CAPÍTULO 5: La vida en tiempos de paz. Kiki abrió los ojos, sin duda picoteados por la luz que entraba por la ventana de su habitación,ubicada en el segundo piso del templo de Aries. Bostezando a gusto, se preparó para levantarse,sabiendo que hoy era día de entrenamiento en la Arena principal del Santuario. Había prometidoentrenar con Erin de Géminis, con el cual había hecho una amistad muy particular. En realidad leagradaban mucho todos sus nuevos amigos, pero con Erin tenía una afinidad especial. Tal vezporque eran más o menos de la misma edad, pero sobre todo porque ambos eran increiblementealegres y bromistas. Además, sus viejos amigos habían regresado a donde estaban al momento derecibir sus armaduras, pero habían prometido regresar. Y pronto el también se iría, a entrenar asus propios alumnos. Después de haber tomado su desayuno, se puso una indumentaria al estilo tibetano y se dirigió ala Arena, donde ya se encontraba Erin, sin armadura y con el traje de entrenamiento del santuariotirando golpes y patadas al aire. Kiki cotorreó alegremente: - ¡Hola, hola! ¿Acaso te caíste de la cama, Erin? - ¡Hola, duende! No, claro que no. A mi SI me gusta entrenar temprano. - Hmmmmm... ¿Qué tal una pequeña pelea de práctica? - ¿Una pelea sin trucos o usando todas nuestras habilidades? - Sin trucos, claro. Sólo nuestros puños y piernas, tal y como en la antigüedad. - ¿Prometes no teletransportarte en el momento decisivo de mi victoria? - Lo prometo solemnemente. Palabra de caballero. - Muy bien. - Oigan, ¿Qué acaso no era yo el único que se preocupa por mantenerse en excelente forma? -gritóAnkiseth al aparecerse por casualidad donde estaban sus compañeros. - Hola, Ankiseth. ¿Gustas observar una buena demostración de artes marciales? -dijo Kiki. - De mi parte, claro está. -replicó Erin. - Claro que sí. Creo que será instructivo ver cómo alguno de ustedes dos muerde el polvo. Apropósito, ¿No han visto a Adon? Creo que el también debería entrenar con nosotros. - Tal vez esté tumbado todavía en su cama. - O persiguiendo a Shaina. Ultimamente los he visto que se pasean por todo el Santuario, y laotra noche... - ¿Quién se atreve a malhablar del Caballero de Capricornio en el propio dominio de él? -dijoAdon sorpresivamente, haciendo que Kiki cerrara su boca con truculencia, mientras Ankiseth sefrotaba el labio furiosamente en un mal intento por reprimir la risa y Erin, no tan disimulado,daba rienda suelta a su humor. Kiki de inmediato rompió a hablar intentando excusarse. - ¡Amigo Adon! ¡Bienaventurados los ojos que te ven! Le comentaba a estos dos que el otro día osví platicando muy animadamente con Shaina. - No intentes disimular ni portarte elegante conmigo, Kiki. Los oí. Y la Amazona de Ofiuco sóloes una buena amiga mía. Y hablando de amistades femeninas, Erin, ¿Qué platicabas con la Amazonade Águila el otro día, en los baños del Santuario? El Caballero de Géminis no intentó disimular su descontrol. - ¿Yo? ¿En los baños con Marin? ¡Oh, vamos Adon, seguro que te equivocas! Yo sólo iba un rato adescansar y relajarme en la piscina, y como Marin se encontraba ahí, me puse a platicar con ella(aunque no puedo negar que, aún con la máscara, es bastante atractiva). - Bueno, basta de plática y vamos a entrenar. ¿Qué tal un mini-torneo? Ganadores contraganadores y perdedores contra perdedores. - Me parece buena idea, Ankiseth. Yo contra Kiki y tú contra Adon. ¿Qué les parece? - Me gusta la idea. - A mi también. - ¿A qué demonios estamos esperando? - Y recuerden, prohibido usar trucos. Serán auténticas peleas de artes marciales. Dicho esto, Adon y Ankiseth se instalaron en las gradas de la Arena, mientras Erin y Kikicomenzaban a rondarse en círculos. - Muy bien, irlandés, veamos de que estas hecho. Kiki arremetió primero con una patada giratoria a la cara de Erin, que apenas tuvo tiempo deagacharse y contraatacar con una patada por abajo. Kiki se fue al suelo, pero gracias a susrápidos reflejos alcanzó a interponer sus manos y dar dos giros pateando que Erin esquivóbrincando hacia atrás con gran elegancia. Los dos contendientes se encararon entonces. - Eres bueno, duende. Yo pensé que sólo sabías pelear con la mente, pero veo que también eres unexperto peleador de... hum... ¿Choi Li Fut? ¿Wu Shu? ¿Shaolin? - Y eso que no has visto nada, Erin. ¡Ahhhhhh! Lo que siguió fue una tremendamente rápida sucesión de