Una Nueva Era.
 
CAPÍTULO 3: Nace una nueva Orden.
 
Sí se le permitiera a los turistas que visitan Grecia, y en especial, 
Atenas, entrar a las áreas
restringidas del Santuario, es decir, a los Campos de entrenamiento de 
Caballeros, Las Doce Casas
y el Templo de Atena, se encontrarían con un área mucho mejor 
conservada que 
las denominadas
zonas "Turísticas"; el Partenón, la Acrópolis, etc.
 
Pero esta mañana, el Santuario se veía simplemente esplendoroso. Las 
desnudas rocas y
acantilados que lo rodeaban, formidables defensas naturales, parecían 
gigantes que reflejaban el
sol al despertar. Los campos reverdecían y el rosal que rodeaba el 
Templo de 
Piscis estallaba en
todo su esplendor rojo. Y todo esto a pesar de que el Santuario estaba 
casi 
vacío.
 
Después del final de la batalla contra Hades, el Santuario había 
quedado con 
muy pocos
habitantes. Durante un tiempo los restantes Caballeros de Bronce habían 
estado ahí, pero hacía
muy poco que habían partido rumbo a sus antiguos campos de 
entrenamiento, 
deseosos de aprender
más acerca del cosmo que habían aprendido a desarrollar hasta el nivel 
de un 
Caballero de Plata.
De hecho, Jabu deseaba ahora ganar el derecho a portar la sagrada 
armadura 
Plateada de Perseo,
que había sido restaurada por Kiki recientemente, después de que Shiryu 
la 
deshiciera en mil
pedacitos.
 
Quedaban aproximadamente 95 guardianes, cifra realmente pequeña si se 
toma 
en cuenta que en
tiempos de guerra el Santuario alberga cerca de 400 guardianes. Por 
encima 
de ellos se situaban
los aprendices de Caballero, pero en estos momentos el Santuario no 
tenía 
ninguno. Tampoco había
ningún Caballero de Bronce. Caballeros Plateados había dos, Shaina de 
Ofiuco 
y Marin de Águila, y
además uno desaparecido, Espartano de Grus, la Grulla, único 
sobreviviente 
de la Guerra contra el
Santuario, y del que no se sabía nada desde la muerte de Argol. 
Caballeros 
especiales no había
ninguno. Tampoco había Caballeros Dorados. La sala de las Armaduras, 
situada 
atrás del Salón del
Patriarca, tenía a la mayoría de las Armaduras que siempre están en 
Grecia. 
Atena vivía en su
templo, con su consejero, criado, mayordomo, ayudante, y fiel 
sirviente, 
Tatsumi. Otras 4
personas no guerreras vivían en el Santuario, dedicadas al 
mantenimiento de 
los templos, cuidado
de los rosales del Templo de Piscis, cocinar los alimentos, etc., 
siempre 
ayudados por los
guardianes. Satos, Lucca, Sofía y Al-Fateh eran los encargados de estas 
tareas, seleccionados
personalmente por Atena. Estos eran, pues todos los habitantes del 
santuario. Y ahora mismo se
encontraban Sofía y Al(así le decían todos)arreglando la fachada del 
templo 
de Aries. Al parecer,
Atena esperaba a gente muy importante hacia el mediodía.
 
- ¡Demonios, que esto me da curiosidad!
 
- Y que lo digas, Sofía. Supongo que no debe de ser nada malo, puesto 
que la 
Señora está muy
contenta...Pero de cualquier forma debe de ser alguien especial, ya que 
tenía ya mucho tiempo que
nadie daba mantenimiento a alguno de los Doce Templos.
 
- Bueno, la señora se pondrá aún más contenta al saber que ya está todo 
listo. Ea, hay que
llamar a unos de esos guardianes para que se lleven toda la basura que 
había 
aquí.
 
