Luna Llena
CAPÍTULO I
Sombras
"El primer día es siempre el peor", me decía, tratando de infundirme ánimos mientras me dirigía con la agilidad de una liebre asustadiza a la Universidad Helsenfeinn, de la ciudad de Oslo.
La Universidad no se hallaba muy lejos de la pensión a la cual me había trasladado, lejos de mi casa de Kristiansand, pero aquella mañana parecía que la hubiesen empujado un quilómetro más atrás.
"Cuando menos te des cuenta volverás a estar en tu cuarto."
Por fin pisé el campus y me introduje en el edificio de piedra vieja y antigua. Entre todos aquellos estudiantes de aspecto adulto y seguro me sentí perdida y confusa. Apreté el paso y subí las escaleras que me conducirían a mi respectiva clase sin mirar las caras que me rodeaban... Al menos así me lo había propuesto hasta que me crucé con aquellos ojos... Eran unos ojos casi felinos que creo me hipnotizaron de algún modo.
Su dueño me miró fijamente como si me conociera. Parecía sorprendido, quizá, de que me hubiera quedado observándole tan descaradamente... Pero fue en ese instante cuando sentí un horrible pinchazo en las sienes, como si una aguda flecha hubiera traspasado mi cabeza de lado a lado. Me agarré rápidamente al pasamanos de la escalera para no perder el equilibrio y caer rodando peldaño a peldaño.
-¿Te encuentras bien?
-Sí respondí, aún sin saber de dónde provenía aquella voz.
Pensé en aquel chico, pero al levantar la cabeza ya no estaba. Me volví a derecha e izquierda, buscándole, y lo único que recibí fue un empujón tras otro de los estudiantes a los que molestaba el paso.
"Eres una chica especial", me decía mi abuela cuando vivía con ella y el abuelo en Kristiansand.
Tía Hedwig, la hermana menor de mi madre también me lo decía. Ellos se ocuparon de mí al quedarme yo huérfana a los seis años. En esa época todos los que me hablaban lo hacían para compadecerse de mí: "pobrecita Rainy", "Rainy, no te dé vergüenza llorar", "oh, mi pequeña Rainy"... Los odiaba y sobre todo odiaba que me llamaran "Rainy" ¡cuando mi nombre era Raine, pronunciado "rein" y no "reini"!
Y, ahora que estaba en Oslo, fuera de todas aquellas miradas de caramelo, me sentía libre, asustada también, pero libre: independiente por fin. Puede que hasta, en cierto modo, especial.
Especial... ¿Por qué especial? En realidad, siempre me había sentido diferente. Recordaba que antes de que mi padre sufriese el accidente de tráfico, que lo apartó de mi lado después de la muerte de mamá, tuve un horrible dolor de cabeza. También me ocurrió lo mismo antes de que decidiera aceptar la beca de la Universidad de Oslo. Era como una especie de sexto sentido que me avisaba que algo iba a cambiar mi vida.
Aquel chico volvió a aparecer ante mí al finalizar las clases, sacando de su taquilla un casco d moto y sonriéndome con extraña picardía. No correspondí a su sonrisa, sino que le miré directamente a los ojos y esperé a ver qué pasaba mientras, caminando, me acercaba más a él. Me preparé para recibir de nuevo el tremendo pinchazo en la cabeza, presentía algo raro, un misterio que emanaba de sus ojos verde y plata y que penetraba en mis entrañas.
Sin darme cuenta, lo rocé con mi hombro y un incomprensible electricismo recorrió mi columna vertebral de arriba abajo. Me detuve y advertí sus pupilas clavadas en mi espalda. Otra descarga eléctrica me estremeció toda. Corrí hacia la salida.
Temblaba y tenía cierta sensación de mareo; sin embargo, no era capaz de explicarme si se debía al miedo o a cierto grado de satisfacción... Empujé la puerta de la pensión hacia adentro, el vestíbulo ya olía a comida.
-¿Cómo te ha ido? ¿Vienes cansada? me preguntó la dueña de la pensión, una flacucha solterona apasionada del ballet y la música clásica.
Se llamaba Nausicäa Berasta y yo trabajaba para ella en aquella pensión a cambio de mi hospedaje allí. Aunque parecía muy mandona y perfeccionista a simple vista enseguida le cogí confianza. Había algo en ella que me daba confortabilidad, la rodeaba un halo muy positivo... Quizás esto se debía a que Nausicäa Berasta y mi madre habían sido compañeras de clase en el instituto de Kristiansand.
