Luna Llena

 

CAPÍTULO II

Eres la única y yo también

 

 

A la mañana siguiente me levanté de un salto. Aún recordaba el tacto de aquella mano y el mordisco en mi cuello...

Cogí el pequeño espejo de mi mesita y busqué algún indicio de lo sucedido, pero no tenía ninguna marca en el cuello... Había sido un sueño...

No, no había sido un sueño; era real. Yo le había invitado, había invitado a... A un vampiro... Y el vampiro era... Austin Kissatt...

Le había invitado, lo que significaba que volvería...

"Sólo lo he invitado una vez", me dije a mí misma para tranquilizarme.

Pero, ¿por qué no tenía la huella de sus colmillos en mi cuello? Y ¿por qué era yo la elegida para ayudarle? ¿Cómo? ¿convirtiéndome en su plato del menú?

Me vestí rápidamente y bajé corriendo al piso de abajo. Nausicäa tarareaba una canción metida en la cocina. Era sábado, por tanto no había mucho, así que supuse que no le importaría que desapareciese durante un rato...

Me planté, presurosa y jadeante por la carrera, ante la puerta de roble oscuro de los Kissatt. Respiré hondamente, escuchando los latidos de mi corazón sobre las sienes, y pulsé el timbre.

La puerta se abrió al instante por una mujer de cabello cuidadosamente recogido en un moño trenzado color ébano y ribeteado de finos pelos blancos. Vestía una falda marrón larga hasta los tobillos y de su cuello colgaban unas gafas de montura dorada. Los ojos eran castaños y rasgados como los de un esquimal, y sus labioso me sonreían amistosamente.

"Aggie Kissatt."

Su nombre apareció misteriosamente en mi mente como por arte de magia.

"Es una bruja, como Austin."

-Quiero hablar con Austin – balbuceé, aún jadeaba, nerviosa.

Aggie me pasó su brazo por la espalda y me condujo hacia el interior de la casa.

-Él ya sabe que estás aquí.

Una mujer anciana sentada en una mecedora fue quien me respondió. Dejó la taza de la que estaba bebiendo sobre una mesita a su lado y me observó con sus escrutadores ojos grises.

"Eileen Kissatt, la abuela de Austin y madre de Aggie, su única hija."

Tenía la misma mirada que su nieto, llena de astucia y agudeza.

Antes de que pudiera decir nada me cogió de la mano y me sonrió. La madre de Austin me acariciaba los hombros.

-Estás muy tensa – observó -. Siéntate, te traeré leche caliente con miel.

Y al pie de la palabra salió del salón, un salón espacioso, pero empequeñecido por las numerosas antigüedades y reliquias que poblaban todos sus muebles. En total había cinco ventanas, por lo que estaba muy bien iluminado para ser una casa de brujas...

-Te llamas Raine en honor a tu madre – comentó Eileen con sagacidad, rompiendo el silencio. Ella se llamaba Dew Raine ¿no es así?

Asentí lentamente con la cabeza y ella comenzó a balancearse en la mecedora después de soltar mi mano.

-Sin embargo, eres muy distinta a ella – añadió sin despegar la vista del techo.

-¿La conoció? – le pregunté.

-Primero debería hablar con él, ¿no cree madre? – Aggie apareció de improvisto ofreciéndome una taza de leche humeante, endulzada con miel, que yo bebí sin pensármelo dos veces.

Ella misma me condujo al cuarto de su hijo. Un escalofrío se apoderó de mí cuando me dejó a solas con él, tenía un aspecto amenazador bajo la luz del sol... Siempre vestía colores oscuros, los cuales, en cierto modo, resaltaban la claridad de sus ojos.

-¿Tienes miedo? – me preguntó, cruzándose de brazos y apoyándose contra el cristal de la ventana, que justamente iba a dar a la de mi habitación.

No respondí, tan sólo me mordí los labios.

-No debiste hacerlo nunca, no debiste haberme invitado, no quería que lo hicieses – inclinó la cabeza hacia el suelo -. Ahora ya no podemos dar marcha atrás, ahora me perteneces.

Levantó la cabeza en ese instante y me miró con expresión maligna.

-¿Qué te pertenezco? – exclamé, confundida.