Cuando los guardianes regresaron al Templo de Aries, se encontraban 
afuera 
de él Atena, así como
el resto de los guardianes, todos formados y como esperando algo. 
Algunos de 
los guardianes más
viejos recordaban que esto lo hacía también el patriarca cada vez que 
se 
investía a un Caballero,
pero nunca habían visto que se hiciera frente al Templo de Aries. Sin 
duda 
que el Santuario había
tenido cambios desde la muerte del anterior patriarca.
 
Dejaron algunas cosas dentro del templo, y salieron a formarse. A los 
presentes se habían
añadido Shaina y Marin, que estaban formadas enfrente de todos los 
guardianes. Tatsumi, Satos,
Lucca, Sofía y Al-Fateh se encontraban como espectadores desde unas 
rocas, 
las mismas rocas en
las cuales se habían parado los Caballeros de Bronce a contemplar el 
Reloj 
de Fuego mientras el
fallecido maestro Mu, antiguo Caballero Dorado de Aries, reparaba sus 
armaduras. Todos estaban
como esperando.
 
La espera terminó de repente cuando apareció en las escaleras, 
caminando 
hacia ellos, una figura
alta, que llevaba un traje raro, del tipo que usan las gentes que viven 
en 
las montañas del
Tibet. A varios de los guardianes con más de cuatro años en el 
Santuario les 
pareció vagamente
conocida esa figura. Mientras se acercaba, observaron su magnífico 
cabello 
rojo, que salía
alborotado de su cabeza, y una larga cola salía de su nuca. En su 
frente se 
veían dos pequeños
puntos, y en sus ojos azules parecía reflejarse la eternidad misma. Era 
alto, más de 1.80, y de
aspecto inteligente además. Se acercó lentamente a Athena, y se 
arrodilló 
ante ella en actitud
respetuosa.
 
- Atena, he respondido a tu llamado.
 
- Me da gusto que hayas respondido, Kiki. Ha pasado mucho tiempo desde 
la 
última vez que nos
vimos.
 
- Es verdad... ¿Para qué me has llamado, Atena?
 
- La armadura de Aries ha escogido a su nuevo dueño.
 
- ¿Es en serio? -El rostro de Kiki recobró su antiguo brillo alegre e 
infantil.
 
- Así es. Las armaduras son entes vivos, como bien lo sabes, y cada vez 
que 
eligen un nuevo
dueño, yo lo sé.
 
- Yo... Sabía que mi entrenamiento no había sido en vano... Gracias, mi 
Señora, juro que no te
defraudaré...
 
- Nunca lo has hecho, Kiki. Desde que eras alumno de Mu, sabía que 
tenías 
pasta de Caballero.
Habitantes del Santuario, honremos al nuevo Caballero Dorado de la 
Primera 
Casa de Aries.
 
Todos los Guardianes aplaudieron con respeto. Desde hacia muchos años 
no se 
había llevado a cabo
una ceremonia de investidura de un Caballero Dorado, y ahora esperaban 
ver 
el momento en que la
armadura dorada saliera en toda su magnificencia a posarse sobre el 
cuerpo 
de su nuevo poseedor.
 
No tuvieron que esperar mucho. Un relámpago dorado salió desde el 
templo y 
apareció ante todos
ellos la armadura dorada. Kiki se acercó con solemnidad, mientras el 
aire se 
llenaba con un
sonido vibrante. Al momento de tocar Kiki la armadura, ésta se deshizo 
en 
todas sus partes y
empezaron a revolotear como avispas de luz alrededor de Kiki. Una 
avispa se 
pegó repentinamente
a las piernas de Kiki, y de ahí le siguieron las demás, bañando de luz 
al 
Caballero. Cuando ésta
se disipó, todos los presentes admiraron al nuevo Caballero Dorado, que 
sostenía debajo de su
brazo el casco de su armadura.
 
