CAPITULO 7: Los enemigos de la orden del temple.
El intruso comenzó a merodear cerca de Star Hill. Sin duda alguna, pensó, ésta sería una misión
fácil. Y con el plus de poder eliminar algunos Caballeros del Santuario de Athena. Esto si que
era tener mucha suerte.
Sigilosamente se deslizó entre las piedras, mientras visualizaba sus objetivos unos metros más
abajo. Sería un buen final para una batalla que habían empezado prácticamente ganando.
Confiadamente se lanzó al ataque...
Hacía una semana, Monasterio de Saint Rémy, Pirineos francoespañoles...
La orden del temple ha sido desde el amanecer de la era cristiana la guardiana en Europa de la
paz y la justicia, pero siempre a un nivel subterráneo. ¿Porqué? Porque ellos se supone están
muertos. Ellos no son más que una nota extraña en la historia. Acusados de brujería, adoración
satánica y prácticas blasfemas, fueron muertos. O eso dice la historia. Pero en realidad la orden
perdura, poderosa y humilde a la vez, en el monasterio de Saint Rémy, ocultándose, y listos por
si algún día Europa necesita ser defendida una vez más. Pero este día, 13 de agosto de 1991, no
sospechan que la desgracia está a punto de abatirse sobre ellos...
- Jean, ¿Te pasa algo, viejo amigo?
- No lo sé, Charles. No sé si esta es la vida que de verdad me corresponde vivir.
- Bueno, si que es una forma extraña de vivir, ser monjes guerreros ocultándonos en un
monasterio abandonado en los Pirineos, pero de ningún modo me he cuestionado alguna vez nuestra
forma de vida. ¿Sabes? De no ser por que el Maestre Vlad de Valaquia me rescató, tal vez seguiría
siendo un vago deambulando por las calles de Manchester, intentando conseguir techo y un poco de
coca para sobrevivir.
- Sí pero el Maestre no te rescató así nada más porque sí. Lo hizo porque vió en ti el potencial
para ser miembro de la orden. Vió en tí el brillo de uno de los Caballeros Templarios.
- Ja, si, bien, todo eso es muy bonito, pero...
- Nah, déjemoslo para después. Debemos ir ahora mismo al comedor, si no los demás nos dejarán
sin nuestras raciones.
Al entrar en el comedor del monasterio, ya los esperaban los demás Caballeros de la Orden y los
dos jefes principales, el ya mencionado Maestre Vlad de Valaquia, y el Grand Maestre de la Orden,
Georges de La Pérouse, Protegido de San Juan De Jerusalén. Al entrar ambos Caballeros en el
comedor, el Maestre Vlad se levantó y comenzó a hablar:
- Bueno, hermanos, ahora que todos estamos reunidos aquí, creo que es hora de tomar nuestros
alimentos. Pero antes, Jean y Charles, debo decirles que traten de no retrasarse la próxima vez.
- No hay problema, señor.
- No volverá a pasar.
- Muy bien, ahora sienténse.
Podría pensarse que la comida en un monasterio es frugal, pero en el caso de la Orden de Los
Caballeros Templarios, esto no se aplicaba. La comida era hecha por Vittorio de Sica, de Italia,
experto en cocina, y consistía en viandas tan suculentas que la realeza de Europa quisiera para
sus mesas.
- ¿Saben que pronto se acerca la semana de Luto? -preguntó Iván Kemidoff, protegido de San
Nicolás, mirando a sus compañeros de mesa.
- Si, ya lo sabemos. El aniversario de las fechas en que la orden casi es destrozada el rey de
Francia.
- Son fechas muy especiales. Celebramos la resurrección de la Orden.
Así se encontraban los Caballeros tomando sus alimentos, cuando de pronto un gran estruendo
proveniente de las puertas del Monasterio hizo que todos saltaran de sus mesas. Se quedaron
inmóviles por un rato, esperando la aparición de un enemigo invisible, hasta que el Grand Maestre
rompió el silencio:
- Adolf, Vittorio, vayan y averigüen qué fue ese estruendo. Usen sus armaduras de ser necesario.
- Si, señor -contestaron al unísono los protegidos de San Leopoldo y San Felipe Neri.
Al salir del comedor, la forma de llegar a la entrada principal es atravesar un estrecho pasillo
revestido de paredes de piedra, y con unos Nichos en los cuales se encontraba una estatua de cada
uno de los Santos que protegían a la Orden. Al pasar frente a las representaciones de sus
respectivos protectores, Patronos de Austria y Roma, los Caballeros se arrodillaron y rezaron una
breve plegaria, implorando por su protección si es que algún peligro los aguardaba. Al terminar
se levantaron y salieron a la cámara principal.
La puerta principal del monasterio estaba abierta completamente, y un vientecillo fresco se
colaba por la entrada, anunciando las próximas heladas. Ambos tuvieron un extraño presentimiento.
- ¿Hay alguien ahí? -preguntó Adolf, ceñudo.
- Quienquiera que sea, en el nombre de la Orden de Los Caballeros Templarios, muéstrese por
favor.
La respuesta que esperaban fue el llanto de un niño, proveniente de afuera. Ambos se voltearon a
ver sin saber qué hacer, hasta que Vittorio dió un paso hacia el frente.
- Espera aquí, Adolf. Si oyes algo extraño ponte tu armadura y da la alarma.
