perseguimos a los hijos de Esaú. Tenían éstos una ciudad con muros de hierro y puertas de bronce. No pudimos entrar en ella, sino que asentamos nuestro campamento y los sometimos a asedio. 5Como no abrían las puertas después de veinte días, ante sus mismos ojos acerqué una escalera y puse el escudo sobre mi cabeza. Subí entonces, recibiendo una lluvia de piedras de hasta tres talentos de peso. Pero subí y maté a cuatro de los más aguerridos entre ellos. 6Al día siguiente ascendieron Rubén y Gad y mataron a otros seis. 7Entonces nos pidieron la paz. Nos avenimos al consejo de nuestro padre y los aceptamos como tributarios. 8Nos proporcionaban doscientas medidas de trigo, quinientas de aceite y mil quinientas de vino hasta que bajamos a Egipto.
10 1Después de estos acontecimientos, mi hijo Er trajo a Tamar, hija de Arán, desde Mesopotamia y la tomó como mujer. 2Pero Er era malvado y tenía dudas de Tamar porque no era de la tierra de Canaán. Un ángel del Señor lo mató durante la noche del tercer día. 3Él no llegó a conocerla, siguiendo las malas artes de su madre, pues no quería tener hijos de ella. 4En los días mismos de la fiesta de bodas se la di por esposa a Onán. Pero éste, por su maldad, no la conoció, aunque vivió con ella un año. 5Cuando lo amenacé, se acostó ciertamente con ella, pero dejaba perecer su esperma sobre la tierra, según la orden de su madre. También él murió por su maldad. 6Quise luego dársela por esposa a Selón, pero mi mujer Besué no lo permitió. Quería mal a Tamar porque no era de las hijas de Canaán, como ella.
11 1Yo sabía que era malo el linaje de Canaán, pero el impulso de la juventud cegó mi corazón. 2La vi cuando escanciaba vino; la embriaguez me sedujo y caí a sus pies. 3Ella, estando yo ausente, se fue y tomó para Selón mujer entre las hijas de Canaán. 4Cuando supo lo que había hecho, la maldije en medio del dolor de mi alma. 5Ciertamente, ella murió también por la maldad de sus hijos.
12 1Tras estos hechos, dos años después, siendo ya viuda, oyó Tamar que yo subía a esquilar las ovejas. Se engalanó de novia y se sentó delante de la puerta, en la ciudad de Enán, 2pues existe la costumbre entre los amorreos de que la prometida en matrimonio se siente como ramera durante siete días a la puerta de la ciudad. 3Yo me había embriagado y no la conocí por los efectos del vino. Su belleza me sedujo gracias a la forma de sus adornos. 4Me incliné ante ella y le dije: Voy a tu casa. Me respondió: ¿Qué me das? Yo le entregué mi bastón, mi cinturón y la diadema real. Me uní a ella, y quedó encinta. 5Sin saber lo que ella había hecho, quise matarla. Pero ella me envió secretamente las prendas y me hizo avergonzarme. 6La llamé y escuché las palabras secretas que, durmiendo con ella, había pronunciado en mi embriaguez. No pude matarla porque la cosa venía de Dios. 7Yo me decía: ¿acaso ha actuado con engaño tras recibir de otra las prendas? 8Pero no me acerqué a ella hasta los días de mi muerte, ya que había cometido esta impiedad en todo Israel. 9Los vecinos de la ciudad decían, además, que en la puerta no había ninguna prostituta; que había venido de otra región y que se había sentado allí durante poco tiempo. l0Pensé que nadie se había enterado de que yo había ido a su casa. 11Después de estos sucesos fuimos a Egipto, junto a José, a causa del hambre. 12Cuarenta y seis años tenía entonces, y viví allí setenta y tres.
