CUANDO LA GENTE MENUDA SE DEJA VER

Cuando la �gente menuda� se deja ver

Los seres m�gicos de la naturaleza, la �gente menuda�, cuyas historias nos han llegado a trav�s de numerosos relatos populares, leyendas y mitos de todos los rincones del planeta, son considerados en la actualidad personajes de ficci�n. Gnomos, duendes, hadas e infinidad de seres asombrosos, han sido relegados al mundo m�gico de los cuentos infantiles y a los lejanos ecos de la tradici�n oral.
Pese a todo, algunas investigaciones ponen de manifiesto que estas criaturas no parecen ser tan irreales como suponemos, ni sus apariciones tan legendarias. Muchos casos estudiados personalmente confirmar�an la existencia de misteriosas entidades, procedentes de �sta u otras dimensiones, que en ciertas ocasiones son vistas por los seres humanos.
Jes�s Callejo, autor de Gu�a de los seres m�gicos de Espa�a (Edaf), es sin duda uno de los m�s destacados investigadores de esta sugerente materia. Despu�s de seguir el rastro de tan curiosos personajes por toda la geograf�a espa�ola y la de muchos otros pa�ses, hay pocas personas tan cualificadas como �l para hablar sobre ellos. �Cuando algo no se puede demostrar con el m�todo cient�fico �explica Callejo� entramos en el mundo de las creencias. Los elementales han sido relegados al �mbito de los cuentos infantiles y, por ello, mucha gente cree que son irreales y que tan s�lo habitan en nuestros sue�os. En mi opini�n son seres que poseen la misma naturaleza de los sue�os, pero que existen en nuestro planeta, en otros planos de vibraci�n y de existencia mucho m�s sutiles, tanto que est�n vedados para los limitados sentidos de los seres humanos�.
Extra�os visitantes
Uno de los casos que he recogido es el de Concepci�n Dom�nguez-Adame, una sevillana seg�n la cual esta experiencia fue la m�s extraordinaria que ha vivido nunca. El suceso se produjo en la casa de una amiga de su infancia, situada en el barrio del Porvenir, en la calle R�o de la Plata, en Sevilla. Hab�a acudido con ella a la salida del colegio y, al entrar en el jard�n de la vivienda, ambas se encontraron frente a frente con dos hombrecillos de aproximadamente 30 � 35 cent�metros de estatura. El incidente ocurri� en 1946, y Concepci�n tendr�a entonces unos seis o siete a�os.
Recuerda, como si fuera ayer, la visi�n de aquellos seres que muy poco ten�an que ver con la especie humana. Seg�n parece, estaban mirando en otra direcci�n y, al darse cuenta de la presencia de las ni�as, giraron la cabeza hacia ellas. Al verse sorprendidos, escaparon r�pidamente, introduci�ndose por la boca de un canal de desag�e proveniente de una terraza contigua.
Durante unos instantes, las peque�as se miraron, sonriendo con naturalidad, sin temor alguno, pero reaccionaron r�pidamente y salieron en pos de las extra�as criaturas, con el fin de atraparlas. Poco despu�s introduc�an sus manos en el canal�n, que tendr�a unos diez cent�metros de grosor. A pesar de que la abertura era tan estrecha, aquellos seres penetraron en su interior con toda facilidad, desapareciendo para siempre. Han pasado muchos a�os desde entonces, pero Concepci�n a�n recuerda algunos detalles sobre la apariencia de los hombrecillos. Dice, por ejemplo, que no se les ve�an los pies y que llevaban una especie de casaca y un gorrito rojo ca�do hacia un lado.