Tras de esto, empezó la fiesta. Desde los tiempos de la antigua Grecia, 
era 
costumbre que cada
vez que un nuevo Caballero Dorado era investido, se organizara una 
fiesta en 
su honor. Así fue en
esta ocasión, y todos disfrutaron de una excelente comida en el templo 
de 
Aries. Atena presidía
la mesa de honor, con Kiki a su derecha, y Shaina y Marin a su 
izquierda.
 
- Atena... ¿Acaso no van a venir Shiryu, Ikki, Shun e Hyoga?
 
- Intenté comunicarme con ellos, pero no había nadie en su departamento 
de 
París. He intentado
localizar sus cosmos, pero ellos han aprendido demasiado bien a 
apagarlo.
 
Había en la voz de Atena una nota ligeramente irritada, así que Kiki 
decidió 
no preguntar más.
 
Súbitamente apareció Shun en la puerta del templo, vistiendo su 
armadura 
divina de Andrómeda, la
cual relucía como una antorcha de color magenta.
 
- ¡Vaya, pero si es Shun! -Dijo Kiki con alegría. Athena parecía estar 
muy 
sorprendida. Shaina
parecía positivamente encantada con la aparición de Shun(Ya no usaba la 
máscara). La expresión de
Marin no se podía adivinar, pero sus labios, que llevaba descubiertos, 
dejaron escapar una leve
sonrisa de satisfacción.
 
- Creyeron que no vendría, ¿Eh?
 
- Bueno, tú y tus amigos no han dado señales de vida -dijo Atena con 
cierto 
dejo enojón en la
voz.
 
- Así es, y lo siento mucho, Saori(era uno de los pocos que le decían 
así). 
Los demás te piden
disculpas por no poder asistir, pero mandan sus felicitaciones a Kiki.
 
- ¿Hasta tu hermano?
 
- Hem... Sí, hasta mi hermano.
 
Shun no quería decirle a Atena que su hermano había desaparecido, y que 
nadie sabía dónde
andaba.
 
Transcurrió el resto de la comida en una animada charla entre Shun y 
Kiki. 
Después, cuando todos
hubieron terminado su comida y limpiado el templo, Kiki acompañó a 
Atena 
hacia la salida trasera
del templo. Shun se había retirado a las habitaciones que le estaban 
destinadas, cerca de los
templos. Kiki despedía a Atena.
 
- Mi señora... Yo... deseaba preguntarle si ahora he ganado mi derecho 
a 
tener alumnos.
 
- Claro que sí, Kiki. Solamente los Caballeros de Bronce no poseen tal 
derecho. ¿Acaso planeas
tener tan pronto alumnos?
 
- Así es... Creo que te se te va a hacer interesante saber que planeo 
tomar 
bajo mi tutela como
pupilos a Daichi y a Sho.
 
- Daichi y Sho... Ya... ¿Los Caballeros de Acero? ¿Porqué precisamente 
ellos?
 
- Porque ellos guardan un gran poder... debe ser liberado... yo sé lo 
que 
hago, no se preocupe.
 
- Bueno, supongo que sí... Nos veremos entonces Kiki.
 
- Hasta luego, señora.
 
Kiki esperó un momento hasta que Atena se encontrara suficientemente 
lejos 
de su templo, y asi
poder platicar con Shun.
 
- ¿Ya se fue, Kiki?
 
- Sí, Shun, ya puedes salir.
 
- Demonios, Saori, está más irritable que antes, pero no debe oír lo 
que 
debo platicarte. La
preocuparía.
 
- ¿De qué se trata, amigo?
 
- Bueno, tú heredaste de Mu toda su sabiduria... Así que supongo que 
tal vez 
sepas algo acerca
de una leyenda relacionada con una biblioteca universal, o algo así de 
divertido.
 
- Ummmmm... Creo que sí, pero no consigo recordar bien... Ummmmm... 
Creo que 
necesitaremos ir al
Tíbet, a la casa de mi maestro, y consultar personalmente sus libros.
 
- Hem... Sí claro... Yo creo que mañana podremos partir temprano, ¿No? 
Podrías inventarle alguna
excusa banal a Saori y...
 