Vittorio salió al patio del monasterio, guiándose por el sonido del llanto. Adolf se asomó y
seguía a su compañero con la mirada, viéndolo dirigirse hacia unas rocas. Ahí se arrodilló y
levantó un bebé.
- ¡Adolf, mira lo que encontré! ¡Parece que está bien!
De repente el bebé se desvaneció, y un rayo se estrelló contra la espalda de Vittorio,
arrojándolo contra la muralla del monasterio. Adolf rápidamente llamó a su armadura y se encontró
inmediatamente listo para la batalla.
La armadura de un Caballero Templario es bastante diferente a los diseños de las demás órdenes.
Tienen un ligero aire medieval, y todas son de color plata, negro, azul muy oscuro o cobre, pero
ya puestas, al igual que las de los Caballeros Atenienses, lucen magníficas, y la Armadura de San
Leopoldo no es la excepción. En su forma de descanso, representa al águila imperial Austriaca,
pero su color negro, al contrario del brillo helado de las Armaduras de los Dioses Guerreros, o
del aspecto sombrío y ominoso de los Sapuris de los Espectros de Hades, el negro de uno de los
Escudos Sagrados de los Caballeros Templarios parecía revelarla infinidad misma, y los brillos
parecían miríadas de estrellas refulgiendo en el Universo. Otra caracterítica de las armaduras de
los templarios es que todas cuentan con un escudo y con un arma, que varía dependiendo la
armadura. El arma de la armadura de San Leopoldo, es una Zweihander*, y su escudo lleva el
Águila Imperial grabada. También,cuando la portan los Templarios un cordón de monje aparece sobre
la cintura de ellos, el de Adolf era de dos hebras diferentes, roja y blanca.
- ¿Quién eres que osas atacar este lugar Santo? -preguntó a una figura que llevaba una armadura
rosa, sin casco, con el Cabello verde oscuro increíblemente largo, una cara mortalmente pálida
con una expresión que mediaba entre la tristeza y la tranquilidad y de cuyos brazos colgaban unos
lienzos transparentes que parecían alas de mariposa.
- Hum. Por lo visto los templarios no han cambiado nada desde la última vez que los enfrentamos.
- ¿Quién eres? -repitió Adolf, mientras su cosmo alertaba a sus compañeros que un peligro
rodeaba el monasterio- ¿Y cómo pudiste crear una ilusión tan poderosa?
- Bueno, mi nombre es Moa, y me llaman el Demonio Cazador de Espíritus.
Un estremecimiento recorrió la espalda de Adolf Hollern. Ya había oído hablar de este demonio,
creador de ilusiones, destructor de mentes, increíblemente poderoso. Y ahora lo tenía que
enfrentar él solo.
- ¿Y qué busca aquí el hijo de Salomé, la bruja?
- Bueno, Baphomet cree que es hora de terminar con la orden de los templarios de una vez por
todas. Entretenido, ¿No?
- Vittorio, vé adentro y advierte a todos que Baphomet ha regresado. Y diles que no viene solo.
- Está bien -contestó Vittorio con dificultad.
Una vez que Vittorio hubo desaparecido dentro del monasterio, Adolf encaró a su oponente.
- Muy bien, Moa. Estoy listo.
- Hum. ¿Crees que un templario con tan poco poder como el tuyo merece que malgaste mi energía?
Bastaría una simple ilusión y tu cerebro quedaría embotado para siempre. Por cierto, ¿No es ésa
muchacha que está allá a la orilla del río tu amada Christen?
Y Adolf cometió el peor error al enfrentarse a Moa. Dejó al descubierto sus sentimientos, y bajó
su guardia contra el demonio capaz de introducirse en lo más profundo de los corazones de las
personas. Volteó, y vió a Christen tal cómo estaba ese día, ese día que a él le parecía tan
lejano ya, ese fatídico día a orillas del Rhin. Y ella lo llamaba, lo llamaba tal y como ese día,
ese día de invierno, en que el río se cubre con una costra de hielo.
- Christen, no puede ser... pensé que estabas muerta... yo... yo...
- Vamos, vamos Adolf, ve con ella... te llama. ¿No deseas acaso estar con ella para siempre?
Vamos, vé hacia ella.
Y Adolf simplemente obedeció.
Mientras tanto Vittorio ya se había puesto su armadura y ahora estaba con todos sus compañeros
listos para la batalla que se avecinaba. Grand Maestre Georges sabía que lo mejor por ahora sería
huir, pues no sabían con cuántos demonios había venido Baphomet. Así que ahora todos saldrían por
diferentes puertas secretas del monasterio, mientras Jean Leopontier, protegido de San Luis y
Raoul Puskas, protegido de San Esteban, acudirían en ayuda de Adolf. Antes de separarse, Charles
sujetó a su amigo del hombro.
- Cuídate Jean. Nos veremos en la Cueva del Ermitaño.
- Lo haremos, amigo.
Y desapareció en la oscuridad.
- Christen, pero, pero... yo tuve la culpa ese día... ¿Cómo es que ahora estás frente a mí?
- ¿Acaso eso importa, Adolf? ¡Vamos, ven conmigo, y patinemos juntos como siempre lo hacemos!
-¿Ves Adolf? Ella ya te ha perdonado. Sabes que quieres ir con ella.
Adolf fue hacia ella, pero cada vez la veía más lejana. De repente, la escena cambió, y vió cómo
él, Adolf Hollern, sotenía a Christen entre sus brazos, parados enmedio de un gran espacio
blanco. Hielo...