patadas, golpes y contragolpes por partede ambos. Kiki atacaba más con los pies, dando un golpe corto por arriba, seguido inmediatamentede una patada giratoria y un ataque por abajo. Erin prefería bloquear un ataque con las manos,contraatacar con otro golpe y defender con los pies los golpes bajos de Kiki. Era realmente unapelea espectacular. En ciertos momentos, alguno de los dos retrocedía y se tomaban un pequeñodescanso mientras medían con la vista que tan cansado estaba el oponente. Kiki daba muestras deestar más agotado que Erin, debido a que él era el que mantenía más la presión. - Muy bien, Kiki. Ésta será la última arremetida. Ahora si voy a pelear en serio. - Bien, Erin. Ahora fue Erin quien atacó primero, lanzandóse con un golpe directo al estómago de Kiki. Elataque fue demasiado rápido, y Kiki no tuvo oportunidad de esquivarlo. Cayó de rodillas, perorápidamente se rehizo aunque era evidente que le dolía mucho el estómago. Jamás pensó que Erinpudiera poseer tal rapidez, aún sin su cosmo activado, y rápidamente le vinieron a la mente losrecuerdos de Seiya y Aioria, los guerreros que atacaban a la velocidad de la luz. La voz de Erin lo hizo volver a la realidad. - ¿Te rindes duende? - No. Creo que ya te luciste lo suficiente. Ahora me toca a mí. Ahora Kiki adoptó una guardia diferente. Colocó los brazos cruzados y las piernas ligeramenteseparadas. Era la posición del Gran Cuerno, del fallecido Aldebarán de Tauro. Erin había oídohablar de ella antes. - Hey, quedamos en que nada de trucos -protestó. - No es ningún truco. Vamos, atácame. - Muy bien. Tú lo has querido. Erin, por supuesto, sabía por los relatos de Espartano que el verdadero poder del Gran Cuernoradicaba en su posición, que era casi perfecta, al no presentar ningún punto débil visible. Pero,sin embargo, sabía que había algún punto débil, ya que había oído la historia de que elLegendario Seiya de Pegaso había roto la posición del Gran Cuerno. Así que se lanzó confiadamenteal ataque. - ¡Ahhhhhhhhhhh! Erin brincó, pateo en el aire, pero su patada fue bloqueada(no supo cómo) por Kiki. Rápidamentevolvió a girar todavía en el aire y volvió a patear, pero esta vez su pie fue atrapado y antes deque se diera cuenta se encontraba en el suelo con un fuerte dolor en la cabeza. No pudo ponersede pie. Había terminado el encuentro. - ¡Diablos, Adon! ¿Viste eso? -preguntó Ankiseth, tratando de enmascarar el hecho de que nohabía visto a Kiki contraatacar. - Claro, bobo. El Caballero de Aries atrapó el pie del caballero de Géminis en el aire. Fuebastante tonto de parte de Erin atacar con algo tan predecible y fácil de detener como dospatadas girando en el aire. Bueno, creo que seguimos nosotros. Ankiseth todavía no salía de su estupefacción. Era el Caballero Dorado más joven, y por tantoera fácilmente impresionable, a pesar de todo el potencial que permanecía sin ser liberado en suinterior. Sin embargo, se aprestó rápidamente para pelear con Adon. Mientras tanto, Kikiacomodaba a Erin en las gradas para presenciar el combate. Adon se quedó quieto mirando fijamente a Ankiseth, con esa mirada suya tan particular, la cualposeía una frialdad indescriptible, tal vez resaltada por el hecho de que sus pupilas erancompletamente negras. Aún cuando sonreía y estaba feliz, sus ojos transmitían el mismo brillo. Unbrillo negro y helado. Ankiseth estaba bastante nervioso. Lanzarse a un ataque precipitado era una insensatez. Adon lotendría en el suelo en cuestión de segundos. Lo mejor era que Adon atacara primero. - ¿En qué piensas, Ankiseth? -preguntó Adon, sin ninguna emoción en la voz- ¿Acaso tienes miedo?¿No recuerdas lo que nos dijo Espartano al reunirnos? ¡Un Caballero no tiene miedo nunca, nisiquiera en presencia de la muerte! ¡Si no te atreves a atacar primero, yo lo haré! No bien hubo terminado de decir esto, cuando se lanzó sobre Ankiseth. A diferencia de la vezanterior, no había un balance entre ambos oponentes. Adon decididamente era el único que atacaba,y Ankiseth intentaba detener los golpes de su adversario. Mil pensamientos cruzaban por la mente de Ankiseth. Adon parecía cuidar perfectamente todos losángulos y movimientos. pero parecía atacar con un patrón. Si, lo empezaba a notar. Un golpe,patada, giro. Y cambiaba. Patada, giro, golpe. Y de nuevo cambio. ahora Ankiseth defendía casipor inercia. Sólo esperaba el momento para asestar el golpe. "Ahora" Adon