De repente, mientras trataba de poner el mantel sobre la mesa, un pinchazo de aguja penetró tras mi nuca y tuve que sentarme inmediatamente. Escuché la voz de Nausicäa fuera.
-¿Ya funciona? preguntaba.
El motor de un coche rugió como un león.
-Te he cambiado una de las válvulas se sintió el abrir y cerrar de la puerta del automóvil -. Yo que tú me decidiría de una vez porr todas a enterrar este trasto...
-Me casé hace seis años con él, no puedo dejarlo así como así.
Por fin pude incorporarme y me dirigí a la ventana; pero en cuestión de segundos regresé, nerviosa, a mis quehaceres, moviéndome de un lado a otro con las mejillas acaloradas...
"Es él", me dije, tajante conmigo misma. "Es él."
-¿Te refieres al chico? me preguntó Nausicäa después de preguntarle yo a ella sobre la persona que le había arreglado el coche -. Es el muchacho de los Kissatt, son vecinos nuestros. Vive con su madre y su abuela, el padre falleció ya hace tiempo.
-¿Cómo se llama?
-Austin. El chico es una maravilla, sabe de coches y motos más que un mecánico. La cucaracha aún vive gracias a él.
Se refería a su coche negro, redondo y pequeño como un huevo de gallina.
-¿Tiene mi edad?
-No, creo que tiene algunos más que tú Nausicäa me hablaba desde la cocina -. ¿Te interesa? Es muy buen partido...
Negué precipitadamente. Nada más lejos que pensar en buscar novio...
-Los Kissatt son gente buena, no hagas caso de los rumores que escuches sobre ellos.
Me acerqué a Nausicäa instintivamente, llena de curiosidad.
-¿Qué clase de rumores?
-Sólo rumores: personas que no tienen nada que hacer y por eso los cuentan.
Me fui a la cama aquella noche con muy pocas ganas de dormir, como todas las noches de mi vida desde que descubrí que existía algo llamado muerte. Estaba ya acomodada entre mantas y sábanas cuando un irrefrenable impulso me empujó a levantarme y asegurarme que la ventana de mi cuarto estaba cerrada.
Esta ventana daba justo a la casa donde vivían los Kissatt. En una de sus ventanas, que se hallaba a la misma altura que la mía, había luz encendida. Corrí apresuradamente las cortinas.
Tenía un presentimiento. Algo iba a pasar y tendría mucho que ver con aquella familia a la que ni siquiera conocía.
Aquella noche no soñé con el acostumbrado accidente de papá en la explosión de la gasolinera, ni con mamá, inerte sobre su lecho, tan blanca y fría como el mármol. Aquella noche había una imagen desconocida en mi mente... No, no era una ¡sino tres! Tres sombras, pero dos ojos que me observaban escrutadoramente, verdosos con un brillo plateado. Su sonrisa era maliciosa, cálida y sensual, e hizo que mis glándulas segregasen un sudor frío por todo mi cuerpo.
-No debo tener miedo susurré adormecida.
Entreabrí un poco los ojos para mirar hacia la ventana e imaginarme aquella casa a pocos metros de la mía.
Por la mañana, después de recoger los platos del desayuno y prepararme para mi segundo día universitario, necesité hacer un gran acoplo de valor para salir a la calle: nuestro vecino acababa de sacar su moto y se colocaba el casco. Vestía de negro de arriba abajo, con una chaqueta de cuero de las que a mí tanto me gustaban...
Sentí deseos de darme una bofetada, ¿qué estaba haciendo ahí plantada como una lela, contemplándole como si fuese una estrella? Al pensarlo, no pude evitar admitir que era guapo, alto, de cuerpo fuerte: atractivo. Llevaba el cabello oscuro y liso, peinado hacia atrás, aunque algunos mechones largos le caían sobre sus ojos felinos...
Nuevamente, una flecha atravesó mi cabeza. Gemí, parecía que me hubiesen herido realmente y la sangre caliente resbalara por mi cara.
Tambaleándome y sudando seguí caminando. La moto del llamado Austin pasó delante de mis narices.
¿Quién eres?
La voz provenía de mi mente, pero no era mía. ¿Quién me estaba hablando?
Eres tú, ¿verdad? No debes tenerme miedo. Vienes a ayudarme ¿no es así?
-"¿Ayudar? ¿Ayudar de qué?"
¿¿Ayudar a quién??
Silencio. La voz se había esfumado por completo, dejándome horriblemente confundida.
Transcurrió una semana sin que sucediera nada anormal, sin dolores de cabeza ni misteriosas vocecillas que parecían salir de mi propia conciencia.
