Pasamos de León María Lozano El Cóndor, de Álvarez
Gardeazábal, en Tuluá nuestro pueblo, a Tirofijo, el cura
Pérez, y los
centenares de jefecillos, más feroces y malvados que los jefes.
Aún recuerdo esa noche en que tocó a la puerta de mi casa
un
grupo militar. Era casi de madrugada cuando al abrir mi padre, el jefe
de la patrulla le dijo: ¿Es usted don Luis Uribe? Al
afirmarlo le entregaron a Hernán, mi hermano, y le dijeron:
Se lo quitamos a la policía que iba a tirarlo aguas arriba del río
Tuluá. Al preguntar mi padre el motivo de llevarlo así
como un Nazareno, golpeado por todas partes a punta de culatazos, le
contestaron: “Le gritaba vivas al Partido Liberal”.
Hoy son otros tiempos, más corrompidos, si se quiere. No hay
ideales, sólo la fuerza se impone en pueblos y veredas, se
masacran mujeres y niños, y trabajadores del campo. También
caen en las ciudades. Recientemente mataron a la salida de
Frontino a Antonio Vélez, hijo de Gabriela White de Vélez,
también horriblemente masacrada. Ella era White Uribe, prima de
mi padre.
Lo mataron por guapo y desafiante, así como es el gobernador
Uribe Vélez. La gente con valor civil es la más amenazada.
Primero les mandan recados, después actúan, con el uso
de esas sofisticadas armas que vomitan fuego. No es difícil recibir
razones como “que se esté quieta y callada” si se ha tocado
el “fuero” de algún narco, por ejemplo.
Mientras todo esto pasa el país se desbarata, falto de un gobierno
fuerte que no haga transacciones. Ni con guerrillas, menos
con los mismos políticos, llámense congresistas o lo
que sea. Los colombianos nos sentimos indefensos y sin esperanzas
porque las elecciones próximas no nos hacen esperar un cambio
drástico. Salvo un gobierno con mano militar, júzguese esto
como se quiera. Mientras tanto repetiremos ¿dónde está
oh muerte, tu victoria?, ¿dónde está, oh muerte, tu
aguijón?