dejó de golpear, al recibir un puñetazo directo a la cara. Se fue al suelo, perorápidamente se reincorporó, sin señales aparentes de dolor, aunque Ankiseth podría haber juradoque sintió cómo crujía el pómulo de Adon. - Ése fue un buen golpe, Ankiseth. No creí que podrías reaccionar tan rápido bajo mis golpes. - Soy un Caballero Dorado, Adon, protegido de la Octava Casa del Escorpión. Puedo ver a travésde la misma luz como quien puede leer un libro. No soy sólo "muy bueno". - Cierto, cierto. Bueno, ¿qué tal si continuamos? - Muy bien, ahora me toca a mi atacar primero. Ankiseth se lanzó al ataque. Ahora si que había un balance entre ambos oponentes. Adon ya notenía el mismo aspecto de confianza y seguridad que al principio de la pelea, pero la mismadeterminación insensible brillaba en sus ojos. Por el contrario, los ojos de Ankiseth relampagueaban con fiera determinación, aumentada por elhecho de que quería demostrarles a sus compañeros lo que realmente valía. Debía demostrar querealmente merecía ser llamado Caballero de Escorpión. Súbitamente Adon pateó la tierra hacia la cara de Ankiseth, nublando su visión. Adon aprovechópara atacar, pateando hacia el estómago de Ankiseth, pero se sorprendió cuando Ankiseth detuvosu pie y lo sujetó con fuerza. - ¿Qué pretendes hacer, Ankiseth? - ¡Esto! La mano de Ankiseth se dirigió como si fuera un hacha hacia la rodilla de Adon, y al hacercontacto Adon sintió su pierna retorcerse como por una sacudida eléctrica. Ankiseth habíacalculado perfectamente el golpe, golpeando un nervio central de la pierna, e inmovilizando porcompleto a Adon. La pelea estaba decidida. Adon habló: - Muy bien hecho, Ankiseth. Ahora ya puedes decir que eres un gran combatiente. Me has derrotadocompletamente, y me siento orgulloso de ello. ahora tú y Kiki deben pelear, a ver quién es mejor. - De acuerdo. ¿Estás listo, Kiki? - Listo, Ankiseth -contestó Kiki alegremente. En un instante ya estaban ambos oponentes uno frente al otro, midiéndose, mirándose uno a losojos del otro. entonces Kiki atacó primero. El ataque de Kiki estaba demasiado bien previsto por Ankiseth, y no le costó ningún esfuerzomantenerlo a raya en esa primera arremetida. Kiki, por su parte, viendo lo infructuoso de suataque se retiró rápidamente, sopesando las posibiladades para atacar. Ninguno de los doshablaba. Adon, desde las gradas, miraba con interés la pelea, y Erin, ya un tanto recuperado, miraba a laarena sin entender mucho de lo que ahí pasaba. Ankiseth atacó ahora, pero cuidando sus ataques, no de la manera furiosa de Adon, la rapidez deErin o la enorme técnica de Kiki. era un ataque, digamos, a cuentagotas. kiki rompió a hablaratropellada y alegremente a la vez. - ¿A qué demonios estás jugando, Ankiseth? ¿Es así como derrotaste a Adon? - ¡Silencio, duende! ¡Concéntrate en pelear! - ¿De verdad quieres que pelee? ¡Tus deseos son órdenes! Ahora ambos contrincantes se atacaban con lo mejor que tenían, defender y atacar, atacar ydefender. Ambos sabían que ese ritmo iba a acabar agotando a uno de ellos, y no cederían hastaque fuera el oponente el que cayera. El clímax de ésta situación de ataque y defensa se quebró como un trozo de pizarra. Kiki,decidido a terminar con dicha situación, lanzó un ataque inmediatamente después de otro, lo cualno esperaba Ankiseth. Una patada a más de 250 km/h siguió a un golpe premeditadamente lento(92km/h). Ankiseth sólo pudo sentir el impacto en su estómago, tirándolo al suelo mientras sentíacómo el aire salía expulsado de su boca. Para él era suficiente. Pero no había sido el único. Había logrado alcanzar a Kiki con un golpe en el rostro, y ésteyacía tumbado en la arena, respirando pesadamente, en una semiinconsciencia que en ese momento leresultaba deliciosa, pues no significaba más que el fín de sus sufrimientos. - ¡Jajajajajajaja! ¡Mi gozo en un pozo! ¡Nuestro gozo en un pozo, amigos míos! -festejó Adon-.