CAPÍTULO 5: La vida en tiempos de paz.
 
Kiki abrió los ojos, sin duda picoteados por la luz que entraba por la 
ventana de su habitación,
ubicada en el segundo piso del templo de Aries. Bostezando a gusto, se 
preparó para levantarse,
sabiendo que hoy era día de entrenamiento en la Arena principal del 
Santuario. Había prometido
entrenar con Erin de Géminis, con el cual había hecho una amistad muy 
particular. En realidad le
agradaban mucho todos sus nuevos amigos, pero con Erin tenía una 
afinidad 
especial. Tal vez
porque eran más o menos de la misma edad, pero sobre todo porque ambos 
eran 
increiblemente
alegres y bromistas. Además, sus viejos amigos habían regresado a donde 
estaban al momento de
recibir sus armaduras, pero habían prometido regresar. Y pronto el 
también 
se iría, a entrenar a
sus propios alumnos.
 
Después de haber tomado su desayuno, se puso una indumentaria al estilo 
tibetano y se dirigió a
la Arena, donde ya se encontraba Erin, sin armadura y con el traje de 
entrenamiento del santuario
tirando golpes y patadas al aire. Kiki cotorreó alegremente:
 
- ¡Hola, hola! ¿Acaso te caíste de la cama, Erin?
 
- ¡Hola, duende! No, claro que no. A mi SI me gusta entrenar temprano.
 
- Hmmmmm... ¿Qué tal una pequeña pelea de práctica?
 
- ¿Una pelea sin trucos o usando todas nuestras habilidades?
 
- Sin trucos, claro. Sólo nuestros puños y piernas, tal y como en la 
antigüedad.
 
- ¿Prometes no teletransportarte en el momento decisivo de mi victoria?
 
- Lo prometo solemnemente. Palabra de caballero.
 
- Muy bien.
 
- Oigan, ¿Qué acaso no era yo el único que se preocupa por mantenerse 
en 
excelente forma? -gritó
Ankiseth al aparecerse por casualidad donde estaban sus compañeros.
 
- Hola, Ankiseth. ¿Gustas observar una buena demostración de artes 
marciales? -dijo Kiki.
 
- De mi parte, claro está. -replicó Erin.
 
- Claro que sí. Creo que será instructivo ver cómo alguno de ustedes 
dos 
muerde el polvo. A
propósito, ¿No han visto a Adon? Creo que el también debería entrenar 
con 
nosotros.
 
- Tal vez esté tumbado todavía en su cama.
 
- O persiguiendo a Shaina. Ultimamente los he visto que se pasean por 
todo 
el Santuario, y la
otra noche...
 
- ¿Quién se atreve a malhablar del Caballero de Capricornio en el 
propio 
dominio de él? -dijo
Adon sorpresivamente, haciendo que Kiki cerrara su boca con 
truculencia, 
mientras Ankiseth se
frotaba el labio furiosamente en un mal intento por reprimir la risa y 
Erin, 
no tan disimulado,
daba rienda suelta a su humor. Kiki de inmediato rompió a hablar 
intentando 
excusarse.
 
- ¡Amigo Adon! ¡Bienaventurados los ojos que te ven! Le comentaba a 
estos 
dos que el otro día os
ví platicando muy animadamente con Shaina.
 
- No intentes disimular ni portarte elegante conmigo, Kiki. Los oí. Y 
la 
Amazona de Ofiuco sólo
es una buena amiga mía. Y hablando de amistades femeninas, Erin, ¿Qué 
platicabas con la Amazona
de Águila el otro día, en los baños del Santuario?
 
El Caballero de Géminis no intentó disimular su descontrol.
 
- ¿Yo? ¿En los baños con Marin? ¡Oh, vamos Adon, seguro que te 
equivocas! Yo 
sólo iba un rato a
descansar y relajarme en la piscina, y como Marin se encontraba ahí, me 
puse 
a platicar con ella
(aunque no puedo negar que, aún con la máscara, es bastante atractiva).
 
- Bueno, basta de plática y vamos a entrenar. ¿Qué tal un mini-torneo? 
Ganadores contra
ganadores y perdedores contra perdedores.
 
- Me parece buena idea, Ankiseth. Yo contra Kiki y tú contra Adon. ¿Qué 
les 
parece?
 
- Me gusta la idea.
 
- A mi también.
 
- ¿A qué demonios estamos esperando?
 
- Y recuerden, prohibido usar trucos. Serán auténticas peleas de artes 
marciales.
 
Dicho esto, Adon y Ankiseth se instalaron en las gradas de la Arena, 
mientras Erin y Kiki
comenzaban a rondarse en círculos.
 
- Muy bien, irlandés, veamos de que estas hecho.
 
Kiki arremetió primero con una patada giratoria a la cara de Erin, que 
apenas tuvo tiempo de
agacharse y contraatacar con una patada por abajo. Kiki se fue al 
suelo, 
pero gracias a sus
rápidos reflejos alcanzó a interponer sus manos y dar dos giros 
pateando que 
Erin esquivó
brincando hacia atrás con gran elegancia. Los dos contendientes se 
encararon 
entonces.
 
- Eres bueno, duende. Yo pensé que sólo sabías pelear con la mente, 
pero veo 
que también eres un
experto peleador de... hum... ¿Choi Li Fut? ¿Wu Shu? ¿Shaolin?
 
- Y eso que no has visto nada, Erin. ¡Ahhhhhh!
 