- ¿Estás lista para hacerlo tú sola, amor?
- Yo.. no lo sé, Adolf, tengo miedo. ¿Crees que el hielo esté fuerte?
- Lo está. Vamos. Es hora de que lo hagas tú sola.
- ¡No! ¡No otra vez! ¡Christen, ése no soy yo! ¡No lo escuches!
- ¿Estás seguro que ése no eres tú, Adolf Hollern! -preguntó con sorna Moa, observando
complacido la escena.
Ambos patinadores se lanzaron con velocidad hacia el centro del río. De pronto, Adolf impulsó a
Christen con fuerza. Así le había enseñado su padre a él, y así le había enseñado él a sus
hermanos. No había nada que temer.
- ¡Adolf, Adolf! ¡El hielo se está rompiendo!
- ¡Nooooooooooooooo! ¡Idiota! ¡La empujaste muy fuerte! ¡La empujaste muy fuerte! -gritó
impotente Adolf.
Mientras tanto, el Adolf que estaba parado en medio del río, se quedó, tal como aquel día,
contemplando impotente cómo el hielo se quebraba bajo su novia, y ella era engullida por un
agujero azul. Moa abrió su venenosa boca.
- Horrible, ¿No? Ella ha muerto por culpa del arrogante novio, que creía que ella era tan buena
como él y la lanzó sobre una capa de hielo quebradizo con demasiada fuerza. Ella se hunde con
velocidad... demasiada velocidad... tal que no lograrán recuperar su cuerpo. Él se siente
demasiado culpable. Huye de su casa, de su familia, de la familia de ella, buscando en la soledad
expiarse de su culpa, caminando y caminando a través de los bosques de Europa, perdiendo la
noción del espacio y del tiempo... hasta que encuentra un monasterio en los Pirineos
francoespañoles. Él cree que abrazando la vida religiosa podrá olvidarla... pero se encuentra con
una orden de monjes guerreros, y ellos ven en él algún potencial. Lo entrenan y creen que él está
en la Orden por su amor a Cristo, a Dios y a la religión... pero no es más que un pobre diablo
tratando de olvidar que es un asesino...
- ¡No! ¡No es cierto! -contestó Adolf con evidente falta de convicción.
- Pero, mira... ¿No es ella otra vez, que está dispuesta a perdonarte?
Adolf levantó la vista y frente a él se encontraba ella de nuevo, con esa dulce mirada de sus
ojos azul oscuro, un tono de azul que él no había visto en ningún otro lado.
- Adolf, ven..
- ¿Ves, Adolf? Ella está dispuesta a perdonarte. Sólo acércate a ella...
- Adolf corrió hacia Christen, pero en el justo momento en que la abrazó, ella se deshizo en una
explosión de rayos, los cuales se estrellaron en el cuerpo del Templario. Moa observaba la escena
con una expresión indescriptible, mezcla de placer, lástima y crueldad.
- ¿Ves, Adolf? Aunque ella ya te ha perdonado, tus propios sentimientos de culpa impiden que te
acerques a ella. Pero aún así, lo intentarás nuevamente, ¿no es así?
- Yo... yo...
Adolf se levantó con decisión, y otra vez avanzó hacia la imagen de su amada. Y volvió a caer
fulminado por los rayos. Y así, una y otra vez, y su armadura empezaba a cuartearse, pero él
seguía atrapado en la fantasía mortal de Moa. Y ahora, estaba preparado para el golpe final, el
último ataque de El Demonio de Fantasía, que es el nombre de la técnica de Moa.
- ¡Adolf, amigo, no hagas caso!
Adolf volteó, y en la orilla del "Rio", se encontraban sus compañeros. Adolf estaba
completamente aturdido y no alcanzaba a asimilar cómo es que sus compañeros se hallaban ahí.
- ¿Jean? ¿Raoul? ¿Qué hacen aquí, en Austria? ¿No deberían estar en Francia?
- ¡Adolf, tienes que salir de la ilusión de Moa! ¡Tienes que hacerlo!
- ¿Qué? ¿Ilusión? ¿De qué hablan?
- No les hagas caso, Adolf. Ellos no están aquí realmente.
- ¡Adolf! ¡Tus pecados han sido perdonados desde hace mucho tiempo! ¡Tienes que destruir la
ilusión de Moa!
- Yo... yo... ¿Cómo puedo hacerlo? ¡No puedo, no puedo!
- ¡Adolf! ¡Reacciona!
- ¡Basta! -Gritó Moa, que había empezado a desesperarse- ¡Mejor váyanse de aquí, ahora que me
siento benevolente, si no quieren sufrir el mismo destino que su amigo! ¡Déjenlo morir en paz!
- ¿Crees acaso que somos estúpidos? -interpeló Jean- Tú no puedes usar el Demonio de Fantasía
contra más de una persona al mismo tiempo. Son las desventajas de técnicas tan complejas.
Moa enrojeció visiblemente al darse cuenta de que ambos Caballeros sabían el más grande defecto
de su poderosa técnica.
- ¡Malditos! ¡Los voy a destrozar!
Moa se lanzó al ataque y ambos Caballeros lo esperaron en guardia.