¡Pero si han empatado! - ¿Empatado? ¿Quieres decir que Kiki me lastimó de por vida sólo para obtener un estúpido empatecon Ankiseth? - Si siguen así no podrán hacer nada en futuras batallas -terció una voz profunda desde la partesuperior de las gradas. - Ikki de Leo -dijo Adon sin voltear-. ¿Así que has regresado? - Así es, y debo decir una cosa...Aún les falta mucha experiencia. - ¿Amigo Ikki? ¿Sólo tú estás aquí? -preguntó el ser semiinconsciente que yacía en la arena, losbrazos en cruz, los ojos viendo al vacío. - Sí, Kiki. Sólo yo estoy aquí, y no me gusta nada de lo que he visto. Cierto es que unCaballero casi nunca tiene verdadera necesidad de pelear sin su cosmo, pero aún así es necesarioque conozca las artes de pelea sin armas. - No nos regañes ahora, Santo de Leo -terció Ankiseth recobrando el aire-; debes comprender quetodos aquí somos novatos. - Eso no importa. Desde mañana todos practicaremos juntos. ¿De acuerdo? Sin esperar respuesta, el Caballero de Leo dió media vuelta y se retiró, mientras una levesonrisa se dibujaba en su rostro. - ¡Corre, Stalin! ¡Debemos dejar atrás a esos tipos! El muchacho y su perro brincaron una pequeña barda y se escabulleron por un agujero de uno delos numerosos edificios en ruinas que había en Moscú. La huída se debía a la simple y sencillarazón de haber robado comida, pero en el crudo otoño ruso, que sólo era el heraldo del cruel yterrible invierno de "La Madre Rusia", nada se regalaba y nada se pedía, sólo los fuertessobrevivían, y Gavril era un sobreviviente. - ¡Rayos, qué cerca estuvo, camarada Stalin! ¿Quieres saborear un poco de curado de cerdo, eh? - ¡Ahí está, agárrenlo! - ¡Por el lobo blanco, estos tipos si que son persistentes! Gavril siguió corriendo, pero sus piernas ya no respondían. Al caer de bruces frente a laentrada de un viejo callejón, supo que su hora había llegado. - ¿Así que pretendías robarnos, eh, tovarisch? ¡Nosotros te enseñaremos a respetarnos! El filo de un cuchillo brilló en la seminiebla que cubria Moscú, y Gavril rogó a Dios por uneterno descanso al lado de su madre, a quien apenas había conocido, y de su padre, que habíamuerto hacía dos meses. - ¡Muere niño! - ¿Hay algún problema aquí, tovarisch? Gavril contempló una figura alta, de cabello rubio, corto, con una pequeña barba, y unos ojosque tenían el mismo brillo del Volga en invierno. Pero esos ojos, aunque parecían inexpresivos,tenían una luz peligrosa en el fondo helado de sus pupilas. - Lárguese, tovarisch, esto no le incumbe. El hombre alto esbozó una sonrisa desdeñosa. - ¿Acaso es de hombres atacar a un muchacho simplemente porque éste desea un poco de comida? - Este muchacho cometió robo, Tovarisch, y eso lo castigamos a nuestro modo. ¿Algún problema coneso? - Bueno, parece que su modo acaba de pasar de moda. - Debe estar deseando la muerte, camarada. Somos cuatro contra usted nadamás. ¿Porqué no mejorse va y se evita lesiones innecesarias? - Que Dios se apiade de sus almas. Los sujetos se abalanzaron sobre el hombre rubio, que no se movió ni un milímetro. El primero delos rufianes salió volando hacia una pared cercana. Uno más lo atacó con un garrote, el cuál volóen mil pedazos al estrellarse con el brazo del hombre rubio. Éste contraatacó con una rapidezsorprendente, y un tercer sujeto recibió una dosis de golpes al intentar atacar por la espalda alhombre rubio. El último rufián en pie estimó mejor la prudencia a ser golpeado y salió huyendodespavorido. El hombre rubio se acercó al muchacho. - ¿Te encuentras bien? -preguntó casi inexpresivamente. - Si...gracias camarada. ¿Dónde aprendió a pelear así? - En Siberia. Bien, si estás mejor, te dejo, y te recomiendo que tengas mucho cuidado. Moscú esmuy peligroso en esta época del año. El hombre rubio se levantó y comenzó a caminar. Gavril notó entonces que Stalin miraba al hombrerubio fijamente, agitando la cola alegremente y con expresión estúpida. Esto era muy extraño. Esehombre no era un hombre común y corriente. Debía ser alguna especie de santo, un ángel vengador.Gavril decidió seguirlo. Por varias cuadras, Gavril siguió a distancia al hombre rubio, intrigado por su aparenteindiferencia ante el mundo. El extraño se metió en un callejón, y Gavril aceleró el paso parapoder alcanzarlo antes de perderlo de vista. - ¿Dónde rayos se metió? -se preguntó en voz alta Gavril al no ver al hombre rubio al entrar alcallejón. - ¿Buscabas a alguien? Gavril casi se cae muerto de la impresión. La voz a sus espaldas sonó como la de un diosindiferente, un dios del hielo. - ¿Qué, quién, yo? ¡Claro que no! Sólo quería ver cuál era el nombre de este callejón. - Hum...¿Entonces porqué me has estado siguiendo desde hace varias cuadras? - Yo...