Lo que siguió fue una tremendamente rápida sucesión de patadas, golpes 
y 
contragolpes por parte
de ambos. Kiki atacaba más con los pies, dando un golpe corto por 
arriba, 
seguido inmediatamente
de una patada giratoria y un ataque por abajo. Erin prefería bloquear 
un 
ataque con las manos,
contraatacar con otro golpe y defender con los pies los golpes bajos de 
Kiki. Era realmente una
pelea espectacular. En ciertos momentos, alguno de los dos retrocedía y 
se 
tomaban un pequeño
descanso mientras medían con la vista que tan cansado estaba el 
oponente. 
Kiki daba muestras de
estar más agotado que Erin, debido a que él era el que mantenía más la 
presión.
 
- Muy bien, Kiki. Ésta será la última arremetida. Ahora si voy a pelear 
en 
serio.
 
- Bien, Erin.
 
Ahora fue Erin quien atacó primero, lanzandóse con un golpe directo al 
estómago de Kiki. El
ataque fue demasiado rápido, y Kiki no tuvo oportunidad de esquivarlo. 
Cayó 
de rodillas, pero
rápidamente se rehizo aunque era evidente que le dolía mucho el 
estómago. 
Jamás pensó que Erin
pudiera poseer tal rapidez, aún sin su cosmo activado, y rápidamente le 
vinieron a la mente los
recuerdos de Seiya y Aioria, los guerreros que atacaban a la velocidad 
de la 
luz.
 
La voz de Erin lo hizo volver a la realidad.
 
- ¿Te rindes duende?
 
- No. Creo que ya te luciste lo suficiente. Ahora me toca a mí.
 
Ahora Kiki adoptó una guardia diferente. Colocó los brazos cruzados y 
las 
piernas ligeramente
separadas. Era la posición del Gran Cuerno, del fallecido Aldebarán de 
Tauro. Erin había oído
hablar de ella antes.
 
- Hey, quedamos en que nada de trucos -protestó.
 
- No es ningún truco. Vamos, atácame.
 
- Muy bien. Tú lo has querido.
 
Erin, por supuesto, sabía por los relatos de Espartano que el verdadero 
poder del Gran Cuerno
radicaba en su posición, que era casi perfecta, al no presentar ningún 
punto 
débil visible. Pero,
sin embargo, sabía que había algún punto débil, ya que había oído la 
historia de que el
Legendario Seiya de Pegaso había roto la posición del Gran Cuerno. Así 
que 
se lanzó confiadamente
al ataque.
 
- ¡Ahhhhhhhhhhh!
 
Erin brincó, pateo en el aire, pero su patada fue bloqueada(no supo 
cómo) 
por Kiki. Rápidamente
volvió a girar todavía en el aire y volvió a patear, pero esta vez su 
pie 
fue atrapado y antes de
que se diera cuenta se encontraba en el suelo con un fuerte dolor en la 
cabeza. No pudo ponerse
de pie. Había terminado el encuentro.
 
- ¡Diablos, Adon! ¿Viste eso? -preguntó Ankiseth, tratando de 
enmascarar el 
hecho de que no
había visto a Kiki contraatacar.
 
- Claro, bobo. El Caballero de Aries atrapó el pie del caballero de 
Géminis 
en el aire. Fue
bastante tonto de parte de Erin atacar con algo tan predecible y fácil 
de 
detener como dos
patadas girando en el aire. Bueno, creo que seguimos nosotros.
 
Ankiseth todavía no salía de su estupefacción. Era el Caballero Dorado 
más 
joven, y por tanto
era fácilmente impresionable, a pesar de todo el potencial que 
permanecía 
sin ser liberado en su
interior. Sin embargo, se aprestó rápidamente para pelear con Adon. 
Mientras 
tanto, Kiki
acomodaba a Erin en las gradas para presenciar el combate.
 
Adon se quedó quieto mirando fijamente a Ankiseth, con esa mirada suya 
tan 
particular, la cual
poseía una frialdad indescriptible, tal vez resaltada por el hecho de 
que 
sus pupilas eran
completamente negras. Aún cuando sonreía y estaba feliz, sus ojos 
transmitían el mismo brillo. Un
brillo negro y helado.
 
Ankiseth estaba bastante nervioso. Lanzarse a un ataque precipitado era 
una 
insensatez. Adon lo
tendría en el suelo en cuestión de segundos. Lo mejor era que Adon 
atacara 
primero.
 
- ¿En qué piensas, Ankiseth? -preguntó Adon, sin ninguna emoción en la 
voz- 
¿Acaso tienes miedo?
¿No recuerdas lo que nos dijo Espartano al reunirnos? ¡Un Caballero no 
tiene 
miedo nunca, ni
siquiera en presencia de la muerte! ¡Si no te atreves a atacar primero, 
yo 
lo haré!
 
No bien hubo terminado de decir esto, cuando se lanzó sobre Ankiseth. A 
diferencia de la vez
anterior, no había un balance entre ambos oponentes. Adon decididamente 
era 
el único que atacaba,
y Ankiseth intentaba detener los golpes de su adversario.
 
Mil pensamientos cruzaban por la mente de Ankiseth. Adon parecía cuidar 
perfectamente todos los
ángulos y movimientos. pero parecía atacar con un patrón. Si, lo 
empezaba a 
notar. Un golpe,
patada, giro. Y cambiaba. Patada, giro, golpe. Y de nuevo cambio. ahora 
Ankiseth defendía casi
por inercia. Sólo esperaba el momento para asestar el golpe.
 
"Ahora"
 
Adon dejó de golpear, al recibir un puñetazo directo a la cara. Se fue 
al 
suelo, pero
rápidamente se reincorporó, sin señales aparentes de dolor, aunque 
Ankiseth 
podría haber jurado
que sintió cómo crujía el pómulo de Adon.
 