Mientras corrían entre las rocas que cubrían una barranca, Diego de Landa y Robert O'Bannon sólo
pensaban en huir rápidamente de el drama que se desarrollaba a espaldas de ellos. Eran los más
nuevos integrantes de la orden y, por ende, los menos poderosos. De cualquier forma, el Grand
Maestre les había dicho que poseían un gran poder, y ellos estaban dispuestos a no defraudar a su
mentor en caso de un combate. Pero por ahora lo importante era huir, mientras el aire fresco
parecía adquirir un matiz siniestro mientras pisoteaban ramas y hojas secas, restos de algunos de
los moradores del bosque, pedruscos pequeños e incluso basura que algún paseante descuidado había
dejado tirada ahí.
De repente, el viento se detuvo y ellos comenzaron a sentir un cosmo terriblemente poderoso que
parecía acecharlos desde todas partes.
- Dios, ¿qué es este cosmo tan poderoso? Dijo Diego, protegido de Santiago Grande.
- Es sin duda uno de nuestros enemigos -contestó Robert, mucho más decidido que su compañero-.
Bien, le enseñaremos lo que significa ser Templarios.
Una figura emergió de repente de una de las rocas. A los templarios les pareció una visión
fantástica esa sombra con cuernos, y pensaron que se encontraban enfrente del mismo Lucifer, que
parecía llevar una especie de armadura sobre una túnica, y una especie de báculo. Realmente era
cosa de verse y no de contarse.
- ¿Quién eres tú? -Preguntó Robert, el protegido de San Patricio, adoptando su guardia.
- Mi nombre es Bael.
- Bastante expresivo el demonio, ¿no crees, Diego?
Diego de Landa no contestó. Su mirada estaba fija en el oponente que ahora tenían enfrente.
Apartó de golpe la capa que lo cubría, dejando al descubierto una brillante armadura, azul como
el cielo nocturno, la cual representaba al águila real de la familia española, un cordón amarillo
y sus armas: escudo con las armas de la familia real española y espada toledana. Su compañero, al
ver esto, descubrió su armadura, la armadura del elfo, de color cobrizo, un cordón de color verde
y una cadena con una especie de gancho, obviamente con su respectivo escudo, que llevaba grabada
una cruz de hierro. Ambos encendieron sus cosmos y se prepararon a enfrentar a Bael.
- ¿Ustedes creen que me podrán ganar con ese ridículo cosmo? -preguntó la oscura figura, rodeada
por un cosmo rojo oscuro.
- Claro que lo haremos, cuernos -contestó Robert-, te mandaremos de regreso a el infierno.
Bael dió un paso el frente, dejando al descuierto su apariencia. Era un demonio de aspecto
apuesto que carecía por completo de expresión. Ni siquiera el color ámbar de sus ojos parecía
tener brillo. No así su cosmo, que parecía explotar a cada instante. Llevaba su armadura, de
color negro y que sólo consistía en un casco con la forma de la cabeza de un carnero, que se
cerraba sobre la mandíbula, un peto, hombreras, un cinturón y un par de botas, directamente sobre
una túnica blanca y el báculo tenía una cabeza de carnero en su extremo. De hecho, parecía más un
mago que un demonio.
- Al contrario, yo los mandaré a reunirse con su Creador.
- No lo creo -contestó Diego, lanzándose hacia su oponente-, recibe esto, ¡Corte Real!
- ¡Ataque de cadena luminosa!
Las armas de los Templarios rasgaron el aire, y una explosión junto con un sonido metálico
parecía indicar que habían dado en el blanco, pero, al disiparse el resplandor, los Templarios
descubrieron estupecfactos que las armas flotaban a unos cuantos centímetros de el rostro de
Bael.
- ¿Ahora lo han visto? No hay nada que puedan hacer ustedes dos contra mí. ¡Mueran!
Convirtiéndose en una especie de sombras, Bael se lanzó hacia Diego, que estaba prácticamente
pegado a él, golpeándolo terriblemente al atravesarlo y derribándolo.
- Ahora te toca a ti -dijo Bael volviéndose hacia Robert con una extraña semisonrisa-, te haré
que lamentes haberte encontrado conmigo.
- ¡Cállate maldito! ¡Cadena de Serpiente de Mar!
La cadena de Robert cortó el aire hacia Bael, pero éste hizo girar rápidamente su báculo,
atrapándola en el aire. Rápidamente enterró el báculo en el suelo, dejando fija la cadena, y se
lanzó a gran velocidad corriendo sobre ella. Robert sólo pudo contemplar estupefacto la figura
hecha de sombras justo antes de que lo golpeara, dejándolo muy malherido y prácticamente fuera de
combate. Atrás de él apareció la triunfante figura de Bael. Éste alzó su mano y la cadena se
desenrrolló de su báculo y éste viajó desde la tierra hasta su mano.
- Lo siento, humanos, pero asi son las lides de la guerra. No es nada personal, pero creo que
deberé de matarlos.
El poderoso demonio empezó a aumentar su cosmos a gran velocidad, preparándose a lanzar un
ataque devastador contra los dos caballeros y acabarlos al mismo tiempo, pero justo antes de
lanzar su ataque, percibió un cosmos poderoso atrás de él, y apenas logró voltearse y crear un
escudo de energía con su báculo justo a tiempo para bloquear un ataque muy poderoso. Los ropajes
de Bael se alzaron violentamente hacia atrás al crearse un estallido luminoso por el choque.
Cuando la luminosidad se hubo desvanecido, Bael aún sostenía su báculo en alto, los ojos del
carnero brillando con intensidad.