13 1Hijos míos, oíd lo que os ordena vuestro padre; guardad todas mis palabras, para que cumpláis los preceptos del Señor y obedezcáis los mandamientos del Señor Dios. 2No caminéis tras vuestros deseos ni según los pensamientos de vuestras mentes con el orgullo de vuestros corazones. No os vanagloriéis con la fortaleza de vuestra juventud, porque también eso es malo ante los ojos del Señor. 3Yo me había gloriado de que, durante mis guerras, no me había engañado ningún rostro de mujer hermosa y había colmado de oprobios a Rubén, a causa de Bala, la mujer de mi padre. Pero los espíritus de la envidia y la fornicación se dispusieron contra mí hasta que caí ante Besué, la cananea, y ante Tamar, la esposa de mis hijos. 4Decía yo a mi suegro: «Deliberaré con mi padre y así aceptaré a tu hija». Pero él no quiso y me mostró una cantidad inmensa de oro a disposición de su hija, ya que era rey. 5La adornó con oro y perlas e hizo que ella, luciendo toda su belleza, nos escanciara en el banquete. 6El vino desvarió mis ojos, y el placer cegó mi corazón. 7Enamorado de ella, caí y transgredí el mandamiento del Señor y de mis padres tomándola como mujer. 8Pero el Señor me pagó de acuerdo con los designios de mi corazón, puesto que no sentí alegría con sus hijos.
14 1Hijos míos, no os embriaguéis de vino, porque éste aparta la mente de la verdad, la impulsa al ímpetu del deseo y conduce los ojos hacia la perdición. 2Pues el espíritu de la fornicación utiliza al vino como servidor para proporcionar placer a los sentidos; ambos roban también la fuerza del hombre. 3Si alguno bebe vino hasta embriagarse, éste excita su mente hacia la fornicación por medio de sucios pensamientos y caldea su cuerpo para la unión carnal, y si se halla presente la causa del deseo, comete el pecado sin el menor pudor. 4Así es el vino, hijos míos, porque el borracho no se avergüenza ante nadie. 5A mí, pues, me extravió también él para que no sintiera vergüenza ante la muchedumbre de los ciudadanos: a los ojos de todos me incliné ante Tamar. Cometí un gran pecado y levanté el velo de la impureza de mis hijos. 6Por culpa del vino no sentí respeto del mandamiento de Dios y tomé como mujer a una cananea. 7Por ello, el que bebe vino necesita inteligencia, hijos míos. Y ésta es la sensatez en la bebida: beber sólo mientras se mantiene la decencia. 8Pero si se pasa esta frontera, (el vino) irrumpe en la mente y suscita al espíritu del error y hace al ebrio hablar lo indecoroso, transgredir la ley sin sentir vergüenza, llegando incluso a gloriarse en el deshonor juzgándolo algo hermoso.
15 1El fornicario no siente que sufre daño ni se avergüenza cuando pierde la honra. 2Uno que fornica, aunque sea rey, queda desposeído de la realeza, pues resulta esclavo de la fornicación, tal como me ocurrió a mí. 3Entregué mi báculo, es decir, el apoyo de mi tribu; mi cinturón, es decir, mi poderío, y la diadema o, lo que es lo mismo, la honra de mi reino. 4Luego, arrepentido de ello, ni gusté del vino ni de la carne hasta mi senectud, ni gocé de ningún tipo de alegría. 5El ángel del Señor me indicó que las mujeres dominan siempre tanto al rey como al mendigo. 6Al rey le despojan de su honor, al valiente de su energía y al menesteroso hasta del más pequeño sustento de su pobreza.
16 1Guardad, pues, hijos míos, el límite del vino, pues hay en él cuatro espíritus malvados: del deseo, del ardor, del libertinaje y del lucro infame. 2Si bebéis vino en momentos de alegría, hacedlo con temor de Dios y guardando la compostura. Si no bebéis con esta disposición y se aparta de vosotros el temor de Dios, vendrá luego la embriaguez, y con ella se introducirá la desvergüenza. 3Si no (guardáis la compostura), no bebáis en absoluto, para que no pequéis con palabras ultrajantes, en peleas, calumnias y transgresiones de los mandamientos de Dios, pereciendo antes de hora. 4El vino descubre a los extraños los secretos de Dios y de los hombres, al igual que yo revelé los mandatos de Dios y los secretos de mi padre Jacob a Besué, la cananea, a quien Dios ordenó no desvelárselos. El vino es causa de disputa e intranquilidad.
17 1Os ordeno, pues, hijos míos, que no pongáis vuestro amor en el dinero ni dirijáis vuestra mirada a la belleza de las mujeres, porque por el dinero y la hermosura me extravié con Besué, la cananea. 2Yo sé que, por culpa de esas dos cosas, vosotros, mi raza, caeréis en el mal. 3Sé también que esas dos cosas echarán a perder a los sabios de entre mis hijos y harán que mengüe el reino de Judá, que me otorgó el Señor por la obediencia a mi padre. 4Pues nunca entristecí a Jacob, mi padre, ya que ejecuté todo lo que me ordenó. 5Abrahán, el padre de mi padre, me prometió en su bendición que había de reinar en Israel, y del mismo modo me bendijo Isaac. 6Yo sé que de mí se establecerá la realeza.