- Ése fue un buen golpe, Ankiseth. No creí que podrías reaccionar tan 
rápido 
bajo mis golpes.
 
- Soy un Caballero Dorado, Adon, protegido de la Octava Casa del 
Escorpión. 
Puedo ver a través
de la misma luz como quien puede leer un libro. No soy sólo "muy 
bueno".
 
- Cierto, cierto. Bueno, ¿qué tal si continuamos?
 
- Muy bien, ahora me toca a mi atacar primero.
 
Ankiseth se lanzó al ataque. Ahora si que había un balance entre ambos 
oponentes. Adon ya no
tenía el mismo aspecto de confianza y seguridad que al principio de la 
pelea, pero la misma
determinación insensible brillaba en sus ojos.
 
Por el contrario, los ojos de Ankiseth relampagueaban con fiera 
determinación, aumentada por el
hecho de que quería demostrarles a sus compañeros lo que realmente 
valía. 
Debía demostrar que
realmente merecía ser llamado Caballero de Escorpión.
 
Súbitamente Adon pateó la tierra hacia la cara de Ankiseth, nublando su 
visión. Adon aprovechó
para atacar, pateando hacia el estómago de Ankiseth, pero se sorprendió 
cuando Ankiseth detuvo
su pie y lo sujetó con fuerza.
 
- ¿Qué pretendes hacer, Ankiseth?
 
- ¡Esto!
 
La mano de Ankiseth se dirigió como si fuera un hacha hacia la rodilla 
de 
Adon, y al hacer
contacto Adon sintió su pierna retorcerse como por una sacudida 
eléctrica. 
Ankiseth había
calculado perfectamente el golpe, golpeando un nervio central de la 
pierna, 
e inmovilizando por
completo a Adon. La pelea estaba decidida.
 
Adon habló:
 
- Muy bien hecho, Ankiseth. Ahora ya puedes decir que eres un gran 
combatiente. Me has derrotado
completamente, y me siento orgulloso de ello. ahora tú y Kiki deben 
pelear, 
a ver quién es mejor.
 
- De acuerdo. ¿Estás listo, Kiki?
 
- Listo, Ankiseth -contestó Kiki alegremente.
 
En un instante ya estaban ambos oponentes uno frente al otro, 
midiéndose, 
mirándose uno a los
ojos del otro. entonces Kiki atacó primero.
 
El ataque de Kiki estaba demasiado bien previsto por Ankiseth, y no le 
costó 
ningún esfuerzo
mantenerlo a raya en esa primera arremetida. Kiki, por su parte, viendo 
lo 
infructuoso de su
ataque se retiró rápidamente, sopesando las posibiladades para atacar. 
Ninguno de los dos
hablaba.
 
Adon, desde las gradas, miraba con interés la pelea, y Erin, ya un 
tanto 
recuperado, miraba a la
arena sin entender mucho de lo que ahí pasaba.
 
Ankiseth atacó ahora, pero cuidando sus ataques, no de la manera 
furiosa de 
Adon, la rapidez de
Erin o la enorme técnica de Kiki. era un ataque, digamos, a 
cuentagotas. 
kiki rompió a hablar
atropellada y alegremente a la vez.
 
- ¿A qué demonios estás jugando, Ankiseth? ¿Es así como derrotaste a 
Adon?
 
- ¡Silencio, duende! ¡Concéntrate en pelear!
 
- ¿De verdad quieres que pelee? ¡Tus deseos son órdenes!
 
Ahora ambos contrincantes se atacaban con lo mejor que tenían, defender 
y 
atacar, atacar y
defender. Ambos sabían que ese ritmo iba a acabar agotando a uno de 
ellos, y 
no cederían hasta
que fuera el oponente el que cayera.
 
El clímax de ésta situación de ataque y defensa se quebró como un trozo 
de 
pizarra. Kiki,
decidido a terminar con dicha situación, lanzó un ataque inmediatamente 
después de otro, lo cual
no esperaba Ankiseth. Una patada a más de 250 km/h siguió a un golpe 
premeditadamente lento(92
km/h). Ankiseth sólo pudo sentir el impacto en su estómago, tirándolo 
al 
suelo mientras sentía
cómo el aire salía expulsado de su boca. Para él era suficiente.
 
Pero no había sido el único. Había logrado alcanzar a Kiki con un golpe 
en 
el rostro, y éste
yacía tumbado en la arena, respirando pesadamente, en una 
semiinconsciencia 
que en ese momento le
resultaba deliciosa, pues no significaba más que el fín de sus 
sufrimientos.
 
- ¡Jajajajajajaja! ¡Mi gozo en un pozo! ¡Nuestro gozo en un pozo, 
amigos 
míos! -festejó Adon-.
¡Pero si han empatado!
 
- ¿Empatado? ¿Quieres decir que Kiki me lastimó de por vida sólo para 
obtener un estúpido empate
con Ankiseth?
 
- Si siguen así no podrán hacer nada en futuras batallas -terció una 
voz 
profunda desde la parte
superior de las gradas.
 
- Ikki de Leo -dijo Adon sin voltear-. ¿Así que has regresado?
 
- Así es, y debo decir una cosa...Aún les falta mucha experiencia.
 
- ¿Amigo Ikki? ¿Sólo tú estás aquí? -preguntó el ser semiinconsciente 
que 
yacía en la arena, los
brazos en cruz, los ojos viendo al vacío.
 