- ¿Quién anda ahí? -preguntó el demonio.
- Iván Kemidoff, protegido de San Nicolás.
Iván era un sujeto enorme, dos metros y 15 centímetros como mínimo. Usaba una armadura
broncínea, cordón color plata y usaba como arma una enorme hacha. Su armadura representaba al oso
boreal de Rusia.
- Aquí se acaba tu vida, Bael -dijo Iván alzando su hacha-. No te dejaré seguir lastimando a mis
amigos. Soy uno de los Templarios más póderosos.
- ¿En serio? Bueno, creo que deberás demostrarlo. ¡Pelea!
Bael atacó rápidamente con su báculo, pero Iván alcanzó a cubrirse con su hacha. Empujando
fuertemente con ésta, logró aventar a Bael hacia atrás, pero antes de que pudiera proseguir con
su ataque Bael alzó la mano y el caballero sintió como si se hubiera estrellado contra un muro
invisible.
- ¿Qué rayos fue eso? -inquirió mientras sentía el sabor de la sangre en su boca.
- Eso fue una defensa psicocinética. Creo que olvidé mencionar que tengo grandes habilidades de
esa naturaleza. Te lo mostraré.
Apuntando su dedo índice hacia la roca grandota tras la cual se había ocultado hacía un rato, la
hizo levitar en el aire y con una rápida indicación de su dedo, la dirigió hacia Iván. Haciendo
gala de sus habilidades como guerrero, Iván partió la roca en dos con su hacha justo antes de que
lo tocara.
- ¿Eso es todo lo que puedes hacer?
- Ustedes los humanos son tan confiados. ¿No te das cuenta que estás a punto de morir aplastado?
- ¿Qué dices?
Iván contempló horrorizado como las dos mitades de la enorme roca se abalanzaban sobre él,
dispuestas a comprimirlo entre las dos. Pero, al igual que antes, Iván las partió haciendo un
poderoso giro con su hacha. Las rocas estallaron en una nube de polvo.
- Como ves, no soy una presa tan fácil. ¿Por qué no te dejas de trucos e intentas pelear de
verdad, Bael?
- Muy bien, con gusto te complaceré -dijo Bael con una confiada sonrisa en su cara, mientras
empuñaba su báculo como si fuera un Bo-. ¡Prepárate!
- Cuando tu quieras, demonio -contestó Iván a su vez alzando su hacha-. No me derrotarás.
Mientras tanto, Charles, el Maestre Vlad y el Senescal Antonio Vieira huían a través del bosque.
El Maestre los conducía por una ruta que al parecer conocía bastante bien.
- No puedo creer que esos demonios hayan regresado. Es simplemente inconcebible que después de
tanto tiempo...
- ¡Y a mí se me hace inconcebible que tu pretendas escapar, Vlad de Valaquia!
Los Templarios se detuvieron inmediatamente, encarando las copas de los árboles, que era de
donde había salido la voz. Una figura finalmente aterrizó frente a ellos. Era un demonio con
armadura plateada, pelo rubio alzado sobre su cabeza y una máscara con marcas rojas. Unos ojos
vidriosos, de insecto, asomaban tras la máscara, y sus dedos remataban en unas enormes garras.
Parecía más una enorme mantis plateada que un ser humano. Aunque técnicamente encaraba a tres
adversarios, su atención estaba centrada en el Maestre, que permanecía inmóvil mientras que los
otros dos estaban en guardia.
- Vlad, Vlad, Vlad... ha pasado realmente mucho tiempo... poco más de 500 años... es realmente
una agradable sorpresa encontrarte aquí.
Vlad se mantuvo callado.
- ¿Nada qué decir? Tal vez una visita a las salas de tortura del infierno te agraden, traidor.
- ¡Basta! -interrumpió Charles-. No sé qué es lo que pasa exactamente aquí, pero no permitiré
que insultes al Maestre Vlad de esa forma. Yo, Charles de Sheringham, te derrotaré.
Por primera vez la cara del misterioso demonio se volvió a los acompañantes de Vlad. Por unos
instantes se hizo el silencio entre ambos bandos, y finalmente el atacante lanzó una carcajada
estridente, chirriante.
- ¿Quién eres tú para hacerme frente a mí, Eligor de Virtud, uno de los demonios más hábiles en
el combate? Un estúpido templario como tú no me podría rasguñar siquiera. Mejor desaparece y
déjame matar a este traidor.
- ¡Ya cállate! ¡Puño brillante de San Jorge!
El ataque de Charles era extremadamente poderoso, y pudo sentir cómo impactaba en Eligor.
Apareciendo a espaldas de él, sonrió con satisfacción. Bajó su puño y se volteó para encarar
nuevamente a su arrogante contrincante.
- ¿Qué te pareció eso, gusano? Ya no estás tan feliz verdad.
- Impertinente. Sólo me das lástima.
Eligor alzó su mano, chasqueó los dedos, y en ese mismo instante Charles sintió como si una
centena de cuchillas lo atravesaran. Sufriendo un dolor terrible, cayó de rodillas al suelo,
mientras de su costado empezaba a manar la sangre. El ataque de Eligor lo había tomado
completamente desprevenido, y ni siquiera había podido ser capaz de ver a través de su Ken.
- No... no es posible...
- Claro que es posible. Ahora creo que puedo terminar esto.
