~BERCEUSE~
Las ruinas eran siempre deprimentes de ver, aunque aquéllas fueran las famosas ruinas de la Acrópolis, no le gustaban. Le traían un extraño olor a muerte, lo podía detectar aunque la brisa le trajese el olor del mar, el olor del azul oscuro del Mar Egeo, visible desde donde ella se hallaba.
Hacía ya más de diez minutos que tarareaba la misma canción, en el mismo sitio de siempre y a la misma hora de siempre. Casi lo había cogido como una obligación, tenía esperanzas de que "ella" pudiera escucharla... Porque ella estaba allí, en Atenas, muy cerca suyo, pero tan lejos...
La canción era una canción de cuna, el único de los pocos recuerdos imborrables que conservaba de su infancia. Era la canción de cuna que le cantaba su hermana mayor, su querida Daniella, su "mamá", cuando estaban en el Orfanato de Saint Michel, en Marsella; aquella horrible ciudad de Francia que ella odiaría toda su vida.
Dentro de pocos días se cumplirían catorce años desde la última vez que ella y su hermana Daniella estuvieron juntas. La despedida fue tan rígidamente cruel que el sentimiento desgarrador de impotencia y tristeza volvían a golpearla con la misma fuerza en el pecho al recordarlo en el presente.
-"Gina, debes ser fuerte aunque yo no esté."
Sonrió al recordar sus palabras, Daniella siempre la llamaba Gina... Ella decía que su verdadero nombre Angelina era casi un castigo porque ningún ángel las había ayudado desde la muerte de sus padres. Decía que los ángeles no existían.
-"No, yo quiero ir contigo..."
Pero aquello enseguida le fue prohibido por las hermanas que se encargaban del Orfanato de Saint Michel. La Hermana Helène ni siquiera permitió que se abrazaran, la tenía muy bien sujeta por los hombros y le apretaba con fuerza, clavándole los dedos. Si hubiera tenido las uñas largas habría acabado haciéndole sangre, pero las monjas no podían llevar las uñas largas, como tampoco podían llevar el cabello largo; aquello era indicio de indecencia para con Dios, y era castigado con un largo voto de silencio o con encierro.
-"¡Pronto volveremos a estar juntas!"
Aquéllas fueron las últimas palabras que escuchó de su hermana Daniella, se la llevaron en un coche dos hombres bien vestidos, con corbata... El coche era del estilo que conducían todos los que tenían dinero, de color negro, lustroso... Las hermanas le explicaron que a Daniella la habían adoptado "unas personas muy buenas y con mucho dinero que le darían todo lo que quisiera". Pero Gina nunca las creyó. A su hermana no la había adoptado ninguna familia adinerada que la querría y la mimaría como a su hija... Daniella sería llevada a algún lugar donde viviría completamente sola, algún lugar desconocido y horrendo y su hermana lo sabía, lo supo desde el principio en que las hermanas le dijeron con una sonrisa que iba a ser adoptada... Gina advirtió que sus ojos estaban llenos de temor, casi pánico, cuando ella le contó lo que le habían explicado las hermanas del Orfanato de Saint Michel.
Gina se prometió a sí misma que en cuanto cumpliera la mayoría de edad se marcharía de allí, de Marsella y la buscaría por todo el mundo. Aunque no supiese dónde estaba, la buscaría, la buscaría durante todos los días de su vida hasta que llegase el día de su muerte... Siempre había tenido la extraña sensación de que moriría demasiado pronto...
Desde pequeña era como si un oscuro presentimiento la persiguiera, como si la muerte la siguiera a todas partes y esperase cualquier distracción de su parte para poder envolverla en aquel manto negro del olvido... La notaba muy cerca, cada día más; el olor a muerte que sentía en todos los rincones era un aviso. Se trataba de un olor que no podía describir por lo repugnante que era, así se imaginaba que debían oler los cadáveres en estado de putrefacción, y en ocasiones era tan fuerte que la hacía vomitar. Sólo aquella canción disipaba el olor, quizá fuese el único regalo que le habrían hecho esos ángeles de los que le hablaba Daniella.
El día en que cumplió dieciocho años, el día más esperado, la Hermana Helène le entregó un sobre. En él ponía su nombre, el trazo era fino e impecable: "Para Angelina Mezàme". Deseaba que fuese de Daniella pero al leer su nombre completo supo que no era de ella, ella jamás escribiría "A-n-g-e-l-i-n-a".