- Sí, Kiki. Sólo yo estoy aquí, y no me gusta nada de lo que he visto. 
Cierto es que un
Caballero casi nunca tiene verdadera necesidad de pelear sin su cosmo, 
pero 
aún así es necesario
que conozca las artes de pelea sin armas.
 
- No nos regañes ahora, Santo de Leo -terció Ankiseth recobrando el 
aire-; 
debes comprender que
todos aquí somos novatos.
 
- Eso no importa. Desde mañana todos practicaremos juntos. ¿De acuerdo?
 
Sin esperar respuesta, el Caballero de Leo dió media vuelta y se 
retiró, 
mientras una leve
sonrisa se dibujaba en su rostro.
 
 
 
- ¡Corre, Stalin! ¡Debemos dejar atrás a esos tipos!
 
El muchacho y su perro brincaron una pequeña barda y se escabulleron 
por un 
agujero de uno de
los numerosos edificios en ruinas que había en Moscú. La huída se debía 
a la 
simple y sencilla
razón de haber robado comida, pero en el crudo otoño ruso, que sólo era 
el 
heraldo del cruel y
terrible invierno de "La Madre Rusia", nada se regalaba y nada se 
pedía, 
sólo los fuertes
sobrevivían, y Gavril era un sobreviviente.
 
- ¡Rayos, qué cerca estuvo, camarada Stalin! ¿Quieres saborear un poco 
de 
curado de cerdo, eh?
 
- ¡Ahí está, agárrenlo!
 
- ¡Por el lobo blanco, estos tipos si que son persistentes!
 
Gavril siguió corriendo, pero sus piernas ya no respondían. Al caer de 
bruces frente a la
entrada de un viejo callejón, supo que su hora había llegado.
 
- ¿Así que pretendías robarnos, eh, tovarisch? ¡Nosotros te enseñaremos 
a 
respetarnos!
 
El filo de un cuchillo brilló en la seminiebla que cubria Moscú, y 
Gavril 
rogó a Dios por un
eterno descanso al lado de su madre, a quien apenas había conocido, y 
de su 
padre, que había
muerto hacía dos meses.
 
- ¡Muere niño!
 
- ¿Hay algún problema aquí, tovarisch?
 
Gavril contempló una figura alta, de cabello rubio, corto, con una 
pequeña 
barba, y unos ojos
que tenían el mismo brillo del Volga en invierno. Pero esos ojos, 
aunque 
parecían inexpresivos,
tenían una luz peligrosa en el fondo helado de sus pupilas.
 
- Lárguese, tovarisch, esto no le incumbe.
 
El hombre alto esbozó una sonrisa desdeñosa.
 
- ¿Acaso es de hombres atacar a un muchacho simplemente porque éste 
desea un 
poco de comida?
 
- Este muchacho cometió robo, Tovarisch, y eso lo castigamos a nuestro 
modo. 
¿Algún problema con
eso?
 
- Bueno, parece que su modo acaba de pasar de moda.
 
- Debe estar deseando la muerte, camarada. Somos cuatro contra usted 
nadamás. ¿Porqué no mejor
se va y se evita lesiones innecesarias?
 
- Que Dios se apiade de sus almas.
 
Los sujetos se abalanzaron sobre el hombre rubio, que no se movió ni un 
milímetro. El primero de
los rufianes salió volando hacia una pared cercana. Uno más lo atacó 
con un 
garrote, el cuál voló
en mil pedazos al estrellarse con el brazo del hombre rubio. Éste 
contraatacó con una rapidez
sorprendente, y un tercer sujeto recibió una dosis de golpes al 
intentar 
atacar por la espalda al
hombre rubio. El último rufián en pie estimó mejor la prudencia a ser 
golpeado y salió huyendo
despavorido. El hombre rubio se acercó al muchacho.
 
- ¿Te encuentras bien? -preguntó casi inexpresivamente.
 
- Si...gracias camarada. ¿Dónde aprendió a pelear así?
 
- En Siberia. Bien, si estás mejor, te dejo, y te recomiendo que tengas 
mucho cuidado. Moscú es
muy peligroso en esta época del año.
 
El hombre rubio se levantó y comenzó a caminar. Gavril notó entonces 
que 
Stalin miraba al hombre
rubio fijamente, agitando la cola alegremente y con expresión estúpida. 
Esto 
era muy extraño. Ese
hombre no era un hombre común y corriente. Debía ser alguna especie de 
santo, un ángel vengador.
Gavril decidió seguirlo.
 
Por varias cuadras, Gavril siguió a distancia al hombre rubio, 
intrigado por 
su aparente
indiferencia ante el mundo. El extraño se metió en un callejón, y 
Gavril 
aceleró el paso para
poder alcanzarlo antes de perderlo de vista.
 
- ¿Dónde rayos se metió? -se preguntó en voz alta Gavril al no ver al 
hombre 
rubio al entrar al
callejón.
 
- ¿Buscabas a alguien?
 
Gavril casi se cae muerto de la impresión. La voz a sus espaldas sonó 
como 
la de un dios
indiferente, un dios del hielo.
 
- ¿Qué, quién, yo? ¡Claro que no! Sólo quería ver cuál era el nombre de 
este 
callejón.
 
- Hum...¿Entonces porqué me has estado siguiendo desde hace varias 
cuadras?
 
- Yo...¿Pero cómo lo notó? Jamás vi que volteara ni una sola vez.
 
- La vista no es el único medio para percibir el mundo.
 
- ¿Acaso es usted alguna especie de fenómeno, camarada?
 
Al hombre rubio pareció hacerle gracia esta pregunta.
 