- Nada de eso, ahora yo seré tu oponente -dijo Antonio-, el escudo sagrado del lince me protege,
al igual que San Antonio de Padua.
- Palabrería insulsa y barata si me preguntas a mí, aunque puedo percibir claramente que tu
cosmos arde en níveles más altos que los de este pelmazo. espero que me diviertas un poco más.
Eligor alzó sus manos, demostrando sus poderosas garras de mantis, mientras un brillo perverso
iluminaba sus ojos. Antonio comenzó a elevar más y más su cosmos, preparándose para acabar con
ese molesto demonio en un sólo ataque. Vlad sólo permanecía clavado en su sitio, su mirada
oculta por las sombras.
- ¡Prepárate Eligor! ¡El lince cazador!
- ¡Garra de mantis plateada!
Una explosión brutal y un gran destellos de luz cegadora es lo único que puede sentirse en el
momento en que ambos oponentes chocan.
En una grieta sobre la cual una persona normal apenas podría caminar, se abren camino fácilmente
los cuatro templarios restantes, el Grand Maestre Georges, Vittorio, James McCoyst, protegido de
San Andrés de Escocia y Otto Doenitz, protegido de San Miguel Arcángel de Alemania. Eran
probablemente el equipo más poderoso de todos los que se habían separado en diferentes caminos.
- No puedo creer que hayan regresado -dijo el Grand Maestre-, es algo casi inconcebible, como
si estuviera planeado... es bastante extraño.
- Yo digo entonces que no deberíamos huir de esta forma, debemos enfrentar a esos idiotas.
- No podemos darnos el lujo de actuar precipitadamente, Otto, como te digo, esto es muy...
¡¡¡Unnnnghhhhhhhhhhhh!!!
Un poderoso rayo surgido de la nada había atravesado el pecho del grand maestre, que no llevaba
su armadura, un grave error que desembocó en una muerte instantánea. Los tres templarios se
quedaron como de piedra, sus ojos reflejando la incredulidad de ver a su mentor caer muerto. Otto
reaccionó con furia, volteando hacia todos lados.
- ¡Muéstrate cobarde! ¡Sal y pelea como debe ser!
- Esto me da muy mala espina. ese ataque fue bastante certero, pero no siento ningún cosmos
cerca, como si el ataque hubiera sido hecho a gran distancia.
- O... con un arma...
- Rayos... no pensé que hubiera gente inteligente entre ustedes -dijo una voz desde encima de la
grieta-. Bueno, creo que por eso habría fallado mi segundo disparo.
El atacante descendió de un salto frente a los templarios, y estos tuvieron que esforzarse para
reprimir el asco. El demonio que los encaraba era de facciones sumamente finas, casi como las de
una mujer, pero tenía una piel verde-gris como la de un cadáver putrefacto, sus ojos eran de un
azul deslucido, como los de un ciego, y un cabello era un revoltijo salvaje y sucio de color
pardo. Era un visión impresionante. Además, un enorme arco que parecía hecho de ramas y tripas
trenzadas y una armadura que parecía sacada directo de los cadáveres de un campo de batalla
completaba el cuadro. Una visión, a su manera, impresionante.
- ¿Les sorprende mi aspecto? Bueno, nunca me he caracterizado por ser uno de los demonios más
guapos del infierno, pero creo que eso no es algo que me deba preocupar mucho. Mi nombre es Uzza,
y soy uno de los arqueros caídos.
- Así que eres un arquero, creo que será interesante ver cuál de los dos arqueros es el mejor
-dijo James adelantándose a sus compañeros y preparando su arco-.
- Lo siento, pero creo que el protegido de San Andrés investido en la armadura del Dragón de
Lago debe enfrentarse a alguien de su propia tierra -habló una voz chillante y rasposa. Acto
seguido apareció un demonio con ojos saltones, piel enrojecida, grandes colmillos, una armadura
ligera de color negro y como rasgo bastante notorio, una larga capa rojo brillante.
- No puedo creerlo... Robin Redcap. Y yo que pensaba que las leyendas del castillo Hermitage
eran solamente eso, leyendas.
- Y no me olviden a mí, Judas, el cazador de leones.
El que ahora aparecía era un demonio de aspecto mucho más humano que sus compañeros. Aparentaba
ser un hombre bastante maduro, cuyos cabellos blancos estaban completamente echados hacia atrás,
y que llevaba una armadura bastante fina y hermosa color rojo oscuro con ornamentos dorados, y
una pesada capa negra con un cuello de pelos oscuros que le daban el aspecto de una melena de
León.
- James, tu enfrenta a ese de los ojos saltones, Vittorio, tu vé contra Judas y yo me enfrentaré
a Uzza.
- No sabes contra quien te enfrentas, niño -respondió Uzza de manera desafiante-, voy a hacer
que desees una muerte rápida.
Los seis se encaran, y, como si lo hubieran planeado de antemano, se convierten en seis manchas
de colores. Vittorio ataca inmediatamente a Judas, y ambos comienzan un intercambio de golpes.
James y Robin corren uno al lado del otro lanzándose descargas de energía, y Otto ataca con su
espada a Uzza, quien se cubre con su arco.
- ¿Esto es todo lo que puedes hacer, Templario? ¿Un simple mandoble? Esperaba más del protegido
de San Miguel Arcángel.
- Bueno, creo que estás buscando que muestre mi verdadero poder, ¿No es así? Entonces, ¡Pelea de
verdad!