18 1También he leído en los libros de Henoc el justo las maldades que comentaréis (cometeréis?) en los días postreros. 2Guardaos, pues, hijos míos de la fornicación y del amor al dinero; escuchad a Jacob, vuestro padre, 3porque tales cosas os apartan de la ley de Dios y ciegan las deliberaciones de la mente. Inculcan el orgullo, y no permiten al hombre apiadarse de su prójimo. 4Privan al alma de toda bondad y lo constriñen a trabajos y labores; le roban el sueño, y le consumen las carnes. 5Ponen trabas a los sacrificios a Dios, no se acuerdan de su alabanza, no obedecen las palabras de los profetas y odian los discursos piadosos. 6Sirviendo a dos pasiones contrarias a los mandatos de Dios, el hombre no puede obedecer a la divinidad; aquéllas ciegan su alma y camina durante el día como si fuera de noche.
19 1Hijos míos, el amor al dinero conduce a los ídolos: (los hombres,) engañados por él, creen en dioses que no son. La avaricia hace caer en el desvarío al que la posee. 2Por el dinero perdí yo a mis hijos, y habría muerto sin ninguno a no ser por la penitencia de mi carne, la humildad de mi alma y las plegarias de Jacob, mi padre. 3Pero el Dios de mis padres, compasivo y misericordioso, me perdonó porque obré por ignorancia. 4El príncipe del error me cegó, y no tuve en cuenta cómo el hombre y la carne están corrompidos por el pecado. Pero aprendí mi debilidad cuando pensaba que era invencible.
20 1Sabed, pues, hijos míos, que dos espíritus tienen su asiento en el hombre: el de la verdad y el del error. 2En medio de ellos se halla el espíritu intelectivo de la mente y se inclina adonde quiere. 3Las obras de la verdad y las del error están escritas sobre el pecho del hombre, y el Señor conoce cada una de ellas. 4No hay momento en el que puedan pasar inadvertidas las obras humanas porque están grabadas ante el Señor sobre el pecho, en sus huesos. 5El espíritu de la verdad da testimonio de todo lo bueno y acusa de lo malo. El pecador queda envuelto por el fuego de su propio corazón y no puede levantar su rostro hacia el Juez.
21 1Ahora, hijos míos, amad a Leví, para que permanezcáis en pie; no os levantéis contra él, para que no perezcáis. 2A mí me otorgó el Señor el reino, pero a él el sacerdocio, subordinando el primero al segundo. 3A mí me dio lo terrenal; a él, lo celestial. 4Como supera el cielo a la tierra, así aventaja el sacerdocio de Dios a la realeza terrena, si el primero no se aparta del Señor por el pecado ni se ve dominado por la realeza terrestre. 5A él y no a ti ha elegido el Señor para acercarse a Él, para comer de su mesa y de sus primicias, las delicias de los hijos de Israel. 6Tú reinarás en Jacob y serás para ellos como el mar. Como en el piélago los justos y los injustos son llevados de un lado a otro, los unos como cautivos y los otros enriqueciéndose, así habrá en ti toda clase de hombres: unos sufrirán peligros y caerán prisioneros; otros se enriquecerán por la rapiña. 7Los reyes serán como grandes cetáceos, tragándose a los hombres como peces. Esclavizarán a los libres, hombres y mujeres, y expoliarán casas, campos, rebaños y riquezas. 8Llenarán impíamente los buches de cuervos e ibis con las carnes de muchos. Adelantarán en la maldad, enorgulleciéndose en su avaricia. 9Serán falsos profetas, como huracanes, y perseguirán a todos los justos.
22 1El Señor atraerá sobre ellos divisiones de unos con otros, y habrá continuas luchas en Israel. 2Mi reino acabará entre gentes extrañas, hasta que venga la salvación de Israel, [hasta la venida del Dios justo], para que Jacob [y todos los pueblos] puedan descansar en paz. 3Él guardará la fortaleza de mi reino para siempre, pues el Señor me juró solemnemente que permanecería la realeza de mi descendencia en todo momento, por siempre.