- No. Digamos que soy un hombre que puede ver más allá. Por cierto, mi 
nombre es Hyoga. ¿Cuál es
el tuyo?
 
- Yo soy el camarada Gavril, y él es Stalin.
 
- Es un buen nombre para un perro. Bien, Gavril, ¿Gustas tomar un café?
 
- Agradezco su invitación, Tovarisch, pero no quiero ser una molestia 
imponiéndole un gasto tan
tremendo.
 
- Oh, vamos. Yo tengo mucho dinero de sobra, y  tal parece que tú 
tienes 
hambre.
 
- Siendo así, creo que acepto. Oiga, ¿Puede enseñarme a pelear como 
usted, 
camarada?
 
La mirada de Hyoga tomó otro tono, pero en su voz no había ninguna 
emoción 
al preguntar:
 
- ¿De verdad quieres aprender a pelear como yo?
 
- Sí, sí, sí, sí.
 
- Bueno, creo que tendremos una interesante plática.
 
 
 
- El deber de un Caballero de la Orden del Zodiaco es velar por la 
Diosa 
Athena. Ahora bien,
¿cuál es el medio del que se valen los Caballeros para proteger a su 
señora?
 
- El cosmo, maestro Shun.
 
- Muy bien, Alan. Clopin, ¿Cuál es la forma en que de llamar ese cosmo?
 
- Estando en sintonía con nuestra constelación guardiana.
 
- Correcto. Ahora pueden irse a descansar. Mañana toca entrenamiento 
muy 
duro, así que no quiero
ninguna excusa para no levantarse, ¿Entendido?
 
- Si, maestro -contestaron ambos muchachos al unísono.
 
Clopin y Alan ya se estaban levantando para retirarse, cuando Shun los 
detuvo.
 
- A propósito, mañana llegará un buen amigo mío, el cual está muy 
interesado 
en conocer a mis
alumnos, o sea, a ustedes.
 
- ¿Es otro Caballero Dorado, maestro? -preguntó Alan.
 
- Sí. Es el Santo Dorado de Libra, y el combatió junto a mí durante las 
Guerras Santas.
 
- ¿Desde cuándo las guerras son santas? -preguntó Clopin con 
suspicacia, 
quien siempre andaba
cuestionando todo. Shun, desde su elevado pedestal, habló pomposamente.
 
- Ya te he dicho, joven Aprendiz de Caballero, que hay cosas en este 
mundo 
cuya respuesta
verdadera puede ser aún más complicada de entender que con un simple y 
llano 
"¿A quién le
importa?". Ahora, debemos ir a dormir.
 
- Oye, Clopin, ¿No crees que todo esto está muy raro? Yo todavía siento 
como 
que camino en
sueños. -preguntó Alan ya de camino a sus cuevas.
 
- Hum. Yo no me preocuparía. Este lugar no es precisamente una Isla 
Paradisíaca del Óceano
Índico, pero te aseguro que prefiero este lugar a los malditos muelles 
del 
Sena.
 
- Bueno, creo que tienes razón. Aparte de que el maestro es una persona 
muy 
amable. Él dice que
a sus amigos no les tocaron maestros tan suaves. Oye, ¿y tú ya puedes 
encender tú cosmo?
 
- Sí, un poco. es una sensación extraña, ¿Sabes? Sientes ondas de 
energía 
saliendo de cada
porción de tu cuerpo.
 
- Yo también he logrado encenderlo un poco. Tiene un brillo azul, y se 
siente como energía viva.
 
- ¿El tuyo es azul? El mío es color como anaranjado...
 
- Bueno, dice el maestro que el color del cosmo depende de cuál sea 
nuestra 
constelación
guardiana, que tan elevado esté, y varios factores más.
 
- ¿Sabes? Yo pensaba que esto no eran más que patrañas, pero creo que 
estoy 
empezando a sentirme
verdaderamente comprometido con la causa que dice el maestro Shun.
 
- ¿En serio? ¿será que al fin empezamos a tomar algo en serio?
 
- La verdad, yo sí, amigo mío. Pero bueno, ya nos veremos mañana. 
Buenas 
noches.
 
- Hasta mañana.
 
 
 
Al día siguiente, Alan se levantó como siempre, antes que Clopin, y se 
encaminó a observar el
mar desde uno de los numerosos acantilados de Isla Andrómeda. Pero al 
llegar 
al acantilado, se
sorprendió al descubrir a una figura alta y espigada, de largo cabello 
negro 
unido en una coleta,
entrenando con suaves movimientos de Pa Kua.
 
"Este debe ser el amigo de el maestro Shun. Vaya que llegó temprano el 
tipo. 
¿De verdad será tan
poderoso?"
 
De pronto Shiryu interrumpió sus movimientos bruscamente, como 
sobresaltado 
por algo. Alan
estaba tan absorto contemplando los movimientos de Shiryu, que no se 
dió 
cuenta que la causa de
que Shiryu parara su entrenamiento, eran unos alegres y destemplados 
gritos 
que llegaban a sus
espaldas:
 
- ¡Alan, eh, Alan! ¿Dónde te metes, hombre?
 
De un gracioso salto apareció Clopin junto a él, y entonces reparó en 
el 
Caballero de Libra, que
los miraba fijamente. Finalmente se acercó a ellos, con una gran 
dignidad en 
sus pasos.
 
- Hola, supongo que ustedes son los alumnos de Shun. Yo soy Shiryu de 
Libra.
 
- Yo soy Clopin, aprendiz de Caballero de la Armadura Plateada de 
Orión.
 