Ojos en la oscuridad
Los testigos de estos encuentros con entidades m�gicas viven entre nosotros y tienen rostro e identidad conocidos, como es el caso del matrimonio murciano formado por Antonio P�rez y Mar�a Guill�n, ambos investigadores de fen�menos paranormales. Antonio me explica que, desde que era un ni�o, en su hogar del sureste espa�ol comprob� que, para su familia, la creencia en duendes era algo normal. Transcurridos los a�os, ya casado, habr�a de tener una experiencia que no olvidar� jam�s. Sucedi� durante una fr�a noche de invierno, en 1987. En mitad de la misma, algo le hab�a sobresaltado. Se incorpor� de la cama para llamar la atenci�n a quien crey� que era su hija, pues una figura se recortaba agarrada al cabezal de la cuna de la peque�a, dando saltos y chillando. Al escuchar la reprimenda, ces� el alboroto, aunque s�lo moment�neamente. La siguiente en despertarse, por el mismo motivo, fue Mar�a, que nuevamente mand� callar a quien estaba formando tanto alboroto. Sin embargo, ya por tercera vez, el matrimonio salt� de la cama al o�r las sonoras carcajadas de un ser al que no le importaba lo m�s m�nimo que le rega�aran y que estaba sentado a horcajadas sobre la cuna de la ni�a, que dorm�a pl�cidamente ajena a lo que estaba sucediendo. Aquella extra�a criatura parec�a estar mir�ndoles, pero al encender la luz para verla con nitidez, desapareci� de repente.
Mar�a explica la sensaci�n que le caus� la mirada de la misteriosa entidad: �Me impresion�, aunque no puedo decir de qu� color eran sus ojos�, ni siquiera si los ten�a. Pero lo cierto es que a m� me pareci� que me miraba y que eran unos ojos oscuros� No digo que me sintiese en peligro, pero s� que aquello me observaba con una fijeza y seriedad inusuales. Fue algo que nunca olvidar�.
En otras dimensiones
�Se trat� de una alucinaci�n? Antonio y Mar�a lo niegan y afirman que aquel ser dej� las pruebas de su presencia. A cada lado de la cabeza de la ni�a, sobre la almohada, encontraron las inquietantes huellas de unos diminutos pies, m�s o menos del tama�o de los de su peque�a, un beb� de 8 meses que no fue consciente de lo ocurrido aquella noche.
La �angel�loga� madrile�a Pilar Ortiz es una sensitiva que ha tenido multitud de experiencias relacionadas con elementales. Uno de estos encuentros ocurri� cuando asist�a a un seminario de cosmolog�a. En un momento determinado escuch� una voz y, al girarse para atender a su supuesto interlocutor, se qued� at�nita.
Muy cerca de ella, perfectamente visible, hab�a un ser de aproximadamente medio metro de altura, con largas orejas, barba blanca y una pipa azul en su boca. Vest�a un gorro amarillo, grandes botas negras y un cintur�n con una enorme hebilla. Se identific� como el bibliotecario de un bosque de la dimensi�n en la que habitaba, y diho haber venido a nuestro mundo respondiendo a su llamada.
Aunque Pilar pensaba que estaba siendo v�ctima de una alucinaci�n, aquel estrafalario personaje, que dijo ser un �trikobs�, una especie de elfo, le ofreci� una prueba para demostrar que su existencia era real. Le dijo que ten�a que cumplir una misi�n, por lo que le pidi� que se acercara a una mujer que asist�a al seminario. Al parecer, �sta ten�a dificultades para entender lo que all� se dec�a, ya que s�lo hablaba ingl�s.
Cuando Pilar entabl� contacto con ella, el �trikobs� le dijo que ten�a un mensaje para aquella se�ora, pidi�ndole que tomara papel y bol�grafo y se �dejara guiar� por �l. A la velocidad del rayo, Pilar anot�, mediante escritura autom�tica, tres palabras en ingl�s y dibuj� un barco. La mujer, que estaba a su lado observando lo que acababa de escribir, se ech� a llorar de repente. Todav�a entre sollozos, explic� a Pilar que aqu�l era un mensaje tranquilizador de su hijo, un marine que hab�a sido destinado a una zona b�lica muy conflictiva. A continuaci�n, explic� el motivo por el que acudi� al seminario. Hab�a seguido las indicaciones de unos misterioso seres, que al parecer viv�an en el interior de un roble que ten�a en el jard�n de la casa en la que resid�a durante sus estancias en Espa�a.