23 1Siento mucha pena, hijos míos, por las inmoralidades, magias y actos idolátricos que ejecutaréis contra el reino, siguiendo los pasos de adivinos, démones y erróneos augurios. 2Haréis de vuestras hijas bailarinas y cortesanas y os mezclaréis con las abominaciones de los gentiles. 3Por ello atraerá el Señor sobre vosotros hambre y peste, muerte y espada vengadora, asedio de ciudades, perros que desgarran las carnes de sus enemigos, insultos de los amigos, perdición e inflamación de ojos, aniquilación de los hijos, rapto de las esposas, rapiña de vuestros bienes, incendio del templo de Dios, desolación de vuestra tierra y cautividad entre los gentiles. 4De entre vosotros castrarán los eunucos para sus mujeres. 5Pero cuando os volváis al Señor con un corazón perfecto, arrepentidos y caminando según todos los mandamientos de Dios, os visitará el Señor con misericordia y os sacará de la esclavitud de vuestros enemigos.
24 1Después de esto se levantará en paz un astro de la estirpe de Jacob [y surgirá un hombre de mi semilla como sol justo, caminando junto con los hijos de los hombres en humildad y justicia, y no se hallará en él ningún pecado. 2Los cielos se abrirán sobre él para verter las bendiciones del Espíritu del Padre Santo. Él mismo derramará también el espíritu de gracia sobre vosotros. 3Seréis sus hijos en la verdad y caminaréis por el sendero de sus preceptos, los primeros y los últimos. 4Éste es el retoño del Dios Altísimo y la fuente misma para vida de todo ser humano]. 5Brillará entonces el cetro de mi reino, y de vuestra raíz nacerá un tallo. 6En él surgirá un báculo justo para los gentiles, para hacer justicia y salvar a cuantos invoquen al Señor.
25 1Luego, volverán a la vida Abrahán, Isaac y Jacob; y mis hermanos y yo seremos jefes de nuestras tribus en Israel: Leví, el primero; yo, el segundo; el tercero, José; el cuarto, Benjamín; el quinto, Simeón; el sexto, Isacar, y así, sucesivamente, todos. 2El Señor bendecirá a Leví; el ángel de la faz, a mí; las potestades gloriosas, a Simeón; el cielo, a Rubén; a Isacar, la tierra; el mar, a Zabulón; las montañas, a José; la tienda, a Benjamín; las luminarias del cielo, a Dan; las delicias, a Neftalí; el sol, a Gad; los olivos, a Aser. 3Habrá un solo pueblo del Señor y una lengua; no existirá ya el espíritu engañoso de Beliar, porque será arrojado al fuego para siempre jamás. 4Los que hayan muerto en la tristeza resucitarán en gozo, y los que hayan vivido en pobreza por el Señor se enriquecerán; los necesitados se hartarán; se fortalecerán los débiles, y los muertos por el Señor se despertarán para la vida. 5Los ciervos de Jacob correrán con gozo, y las águilas de Israel volarán con alegría; [los impíos se lamentarán; gemirán los pecadores], y todos los pueblos alabarán al Señor por siempre.
26 1Guardad, pues, hijos míos, toda la ley del Señor, porque hay una esperanza para todos los que hacen rectos sus caminos. 2Les dijo: Hoy muero ante vuestros ojos con ciento diecinueve años. 3No me enterréis con un vestido lujoso ni me abráis el vientre porque tales cosas hacen los reyes, sino conducidme a Hebrón con vosotros. 4Tras haber dicho estas palabras, se durmió Judá. Sus hijos hicieron según lo que les había ordenado y lo enterraron en Hebrón con sus padres.
Apéndice Midrás Wayyisau
Sobre este midrás, cf. vol. II, p. 189, donde se edita la parte que corresponde a Jub 37,14.17; 38,2-3.5-10.12-15.
Aquí traducimos del hebreo el fragmento de esta composición en que se parafrasea el TestJud. El texto base es el de R. H. Charles (Ap. I de su edición, pp. 235-238), más elaborado que el presentado por Jellinek en su Beth-ha-Midrash III,
3, 1. Las frases en cursiva indican correspondencia con el texto griego, y los números entre paréntesis, los pasajes correspondientes del TestJud.