Austin se acercó a mí, tal como haría una pantera a punto de cazar a su presa.

-Me reconociste como brujo y me invitaste como vampiro. Has comido de la fruta prohibida, Raine, y no puedes escapar.

Acarició los tirabuzones que caían sobre mis hombros.

-Tú también tienes poder ¿lo sabías? – añadió -. Eres una Hija de la Luna.

-Y ¿qué significa eso?

-Que eres especial – pero yo, aún no comprendía nada.

Seguidamente, Austin apartó el pelo de mi cuello y me hizo inclinar la cabeza hacia un lado.

-Hice desaparecer cualquier señal de colmillos.

-¿Cómo? – le pregunté.

-Soy un brujo ¿recuerdas? Puedo hacer lo que quiera... Además, tienes un cuello demasiado bonito para una cicatriz – añadió, levantándome la barbilla.

De repente, sin darme tiempo a reaccionar, inclinó sus labios sobre él y me propinó un suave mordisco. Al sentirlo, me separé bruscamente y me llevé las manos al cuello, como si tratara de protegerlo.

-Aún no me has dicho cómo debo ayudarte – arremetí contra él, guardando las distancias.

Austin parecía helado ante mi reacción ofensiva, pero enseguida volvió a la normalidad.

-Tu poder es muy pequeño en comparación al mío, debes aumentarlo.

-Pero ¿por qué yo y no otra persona?

-¿Es que aún no te has dado cuenta? – me espetó Austin -. Nuestros cuerpos forman uno solo, somos almas magnéticas: tú el polo positivo y yo el negativo. ¿Acaso no sientes nada cuando me tocas o me miras? Por eso, Hija de la Luna, eres tú y no otra, ya que eres la única y yo también.

Sus explicaciones lo único que lograban era confundirme aún más. Agradecí que en ese instante su madre apareciese en la puerta, salvándome así del caos.

Nuevamente fui conducida al salón.

-Te esperábamos desde hace mucho tiempo – susurró cercana a mi oído, Aggie -. Sabíamos que algún día vendrías a nosotros.

-Cuando Austin nos habló de ti supimos enseguida que tú eras la elegida y estuvimos más seguras de que así era al reconocerle tú como brujo – Eileen se recostó en la mecedora y suspiró pesadamente -. El poder oscuro que anida en Austin despertó cuando él tenía once años, justamente la noche que murió su padre. Austin siempre tuvo más poder que nosotras, pero la influencia negativa que hubo sobre la luna aquella noche se lo multiplicó hasta límites aún insospechados por nosotras. Nuestros sortilegios no sirven para nada, su poder puede llegar incluso a matar... Por suerte Austin lo dominó antes de que fuera al revés.

Eileen cerró los ojos, cansada.

-Tú eres el polo opuesto a Austin – continuó después de un intervalo de treinta segundos -. Si él es la oscuridad, tú eres la luz y siempre se ha dicho que la luz lo alumbra todo. Tú naciste la noche en que la luna recibía la influencia positiva del sol: eres una Hija de la Luna.

-Eres la única que puede acabar con su sombra negativa – añadió Aggie, tomándole la palabra al ver que la abuela volvía a suspirar profundamente -. Pero, antes debes pasar por un ritual, la gran parte de tu poder sigue escondido en tu interior.

-¿Y en qué consiste ese ritual? – pregunté, acariciándome el cuello en la parte donde Austin me había mordido hacía pocos minutos.

-Es un ritual de purificación, para despertar todo el poder que permanece dormido en ti en estado puro.

-¿Es peligroso?

Eileen me sonrió con ternura y negó con la cabeza.

-Siempre y cuando tú no desees que lo sea – me respondió -. Es tu decisión, tú decides el cuándo y el porqué. Nosotras no podemos influir en esa decisión. Pero – me miró con seriedad y sinceridad -, después de haber pasado por él nunca volverás a ser la misma.

-¿Quiere decir que seré una bruja?

-Serás una Hija de la Luna pura y dura – me corrigió la abuela de Austin.

Cuando salí de aquella casa tenía una extraña sensación en el cuerpo. Ahora sabía demasiadas cosas que cambiaban mi vida por completo y también que pesaban sobre mi cabeza.