El �ventol�n� asturiano
Graciela Miranda vive en Asturias y fue all� donde entr� en contacto con uno de los personajes del folclore popular de esa regi�n: el �ventol�n�. Una tarde de verano, despu�s de venir de la playa, tuvo la sensaci�n de encontrarse en otra dimensi�n. �Fue como si de pronto mis sentidos se confundieran �explica� y, aun despierta, pasara a una realidad distinta. Mi esp�ritu y mi mente, a un tiempo, se trasladaron a una dimensi�n m�s cercana a m� de lo que hubiera podido imaginar jam�s. Estaba en un bosque, muy verde, donde hac�a un calor agradable, bajo un cielo totalmente azul�. Graciela afirma que, de repente, se encontr� con un ser de cuerpo delgado, con cara de ni�o bondadoso. Ten�a un tirachinas en la mano y le lanzaba peque�as piedras. No intercambiaron palabras, s�lo jugaron. Ella se sinti� �parte de un todo, donde un eterno instante es presente, es pasado y es futuro; donde las cosas nunca acaban, est�n en constante movimiento�. Era la primera vez, seg�n explica, que experimentaba la felicidad plenamente.
El �ventol�n�, tal como ella lo denomina, llevaba la cabeza descubierta, �con el pelo rojo cortado como los Beatles y pecas en su dulce carita. Tendr�a un metro treinta o metro cuarenta, pantalones grises, camiseta blanca y algo que me llam� la atenci�n, unos tirantes que se deslizaban de sus hombros constantemente�.
Graciela Miranda posee notables facultades ps�quicas, avaladas por muchas otras experiencias que ha vivido a lo largo de su vida, y quiz� heradadas de su madre, quien tambi�n tiene la capacidad de ver a seres m�gicos. En Argentina, cuando era una ni�a de apenas 8 � 9 a�os, Graciela observ� a unos duendes en un maizal. Llevaban ropas de colores rojo y verde, y se cubr�an con graciosos sombreritos. Iban montados en peque�os caballos y, cuando advirtieron que les estaba observando, le devolvieron la mirada y, sonriendo, siguieron su camino.
Otro caso singular de encuentro con elementales es el protagonizado por la argentina Liliana Graciela Chelli. Desde muy peque�a dice haberse acostumbrado a la presencia de duendecillos, aunque, con el paso del tiempo, prefiri� no hablar de ello, ya que cuando lo hac�a no ten�a m�s que problemas: �Yo jugaba con tres seres muy luminosos, eran chiquitos y graciosos, no les ten�a miedo y fueron mis compa�eros en todo. Conversaba con ellos y me ense�aban sus juegos, como trepar a los �rboles y permanecer suspendida en una rama� Tambi�n jug�bamos con piedras y agua� Y un detalle m�s: era especialmente sensible a todo lo que brillaba�.
Por contar todo esto con la naturalidad de cualquier ni�o, quisieron llevarla a que la examinara un m�dico o un psic�logo. Como ella misma dice, se convirti� en �la oveja negra de su familia�. Esto le hizo ser m�s prudente a la hora de hablar con sus mayores. �De peque�a siempre encontr� natural jugar con duendes� Los hab�a verdes, marrones, algunos eran bondadosos y otros no tanto. Estos �ltimos me hac�an llorar, me pellizcaban, me escond�an los juguetes� Pero cuando lo contaba, nadie me cre�a, se burlaban de m� y me llamaban �fabulera�. Una vez un duende me dijo que lloraba mucho, que no me creara problemas por culpa de mi familia, porque eran grandes y los grandes son muy complicados, y que aquella amistad era s�lo nuestra y as� ten�a que continuar�.
Cuando pregunt� a Graciela c�mo son los seres que ve, me respondi�: �Algunos son marrones, como la tierra, supongo que para mimetizarse con ella. Otros son de color anaranjado. Esos son valientes, traviesos y muy desconfiados. Tambi�n los he visto verdosos, que destacan por su bondad y por ser muy c�lidos, comprensivos y sabios� Una vez vi uno alto, casi de un metro, muy flaco. Corr�a de un lado para otro y su nariz era muy prominente. La boca tambi�n parec�a desproporcionada. Me hac�a re�r...�.
