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Han sido tan estimulantes las enseñanzas recibidas desde ese lejano
país, que otra vez los católicos no sabemos agradecer
lo suficiente a la Madre Angélica y su EWTN.
Sabíamos un poco sobre Ucrania: que había sido un país
satélite de Rusia desde 1.922 hasta 1.991, que tiene más
de 50 millones de habitantes y que su capital es Kiev pero Lvov es la ciudad
más católica. Desde 1.040 se separaron nuestras iglesias
y en Ucrania es la religión ortodoxa la más extendida. Es
un rito parecido con las misas mas largas que las nuestras, con obispos
que lucen luengas barbas y siempre llevan mitras.
Nos admira cada vez más ese sabio, honrado y amado viejito que
es nuestro Papa. Ha superado todo en la vida hasta el balazo de un loco.
No se amilana ante esa difícil enfermedad de Parkinson que le hace
temblar todo el tiempo su mano izquierda .
Cosa curiosa. Dos de las más grandes reuniones se hicieron
en sendos aeropuertos . Muchos jóvenes, muchachos y muchachas, vestían
sus lindos trajes típicos y había centenares de sacerdotes
y obispos . ¡Qué barbas las que se mandan y qué lujo
de vestidos!
Creo que Su Santidad estuvo muy emocionado porque por ahí dijeron
que su madre era ucraniana.
El 27 de Junio lo despidió el jefe de la iglesia católica
ucraniana, un cardenal, recordándole cuántos mártires
hubo en su país. Dijo que la unidad de ellos con Roma era algo que
nunca se cansaba de agradecer .
La iglesia Greco-Católica Ucraína pide perdón
a Dios por el mal que hubieran hecho así como ellos perdonan a quienes
se lo han hecho también
Otra cosa que admiré fue su amor por la Santa Madre de Dios
a quien tienen siempre en bellísimos retablos y cuadros bizantinos.
Tienen los obispos greco-católicos ucraínos un plan de trabajo
para este milenio. ¿ No es asombroso?
¡Si así trabajaran los civiles que dirigen nuestros pueblos!
Todo acá es improvisado, hay un desgobierno que clama al cielo.
Que toda esa bella liturgia celebrada tan lejos de nosotros llegue
al cielo convertida en oraciones por todos los pueblos como el nuestro,
tan necesitado de la mano de Dios.
Leonor Uribe de Villegas
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