- No, si yo decía ir ahora mismo.
 
- Sí claro, ir ahor...¿¡Qué!?
 
- Sí, ir ahora mismo... Así Saori sólo sentirá mi cosmo y no sospechará 
nada... Más práctico y
efectivo, ¿No crees?
 
- Hem, bueno, sí pero...
 
- Shun, para ganar el derecho a portar la armadura dorada de Aries, 
tuve que 
llevar mis
habilidades al máximo. Entre esas habilidades se cuenta la 
teletransportación, y la domino a la
perfección. Puedo llevar y traer objetos, conmigo o sin mi, sin el 
menor 
esfuerzo. Ahora es casi
de día en el Tibet, así que creo conveniente irnos ahora mismo.
 
- Bueno... está bien, vámonos.
 
Sin previo aviso, Shun se encontró de pronto levitando ante la casa de 
Mu en 
el Tíbet. Antes de
darse cuenta dió con su trasero en el suelo, mientras kiki se 
desternillaba 
de risa.
 
- ¡Eres el mismo mocoso de siempre, Kiki!
 
- ¡Jajajajajajaja, lo siento, Shun, pero no recordaba que siempre 
aparece 
uno flotando después
de la teletransportación, Jajajajajajaja!
 
- Bueno, tienes suerte de que no traiga mi armadura... Entremos a casa 
de Mu 
y veamos esos
libros.
 
Entraron ambos a casa del fallecido maestro Mu, y Kiki condujo a Shun 
al 
tercer piso, que era
donde Mu guardaba sus libros.
 
- Muy bien, Shun, tú revisa ese estante y yo revisaré este.
 
- OK, Kiki, supongo que puedo emp... ¿Qué? ¡Estos libros están en 
idioma 
tibetano!
 
- Bueno, sí... ¿Y qué?
 
- ¡Que no sé leer tibetano, zopenco!
 
- Hum... Bueno, siéntate ahí, y revisa esos manuales y guías 
ilustradas... 
Están escritos en
griego, así que supongo que no tendrás problemas.
 
- Está bien.
 
Mientras Kiki repasaba todos los escritos de su maestro acerca de 
leyendas y 
conocimientos
universales, Shun repasaba perezosamente las hojas de un manual de 
armaduras. Las primeras
páginas le parecieron sumamente aburridas, ya que eran cosas que el 
conocía 
demasiado bien. Sólo
era un pequeño tratado acerca de las 88 constelaciones, y cómo las 
últimas(microscopium,
telescopium, octans...)son las que están hechas de un "material 
desconocido". A continuación
seguían esbozos de las armaduras de las 88 constelaciones, que tenían 
apuntes en los márgenes,
sin duda hechos por Mu. Shun no había visto nunca la mayoría de dichas 
armaduras, y se maravilló
ante los hermosos diseños de varias de ellas... Apus, Octans, Equuleus, 
todas nuevas para él, y
vió con nostalgia los diseños originales de las armaduras de él y sus 
amigos. Venía también el
origen de la armadura, mencionando acerca de dicho origen que todas 
fueron 
creadas por orden de
Athena por los alquimistas legendarios del continente perdido de Mu, el 
origen de su
constelación, y de su primer portador. El primer portador de la 
armadura de 
Andrómeda fue un tal
Alceros, de la Isla de Creta. Peleó en una guerra contra ciertos 
demonios 
que asolaban el ahora
llamado Estrecho de los Dardanelos, y pereció en combate. Al parecer 
murió 
tratando de proteger a
sus compañeros de un ataque de sus enemigos.
 
- Vaya, asi siempre han sido los portadores de la Túnica de 
Andrómeda... 
Puro sacrificio -Dijo
Shun para sí mismo.
 
