Las rosas hablan
- III -
Donde nace el dinero
Por Irene Fernández
...pero tan desconcertadamente barata...
A mi vuelta a casa volví a probar suerte con el trabajo. Esta vez pensaba que la tendría si iba más lejos de donde solía buscar: al barrio donde se encontraban los night's clubs, las discotecas, los salones de juegos, pubs... Era el barrio moderno de la ciudad que todos los adolescentes y adultos frecuentaban por las noches. Por la tarde las calles estaban medio desiertas y los establecimientos comenzaban a abrir sus puertas.
Me dejé guiar por mi instinto y entré en uno de los café-bares que más me atrajo: "Ketore". No sé por qué me atrajo, quizás por su sencillez, quizás sus asientos forrados de color rosa claro, mi color favorito o que desprendía un clima que se descodificaba como "esto no es una casa de citas"... No lo sé, sólo sé que ya estaba dentro... La campanilla sonó al abrir y cerrar la puerta y un hombre ya entrado en los cuarenta que limpiaba la barra me observó sorprendido.
- ¿Qué se te ofrece, jovencita? - me preguntó dejando el trapo a un lado.
- Busco trabajo - había dicho esas palabras tantas vecess que ahora me salían espontáneamente -. Me llamo Mikku Kozo y tengo diecisie...
- ¿Diecisiete años? - el hombre se rió divertido -. ¿Y eres capaz de servir tazas y copas sin derramarlas hasta la una de la madrugada?
- Por supuesto que sí - respondí inmediatamente.
- Muchas noches cierro a las dos...
- Me da lo mismo, trabajaré hasta las dos.
El hombre suspiró, aún con ojos divertidos. Tenía un fino bigote negro y el cabello peinado hacia atrás y sujeto en una pequeña coleta. Comenzaban a notársele las entradas y la frente tenía así aspecto de ser más amplia.
- Tendrás que estar en el bar desde las seis de la tarde hasta que cerremos, confío en que harás bien tu trabajo.
Tuve ganas de llorar de alegría, incluso de abrazarlo. Se llamaba Seichi Ketore, era el único propietario y camarero del bar (un local más bien pequeño) y era exigente en lo que se refería a la puntualidad y buena presencia, durante media hora me lanzó el sermón filosófico de lo que significaba la puntualidad y el tiempo bien aprovechado. Sin embargo, a mi parecer era un hombre bueno y agradable, el lado opuesto del viejo Kanta Hara.
Empecé a trabajar como camarera aquel mismo día después de llamar a casa y comunicarles la buena noticia. No dudé en que mamá pasaría toda la noche levantada esperando mi regreso, no le gustó que trabajase hasta tan tarde. A mí tampoco, me sentía cansada y tenía hambre, pero me mantenía en pie la idea de que, al menos, llegaría a casa con dinero en los bolsillos.
Y así fue: sentía las monedas todas apretadas junto a algunos billetes en el bolsillo de mi pantalón cuando Seichi Ketore cerró su bar a la una y media. No era mucho, pero era dinero. Quiso llevarme hasta mi casa en coche y yo acepté, aunque me bajé unas calles antes de llegar. Quizá fuese el orgullo lo que me hizo pedirle que parara entonces, no quería que viese la casita donde vivíamos.
Vi luz en una de las ventanas y al abrir la puerta me encontré con mamá cosiendo unos vestidos.
- ¿Qué haces? - la regañé -. Ya te dije que no quería que trabajases estropeándote la salud con esos trapos.
- Son kimonos que me han encargado para Navidad - murmuró ella sin detener sus laboriosos dedos -. Me pagarán muy bien por cada uno. Son para las dos hijas de una mujer que me han presentado en el supermercado
- No deberías...
- Quiero acabarlos lo más pronto posible - suspiró y estiró los hombros -. Vete a dormir o serás tú la que estroopee su salud, mañana tienes clases.
Le deseé buenas noches y cuando fui a darle un beso dejé caer el dinero que había ganado sobre su falda. Rápidamente me escabullí a mi habitación, ordené la colcha de Junko y me preparé para acostarme. Estaba tan cansada que caí sobre mi almohada a medio desvestir...
Todas las noches, después de plegar, hacía lo mismo. Las propinas algunos días eran mejores que otros y me sentía feliz cuando veía a mamá contar con una sonrisa de agradecimiento en la cara el dinero que dejaba sobre la mesa. Lo guardaba en una cajita de hojalata dando gracias a Dios. Con la imagen de su cara paliducha sonriendo, me dormía sin apenas haber probado bocado de la cena que ella siempre me mantenía caliente. Sin embargo, un mes después, la cajita volvía a estar vacía a causa de la inminente paga del alquiler.
Otra vez a empezar de nuevo...
Continuará.
Notas de la autora:
Aunque toda la acción transcurra en Japón ya os habréis dado cuenta de que el clima, atmósfera o fondo sobre el cual está escrita la historia es bastante asemejada a la nuestra (en concreto a la española). Lo siento, pero como nunca he vivido en Japón aunque conozco su cultura no la he vivido, no es la mía, y no me veo capacitada para escribir una historia auténticamente "japonesa" (aunque intento mantener algunos "handicaps"). No sé si me entendéis ^_^U
Espero que eso no os moleste y si es así, pues lo siento... Pero repito, ésta es una historia diferente (qué pesada eres...-_-U)
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