¿Pero cómo lo notó? Jamás vi que volteara ni una sola vez. - La vista no es el único medio para percibir el mundo. - ¿Acaso es usted alguna especie de fenómeno, camarada? Al hombre rubio pareció hacerle gracia esta pregunta. - No. Digamos que soy un hombre que puede ver más allá. Por cierto, mi nombre es Hyoga. ¿Cuál esel tuyo? - Yo soy el camarada Gavril, y él es Stalin. - Es un buen nombre para un perro. Bien, Gavril, ¿Gustas tomar un café? - Agradezco su invitación, Tovarisch, pero no quiero ser una molestia imponiéndole un gasto tantremendo. - Oh, vamos. Yo tengo mucho dinero de sobra, y tal parece que tú tienes hambre. - Siendo así, creo que acepto. Oiga, ¿Puede enseñarme a pelear como usted, camarada? La mirada de Hyoga tomó otro tono, pero en su voz no había ninguna emoción al preguntar: - ¿De verdad quieres aprender a pelear como yo? - Sí, sí, sí, sí. - Bueno, creo que tendremos una interesante plática. - El deber de un Caballero de la Orden del Zodiaco es velar por la Diosa Athena. Ahora bien,¿cuál es el medio del que se valen los Caballeros para proteger a su señora? - El cosmo, maestro Shun. - Muy bien, Alan. Clopin, ¿Cuál es la forma en que de llamar ese cosmo? - Estando en sintonía con nuestra constelación guardiana. - Correcto. Ahora pueden irse a descansar. Mañana toca entrenamiento muy duro, así que no quieroninguna excusa para no levantarse, ¿Entendido? - Si, maestro -contestaron ambos muchachos al unísono. Clopin y Alan ya se estaban levantando para retirarse, cuando Shun los detuvo. - A propósito, mañana llegará un buen amigo mío, el cual está muy interesado en conocer a misalumnos, o sea, a ustedes. - ¿Es otro Caballero Dorado, maestro? -preguntó Alan. - Sí. Es el Santo Dorado de Libra, y el combatió junto a mí durante las Guerras Santas. - ¿Desde cuándo las guerras son santas? -preguntó Clopin con suspicacia, quien siempre andabacuestionando todo. Shun, desde su elevado pedestal, habló pomposamente. - Ya te he dicho, joven Aprendiz de Caballero, que hay cosas en este mundo cuya respuestaverdadera puede ser aún más complicada de entender que con un simple y llano "¿A quién leimporta?". Ahora, debemos ir a dormir. - Oye, Clopin, ¿No crees que todo esto está muy raro? Yo todavía siento como que camino ensueños. -preguntó Alan ya de camino a sus cuevas. - Hum. Yo no me preocuparía. Este lugar no es precisamente una Isla Paradisíaca del ÓceanoÍndico, pero te aseguro que prefiero este lugar a los malditos muelles del Sena. - Bueno, creo que tienes razón. Aparte de que el maestro es una persona muy amable. Él dice quea sus amigos no les tocaron maestros tan suaves. Oye, ¿y tú ya puedes encender tú cosmo? - Sí, un poco. es una sensación extraña, ¿Sabes? Sientes ondas de energía saliendo de cadaporción de tu cuerpo. - Yo también he logrado encenderlo un poco. Tiene un brillo azul, y se siente como energía viva. - ¿El tuyo es azul? El mío es color como anaranjado... - Bueno, dice el maestro que el color del cosmo depende de cuál sea nuestra constelaciónguardiana, que tan elevado esté, y varios factores más. - ¿Sabes? Yo pensaba que esto no eran más que patrañas, pero creo que estoy empezando a sentirmeverdaderamente comprometido con la causa que dice el maestro Shun. - ¿En serio? ¿será que al fin empezamos a tomar algo en serio? - La verdad, yo sí, amigo mío. Pero bueno, ya nos veremos mañana. Buenas noches. - Hasta mañana. Al día siguiente, Alan se levantó como siempre, antes que Clopin, y se encaminó a observar elmar desde uno de los numerosos acantilados de Isla Andrómeda. Pero al llegar al acantilado, sesorprendió al descubrir a una figura alta y espigada, de largo cabello negro unido en una coleta,entrenando con suaves movimientos de Pa Kua. "Este debe ser el amigo de el maestro Shun. Vaya que llegó temprano el tipo. ¿De verdad será tanpoderoso?" De pronto Shiryu interrumpió sus movimientos bruscamente, como sobresaltado por algo. Alanestaba tan absorto contemplando los movimientos de Shiryu, que no se dió cuenta que la causa deque Shiryu parara su entrenamiento, eran unos alegres y destemplados gritos que llegaban a susespaldas: - ¡Alan, eh, Alan! ¿Dónde te metes, hombre? De un gracioso salto apareció Clopin junto a él, y entonces reparó en el Caballero de Libra, quelos miraba fijamente. Finalmente se acercó a ellos, con una gran dignidad en sus pasos. - Hola, supongo que ustedes son los alumnos de Shun. Yo soy Shiryu de Libra. - Yo soy Clopin, aprendiz de Caballero de la Armadura Plateada de Orión. - Y yo soy Alan, aprendiz