Luna LLena

 

CAPÍTULO III

 

Otro...

¿Un castigado?

 

 

 

En total, en la casa de Nausicaä, éramos, incluyéndome a mí, tres inquilinos: Pandora Tuscanny, una italiana nacionalizada a la que apenas se la veía porque siempre estaba fuera. Era bailarina de cabaret. El otro inquilino era Gilbert Rommel, un compañero de universidad amante de la poesía y la literatura, enclenque y despistado, que podía pasarse horas y horas encerrado en su habitación sin salir.

Pero aquel domingo por la tarde fue la primera vez desde que puse los pies en la casa de Nausicaä que estaba completamente sola. Todos habían salido con sus amigos, incluso Nausicaä que siempre había parecido solitaria y bastante seria se había marchado a una fiesta que organizaban los compañeros de su trabajo...

-No gastes mucha calefacción ni mucha electricidad, no te aproveches ahora que te quedas sola ¿eh? – me dijo antes de marcharse.

Me reí con pocas ganas. A veces, Nausicaä Berasta podía hacerse realmente odiable con sus contínuas normas de ahorro...

Abracé con satisfacción aquellas horas de silencio, acurrucada entre los cojines del sofá dl salón y un libro en la mano. Adoraba la literatura fantástica y épica, repleta de caballeros invencibles, duendecillos, dioses, dragones, elfos, brujas... Fantasía, sólo fantasía...

Me estiré en el sofá con las manos detrás de la cabeza y aspiré profundamente. Soplé a los dos mechones cobrizos que cayeron rebeldemente sobre mi nariz. En realidad, tenía el pelo castaño, pero con el reflejo de la luz se volvía de color cobre, al igual que un camaleón en el tronco de un árbol.

"¿Cómo haces para que te brille tanto?", me habían preguntado una vez en el colegio de Kristiansand.

En primaria me señalaban con el dedo porque era huérfana y en secundaria hacían lo mismo porque era rara. Rara para ellos significaba: no tener casi amigos, no salir con los pocos amigos que tenía, encerrarme en la biblioteca mientras los demás disfrutaban el recreo, tener una obsesión casi enfermiza con la comida, con el gimnasio, con mi aspecto... Sí, quizás era demasiado rara.

-Sólo quería olvidar la soledad...

Aquellas palabras ya antes las había pronunciado Austin con una voz ronca y apenas audible. Sin embargo, yo siempre había pronunciado "soledad" con tranquilidad, desde muy pequeña me había acostumbrado a sus letras y su sonido, aunque... Aunque ahora comenzaba a darme cuenta de que no era la mejor solución.

Hundí la cara en uno de los cojines y cerré los ojos con fuerza. Las lágrimas no tardaron en aparecer...

Al día siguiente, en la universidad, no me encontré con Austin; tampoco al siguiente... Ni tampoco por las noches recibí ninguna de sus inesperadas visitas...

-¿Le ha ocurrido algo al chico de los Kissatt? – le pregunté a Nausicaä al tercer día de no saber nada de él, pero ella tampoco sabía nada.

-Si te asomas a la ventana de la cocina lo verás en el patio de su casa – nos interrumpió Pandora repentinamente, con su peculiar estilo acaramelado de hablar -. ¿Qué pasa con ese chico, Raine? Pensaba que trataba de flirtear contigo... ¿Es que os habéis peleado?

-No, yo... No.

Como empezaba a balbucear como una niña pequeña me apresuré a salir por la puerta trasera y me dirigí hacia donde estaba Austin. Parecía totalmente enfrascado en su tarea de mecánico de motos, pero el sentido de Austin era mucho más agudo que el de cualquier animal...

-¿No hace mucho frío para que salgas con esa camisetita azul? – dijo, sin levantar la cabeza del motor grasiento para mirarme.

-Pensaba que estarías enfermo...

-Te has equivocado de camino – adquirió él, poniéndose de pi y restregándose el sudor de la frente con la manga de su camisa manchada por todas partes de grasa -. No soy yo el enfermo, sino Eileen.

-¿Y... Está bien? – pregunté con preocupación.

-¿Por qué no entras?

Yo miré con incertidumbre hacia la puerta del porche de su casa...

-Le gustará verte, y a mi madre también.

Entré, la puerta estaba entreabierta, y Aggie apareció enseguida a mi lado.