«Partieron, y cayó el terror de Dios . . . » (Gén 35,5). Dijeron: Dos hijos de Jacob llevaron a cabo esta acción tan grande . . . si se reunieran todos podrían destruir el mundo. Cayó el temor de Dios (Santo, bendito sea) sobre ellos, por eso no persiguieron a los hijos de Jacob. Nuestros maestros dijeron: Aunque no fueron tras ellos esta vez, poco después dos de aquéllos les persiguieron. Se pusieron de acuerdo los reyes de los amorreos contra los hijos de Jacob y trataron de acabar con ellos en el valle de Siquén. Después de estos sucesos volvieron Jacob y sus hijos a Siquén y se quedaron allí a vivir. Dijeron algunos: No fue suficiente el que mataran a todos los hombres de Siquén, sino que se apoderaron también de su país. Se juntaron todos y vinieron contra ellos para matarlos. Cuando lo vio Judá, se puso de su salto en medio de las escuadras de los adversarios y mató, en primer lugar, a Yasub, rey de Tappuah, que iba cubierto de la cabeza a los pies, de hierro y cobre, cabalgando sobre un caballo, y arrojaba desde él por delante y por detrás venablos con las dos manos. No erraba en ningún lugar donde los lanzaba, pues era un guerrero valeroso lanzando con las dos manos (3,2-3).
Cuando lo vio Judá, no se atemorizó de él ni de su arrogancia. Dio un salto y corrió a su encuentro. Tomó una piedra del suelo de sesenta «sela‘im» de peso y la lanzó contra él cuando se hallaba a una distancia de dos terceras partes de un estado, lo que hace 173 codos. Él venía al encuentro de Judá adornado con todos los arreos de hierro y arrojando venablos. Judá le golpeó con la piedra sobre el escudo y lo derribó del caballo. Quiso incorporarse al punto, pero Judá corrió e intentó matarlo antes de que se levantase de tierra. Mas él, rápidamente, se incorporó ante Judá y se dispuso a luchar contra él, escudo contra escudo; enarboló su espada y trató de cortar la cabeza de Judá. Éste levantó su escudo ante la espada y paró el golpe con él, que se dividió en dos (3,4).
¿Qué hizo Judá? Se dio media vuelta y le golpeó con su espada cortando sus pies por encima de los tobillos. Entonces cayó a tierra, e igualmente la espada de su mano. Judá saltó hacia él y le cortó la cabeza. Pero mientras le despojaba de su armadura, vinieron contra él nueve de sus compañeros. Al primero que se acercó le tiró Judá una piedra, le dio en la cabeza y cayó su escudo de la mano. Lo cogió Judá y continuó haciendo frente a los otros ocho (3,5).
Leví, su hermano, se acercó y permaneció junto a él; disparó sus flechas y mató a ’Ailón rey de Ga‘iš (Gén 26,34; Jos 24,30). Judá mató a los ocho restantes. Jacob, su padre, se acercó y mató a Zeruré, rey de Silo, mas ninguno de ellos se levantó contra los hijos de Jacob, pues no tenían corazón para resistir, sino para huir. Los hijos de Jacob los persiguieron, y Judá mató aquel día a mil antes de que se pusiera el sol. El resto de los hijos de Jacob partió de Tel Siquén, del lugar en que habían estado resistiendo, y los persiguieron a toda prisa hasta que salieron a la explanada de la ciudad. Y allí mismo trabaron una batalla más encarnizada que las que habían entablado en el valle de Siquén (4,1).
Disparó Jacob sus flechas y mató a Far‘aton, rey de Hazor; a Pesusé, rey de Sartán (1 Mac 9,50); a Labán rey de Aram, y a Šebir, rey de Mahanaim. Judá fue el primero en subir a la muralla de Hazor. Cuatro guerreros se dispusieron a luchar contra él antes de que se acercara Neftalí, que subía detrás. Aún no había ascendido y ya Judá había matado a aquellos cuatro guerreros, y Neftalí se aprestó y subió tras él. Se colocó Judá a la derecha de la muralla y Neftalí a la izquierda, y (pronto) se vieron rodeados por enemigos que pretendían darles muerte. El resto de los hijos de Jacob se puso en movimiento y subieron detrás de ellos, rompieron su resistencia y conquistaron aquel día Hazor. Mataron a todos los guerreros sin excepción e hicieron prisioneros al resto (4,2).
El segundo día fueron contra Sartán y también allí entablaron combate, pues era una ciudad amurallada y segura de su fortaleza, que atacaba a todo el que se aproximaba a ella. No había espacio para acercarse a la muralla porque era resistente y muy elevada y no había lugar para conquistarla (5,1).