de la Armadura Plateada de Cefeo. Shiryu se sorprendió al oír esto. Ninguno de los dos entrebnaba por la armadura de Andrómeda.Bastante raro. Resolvió interrogar a Shun más tarde respecto a esto. - Entrenando para Caballeros de Plata, ¿Eh? ¿Porqué no de Bronce? - No lo sabemos, fue decisión del Maestro Shun. - Bueno, muy bien. Shun debe estar muy seguro acerca de cómo ser maestro como para entrenarCaballeros de plata. ¿Ya pueden encender su cosmo? - Un poco -contestó Clopin-, la verdad es que sólo podemos sentirlo, pero todavía no aprendemosa usarlo. - Vaya, es un avance, no cualquiera puede encender su cosmo en tan poco tiempo de entrenamiento. - Eso es lo mismo que pienso yo -dijo shun apareciendo entre los árboles, vistiendo completa laarmadura de Virgo-. La verdad es que me tienen gratamente sorprendido. - Hola Shun. Pareces más viejo ahora. - Buenos días Maestro. - Hola maestro Shun. - Muchachos, es hora de empezar bien el día, así que ¿por qué no se dan unas cuantas vueltascorriendo alrededor de la Isla? Los dos alumnos pusieron cara de espanto, pero Clopin arrancó a correr, mientras gritaba a Alan: - ¡Vamos, aturdido! ¡Apuesto a que no me alcanzas! - ¿Conque sí? ¡Ahora mismo te alcanzo, Clopin! Mientras los muchachos se alejaban, Shiryu, sin voltear a ver a su amigo, lo interrogó: - ¿Por qué no la Armadura Sagrada de Andrómeda, Shun? ¿Por qué dos Armaduras de Plata? - Shiryu, estos dos muchachos tienen un potencial enorme -contestó Shun mirando hacia elhorizonte-. Estoty seguro de que podrán alcanzar el cosmo de plata con facilidad. Además, noquiero someterlos al ritual del sacrificio, y la Armadura de Andrómeda ya ha peleado demasiadasbatallas. Es hora de que descanse por un tiempo. - Creo que sabes de lo que estás hablando, Shun. Entonces, ¿Cuándo piensas regresar a Francia? - No lo sé. Los entrenaré durante un año. Yo creo que en ese tiempo estarán listos para hacerfrente a cualquier peligro que se presente. - ¿Crees que de verdad venga Cronos? Shun pareció sentirse violento ante tal cuestionamiento. - Shiryu, yo sé lo que va a pasar. Parece una tontería, o algo sacado de la "DimensiónDesconocida". Pero sé que va a suceder de verdad. Y debemos estar listos. ¿Ya tienes alumnos? - Todavía no. Pero regresaré a China muy pronto y comenzaré a entrenar al nuevo Caballero delDragón. - Entonces mucha suerte, compañero. Ahora, ¿qué tal si tomamos nuestro desayuno? Creo quetendremos que pescar algo, pero eso no es problema en los acantilados de la parte norte de laIsla. - Vamos, viejo amigo. Una mujer joven se arrodilla ante una tumba en el cementerio del Santuario. Su cabello rubio conbrillos verdes y sus ojos del color de la esmeralda son un fuerte contraste con su semblantetriste. Llevaba con ella un ramillete de Rosas Rojas, las más hermosas del templo de Piscis, y enel centro de ellas una enorme Rosa Blanca, parecida a la Rosa Imperial Blanca. Sus ojos estabanhúmedos. Comenzó a hablar con su voz melodiosa, llena de tristeza: - Hace ya tres años que nos dejaste, Seiya. Díste tu vida por salvar a un mundo que no los honracomo es debido. Y para salvar a la Diosa a la que servimos. Pero, ¿por qué no pensaste enaquellos que te querían? -en este punto la mujer rompió a llorar- Tu hermana que no conociste,tus amigos, tu Diosa, tu maestra... Y yo. Yo te amé siempre, ¿cómo no pudiste darte cuenta? ¿Erayo tan poco digna de tu amor? ¡Qué tonta fui al pensar que tú y yo algún día estaríamos juntos!¡Te odio, Seiya de Pegaso! ¡Pero tampoco puedo dejar de amarte, aún después de tu muerte! Y Shaina de Ofiuco se alejó corriendo de la tumba de Seiya de Pegaso, mientras sus lágrimasfertilizaban la tierra del cementerio del santuario, maldiciendo a Poseidón por no haberla matadocuando la atacó, y evitarle este dolor, más amargo aún que la muerte. Diciembre es un mes especialmente frio en Siberia, pero al joven Gavril haberle dicho estohubiera equivalido a insultarlo. hacía más de un mes que se encontraba en el campo deentrenamiento de los Caballeros del Hielo, y había aprendido rápidamente a convivir con el fríomortal, además de haber aprendido a llamar a su cosmo en muy poco tiempo. Hyoga estabasorprendido, aunque no lo demostrara. Sin duda este muchacho tenía madera. - La base del ataque del Polvo de Diamantes es usar el cosmo para reducir el movimiento de losátomos, ¿comprendes, Gavril? - Sí, maestro