-Austin ha tenido que ayudarme a curarla, por eso no ha ido a clase – me explicó -. Hemos conseguido expulsar la fiebre de su cuerpo y ya se encuentra mejor.

Eileen estaba en su mecedora como siempre que yo la veía, arropada con su batín y una gruesa manta a cuadros escoceses.

-Siento ofrecerte este aspecto tan lamentable – comentó al divisarme a mí en la entrada del salón.

Se arregló el moño que llevaba con coquetería. Sus ojos se detuvieron entonces en mi medallón, el medallón de mi madre, y me pidió que se lo dejara ver. Cuando lo tuvo entre sus manos su mirada se tornó compasiva, demasiado...

-¿Por qué sigues llorando después de tanto tiempo?

Sentí como si se me abriera el pecho y alguien me pinchara en el corazón. Sin saber por qué los ojos comenzaron a escocerme rabiosamente.

-Sonríe, Raine. Tú eres la luz.

Recuperé el medallón de sus manos y me fui de allí, dejando todas las puertas abiertas a mi paso. Continué corriendo hasta que al final las piernas me flaquearon y tuve que parar. Me limpié las lágrimas que resbalaban por mis mejillas y observé a mi alrededor: un edificio ruinoso en cuya valla de protección podía leerse "Próximo derrumbamiento", totalmente desierto y deprimente.

"Lo mejor que puedo hacer", me dije, "es volver a casa y ayudar a Nausicaä a limpiar y... Dejar de comportarme como una niña..."

-Sí, es lo mejor que puedes hacer.

Me giré sobresaltada pero también alegrándome de ver a Austin.

-Una chica virgen llama mucho la atención en estos sitios – añadió con su típica malicia.

Yo me mordí los labios y pregunté:

-¿Por qué crees que soy virgen?

-La palabra no es creer – me cogió la mano y la entrelazó a la suya con firmeza – sino saber.

De inmediato sentí un brusco peso sobre mi cuerpo, como si la fuerza de gravedad de la tierra se hubiera duplicado.

-Abre los ojos – me susurró Austin con suavidad en el oído.

Era cierto, los tenía cerrados y al abrirlos los rayos de sol me cegaron y estuve durante unos segundos viéndolo todo de color blanco. Cuando la ceguera al fin desapareció aún creía que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada.

El mar se hallaba bajo mis pies y sus aguas formaban pequeñas ondulaciones por el viento. Hacía frío, varios icebergs se levantaban a nuestro alrededor y brillaban como diamantes; el frío era lago vano en comparación a todo aquello. Suspendidos en el aire como estábamos me permití experimentar la sensación de pisar una superficie líquida sin hundirme ni mojarme.

-¿Dónde estamos? – le pregunté a Austin.

Al pie de la palabra una cola de ballena salpicó en el agua. Sentí varias gotitas refrescantes en mi cara.

-Ante ti el mar del Norte, sus orcas, sus ballenas y sus picos de hielo.

Quise caminar, mas al dar dos pasos Austin me aferró con fuerza la mano que yo quería liberar para tal propósito.

-No lo hagas – me aconsejó muy serio -. Soy yo quien te hace flotar, si me sueltas acabarás haciendo compañía a los peces.

En silencio seguí contemplando el paisaje.

-¿No te agota hacer esto? – le pregunté al cabo de un rato.

-Sólo si me excedo – había una extraña suavidad en sus ojos verdes y grises.

-¿Te estás excediendo? ¿Por qué haces esto?

-¿Quieres regresar?

-No es una buena respuesta – repliqué -, esperaba otras palabras.

En vista que no haría ningún movimiento más de garganta yo también cerré la boca.

-Quiero que sonrías – dijo entonces Austin -, que te olvides del pasado y te concentres sólo en el presente. Tienes cosas muy importantes que hacer, Hija de la Luna; tienes que vivir.

-Olvidar no es fácil, quizá para ti sí lo es...

-Cuando dices para mí – me interrumpió él llevándose mi mano junto a la suya al pecho – te olvidas de que yo también estoy viviendo y que, por tanto, también tengo que olvidar. No eres la primera persona a la que he mordido ¿sabes? A los once años dejé a una niña n estado de coma grave; no era capaz de controlar mi alma d vampiro y estuve a punto de matarla... A partir de entonces, cada vez que despierta en mí l vampiro me encierro en mi cuarto con una cruz de plata sobre l pecho o me dedico a morder gatos y perros... Cada mañana se ha convertido en un olvido de la noche anterior.