Un hombrecillo diminuto
Liliana es muy conocida en Argentina, donde colabora habitualmente en varios medios de comunicaci�n. Su m�xima ilusi�n, y a la que dedica gran parte de su trabajo y de su vida, es divulgar con rigor y honestidad la existencia de los elementales.
Entre los casos investigados por Liliana est�n aquellos que tienen que ver con el denominado �hombrecito de la selva�. Uno de ellos tuvo lugar en un �rea de vegetaci�n subtropical y de dif�cil acceso, a unos 220 kil�metros de la localidad de Posadas. Durante casi un d�a, el personal encargado del rescate de un ni�o pein� la zona, intentando dar con el paradero del peque�o, de tan s�lo cinco a�os de edad, que estaba desnudo y no hab�a comido nada en m�s de veinticuatro horas. En la b�squeda participaron bomberos, polic�as y voluntarios.
Finalmente, el ni�o apareci� en un paraje frondoso, oculto por el denso follaje, lleno de arbustos espinosos, hasta el extremo de que fue necesario emplear una m�quina para abrirse paso entre la maleza. La gente que particip� en el rescate no pod�a dar cr�dito a lo que ve�a. El peque�o, a pesar del tiempo transcurrido, estaba en perfectas condiciones. Pero lo m�s sorprendente fue lo primero que cont� al ser rescatado: �un hombrecito me salv�. Cuando los oficiales se interesaron por la identidad de aquel personaje, el ni�o les dijo: �all� est�, ah� ahora se ha ido�, mientras se�alaba en direcci�n a un frondoso �rbol. Es sorprendente que a pesar del medio hostil en el que se encontraba y de pasar una fr�a noche completamente desnudo, no tuviera el m�s m�nimo s�ntoma de hipotermia o de inanici�n. Este suceso tuvo lugar muy cerca del parque nacional Salto Encantado, donde resultan frecuentes los relatos relacionados con misteriosas criaturas que visitan a los ni�os mientras duermen o los libran de peligros. En otra ocasi�n, Liliana entrevist� a unas ni�as en Moreno, en la provincia de Buenos Aires, que se hab�an encontrado, durante su estancia en un campamento infantil, con un extra�o ser que descubrieron en la espesura de un bosque tras iluminarlo con la linterna que llevaban. Seg�n la descripci�n de las testigos, era diminuto, anciano, mal encarado y cubr�a su cabeza con una gorra colorada. Ten�a la boca muy grande y estaba encaramado a un �rbol, mir�ndolas fijamente.
Algunas historias de encuentros con duendes son m�s truculentas, como la que sucedi� en la localidad, tambi�n argentina, de Colonia Liebig, en Corrientes.
El �Pombero�
Luciana E., de trece a�os, y su prima M�nica A., de quince, acompa�adas de sus familiares, presentaron una denuncia muy particular en la comisar�a de Ap�stoles. Seg�n el atestado, explicaban que, estando muy cerca del colegio provincial Antonio Biale, algo hizo que perdieran completamente la noci�n del tiempo. Al recobrarse de aquella especie de ensimismamiento, se dieron cuenta, aterradas, de que estaban sobre las v�as del ferrocarril y un tren se aproximaba a gran velocidad. Afortunadamente, consiguieron escapar, pero, seg�n confesaron, vieron que una extra�a criatura estaba observ�ndolas. Era un peque�o hombrecillo, vestido con capa roja (desde el cuello hasta el suelo), y se cubr�a la cabeza con un gran sombrero amarillo. No saben c�mo llegaron hasta las v�as, pero s� recuerdan que antes de perder el �conocimiento� iban hablando de la leyenda de �el Pombero� �que se extiende por todo el continente americano�, en la que, por cierto, no cre�an, pese a que la hab�an o�do muchas veces en sus casas.
�sta es una m�nima parte de los testimonios que he ido recopilando durante a�os. Al parecer, estas misteriosas criaturas, creamos o no en su existencia, van dejando su peculiar rastro all� donde aparecen.






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