Después venía un tratado acerca de aquellas armaduras que no 
pertenecían a 
las 88 constelaciones
pero que estaban al servicio de Atena. Las armaduras de Crystal, Flama, 
Reda, Espica, Cerberus, y
muchas otras, entraban en esta categoría. Acudió a su mente cierto 
rumor de 
la existencia de un
Caballero de Bronce llamado Arythar de Albatros, que tal vez estubiese 
peleando por la justicia
en algún lugar cerca de allí.
 
Sin duda alguna que toda esa colección era el fruto de muchos siglos de 
cuidadosa recopilación,
y era un hecho que varios de esos escritos pertenecieron a los maestros 
antiguos de la raza de
Mu. Encontró también pequeñas anotaciones acerca de los guerreros de 
las 
demás Ordenes encargadas
de proteger la Tierra, y el origen de sus armaduras. La Guardia del 
Pueblo 
de Dios, la más
importante de todas, sólo aparecía en ocasiones muy especiales. Sus 
armaduras son las más
poderosas, ya que están protegidas por la Bendición de Dios, forjadas 
con la 
mismísima Luz del
Cielo. Son la Alas de Estrella, y son casi irrompibles. Sólo alguien 
que 
cuente con la Bendición
de Dios o que haya alcanzado el Noveno Sentido puede aspirar a tal 
proeza.
 
Los guerreros más importantes de dicha orden son los 4 Arcángeles y Los 
13 
Tronos. Algo especial
acerca de estos últimos es que son los únicos de toda la orden que los 
Ángeles toman el cuerpo de
un hombre. Tiene sentido, pensó Shun, pues según esto, eran los 
primeros en 
pelear en caso de que
la Guardia tuviera necesidad de entrar en acción.
 
- Hum... Ellos en el paraíso y nosotros peleando siempre... Me pregunto 
qué 
tan difícil tiene
que ser la situación para que entre en acción la Guardia del Pueblo de 
Dios.
 
Mientras tanto, en el Santuario, Atena había sentido la divergencia de 
espacio que había
ocasionado Kiki con su teletransportación. Desde la muerte de Seiya, la 
parte humana de Atena
había estado siendo gradualmente relegada por la personalidad de la 
Diosa. 
Esto era magnífico, ya
que ahora se ocupaba más de su deber como guardiana del mundo, pero sin 
una 
amenaza cercana, a
veces resultaba bastante aburrido. Por eso trabajaba mucho en el 
perfeccionamiento de sus dones
como diosa, y aunque todavía no podía localizar a los cuatro Caballeros 
más 
importantes a su
servicio, podía sentir y saber ya muchas cosas. Y una era que en la 
resonancia que había dejado
la teletransportación de Kiki, pudo sentir una presencia más, aunque no 
supo 
definirla.
 
Tal vez no era importante, pensó. Tal vez Kiki había decidido regresar 
a su 
lugar de origen por
un tiempo, pero era raro que no se lo hubiera dicho. De cualquier 
forma, 
ella no era la mamá de
sus Caballeros para andarlos cuidando siempre. Pero tal vez se 
avecinaba 
algo importante...
después de todo, el mal siempre está presente en la tierra. O tal vez 
sólo 
estaba imaginando
demasiadas cosas. Decidió que era ya muy tarde, así que mejor se acostó 
a 
dormir. Hasta los
inmortales deben descansar.
 
En el Tíbet, Shun casi se había quedado dormido, mientras Kiki repasaba 
varios libros de al
parecer bastante tiempo de antigüedad. No había estado leyendo tanto 
desde 
hacía ya algún tiempo,
y resultaba interesante repasar tantos tesoros de sabiduria.
 
Shun se incorporó de un salto al oír a Kiki exclamar "¡Aquí está, aquí 
está!". Se despabiló
rápidamente, mientras Kiki señalaba con visible emoción el texto. 
Comenzó a 
leer de forma clara y
con un buen volumen:
 
"Existe un lugar donde se guarda toda la historia de la tierra, desde 
su 
creación hasta el Día
del Juicio. Tal lugar es la Biblioteca Universal, y sus libros están 
escritos en el lenguaje que
hablan los Inmortales. De vez en cuando, un mortal es elegido y se le 
comunica algo importante,
pero esto pasa muy raras veces, y sólo unos cuantos pueden recibir 
noticias 
concernientes al
futuro del mundo."
 