Hyoga. - En el Universo hay diversas fuerzas. Las fuerzas gravitacionales que mantienen unidos a losastros en el espacio, las fuerzas electromagnéticas que hacen que los planetas atraigan loscuerpos hacia ellos. Pero ninguna fuerza se compara con la que impulsa a los átomos. Puedeparecer risible pero así es. Ninguna fuerza se compara a la de un átomo. ¿Por qué crees que lasbombas atómicas son tan poderosas? - Por la gran energía liberada con la desintegración de un átomo. - Así es, Gavril. Entonces comprenderás lo poderoso que es un Caballero del Hielo al poderreducir el movimiento de los Átomos... Ese poder proviene del cosmo. Ahora, quiero que congelesesta roca... - Lo intentaré, Maestro Hyoga... Gavril tomó la roca, y concentrándose mucho, logró cubrir la roca con una capa de escarchaprimero, después encerrarla en una cubierta de hielo, y por último, conseguir que la roca secuarteara al alcanzar cierto grado de congelación. Pero el muchacho estaba exhausto por elesfuerzo. Volteó a ver a su Maestro con la esperanza de alguna palabra de aliento, pero lo únicoque vió fue el destello helado de sus ojos, y unas palabras que bien pudieron haber sido dichaspor un autómata: - Muy bien hecho. Ahora puedes descansar. Sin duda alguna, pensó Gavril, su maestro era un verdadero Maestro del Hielo. Pero, sin embargo,no sabía que por dentro Hyoga se felicitaba al saberse tan buen entrenador. Su alumno sería undigno heredero de la armadura del Cisne. Y además, esperaba a Ushio, el tercer Caballero deAcero, el cual ahora iba a ser también su alumno, mientras Kiki probablemente ya se encontraba enesos momentos entrenando a sus compañeros, Daichi y Sho, los hermanos. FEBRERO, 1990, DOS AÑOS Y MEDIO PARA EL PLAZO. Muchos de los campos de entrenamiento de Caballeros en el mundo se caracterizan por ser lugaresde difícil acceso(Jamir), con climas extremosos(Isla de la Reina Muerte), y condiciones de vidainsoportables(Isla de Andrómeda), o una belleza que esconde lo peligroso del lugar(Siberia),pero existen excepciones a la regla, y una de esas excepciones, aparte de Cinco Picos, es elcampo de entrenamiento que se encuentra en la zona montañosa de México, en la Sierra MadreOriental. México fue una de las Sedes desde donde, en la Era del Mito, los Dioses gobernaban el mundoantes de la revelación de Dios Padre. Con una larga tradición como tierra mística, lugar deorigen de grandes sabios y varios guerreros, no es raro comprender porque la Orden del Zodiacotenía un campo de entrenamiento en México. Y ahora, el nuevo maestro del campo de entrenamientoen México, era, obviamente, Adon de Capricornio. El campo de entrenamiento se encontraba al pie de un hermoso manantial de montaña, con un arroyode aguas diáfanas que incitaban a la meditación, rodeado de un bosque de pinos, donde la luz quepasaba a través de los árboles daba la impresión de estar bajo el techo de una catedral, y dondeel clima era bastante benigno. El campo no tenía barricadas u obstáculos naturales, salvo lalarga caminata que se debía de hacer para llegar hasta allí. En realidad, parecía un lugar paravacacionar en vez de campo de entrenamiento para Caballeros. Y, así como la Armadura del Cisne está(casi siempre, no es de a fuerza)en Siberia, la del Dragónen China, la de Unicornio en Argelia, en México había dos de Plata: Musca y Linx. Y las dos ibana tener pronto nuevo dueño. - Muy bien, ahora, enciende tu cosmo, Greco -dijo Adon con tono amenazador mientras observaba asu alumno. Una luz grisácea, como la del cielo preñado de lluvia comenzó a rodear al joven aprendiz deMusca, mientras su compañero Héctor observaba la escena con desinterés. Después de todo, iba másavanzado en su entrenamiento. - Ahora, vamos, destruye aquel pino con tu ken... ¡Vamos, demonios! - ¡Vuelo Final! Se oyó un algo así como un zumbido al salir de Manos de Greco un poderoso ataque, lleno delmáximo poder que su cosmo podía desarrollar. El zumbido en cuestión se debía a que el ataque deGreco no era como la mayoría de los ataques, sino que era sonido concentrado, capaz de cortar elacero como si un cuchillo cortara mantequilla caliente. El árbol se partió limpiamente en dos alrecibir el impacto, y no sólo ese árbol, sino los que estaban atrás y a los lados tambiénresultaron dañados. Greco se dejó caer de rodillas, pero Adon parecía satisfechísimo. - Muy bien hecho, Greco. Si continúas