-Pero... Conmigo...

-Ya te dije que tú eres una Hija de la Luna. El destino te ató a mí desde l principio. L nacimiento de una Hija de la Luna se produce cada cierto tiempo y sólo puede haber una en el mundo. Lo mismo ha ocurrido conmigo, la misma historia. Además – sus pupilas penetraron profundamente las mías -, contigo hay algo... Un magnetismo, no sé; pero me impide dominarme – dejó escapar un fuerte soplido.

Advertí que su frente estaba empapada en sudor y respiraba con pesadez. De repente, percibí que algo cedía y me sentí indefensa...

-No pudo – gimió entre dientes y descendimos unos milímetros.

Cerró los ojos tratando de concentrarse.

-Da-dame tu otra mano – musitó jadeante -. Necesito tu energía...

Le obedecí. El agua empezaba a mojarme los pies.

Noté que algo se vaciaba en mi interior. Austin me apretó muy fuerte contra él y la sensación de vacío aumentó. Todo daba vueltas a mi alrededor, creo que dejé de respirar por unos segundos...

 

¿Dónde estoy?

Sobre una superfície blanda...

¿Qué es?

Es tu cama, tonta.

Me incorporé lentamente. Desorientada, observé a mi alrededor. Durante unos segundos no reconocí el lugar.

-Estás en Oslo, Raine – silbé entonces con voz ronca -. Esto es Oslo, no Kristiansand.

La cabeza me dolía y los ojos también. Lo recordaba todo muy vagamente. Me sentía igual que si tuviera resaca aunque nunca la había tenido, no obstante, me imaginaba que sería algo parecido...

Había anochecido. El reloj de mi pulsera marcaba las ocho y media de la tarde. ¿Cuánto tiempo llevaba dormida?

-Vaya siestecita ¿eh? – me dijo Nausicaä al bajar a la planta de abajo -. Menos mal que hoy no hacía falta que me ayudaras con la cena porque estamos las dos solas, pero ha quedado un poco de sopa ¿quieres que te la caliente?

En el salón sólo estaba ella con su música clásica y una pieza de arcilla en la que trataba de moldear el cuerpo de una mujer. Nausicaä era muy aficionada a las manualidades.

-No, ya me la caliento yo – y entré en la cocina.

-¿Cuándo volviste de casa de los Kissatt? – me gritó Nausicaä desde el salón -. No te oí entrar.

¿Me creería si le dijese que entré por la ventana? Me reí imaginándome su cara de susto; así pues le conté que había entrado por la puerta trasera y me había metido en la cama casi de inmediato porque me encontraba mal.

-Debes haber cogido algo de frío. Si mañana sigues sin encontrarte bien quédate en la cama, ya me las apañaré con las faenas. Le diré a Gilbert que me ayude. Hazme caso ¿eh? – me aconsejó mostrándome su dedo índice bien erguido y sucio de arcilla -. Se están cogiendo muchas neumonías con este tiempo.

Le hice un gesto de afirmación y ella se conformó y continuó con su figura de mujer. Yo, después de tomarme la sopa, subí nuevamente a mi cuarto. Aún me sentía bastante cansada. ¿Cómo podía agotar tanto un truco telequinético que a simple vista parecía tan sencillo como chasquear con los dedos?

Pensando en ello me dormí enseguida.

 

Me levanté de un brinco, el corazón me latía furiosamente. Algo se escabulló de mi habitación con la habilidad de una gacela. Presentí peligro y el pánico se apoderó de mí enseguida. Encendí la luz rápidamente y me llevé la mano justo al lugar del cuello en el cual había sentido el pinchazo... Contuve un grito al ver la palma de mi mano roja, manchada por mi propia sangre.

Pinchazo en la frente. Era un aviso.

La mano manchada me temblaba.

Austin... ¡Austin!

-Estoy aquí – me tocó el hombro y me giré repentinamente.

-¿Por qué? ¿Por qué? – le ataqué mostrándole mi mano manchada.

-No he sido yo, Raine – aseguró con seriedad.

-¡Mientes! Eres el único ¡el único! – el furor comenzaba a desencadenarse en mí.