"Este lugar existe en un plano intermedio entre el reino de los 
mortales y 
el de los Inmortales,
por lo tanto, no se le puede ver a simple vista. Sin embargo existen 
ciertos 
lugares que debido a
su fuerte significado místico, religioso y espiritual, tienen 
consonancia 
con el Plano
Intermedio. Cuando algún elegido se acerca a alguno de esos "portales", 
es 
guiado por medio de un
espíritu hacia la entrada a dicha biblioteca, que sólo es visible para 
el 
elegido."
 
"Esta claro que ciertos individuos con experiencia en abrir portales 
interdimensionales,
teletransportación avanzada, clarividencia, Noveno Sentido, habilidades 
psíquicas de alto nivel o
de tipo cuántico y manejo, desdoblamiento y suprapercepción de la 
realidad 
pueden accesar a la
Biblioteca sin ser elegidos, pero, olvidando un momento el hecho de que 
esto 
equivaldría a
desobodecer la voluntad de los Inmortales y Dios Padre, muy pocos son 
los 
Individuos que poseen
lo necesario para accesar al Plano Intermedio."
 
"Cuando algún no elegido entra al Plano Intermedio, dependiendo de sus 
acciones puede ser
atacado inmediatamente por los guardianes de la Biblioteca, o 
simplemente 
ser juzgado a su muerte
por romper el sello interdimensional."
 
- ¿Teletransportación avanzada? -Dijo Kiki al terminar de leer- 
¿Significa 
que todavía me falta
dominar más la teletransportación? ¿Qué diablos significa esto? Shun... 
¿Estás enterado de...?
 
- ¿De lo que viene? ¿Lo sabes tú también?
 
- Yo... Creo... que sí, hum, sí creo que lo sé...
 
- Por eso entrenaste más duro y ganaste el derecho a portar la Armadura 
Dorada de Aries. Porque
lo sabías. ¿Mu te lo dijo?
 
- No.
 
- ¿Entonces?
 
- Yo... Creo que simplemente lo sé... No sé cómo pero lo sé.
 
- Sabes entonces que aún faltan otros dos años y medio para tal evento, 
¿Verdad?
 
- Sí.
 
- ¿Crees que seamos suficientes tú, los demás y yo?
 
- No.
 
- Entonces es hora de hacer nacer a la nueva Orden del Zodiaco.
 
- Por lo pronto yo ya tomaré a mis primeros alumnos.
 
- Daichi y Sho. ¿Dónde los entrenarás?
 
- En Jamir. ¿Dónde más? Um... ¿Esto lo saben los demás? ¿Se los 
contaste?
 
- Sólo saben un poco. No saben de la amenaza que se cierne sobre el 
mundo.
 
- Debemos regresar decirle a Athena y a los demás, y...
 
- No le diremos nada a Athena.
 
Kiki volteó a ver a Shun con cara de no entender.
 
- ¿Que no le diremos a Athena?
 
- No. Ella ya tiene suficiente por ahora. Cuando llegue el momento ella 
lo 
sabrá. A Hyoga y
Shiryu yo se los diré, tan pronto como los vea.
 
- ¿Y a tu hermano?
 
- No sé si lo vea en un buen rato. Pero en cuanto lo vea también se lo 
diré.
 
- Bueno... creo que ya sabemos lo suficiente por ahora. Ya debemos de 
regresar a Grecia. Pero...
¿Cuáles son tus planes Shun?
 
- ¿Yo? Yo voy a conseguir alumnos. Debe haber montones de muchachos en 
todo 
el mundo con las
habilidades necesarias para pertenecer a la orden.
 
- Muy bien... Yo estaré unos días más en el Santuario, y regresaré acá 
con 
esos dos para
comenzar su entrenamiento.
 