Muchas veces me crucé con Austin por los pasillos. No nos habíamos dirigido aún ninguna palabra, ni tan siquiera un saludo. Entre nosotros sólo parecían existir aquellas incansables miradas que me causaban descargas eléctricas por todo el cuerpo. A veces me hacían temerle y entonces m daban ganas de encerrarme en el lavabo de las chicas para escapar de sus ojos. Estos eran iguales a los de una pantera negra, por eso, cada vez que me lo encontraba, la imagen del animal me cegaba la vista.
-A-ma-tis-ta silabeó alguien a mi oído cuando recogía los libros de mi taquilla para marcharme a casa.
Aquella voz susurrante encendió pequeñas llamaradas de electricidad en mi cara y espalda. Sabía de quién se trataba aunque le había escuchado muy pocas veces. Le reconocí enseguida.
-Raine dijo, apoyando su hombro izquierdo en la puerta de la taquilla vecina a la mía. Me miraba fijamente a los ojos -. La de los ojos amatistas.
Me sonrió con picardía. Entonces un chico le llamó y enseguida se fue de mi lado.
Durante un buen rato permanecí en mi sitio, bien quieta, con los libros apretujados contra mi regazo, escuchando cómo su voz hacía eco en mi pensamiento.
"Amatista..."
Y aquella voz...
"No debes tenerme miedo."
Y nuevamente la suya...
"La de los ojos amatista..."
"Vienes a ayudarme ¿no es así?"
Aquella voz.... Era la suya, la suya... Fue Austin quien se metió en mi cabeza el otro día. Era Austin quien aparecía también en mis sueños y era él quien despertaba todos mis instintos de alerta. No se trataba d un chico normal, tenía poder, un enorme poder: era una especie de brujo. ¿Cómo lo sabía yo? Eso era algo que aún no podía comprender...
Al llegar a casa y cerrar la verja tras de mí sentí su respiración en mi nuca. Me giré lentamente.
-Me has reconocido sonrió con malicia.
Yo palidecí, nerviosa, mientras por mi cuerpo chocaban numerosas fuerzas eléctricas entre sí. Miré a un lado y a otro del jardín de Nausicäa, su césped bien cuidado, sus rosales, sus arbustos... Y volví a posar mis ojos sobre él.
-¿Me permites que pase?
Austin señaló la verja con sus pupilas y yo se la abrí.
-¿Quién eres? murmuré entonces -. Desde que vivo aquí apareces en todoss mis sueños. Eres tú quien me pide ayuda ¿por qué? ¿No eres una especie de brujo?
-Shhh me indicó con el dedo índice sobre sus labios -. Eso sólo debes saberlo tú y guardarlo en secreto.
Austin acercó su mano a uno de los rizos que caían sobre mi cara.
-Sé lo que sientes cada vez que te cruzas conmigo. Eres muy expresiva, me es muy fácil leerte el pensamiento, creí que sería más difícil.
Empecé a notarme las mejillas ardorosas y tuve deseos de escapar.
-Tú eres la única que puede salvarme dijo Austin en ese instante.
-¿Qué es lo que te pasa para necesitarme? tragué saliva con nerviosismo, todo mi cuerpo era ahora como un terremoto.
-¿De veras quieres saberlo? algo tuvo que percibir en mí porque separó su mano de mi cabello y dio un paso atrás -. Estás temblando, desde aquí puedo oír tus rápidos latidos.
-Espera le llamé al ver que daba media vuelta -. Pero entonces cómo...
-Solamente si soy invitado me interrumpió con gravedad -, entonces lo sabrás. Pero no quiero que me invites.
-Pues te invito.
Pero ¿a qué le invitaba? ¿Y por qué a los seres anormales como yo nos gustaba sentir el peligro acechando, cercano?
Austin seguía serio. Finalmente esbozó una trágica sonrisa.
-Cierra bien tu ventana esta noche. Hazme caso.
Pero no le hice caso y aquella noche entreabrí la ventana. Traté de permanecer despierta con la mirada clavada en ella, esperando a que Austin apareciese en cualquier momento volando o dando un gran salto como en las películas; sin embargo, acabé durmiéndome.
En sueños, vislumbré una sombra que se deslizaba en mi habitación y se acercaba a mí. Una mano acarició mis cabellos y mi cuello. Era cálida. Seguidamente, unos labios se posaron sobre mi cuello y sentí dos agujas clavándose en mi piel. El dolor me hizo abrir los ojos: flotaba en el aire en brazos de aquella sombra. Me estaba mareando.
-¡No! grité, débilmente, sin apenas voz.
Mas mis ojos volvieron a cerrarse y me dormí.
Continuará...
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