Un tremendo crujido en la cabeza me dejó sin aliento y caí de rodillas al suelo. Jamás había sentido un dolor tan fuerte como aquél. Austin se arrodilló a mi lado y posó su mano en la herida del mi cuello. Un reconfortante calor paseó por mis venas y terminaciones nerviosas. Después, presionó sus dedos varias veces en mi nuca.

-Ahora deberías ir a la cocina y comete un buen filete de carne – me dijo.

Yo lo veía todo borroso. Aunque tenía ganas de gritarle apenas podía abrir la boca.

Es otro vampiro...

"¿Quién?"

Es otro...

Mi sentido del equilibrio cedió y me incliné a un lado grotescamente...

Cierta suavidad rozó mi frente cuando entreabrí los ojos.

-¿Aggie? – murmuré muy lentamente.

-Sí, soy yo – quise levantarme, pero ella me sujetó por los hombros impidiéndome realizar cualquier movimiento -. Has tenido algo de fiebre ¿sabes? Así que ahora comerás un poco de pastel de salmón de mi madre y pronto te sentirás como nueva.

Me hallaba tumbada en un diván que pronto reconocí de su salón. Había varias velas gruesas encendida, pero el espacio era demasiado grande para que la luz llegara a todos los rincones. Olfateé el característico olor a incienso quemado.

-¿Cuánto tiempo llevo aquí? Debería volver...

Aggie me indicó silencio y me ordenó que descansara, mas yo miré mi reloj: las cuatro y veinte de la madrugada...

Austin llegó entonces con una bandeja que dejó en la mesita que había enfrente de mí. Todo lo que contenía alimentaba a la vista.

-¿Prefieres que te lo dé yo? – bromeó con el tenedor en la mano.

-No seas idiota – cogí el tenedor y empecé a comer.

-Nos has dado un buen susto – dijo Eilen, que apareció caminando despacio hacia su mecedora.

-Siento hacerles perder horas de descanso – me disculpé.

-Las horas de sueño se pueden volver a recuperar, pero hay otras cosas que si se pierden son para siempre.

Noté sus ojos muy fijos en mí, parecía estar analizándome y leyéndome como si fuera un libro.

-Tu mente está muy confusa – comentó y nuestros ojos se cruzaron haciéndome sentir a mí un hormigueo en la nuca -. Sin embargo, no das señales de temor o ansiedad. Eso me gusta, aunque creo que es sólo a causa de tu fatiga.

Ella tampoco daba ninguna muestra de nerviosismo, permanecía impasible e invulnerable como una roca recostada en el respaldo de la mecedora. Entonces habló:

-Desde hace varios días noto una fuerza muy potente y negra que no proviene de Austin, sino de un ser al que no consigo identificar...

-No es humano – añadió Austin -. Bueno, más bien en cierto modo.

-¿Qué quieres decir? – lo observé por encima del hombro.

-Es lo que nosotros, los brujos, llamamos un castigado.

-Desde hace milenios existe un Consejo formado por los brujos más mayores que se encarga de sancionar a los que hacen mal uso de sus poderes, desobedeciendo las normas. El brujo, hombre o mujer, que empleaba su poder para dañar y hacer el mal era castigado, su cuerpo era expuesto al sufrimiento y al no-descanso. Los castigados están completamente inertes, vagan como sonámbulos por la tierra hasta que caen y sus cuerpos se convierten en polvo. Los que se arrepienten antes son nuevamente recogidos por el Consejo; sin embargo... Algunos se entregan al diabólico juego de la eterna juventud rompiendo el juramento sagrado: beben la sangre humana de jóvenes vírgenes.

-¿Eso... – tragué saliva -. Eso significa que volverá a morderme?

"Como un restaurante que no cierra a medianoche..."

-Será mejor que duermas – Aggie me acomodó los cojines para que me estirara y me abrigó con la manta que me cubría -. Duerme y no pienses en nada; sólo duerme...

Su susurro parecía hipnotizarme, los ojos se me cerraban solos...

 

Continuará...

 

 

Nota de la autora:

Habrás notado que aparecen frases en cursiva y en color amarillo, bien, dichas frases aparecen en la mente de Raine, pero no es ella quien las dice (es decir, no es la voz de su conciencia). Todo lo contrario, esas palabras están dichas por otra persona que le habla a través de la mente... ¿Quién es? Eso se sabrá a su debido tiempo...

 

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