No bien había terminado Kiki de decir esto, cuando ya estaban de 
regreso en 
el Templo de Aries.
Shun esta vez se dió cuenta a tiempo, y evitó la situación de hacía 
unas 
cuantas horas. Charló
unos momentos con Kiki y se dirigió hacia su habitación, dispuesto a 
descansar por unas horas
antes de regresar a Francia. Estaba agobiado por tantas revelaciones, 
pero 
extrañamente ya no se
desesperaba ante la posibilidad de pelear nuevamente. Después de todas 
las 
peleas que había
librado, ya no era una novedad enterarse que habría que pelear una 
nueva 
guerra. ¿No era acaso
ese el destino de los Caballeros de Athena? ¿No era su deber, su 
misión? 
Pero, ¡Cuánto anhelaban
la Paz! Hubiera ofrecido diez años de su vida con tal de haber llevado 
una 
vida normal. Sin
embargo, desechó este pensamiento, pensando que una persona que ha sido 
testigo de tantas
maravillas, era indigna de pensar tales cosas.
 
Después simplemente se durmió.
 
 
A las diez de la mañana ya se encontraba Shun levantado preparando su 
maleta, ya que su vuelo
salía a las 2 de la tarde, hora de Atenas. Acompañó a Athena en su 
almuerzo 
en la terraza del
templo, y ella misma, adoptando su personalidad se Saori Kido, lo llevó 
hasta el Aeropuerto
Helénico, al sur de la ciudad, después de que se despidiera de Kiki, 
Shaina, 
Marin y Tatsumi, y
lo acompañó personalmente hasta la sala de espera.
 
- Shun, quiero agradecerte que hayas venido. Kiki se hubiera sentido 
muy mal 
si no hubiera
venido al menos uno de ustedes. Realmente estoy muy contenta con tu 
actitud.
 
- Bueno, yo estoy desocupado en estos momentos, y Kiki es un viejo 
amigo 
nuestro. Creo que es
justo que lo haya yo visto en una ocasión tan importante para él como 
es ser 
investido con la
armadura dorada de Aries.
 
- Yo creo que Kiki será un digno heredero de la sabiduría de Mu. Sólo 
espero 
que modifique
algunas de sus actitudes infantiles.
 
Shun y Athena se rieron francamente. Estos eran los momentos que 
disfrutaba 
más Shun. Cuando la
Diosa dejaba de ser Diosa por unos momentos y volvía a ser la joven 
adinerada que era protegida
por un grupo de jóvenes guerreros. Cuando ella volvía a ser su amiga 
más 
cercana(Después de June,
claro).
 
- Bueno, Saori, creo que es hora de despedirnos. Tengo que abordar mi 
vuelo.
 
- Si... Prometeme que tú y los demás me escribirán, llamarán o algo...
 
- Algo, Saori -dijo Shun ya dándole la espalda.
 
Athena observó el avión despegar mientras se decía interiormente que al 
fin 
parecían tiempos
nuevos para la tierra, y para sus amigos en especial. Nada maligno 
parecía 
turbar el horizonte...
 
 
En el avión, Shun se esforzaba por alejar de su mente el pensamiento de 
que 
dentro de pocos
días, el estaría comenzando a buscar a sus futuros alumnos, para 
llevarlos a 
la Isla de
Andrómeda. No le parecía una idea muy agradable tener que llevarse a un 
par 
de muchachos a ese
lugar inhóspito y alejado de Dios. No le apetecía vislumbrar el tipo de 
vida 
que llevarían allí.
Pero sobre todo, lo que más le preocupaba era el hecho de que el sería 
el 
nuevo maestro, y la
verdad es que no tenía la menor idea acerca de cómo convertir a unos 
jovenzuelos desobedientes en
Caballeros de Athena.
 
Sí que era un oficio difícil ser Caballero.
 
FIN DEL CAPITULO 3.

 

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