 

 

Antes de irme a acostar me colgué del cuello la fina cadena de plata con el medallón que guardaba de mi madre. Nunca me lo había puesto, siempre lo había atesorado como algo sumamente sagrado. En el interior del medallón había una foto suya y de papá cuando eran jóvenes.

Decidí que a partir de aquel momento lo llevaría siempre: sería mi amuleto de la suerte. Necesitaba aferrarme a algo que me infringiese confianza después de lo sucedido con los Kissatt y, sobre todo, con Austin.

Me aseguré que la ventana estuviera cerrada y me arrastré hacia el interior de mi cama sin perder la ventana de vista, pensando que en cualquier momento podría abrirse...

"No lo he invitado", pensé, "por tanto, no puede venir."

Me desperté sobresaltada al percibir algo sobre mi cuello. Rápidamente me erguí de un brinco y me aparté de aquella sombra. Estuve a punto de caerme de la cama.

-¿Qué haces aquí? – murmuré llevándome las manos al cuello.

Numerosos eléctricos me recorrieron la espalda y el pecho.

-No te he invitado ¿por qué estás aquí? – repetí, sintiendo su respiración muy cerca de mí.

-Ahora no necesito invitación, ya te dije que no se puede dar marcha atrás – algo, creo que su nariz, me rozó la mejilla -. Ahora me perteneces – añadió.

-¡Yo no soy tu esclava! – le espeté, enojada.

Le empujé y salté del lecho. No podía ver nada, estábamos completamente a oscuras. Lo único que podía hacer era apretar el amuleto contra mi piel.

-No voy a hacerte daño, nunca te haría daño. ¿Por qué tienes miedo?

-Pues anoche me hiciste daño – respondí yo, mi tono sonó infantil...

-A mí también me dolió y mucho – él respondió en cambio con seriedad, sentí su aliento cálido en mi oído.

Advertir su presencia tan cercana a mí me ponía nerviosa, sin embargo, había algo en él que me provocaba confianza, como si nos conociésemos de toda la vida.

-¿Por dónde has entrado? La ventana estaba cerra...

Me rodeó el estómago con su brazo y me condujo hacia atrás. Enseguida mi espalda topó con la pared, pero a continuación dejé de percibir su dureza y me sobrevino una extraña presión. Sentí lo mismo que si me sumergieran en le agua y cerré instintivamente los ojos. Al abrirlos no supe cómo reaccionar: ¡nos encontrábamos justamente en el pasillo de la casa!

-¿Cómo... – no acertaba a decir palabra alguna -. ¿La hemos atravesado...

Por fin le veía la cara. Austin me sonreía heroicamente y yo estaba admirada.

-Pero la pared sigue ahí – balbuceé, incrédula, tocándola con mis manos.

Austin se rió.

-¿Quieres probar de nuevo para creértelo? – me cogió del brazo, arrastrándome.

Nuevamente estábamos en la oscuridad de mi cuarto.

-Fantástico – murmuré, maravillada por lo que acababa de ocurrir -. Es igual que en un sueño.

-No te equivoques – adquirió Austin, sujetándome por la barbilla -. Esto es real.

Sus dedos rozaron mi cuello, mas yo aparté su mano de un manotazo...

-¿Vas a morderme ahora? – me encaré a él -. Has venido para eso ¿no? ¿Es que intentas comprarme con tus juegos de magia primero? Ya te dije que yo no...

-Que tú no eres mi esclava – prosiguió Austin en tono grave -. No pienso tratarte como a tal, así que puedes dormir tranquila, Raine. Sólo he venido porque quería olvidar la soledad por un rato.

Sus últimas palabras me hicieron abrir el corazón. Entonces se hizo el silencio y supe que Austin ya no estaba...

Me fui a la cama con una tonta sensación de impotencia y culpabilidad. Apenas puede dormir. A las cinco de la mañana estaba en pie, haciendo abdominales, dejándome llevar por la música a través de los auriculares de mi walkman.

Más tarde la ducha apagaba el fuego de mi piel sudorosa, relajando mi mente y mis nervios. Y acabé sobrepasando los diez minutos límete de agua caliente que Nausicäa había expuesto junto a otras normas en su discurso de bienvenida.

 

 

Continuará...

 

Comentarios, críticas mordaces y suaves mordiscos a [email protected]

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1