Ambos se separan, y Otto inmediatamente inicia una nueva acometida con su arma. Uzza hace gala
de su gran habilidad como guerrero, y detiene todos los mandobles y estocadas con su arco.
Mientras tanto, James da un gran salto y rápidamente prepara su arco para atacar a Robin desde el
aire.
- ¡Flecha llameante!
Una flecha rodeada de una energía poderosa, color naranja brillante, sale disparadahacia Robin,
que permanece impasible. Justo antes de que la flecha lo golpee, la desvía de un diestro
manotazo, pero se sorprende cuando frente a él aparece James apuntándole con su arco al pecho, y
dispara una nueva Flecha llameante, mucho más poderosa que la anterior. El impacto es terrible,
pero el demonio logra resistir.
- Uh... jejejejejeje... ¿Así que esta es la poderosa flecha llameante del Guerrero del Dragón de
Lago? Es un poder bastante decepcionante.
- No puede ser... ¿Cómo pudo tu armadura tan simple haber resistido un impacto directo de la
Flecha llameante? ¿Cómo puedes resistirlo tú?
- Simple. Estas armaduras, que parecen poca cosa a simple vista, fueron forjadas en el Octavo
Círculo del Infierno, donde las llamas son más poderosas que las de un centenar de soles. ¿Tú
crees que un ataque tan simple como el tuyo puede dañarlas?
- La Flecha llameante no es el único ataque que poseo. ¡Prepárate!
James comienza a elevar su cosmos, la enorme figura de un Dragón azul oscuro aparece tras de él,
un dragón de piel lisa y aletas en vez de patas y alas, y el cosmos que emerge de James alcanza
níveles enormes, aún para un Templario. Robin sólo lo mira, incrédulo.
- Vaya... tu poder es increíble, sin duda eres uno de los más poderosos miembros de tu orden.
Pero a mi no me impresionas, y como tenemos algo de prisa, creo que es mejor acabar contigo de
una buena vez.
El contraste entre el azul oscuro de James y el rojo brillante de Robin resaltaba aún más el
duelo de poder que sostenían ambos. Y en un rápido movimiento, ambos atacaron. Sólo quedan ahora
dándose las espaldas, James con el puño en alto, y Robin con las garras de su mano orientadas
hacia adelante. Y finalmente, es James quien cae inconsciente.
- Maldito Templario, agradece que teníamos la orden de matar a su estúpido maestre y de dejarlos
vivos al resto de ustedes, para que vieran lo que le vamos a hacer a su preciada Europa. Ahora,
creo que debo ayudar al inútilñ de Judas.
Judas y Vittorio estaban ensarzados en una lucha terrible. Después de las acometidas de golpes,
ambos se estaban enfrentando en un duelo de fuerzas, y, de momento, estaban empatados.
- Qué agradable coincidencia, que a mí, Judas, se me conceda pelear contra el guerrero que usa
la armadura del León romano.
- ¿Crees que seré una más de tus víctimas, cazador? No soy una presa tan fácil.
Haciendo mucha fuerza, Vittorio logra aventar a su oponente hacia arriba, e inmediatamente salta
tras él, y cuando lo supera en altura, lo golpea con el codo en el estómago, haciendo que se
estrelle en el suelo. Vittorio aterriza, satisfecho por el golpe que le dió a su oponente, pero
se sorprende al verlo levantarse sacudiendo el polvo de su capa.
- No puedo creerlo... ¿Qué clase de seres son ustedes?
- Seres superiores -Judas sonríe, y voltea a ver a su contrincante-. ¿Sabes? Me da gusto pelear
contra oponentes fuertes, pero desafortunadamente tenemos que regresar con Baphomet, así que
adiós.
Un borrón rojo y dorado aparece frente a Vittorio, quien siente el sabor de la sangre en la boca
al ser golpeado fuertemente por Judas, su vista se nubla, y sólo puede alcanzar a sentir su
cuerpo golpeando el piso...
- ¿Así que ya acabaste con él, Judy?
- Cállate, Robin. Si no tuviéramos órdenes expresas, lo mataría aquí mismo... y no vuelvas a
llamarme "Judy".
- Vaya, qué delicado... ¿te parece que vayamos a ver si Uzza necesita ayuda?
-Yo creo que él puede bastarse solo... Eligor y Moa son los que están en problemas...
- Bien, entonces, ¿Vamos a ayudarlos?
- Tu vé con Moa, yo iré a ayudar a Eligor.
- Perfecto.
Ambos demonios se mueven rápidamente, dejando estelas de sombras tras de ellos. Judas llega
donde está Eligor combatiendo con Antonio, y le sorprende ver que ambos están enfrascados en un
combate de fuerza, apretando sus antebrazos, como si ambos estuvieran atacando y defendiendo a la
vez. Y rápidamente piensa "¿Qué importa si muere uno más?", y decide acabar con la vida de ese
Templario disparándole por la espalda. Así que lanza una poderosa ráfaga de poder, pero no
advierte que una sombra alcanza a meterse en el camino del rayo, y se sorprende al ver que se
trata de alguien que no había visto en mucho tiempo... Vlad de Valaquia. Antonio y Eligor se
separan, y Antonio corre en ayuda de su Maestre.
- ¡Maestre! ¡No debió haber hecho eso!