- Y yo soy Alan, aprendiz de la Armadura Plateada de Cefeo.
 
Shiryu se sorprendió al oír esto. Ninguno de los dos entrebnaba por la 
armadura de Andrómeda.
Bastante raro. Resolvió interrogar a Shun más tarde respecto a esto.
 
- Entrenando para Caballeros de Plata, ¿Eh? ¿Porqué no de Bronce?
 
- No lo sabemos, fue decisión del Maestro Shun.
 
- Bueno, muy bien. Shun debe estar muy seguro acerca de cómo ser 
maestro 
como para entrenar
Caballeros de plata. ¿Ya pueden encender su cosmo?
 
- Un poco -contestó Clopin-, la verdad es que sólo podemos sentirlo, 
pero 
todavía no aprendemos
a usarlo.
 
- Vaya, es un avance, no cualquiera puede encender su cosmo en tan poco 
tiempo de entrenamiento.
 
- Eso es lo mismo que pienso yo -dijo shun apareciendo entre los 
árboles, 
vistiendo completa la
armadura de Virgo-. La verdad es que me tienen gratamente sorprendido.
 
- Hola Shun. Pareces más viejo ahora.
 
- Buenos días Maestro.
 
- Hola maestro Shun.
 
- Muchachos, es hora de empezar bien el día, así que ¿por qué no se dan 
unas 
cuantas vueltas
corriendo alrededor de la Isla?
 
Los dos alumnos pusieron cara de espanto, pero Clopin arrancó a correr, 
mientras gritaba a Alan:
 
- ¡Vamos, aturdido! ¡Apuesto a que no me alcanzas!
 
- ¿Conque sí? ¡Ahora mismo te alcanzo, Clopin!
 
Mientras los muchachos se alejaban, Shiryu, sin voltear a ver a su 
amigo, lo 
interrogó:
 
- ¿Por qué no la Armadura Sagrada de Andrómeda, Shun? ¿Por qué dos 
Armaduras 
de Plata?
 
- Shiryu, estos dos muchachos tienen un potencial enorme -contestó Shun 
mirando hacia el
horizonte-. Estoty seguro de que podrán alcanzar el cosmo de plata con 
facilidad. Además, no
quiero someterlos al ritual del sacrificio, y la Armadura de Andrómeda 
ya ha 
peleado demasiadas
batallas. Es hora de que descanse por un tiempo.
 
- Creo que sabes de lo que estás hablando, Shun. Entonces, ¿Cuándo 
piensas 
regresar a Francia?
 
- No lo sé. Los entrenaré durante un año. Yo creo que en ese tiempo 
estarán 
listos para hacer
frente a cualquier peligro que se presente.
 
- ¿Crees que de verdad venga Cronos?
 
Shun pareció sentirse violento ante tal cuestionamiento.
 
- Shiryu, yo sé lo que va a pasar. Parece una tontería, o algo sacado 
de la 
"Dimensión
Desconocida". Pero sé que va a suceder de verdad. Y debemos estar 
listos. 
¿Ya tienes alumnos?
 
- Todavía no. Pero regresaré a China muy pronto y comenzaré a entrenar 
al 
nuevo Caballero del
Dragón.
 
- Entonces mucha suerte, compañero. Ahora, ¿qué tal si tomamos nuestro 
desayuno? Creo que
tendremos que pescar algo, pero eso no es problema en los acantilados 
de la 
parte norte de la
Isla.
 
- Vamos, viejo amigo.
 
 
 
Una mujer joven se arrodilla ante una tumba en el cementerio del 
Santuario. 
Su cabello rubio con
brillos verdes y sus ojos del color de la esmeralda son un fuerte 
contraste 
con su semblante
triste. Llevaba con ella un ramillete de Rosas Rojas, las más hermosas 
del 
templo de Piscis, y en
el centro de ellas una enorme Rosa Blanca, parecida a la Rosa Imperial 
Blanca. Sus ojos estaban
húmedos. Comenzó a hablar con su voz melodiosa, llena de tristeza:
 
- Hace ya tres años que nos dejaste, Seiya. Díste tu vida por salvar a 
un 
mundo que no los honra
como es debido. Y para salvar a la Diosa a la que servimos. Pero, ¿por 
qué 
no pensaste en
aquellos que te querían? -en este punto la mujer rompió a llorar- Tu 
hermana 
que no conociste,
tus amigos, tu Diosa, tu maestra... Y yo. Yo te amé siempre, ¿cómo no 
pudiste darte cuenta? ¿Era
yo tan poco digna de tu amor? ¡Qué tonta fui al pensar que tú y yo 
algún día 
estaríamos juntos!
¡Te odio, Seiya de Pegaso! ¡Pero tampoco puedo dejar de amarte, aún 
después 
de tu muerte!
 
Y Shaina de Ofiuco se alejó corriendo de la tumba de Seiya de Pegaso, 
mientras sus lágrimas
fertilizaban la tierra del cementerio del santuario, maldiciendo a 
Poseidón 
por no haberla matado
cuando la atacó, y evitarle este dolor, más amargo aún que la muerte.
 
 
 
Diciembre es un mes especialmente frio en Siberia, pero al joven Gavril 
haberle dicho esto
hubiera equivalido a insultarlo. hacía más de un mes que se encontraba 
en el 
campo de
entrenamiento de los Caballeros del Hielo, y había aprendido 
rápidamente a 
convivir con el frío
mortal, además de haber aprendido a llamar a su cosmo en muy poco 
tiempo. 
Hyoga estaba
sorprendido, aunque no lo demostrara. Sin duda este muchacho tenía 
madera.
 