Lo abrió y dentro encontró dinero, algunos billetes, no demasiados...
-Ahora puedes decidir qué camino quieres tomar: puedes marcharte de Saint Michel o también puedes quedarte con nosotras a ayudar...
Y Gina entendió que el dinero era del orfanato, no de su hermana sino de la caridad de las monjas que formaban parte de él. Entendió también que lo que la Hermana Helène quería era que se quedase en el orfanato para siempre ante la vista de aquel pequeño conjunto de billetes con los que no podría ir a ningún lado...
Sabía que necesitaban ayuda pero ella jamás se quedaría por más tiempo en aquel lugar, lo odiaba, odiaba también a las hermanas que castigaban tantas veces sin motivo, y sobre todo odiaba a la Hermana Helène que ni siquiera le había permitido abrazar por última vez a su hermana. No, no se quedaría allí, no quería ayudarlas ¡al contrario! Ojalá un terremoto pusiera fin a aquella horrible cárcel llamada orfanato.
Recordaba ahora las veces que la Hermana Helène le había cortado el cabello porque lo tenía rizado y decía que eso era por culpa de sus padres que habían pecado y Dios la castigaba en su nombre haciéndole aparecer aquellos rizos. Recordaba las veces que la encerró en el andrajoso almacén lleno de ratas porque se peleaba con sus compañeros... Y también recordó al repugnante Padre Jean Pierre que la obligaba a quedarse con él a solas para satisfacer sus "necesidades" aunque después le regalase aquella cadenita con la cruz plateada cuando hubo de mudarse a la Iglesia de Toulouse. Nunca ansió la muerte de alguien con tanta intensidad como deseó la del Padre Jean Pierre.
No, detestaba aquel lugar...
-¿Dónde está mi hermana? - preguntó entonces Gina.
Pero la Hermana Helène sonrió a la par que respondía:
-No te lo puedo decir, Angelina.
No importaba, lo averiguaría algún día u otro. Lo importante ahora era salir de aquel infierno...
-Gracias - murmuró Gina guardándose el sobre en el bolsillo de sus andrajosos pantalones tejanos.
Lo dijo sin levantar la vista para mirarla, lo hubiera hecho si estuviera agradecida; sin embargo, no lo estaba. Tantas penalidades y sufrimientos que había pasado no los disiparía un sobre que contenía tan poco valor...
-¿Piensas buscar a tu hermana? - le preguntó.
-Sí - respondió Gina, aún sin levantar la vista.
-Ella está muy lejos de Marsella, en realidad no está en Francia. Tardarás en encontrarla...
¿Detectaba cierto tono de resentimiento en la voz de la Hermana Helène? ¿Era tal vez arrepentimiento?
Gina esperó, quizá se cumpliese el milagro, quizá la cruz que le regaló el Padre Jean Pierre sí la ayudase, aunque ahora se hallase enterrada en el austero jardín del edificio de Saint Michel... ¿Dios, por qué tenía ahora que acordarse de ese repugnante ser?
-Se nos prohibió decirte esto, Angelina, pero...
¿Pero? El corazón le iba a cien por hora...
-Creo que te hará algún bien saberlo - la Hermana Helène carraspeó -. Ella ahora vive en Atenas ¿sabes dónde está?
Sonrió para sus adentros, eso era lo único que necesitaba saber. No, no sabía dónde estaba, pero alguien se lo diría... Nunca fue buena alumna de las clases de la Hermana Josephine por su mala costumbre de azotar con aquella varilla que hacía servir de fusta... La vez que azotó a su hermana Daniella en las palmas de la mano se prometió que nunca la escucharía... Y así fue hasta el último de sus días en Saint Michel.
Ahora por fin estaba en Atenas, había tardado tres meses en llegar allí y hacía exactamente una semana y un día que vivía en aquella ciudad de la que no conocía ni las costumbres ni el idioma. Una ciudad en la que estaba totalmente perdida, sola y cada vez más cercana a la muerte, lo sabía. No le gustaba pensar en todo lo que había tenido que hacer para llegar hasta allí desde que salió del Orfanato de Saint Michel...
Trataba de no pensar en los hombres a los que había tenido que ofrecerse para conseguir el dinero con el que pagarse el viaje a Atenas, las veces que había escuchado "si haces lo que yo quiero te pagaré el doble", la veces que había sido abofeteada e insultada, el total de veces que había sido enajenada...