- No... te preocupes... a veces, el maestro debe dejar lugar a sus alumnos. Además, así he
pagado finalmente todas mis culpas, y Eligor ya no podrá llevarme como aliado... ¿No es eso lo
que buscabas, Eligor?
El demonio de ojos vidriosos mira a Vlad por unos momentos, y finalmente, comienza a caminar en
dirección a Judas.
- Buen trabajo, Judas. Es hora de regresar, y tú, Templario, no intentes seguirnos, o lo
lamentarás. Ya tendremos tiempo después para terminar con esto.
- Huye Eligor -dijo Vlad débilmente-, y prepárate por que los templarios no dejarán que ustedes
cumplan su plan...
Los dos demonios miran por un momento a Vlad, se voltean y un portal se abre ante ellos. Ambos
penetran en él, y Antonio puede suspirar aliviado al sentir que sus cosmos desaparecen.
- Maestre, ¿está bien? Necesita que lo llevemos de inme...
- No, Antonio, ya no me queda mucho tiempo... deben buscar a los Caballeros del Santuario...
- ¿Caballeros del santuario?
- Ellos... ellos podrán ayudarlos...
Vlad cierra sus ojos, una expresión de paz llena su rostro, su vagar en la tierra finalmente ha
concluido... Antonio se inclina y marca la señal de la cruz sobre el rostro de su Maestre. Oye
un murmullo a sus espaldas, y ve a Charles levantándose.
- Esto... no se quedará así -murmulla Charles entre dientes-. Ve a ayudar a los otros, yo...
yo iré al Santuario.
- ¿Sabes qué es eso?
- Si... es el santuario de Athena, en Grecia... yo sé dónde está.
- Estás herido.
- Y por eso es que debo ir, tu vé a ayudar a los demás, yo no les serviría de nada.
- ¿Estás seguro?
- Sí, ahora, ¡ve! Escóndanse donde siempre, yo llevaré la ayuda.
- E... está bien -Antonio voltea a ver a su amigo, y le sonríe-. Ten cuidado, por favor.
Ambos salen corriendo en direcciones separadas, sin embargo, entre los arboles, unos ojos siguen
la figura de Charles, y cuando lleva adelantado un trecho, una sombra sale de entre los árboles,
y comienza a seguir furtivamente al protegido de San Jorge.
Entretanto, Moa, había conseguido derribar a sus adversarios. En realidad, no eran unos sujetos
tan complicados. Ahora estaba listo apara terminar con Jean y Raoul, mientras Adolf seguía
atrapado en la ilusión.
- Estúpidos. Pensaron que su poder era equiparable al mío. Que ilusos -dijo, mientras se
inclinaba sobre el cuerpo de Raoul-. Ahora terminaré con los tres.
- ¡Moa! ¡Papá llegó!
- Robin... me pregunto cuando dejarás de hacer bromas estúpidas.
- Será mejor que dejes los destripamientos para después amigo, ya eliminamos al jefe de todos
estos tarados, y debemos regresar con Baphomet inmediatamente.
Moa mira a Robin con aire de aburrimiento, asiente, y voltea hacia Adolf.
- Muy bien, dejaré vivir a estos dos, y a ti, payaso, te sacaré de la ilusión... pero nos
volveremos a ver, y entonces si que sufrirás.
Apenas hubo terminado de hablar, alzó su palma hacia Adolf, y cerrándola con fuerza provocó
una pequeña explosión donde estaba el Templario. Éste cayó inconsciente, y ambos demonios
convocaron un portal, dentro del cual desaparecieron.
Uzza y Otto respiraban agitadamente, ambos cansados del combate que estaban sosteniendo, ahora
estaban a prudente distancia uno del otro, tomando un descanso.
- Creo... que deberemos dejar esto para después... es hora de marcharse y además hasta aquí ya
hemos cumplido con la misión.
- ¿Te retiras de la lucha, Uzza?
- Por el momento... pero nos encontraremos nuevamente.
Al igual que los demás, un portal apareció atrás de él, y antes de que Otto pudiera reaccionar,
ya había desaparecido.
El hacha de Iván se estrelló con fuerza en el báculo de Bael, y ambos oponentes se sorprendían
mutuamente de sus respectivas habilidades. De pronto un portal apareció atrás de Bael, y por él
se asomó la cabeza de Robin Redcap.
- Bael, es hora de que regreses.
- ¡Estoy en medio de una pelea, Robin!
- Ya sabes cuáles son nuestras órdenes, así que déjate de tonterias honorables y regresa
inmediatamente.
Bael miró con furia al suelo, y, finalmente encaró a Iván.
- Terminaremos este asunto después... humano.
Dicho esto, se metió en el portal, desapareciendo, y dejando dos heridos en el campo de batalla.
Horas después, en la Cueva del Ermitaño, los únicos miembros de la orden sin heridas graves
cuidan a los demás, mientras se preguntan por qué los demonios tenían tanta prisa.
- Espero que Charles logre su cometido -le dijo Iván a Jean.
- No te preocupes, es un chico fuerte. Seguro lo logrará.
- Pero estaba herido.
- Eso no bastará para detener a un Templario -dijo otto apareciendo junto a ellos-. Y sabe que
debe de cumplirlo... o estaremos perdidos.
La lluvia cae afuera de la cueva, mientras en otros lugares, un demonio persigue a un Templario
a través de Europa y un grupo de demonios acecha, en las sombras, esperando la hora para caer
sobre todo un continente.
FIN DEL CAPÍTULO 7.
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