Las rosas hablan
- II -
El inicio soñado
Por: Irene Fernández
...la ilusión: tan efímera y transparente...
Al día siguiente, llevé a Junko a la "guardería" y yo me dirigí al Instituto Toho con la ilusión de que aquél fuera un día maravilloso.
No me fastidiaba para nada estudiar, al contrario, el colegio era uno de mis lugares favoritos; no obstante, no estaba acostumbrada a hacer amigos... Normalmente, me resultaba bastante difícil entablar conversación con una persona de mi edad, había tenido tan pocos amigos a lo largo de toda mi vida ya vivida... Por eso, a la hora de comer, me senté sola a la sombra de uno de los árboles del patio observando a mis compañeros de clase, distribuidos en pequeños grupos, charlando, jugando y riendo como harían las personas normales. Yo me limité a observar sin participar en ningún grupo.
Y así puede ver a una chica apoyada contra la pared de la escuela. Estaba sola y también observaba a su alrededor. Era bonita, con la piel de porcelana y un brillante cabello azabache recogido en una trenza. Nuestros ojos tropezaron y quizá porque yo le sonreí se acercó hasta donde yo estaba.
- ¡Hola! Tú eres Kozo, la nueva ¿verdad? - me dijo.
Hablaba con una jovialidad digna de envidia, no parecía tan introvertida como yo me había imaginado al verla sola...
- Sí - respondí yo.
- ¿Está ocupado? - señaló a mi lado.
- No.
Ella se sentó y me explicó que también era nueva en aquel instituto. Se había mudado hacía un mes a la ciudad y vivía con sus tíos porque sus padres no dejaban de viajar de un lado para otro. Tay Brek era su nombre. Sus padres eran coreanos pero ella había nacido en Japón. En un momento de su historia se puso en pie repentinamente y voceó:
- ¡Ekyro, estoy aquí!
Llamaba a una chica que enseguida corrió hacia nosotras. La chica nueva respiró, exhausta, y sonrió. Los ojos desaparecieron bajo sus largas pestañas al hacerlo.
- Uf - suspiró -, tengo mucho trabajo. ¿No os gustaría apuntaros al club de animadoras del equipo de fútbol? Yo sola no puedo con todo.
Tay negó con la cabeza antes que yo.
- ¿Olvidas que estamos en el último curso? Tenemos los exámenes a la vuelta de la esquina. Claro que a ti te queda todavía un largo año para saber qué son realmente los exámenes.
Ekyro le hizo una mueca.
- Supongo que tu amiga será más inteligente y dispondrá de más tiempo libre - me miró con su sonrisa a flor de labioos, esperanzada.
Mas yo también negué con la cabeza.
- Lo siento - dije -. Yo pertenezco ya al club de gimnasia rítmica.
- Bueno - resopló Ekyro -. ¡Ei! No me has dicho tu nombre... - exclamó entonces.
Me presenté y nuevamente volvió a sonreírme. La chica comenzaba a caerme simpática y Tay también.
- Al menos, podríais ayudarme un poquito ahora. Ya habéis acabado de comer ¿no?
Ni Tay ni yo nos hicimos de rogar y la ayudamos a llevar los balones de fútbol al campo. Acababan de ser comprados y tenían un aspecto lustroso, pero a mí me traían malos recuerdos y ni el balón mejor cosido ni brillante podría parecerme bonito... Por esa razón respiré tranquila cuando al fin nos alejábamos de ellos... Por fin...
Por la tarde, en el club de gimnasia Miss Fujita me hizo hacer una demostración con la cinta después del calentamiento de aquella tarde. Toda la clase estaba atenta a mis movimientos, sentí algunos cuchicheos, notaba muchas miradas fijas en mí... Y más cuchicheos: "No parece una gimnasta..."....
Sabía que observaban una parte de mi cuerpo con atención y sorpresa: mis piernas. Había desarrollado bastante sus músculos y la razón de que estuvieran el doble de potenciados que los de una gimnasta normal era algo que trataba de olvidar. Tal hecho había restado flexibilidad a mi cuerpo y recuperarla nuevamente me costó bastante. Pensaba que con el paso del tiempo el músculo adoptaría la forma de cualquiera de las chicas que me observaban en ese momento; no obstante, me equivocaba. Debía ejercitarlos frecuentemente para mantenerme en forma y eso no les hacía ser menos prominentes... Odiaba aquella parte de mi cuerpo, no parecían piernas de chica...