Sin embargo, la alegraba aquella sensación de estar ahora en el mismo lugar que su hermana... A lo mejor el suelo terroso que ahora pisaba había sido pisado antaño por su hermana, quizás hasta en esos momentos estaba cantando la misma canción que ella o, incluso, la estaba escuchando.
Cuando dejó de cantar el olor a muerte volvió a penetrar salvajemente hacia el interior de sus fosas nasales... Se acercaba el día y aún no había encontrado a Daniella...
Ya no le importaba que su cuerpo fuera algo tan inerte como el de una muñeca de trapo, que se hubiese convertido en algo parecido a una máquina que hacía lo que fuese por algo de dinero para poder pagar la habitación en la cual se hospedaba y poder llevarse algo de comida a la boca, ya no le importaba: estaba acostumbrada. El dolor y el asco hacia sí misma se habían ido disipando con el pasar de los días. Sólo una cosa le hacía levantarse cada día por la mañana: el recuerdo de su hermana.
Rememoró su físico de niña cuando estaban aún juntas y trató de imaginársela en el presente, una mujer joven, bella, quizá famosa... Fuerte y de carácter, como la conocía: impulsiva y terca. Ahora ella era así, quizá para mantener vivo el recuerdo de Daniella se había transformado en la propia Daniella, enterrando su timidez de niña...
¿Dónde estaría? ¿Por qué tenía la sensación que nunca la encontraría?
Era como una extraña prohibición, alguien le prohibía saber nada de ella como si Daniella ya no perteneciese al mundo de los seres humanos...
En ese momento percibió a alguien detrás suyo, se giró con cuidado, mas no vio a nadie. Volvió a fijar su mirada en el mar y sus labios comenzaron nuevamente a tararear la canción de cuna.
-Es una canción muy alegre - dijo una voz detrás de ella.
Gina volvió a girarse, esta vez algo asustada, pero continuó sin ver a nadie.
-¿Quién eres? - preguntó.
Era un hombre, al menos la voz era grave como la de un hombre... Y lo mejor de todo es que hablaba su idioma...
-Ella me hablaba mucho de ti - dijo la voz.
-¿Ella? ¿A quién te refieres? - Gina notó cómo su corazón le golpeaba rudamente en el pecho y un rayo de esperanza le atravesó -. ¿Te refieres a Daniella? ¿A mi hermana?
-Ella ya no se llama Daniella... - dijo la voz.
-¿Cómo se llama? ¿Dónde está? - preguntó con desesperación -.¿Sabes tú dónde está? ¿Sabes dónde está?
-Está muy cerca de ti, ella puede llegar a ti pero tú a ella no...
Gina se repitió aquellas palabras pronunciadas por el aire... ¿Qué significaba eso?
-Ella quiso ocupar tu lugar, el sitio que a ti se te había asignado. Tú deberías estar donde está ella ahora... - dijo la voz.
-¿Quieres decir que en realidad me habían adoptado a mí?
-Al lugar a dónde ibas a ir es casi como un infierno donde sólo sobreviven unos pocos, ella no quería que te pasase nada malo, por eso quiso que la cogieran a ella en vez de a ti.
-Pero ¿y ella? ¿Ella está bien? ¿Está viva?
Hubo silencio.
-Sí - respondió la voz, finalmente.
-¿La puedo ver? ¿Dónde está? - preguntó nuevamente insistente, Gina.
No recibió respuesta, parecía que la voz se había esfumado por completo. Pero, en serio, ¿alguien le estaba hablando? Seguramente comenzaba a volverse loca, seguramente era esa sensación de estar tan cerca de la muerte por la que ya empezaba a delirar.
-Mi tiempo se agota - dijo entonces la voz.
-¿Qué quieres decir?
-Estoy aquí cumpliendo una petición de tu hermana...
-¿Quién eres?
-Yo amé durante mucho tiempo a tu hermana, la he protegido durante todo este tiempo. Ya no podré protegerla más...
Su voz era tan triste que a Gina se le encogió el corazón. Fue en ese preciso instante cuando advirtió que la voz hablaba en pasado...
-Tú... ¿Estás muerto? - dudó un momento al decirlo.
No recibió respuesta, pero tampoco hacía falta. Gina ya estaba totalmente segura, esa voz debía de ser de un ángel, de uno de esos ángeles de los que se burlaba Daniella y que ella misma le había enviado ahora para que le hablase.
-Sólo quería decirte que tu hermana sigue pensando en ti.
-Quiero encontrarla, por favor dime dónde está... - suplicó Gina.