así serás un digno portador de la armadura plateada deMusca. Ahora, Héctor, vamos a ver de qué estás hecho tú. Héctor pegó un brinco al ver su oportunidad de demostrar su poder, mientras sonreía, diciéndosea sí mismo que ya era hora. - ¿Estás listo? Quiero que... Hum... Destruyas esa roca grande de allá. Héctor creyó no haber entendido bien. - ¿Que destruya esa roca? - Sí, eso, que destruyas esa roca. La roca en cuestión era un pedazo enorme de piedra, que debía llevar allí cientos, sino es quemiles de años, y era decididamente más fuerte, dura y gruesa que los árboles de Greco. Héctor diórienda suelta a su indignación. - ¡Voto a mil pares de Diablos! ¿Porqué yo he de romper una roca de 20 toneladas y Greco sólorompe arbolitos? - Porque tú eres mi alumno más avanzado, y Greco apenas está empezando a desarrollar bien suKen. Además, yo sé que tú eres ya perfectamente capaz de romper árboles. Por eso quiero querompas ese piedraco y me demuestres que de verdad estás entrenando. Héctor se volteó con cara enfurruñada a la roca, sin decir palabra, y encendió su cosmo verde,y comenzaba a marcar con sus manos la Forma del ataque de Linx, el Lince. - ¡Jauría! -gritó mientras se abalanzaba hacia la roca, pues su ataque no era de lejos, sino decerca, mientras su figura se desvanecía y sus brazos parecían tomar la forma de varios linces. Suataque se estrelló contra la roca. Seguía entera, mientras Héctor mantenía su puño contra laroca. Se oyó un crujido, y la roca cayó en mil pedacitos pequeños. Lo había logrado. - ¡Muy bien, Héctor! -dijo Adon con una ligera sonrisa en el rostro- ¿Ves cómo si fuíste capazde romperla gracias al cosmo? - Sí, maestro. ¿Puedo descansar un rato? - Sí, claro, descansen diez minutos y continuaremos. Todavía no terminaba Adon de Hablar y sus alumnos ya estaban tendidos durmiendo sus pacíficosdiez minutos. En el Santuario, Athena se sentía sola y abandonada, y no era para menos, ya que la totalidad desus defensores se habían ido del santuario. Sólo se quedaron Shaina, Marin y Espartano, pero aéste último casi no lo veían, y Marin pronto iba a Volver a ser entrenadora de Caballeros deBronce, por lo cual casi no se iban a ver de ahora en adelante, pues iba a pasar más tiempo enlas partes bajas del Santuario. - ¿Sabes, Shaina, que éste es una de las cosas que realmente disfruto más? - ¿Qué cosa, señora? - Sentarme aquí en la terraza a tomar un café por la tarde, mientras disfruto de la compañía deuna amiga. - Señora, me halaga que me considere su amiga. - Oh, vamos Shaina. Sabes que siempre ha sido así. Y desde ahora llámame Athena, o Saori, o loque quieras, pero no más "señora", por favor. - Gracias, Athena. - Y por cierto, te he notado algo deprimida últimamente... ¿A qué se debe? - Bueno, es... que yo lo extraño mucho, Athena. - ¿A Seiya? Todos lo extrañamos, pero tú lo amabas, y aún lo amas, ¿verdad? - Bueno... no debería de hablar de esto contigo, después de todo, era claro que él te amaba yque tú... - Un momento, un momento. ¿Crees realmente que Seiya estaba enamorado de mí? - Bueno, todos teníamos esa impresión... - Por favor, Shaina... Seiya te amaba a ti... ¿Por qué crees que nunca te mató en combate,cuando tú lo atacabas? - El decía que era porque no podía golpear a una mujer, y... - No. Seiya, antes que hombre, era soldado, y muy pocas veces dudó en levantar su puño contrauna mujer. Giste, Thetis la Sirena, incluso Hilda. Seiya no era ningún galante, ¿entiendes?Además, si no me falla la memoria, el alguna vez me contó que la primera vez que vió tu rostro,sintió que al fin comprendía la realidad del amor. - ¿En serio? - Sí. Me dijo que nunca pensó que el demonio en persona vendría a tentarlo con el Rostro de unÁngel. - Si, lo recuerdo. A mi también me dijo lo mismo. - Bueno, ahora escucha. las cosas tal vez entre ustedes no se dieron en este mundo. Sólo elCreador sabe por qué lo hizo. Pero no dudes que más allá de la muerte terrenal hay un lugar dondetodas las almas se encuentran libres ya de los deberes e imposiciones de este mundo. Athena volteó a ver a Shaina, y vió sus hermosos ojos verdes derramando lágrimas. Athena esbozóuna sonrisa, conmovida, y abrazó a shaina de Ofiuco, demostrándole a la Amazona que la Diosa noera sólo un ser al que debían defender ciegamente y rendirle honores, sino que también podía sersu mejor amiga. Porque era humana. FIN DEL CAPÍTULO 5.