- La base del ataque del Polvo de Diamantes es usar el cosmo para 
reducir el 
movimiento de los
átomos, ¿comprendes, Gavril?
 
- Sí, maestro Hyoga.
 
- En el Universo hay diversas fuerzas. Las fuerzas gravitacionales que 
mantienen unidos a los
astros en el espacio, las fuerzas electromagnéticas que hacen que los 
planetas atraigan los
cuerpos hacia ellos. Pero ninguna fuerza se compara con la que impulsa 
a los 
átomos. Puede
parecer risible pero así es. Ninguna fuerza se compara a la de un 
átomo. 
¿Por qué crees que las
bombas atómicas son tan poderosas?
 
- Por la gran energía liberada con la desintegración de un átomo.
 
- Así es, Gavril. Entonces comprenderás lo poderoso que es un Caballero 
del 
Hielo al poder
reducir el movimiento de los Átomos... Ese poder proviene del cosmo. 
Ahora, 
quiero que congeles
esta roca...
 
- Lo intentaré, Maestro Hyoga...
 
Gavril tomó la roca, y concentrándose mucho, logró cubrir la roca con 
una 
capa de escarcha
primero, después encerrarla en una cubierta de hielo, y por último, 
conseguir que la roca se
cuarteara al alcanzar cierto grado de congelación. Pero el muchacho 
estaba 
exhausto por el
esfuerzo. Volteó a ver a su Maestro con la esperanza de alguna palabra 
de 
aliento, pero lo único
que vió fue el destello helado de sus ojos, y unas palabras que bien 
pudieron haber sido dichas
por un autómata:
 
- Muy bien hecho. Ahora puedes descansar.
 
Sin duda alguna, pensó Gavril, su maestro era un verdadero Maestro del 
Hielo. Pero, sin embargo,
no sabía que por dentro Hyoga se felicitaba al saberse tan buen 
entrenador. 
Su alumno sería un
digno heredero de la armadura del Cisne. Y además, esperaba a Ushio, el 
tercer Caballero de
Acero, el cual ahora iba a ser también su alumno, mientras Kiki 
probablemente ya se encontraba en
esos momentos entrenando a sus compañeros, Daichi y Sho, los hermanos.
 
 
 
FEBRERO, 1990, DOS AÑOS Y MEDIO PARA EL PLAZO.
 
Muchos de los campos de entrenamiento de Caballeros en el mundo se 
caracterizan por ser lugares
de difícil acceso(Jamir), con climas extremosos(Isla de la Reina 
Muerte), y 
condiciones de vida
insoportables(Isla de Andrómeda), o una belleza que esconde lo 
peligroso del 
lugar(Siberia),
pero existen excepciones a la regla, y una de esas excepciones, aparte 
de 
Cinco Picos, es el
campo de entrenamiento que se encuentra en la zona montañosa de México, 
en 
la Sierra Madre
Oriental.
 
México fue una de las Sedes desde donde, en la Era del Mito, los Dioses 
gobernaban el mundo
antes de la revelación de Dios Padre. Con una larga tradición como 
tierra 
mística, lugar de
origen de grandes sabios y varios guerreros, no es raro comprender 
porque la 
Orden del Zodiaco
tenía un campo de entrenamiento en México. Y ahora, el nuevo maestro 
del 
campo de entrenamiento
en México, era, obviamente, Adon de Capricornio.
 
El campo de entrenamiento se encontraba al pie de un hermoso manantial 
de 
montaña, con un arroyo
de aguas diáfanas que incitaban a la meditación, rodeado de un bosque 
de 
pinos, donde la luz que
pasaba a través de los árboles daba la impresión de estar bajo el techo 
de 
una catedral, y donde
el clima era bastante benigno. El campo no tenía barricadas u 
obstáculos 
naturales, salvo la
larga caminata que se debía de hacer para llegar hasta allí. En 
realidad, 
parecía un lugar para
vacacionar en vez de campo de entrenamiento para Caballeros.
 
Y, así como la Armadura del Cisne está(casi siempre, no es de a 
fuerza)en 
Siberia, la del Dragón
en China, la de Unicornio en Argelia, en México había dos de Plata: 
Musca y 
Linx. Y las dos iban
a tener pronto nuevo dueño.
 
- Muy bien, ahora, enciende tu cosmo, Greco -dijo Adon con tono 
amenazador 
mientras observaba a
su alumno.
 
Una luz grisácea, como la del cielo preñado de lluvia comenzó a rodear 
al 
joven aprendiz de
Musca, mientras su compañero Héctor observaba la escena con desinterés. 
Después de todo, iba más
avanzado en su entrenamiento.
 
- Ahora, vamos, destruye aquel pino con tu ken... ¡Vamos, demonios!
 
- ¡Vuelo Final!
 
Se oyó un algo así como un zumbido al salir de Manos de Greco un 
poderoso 
ataque, lleno del
máximo poder que su cosmo podía desarrollar. El zumbido en cuestión se 
debía 
a que el ataque de
Greco no era como la mayoría de los ataques, sino que era sonido 
concentrado, capaz de cortar el
acero como si un cuchillo cortara mantequilla caliente. El árbol se 
partió 
limpiamente en dos al
recibir el impacto, y no sólo ese árbol, sino los que estaban atrás y a 
los 
lados también
resultaron dañados. Greco se dejó caer de rodillas, pero Adon parecía 
satisfechísimo.
 
- Muy bien hecho, Greco. Si continúas así serás un digno portador de la 
armadura plateada de
Musca. Ahora, Héctor, vamos a ver de qué estás hecho tú.
 