-Al lugar no puedes acceder por mucho que lo desees...
-Pero quiero verla, yo voy a morir ¿sabes que voy a morir?
Y la voz se silenció, y al volver a hablar lo hizo apenada y en forma de susurro:
-Sí... También estoy aquí por eso... Pero no puedo decirte donde está, ella me lo prohibió...
-¿¿Daniella?? ¿Por qué?
Sintió un pequeño golpe en el corazón, sabía que ya no recibiría más respuestas de aquella especie de ángel... Se resignó a lo que parecía ser su destino...
-Al menos dime tu nombre...
-Casius, ése es mi nombre.
-Gracias - sonrió a algo que estaba frente a ella, aunque no pudiese verlo.
Cuando se dio cuenta estaba justo en medio de la carretera, tumbada en el suelo. Vio a gente, mucha gente a su alrededor. No entendía lo que decían, aún no sabía lo que significaban aquellas palabras griegas. Sentía su cuerpo entre mojado y pegajoso, pero no sentía dolor...
Vio a un camión justo delante suyo, todos la miraban asustados... Algo le resbalaba por la frente hasta la oreja, quiso mover la cabeza pero su cuerpo no respondía, aquel líquido que le resbalaba le hacía cosquillas...
Esta vez volver a sentir el típico olor a muerto que la había acompañado durante toda su vida la hizo sonreír.
¿Aquello era la muerte?
Alguien apareció delante de sus ojos, resplandecía envuelto en una luz entre blanca y violeta.
-Vamos - dijo la voz.
-¿Casius?
-Sí soy yo.
Quería verle la cara pero el resplandor era demasiado intenso, apenas distinguía su silueta... Quizá fuese que los ángeles no tenían cuerpo, que fuesen sólo luz.
-Mi hermana...
-Está aquí - dijo Casius.
-¿Dónde?
-Mira a través de mí...
¿A través de la luz? No podía, le cegaba los ojos...
-Está muy cerca, siempre estuvo cerca de ti, nunca te dejó sola...
-Daniella... - creía que llamándola la vería.
-Mira a través de mí...
Gina parpadeó torpemente y miró fijamente hacia la luz brillante. La imagen fue borrosa pero aún así la distinguió...
Los cabellos eran verdes... Como los tréboles...
La piel era pálida... Como la porcelana...
Los ojos eran oscuros... Como el bosque por la noche...
Gina volvió a parpadear, empezaba a temblar, tenía frío. Sintió la canción ¿la cantaba ella? Percibió que la abrazaban y acariciaban su mejilla, quizás limpiándole la sangre que resbalaba de la herida en la frente. Entonces dejó de sentir frío.
Daniella...
Quiso llamarla, la imagen de aquella mujer cada vez se hacía más borrosa, pero su garganta no respondía, ni su lengua, ni sus labios.
-Has sufrido mucho, descansa ya, Gina.
Su voz... Cómo se parecía a la de cuando era pequeña y le decía "los ángeles no existen", aunque ahora el tono era un poco más grave, más maduro.
-¿Estás preparada, Gina?
-¿Casius? ¿Sigues ahí? - preguntó Gina.
-Sí aquí estoy, ven, sígueme. Yo te guiaré en el camino.
-La he visto, la he visto por fin, a Daniella. Está muy guapa.
-Sí, ella es muy hermosa.
-¿Cómo se llama ahora?
-Se llama Shaina...
-Shaina... Ella está cantando nuestra canción de cuna, sabe cantar muy bien.
-Sí. Venga, vamos. El camino será largo, Gina.
-Ojalá pudiese quedarme ahora con ella, ahora que por fin la he encontrado.
-Lo siento, Gina... Pero ya es hora de que descanses... Vamos.
Aquella mujer joven, de cabello del color de los tréboles observó por última vez el rostro de Gina antes de que los médicos la cubriesen con esa estéril sábana blanca y la metiesen en la ambulancia. Poco a poco las personas que habían formado un coro alrededor fueron desapareciendo, ocupándose nuevamente de sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido...
Finalmente la mujer se quedó sola en el callejón...
Sola, abandonada, como siempre había estado, el destino jugaba otra vez a quitarle todo lo que ella amaba.
Nadie pudo ver las lágrimas que cayeron de sus ojos, nadie vio la expresión de rabia y tragedia en su cara. Que así fuera, que nunca nadie pudiera ver aquel dolor en su faz...
Y haciéndose esa promesa se cubrió el rostro con la máscara.
~ FIN ~
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