Aquel día se apoderaron de aquella ciudad. Subieron a la muralla; Judá, el primero, desde oriente; Gad, desde poniente; Simeón y Leví, desde el norte, y Rubén y Dan, desde el sur. Se acercaron Isacar y Neftalí e incendiaron los espigones de las puertas de la ciudad. Se luchaba con dureza sobre la muralla hasta que subieron allí las tropas de sus aliados. Resistieron contra ellos en la torre hasta que Judá la conquistó. Después subió a lo alto de la torre y mató a doscientos hombres sobre su techo antes de bajar de ella (5,2-5).
Todos los de la ciudad se aunaron y mataron a los extranjeros. No dejaron vivo a ninguno de ellos, porque eran hombres fuertes y valientes para la guerra. Sacaron a los prisioneros de allí y se retiraron tras ellos marchando a Tappuah. Cuando salieron los de Tappuah a librar a los prisioneros de sus manos ―a los que habían cogido en la llanura de la ciudad―, se fueron hacia Arbael y mataron a los hombres que había salido a librar a los prisioneros (5,6-7).
Al tercer día fueron a Tappuah por la mañana y, cuando reunían a los prisioneros, vinieron los habitantes de Silo para entablar combate. Se revistieron entonces de sus armas y salieron tras ellos, matándoles a todos antes de mediodía, entrando después de las mujeres en Silo, sin darles ocasión de resistir. Aquel día se apoderaron de la ciudad y sacaron a los prisioneros. Vino el bloque de sus aliados que habían dejado en Tappuah, y junto con ellos saquearon la ciudad (6,1-3).
El día cuarto cruzaban ante los campamentos de Šebir. Salieron entonces a librar a los prisioneros y bajaron al medio del valle. Se prepararon (los hijos de Jacob), subieron tras ellos y los mataron antes de que alcanzaran la altura. Ese día salieron los hombres del campamento de Šebir ante ellos y les arrojaban piedras. Durante el día, los hijos de Jacob capturaron y dieron muerte a todos los guerreros. Libraron a todos los prisioneros y los juntaron a los que ya tenían con ellos (6,3-5).
El día quinto fueron a Go‘aš, porque oyeron que estaban allí reunidos gran multitud de amorreos y decían que venían contra ellos. Pero Go‘aš era una ciudad fortificada, una de las ciudades de los reyes de los amorreos. Fueron allí y entablaron combate con la ciudad hasta el mediodía y no pudieron capturarla porque tenía tres murallas, una detrás de otra. Se prepararon para el asedio, mientras les insultaban. En aquel momento desbordó la cólera de Judá, y un espíritu de venganza entró en él y le sacudió con todo su poder. Subió el primero a la muralla y estuvo a punto de morir Judá. Si no hubiera estado su padre Jacob, habría muerto allí, de no haber disparado su arco y matado a diestra y siniestra (7,1-3).
A su derecha estaban unos que arrojaban piedras contra él, y a su izquierda y por delante, otros dispuestos a la batalla; todos ellos trataban de abatirlo de la muralla, cuando subió Dan, su hermano, y los hizo retroceder. Neftalí iba el tercero detrás de ellos, y Simeón y Leví apremiaron y subieron por la tarde. Los cinco se opusieron y no les dieron ocasión de resistir, matando una gran mayoría de ellos, y así continuaron hasta que se formó un río de sangre. Aquel día capturaron la ciudad al caer el sol y mataron a todos los guerreros. Hicieron salir a los prisioneros y marcharon a reposar fuera de la ciudad porque estaban fatigados (7,4-7).
El día sexto se reunieron todos los amorreos y vinieron por sí mismos sin arreos de guerra, se postraron ante ellos y solicitaron que se les otorgara la paz. Así lo hicieron, y les devolvieron Timná y toda la tierra de su contorno. Entonces Jacob hizo la paz con ellos, y ellos restituyeron a los hijos de Jacob todo el ganado del que se había apoderado, dos por uno: les impusieron un tributo y les devolvieron los prisioneros. Se retiró Jacob a Timná (léase: ‘y construyó Jacob Timná, con CrYer y TestJud) y Judá a Arbael. Desde entonces en adelante, permanecieron en paz con los amorreos (7,8-11).

Fuente: A; Díez Macho, ed; Testamento de los doce Patriarcas
Traducido por Antonio Piñeiro

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