- Has dado mucha potencia a tus piernas - me felicitó Miss Fujita cuando finalicé el ejercicio -. Jamás había visto unos saltos tan altos y firmes. Un equilibrio estupendo pero - se acercó a mí y me tocó la cintura. Todo no iba a ser alabanzas - deberías ejercitar más la cintura y la espalda. ¿Llevas algún tiempo inactiva?
Respondí que sí: tres meses, durante el verano concretamente. Me fue imposible entrenar, hacía el máximo de horas extras posibles en el trabajo.
Miss Fujita me colocó seguidamente en la barra y estuve durante el resto de la clase estirando cintura, brazos, espalda y piernas. Pero los cuchicheos no cesaron...
Aspiré con gusto la brisa del atardecer al salir del gimnasio por fin, mas no llegué a sentir el aire dentro de mis pulmones... Frente a mí se hallaba el campo de fútbol, separado del gimnasio por una cortina de árboles y una alta verja de alambre.
El equipo Toho aún continuaba entrenando, los balones iban de un lado a otro, la red de la portería se hinchaba y deshinchaba cada vez que se tragaba alguno y el sudor corría por el rostro de los chicos.
Apreté los puños con fuerza. Me sentía la boca seca y mis glándulas salivares parecían haberse marchitado.
- Hola, Mikki. ¿Ya habéis acabado?
Era la voz de Ekyro que sonaba tras la verja. Le vi la cara.
- ¿Podrías coger ese balón y echármelo? - señaló a mis pies.
¿Un balón? ¿Cómo no lo había visto?
Ekyro repitió su pedido. ¿Cogerlo? Agarré con fuerza la maleta firme contra mi pecho. No, no podía cogerlo. No podía soportar sentir el tacto del cuero en mis manos. Me recordaba a mi padre. Le odiaba. Le odiaba a él y a su maldito fútbol.
Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos me encontraba fuera del instituto. Continué corriendo hacia la "guardería" y recogí a Junko. Su cálido cuerpecito y aroma de caramelo de fresa a mi espalda logró que recuperase la serenidad que por un momento se había convertido en histeria.
¿Qué habría pensado Ekyro de mí?
Aquella tarde volví a intentar buscar trabajo. Acababa de ayudar a mi madre a acostarse, le dolía mucho la espalda. No quería que la viese un médico. La reciente imagen me hacía frustrarme cada vez más cuando escuchaba: "Lo siento, pero no necesitamos a nadie. Tenemos el servicio completo."
Finalmente, regresé a casa agotada y repleta de ira. Era ya casi de noche, no había cenado ni había estudiado; aún así, corrí hacia las afueras, hacia un descampado donde dejé caer lo que llevaba sujeto en mi regazo. Lo dejé caer en el suelo y empecé a golpearlo contra el viejo muro de hormigón una vez tras otra, con los dientes apretados y las uñas clavadas en las palmas de las manos.
"Si él no nos hubiera abandonado..."
Hasta el sonido de los grillos se hacía estridente en mis oídos.
"Él y su maldito fútbol..."
El viento azotaba con fuerza mis largos y negrísimos cabellos. "Córtatelos", me había dicho él con la estúpida pelota en las manos. Y yo los había dejado crecer brillantes y fuertes. ¡Jamás me los cortaría!
Exhausta y sudorosa me deslicé de rodillas hacia el suelo. Las piernas me dolían. Tenía los labios marcados por los dientes y las uñas incrustadas en las palmas. Lo había vuelto a hacer. ¡Él me había obligado a hacer aquello!
Impotente y furiosa machaqué nuevamente la pelota rellenada con tierra contra el muro y me eché a llorar. ¡Él tenía la culpa de todo lo que nos estaba pasando!
Al día siguiente, fui a clase soportando el dolor de mis piernas. Me había vendado con firmeza los pies para que no se viese el enrojecimiento de los golpes y algún que otro hematoma; sin embargo, conseguí a mi pesar que Mariko Fujita se alarmase y preocupase.
- Me los vendo bien para no lesionármelos. Me da seguridad.
Quería que se los enseñara y el único remedio que tenía para escapar era mintiendo...
-No me pasa nada, es como un amuleto de la suerte...
Sí, un amuleto de la suerte... Un amuleto que sólo me había traído desgracias y lágrimas.
Continuará.
Te agradecería que cualquier opinión o duda que tuvieses me la hicieras llegar a [email protected]