Héctor pegó un brinco al ver su oportunidad de demostrar su poder, 
mientras 
sonreía, diciéndose
a sí mismo que ya era hora.
 
- ¿Estás listo? Quiero que... Hum... Destruyas esa roca grande de allá.
 
Héctor creyó no haber entendido bien.
 
- ¿Que destruya esa roca?
 
- Sí, eso, que destruyas esa roca.
 
La roca en cuestión era un pedazo enorme de piedra, que debía llevar 
allí 
cientos, sino es que
miles de años, y era decididamente más fuerte, dura y gruesa que los 
árboles 
de Greco. Héctor dió
rienda suelta a su indignación.
 
- ¡Voto a mil pares de Diablos! ¿Porqué yo he de romper una roca de 20 
toneladas y Greco sólo
rompe arbolitos?
 
- Porque tú eres mi alumno más avanzado, y Greco apenas está empezando 
a 
desarrollar bien su
Ken. Además, yo sé que tú eres ya perfectamente capaz de romper 
árboles. Por 
eso quiero que
rompas ese piedraco y me demuestres que de verdad estás entrenando.
 
Héctor se volteó con cara enfurruñada a la roca, sin decir palabra, y 
encendió su cosmo verde,
y comenzaba a marcar con sus manos la Forma del ataque de Linx, el 
Lince.
 
- ¡Jauría! -gritó mientras se abalanzaba hacia la roca, pues su ataque 
no 
era de lejos, sino de
cerca, mientras su figura se desvanecía y sus brazos parecían tomar la 
forma 
de varios linces. Su
ataque se estrelló contra la roca. Seguía entera, mientras Héctor 
mantenía 
su puño contra la
roca. Se oyó un crujido, y la roca cayó en mil pedacitos pequeños. Lo 
había 
logrado.
 
- ¡Muy bien, Héctor! -dijo Adon con una ligera sonrisa en el rostro- 
¿Ves 
cómo si fuíste capaz
de romperla gracias al cosmo?
 
- Sí, maestro. ¿Puedo descansar un rato?
 
- Sí, claro, descansen diez minutos y continuaremos.
 
Todavía no terminaba Adon de Hablar y sus alumnos ya estaban tendidos 
durmiendo sus pacíficos
diez minutos.
 
 
 
En el Santuario, Athena se sentía sola y abandonada, y no era para 
menos, ya 
que la totalidad de
sus defensores se habían ido del santuario. Sólo se quedaron Shaina, 
Marin y 
Espartano, pero a
éste último casi no lo veían, y Marin pronto iba a Volver a ser 
entrenadora 
de Caballeros de
Bronce, por lo cual casi no se iban a ver de ahora en adelante, pues 
iba a 
pasar más tiempo en
las partes bajas del Santuario.
 
- ¿Sabes, Shaina, que éste es una de las cosas que realmente disfruto 
más?
 
- ¿Qué cosa, señora?
 
- Sentarme aquí en la terraza a tomar un café por la tarde, mientras 
disfruto de la compañía de
una amiga.
 
- Señora, me halaga que me considere su amiga.
 
- Oh, vamos Shaina. Sabes que siempre ha sido así. Y desde ahora 
llámame 
Athena, o Saori, o lo
que quieras, pero no más "señora", por favor.
 
- Gracias, Athena.
 
- Y por cierto, te he notado algo deprimida últimamente... ¿A qué se 
debe?
 
- Bueno, es... que yo lo extraño mucho, Athena.
 
- ¿A Seiya? Todos lo extrañamos, pero tú lo amabas, y aún lo amas, 
¿verdad?
 
- Bueno... no debería de hablar de esto contigo, después de todo, era 
claro 
que él te amaba y
que tú...
 
- Un momento, un momento. ¿Crees realmente que Seiya estaba enamorado 
de mí?
 
- Bueno, todos teníamos esa impresión...
 
- Por favor, Shaina... Seiya te amaba a ti... ¿Por qué crees que nunca 
te 
mató en combate,
cuando tú lo atacabas?
 
- El decía que era porque no podía golpear a una mujer, y...
 
- No. Seiya, antes que hombre, era soldado, y muy pocas veces dudó en 
levantar su puño contra
una mujer. Giste, Thetis la Sirena, incluso Hilda. Seiya no era ningún 
galante, ¿entiendes?
Además, si no me falla la memoria, el alguna vez me contó que la 
primera vez 
que vió tu rostro,
sintió que al fin comprendía la realidad del amor.
 
- ¿En serio?
 
- Sí. Me dijo que nunca pensó que el demonio en persona vendría a 
tentarlo 
con el Rostro de un
Ángel.
 
- Si, lo recuerdo. A mi también me dijo lo mismo.
 
- Bueno, ahora escucha. las cosas tal vez entre ustedes no se dieron en 
este 
mundo. Sólo el
Creador sabe por qué lo hizo. Pero no dudes que más allá de la muerte 
terrenal hay un lugar donde
todas las almas se encuentran libres ya de los deberes e imposiciones 
de 
este mundo.
 
Athena volteó a ver a Shaina, y vió sus hermosos ojos verdes derramando 
lágrimas. Athena esbozó
una sonrisa, conmovida, y abrazó a shaina de Ofiuco, demostrándole a la 
Amazona que la Diosa no
era sólo un ser al que debían defender ciegamente y rendirle honores, 
sino 
que también podía ser
su mejor amiga.
 
Porque era humana.
 
FIN DEL CAPÍTULO 5.

 

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