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Conservo
la memoria vívida, exacta en todos sus detalles, de la época en que estuve
haciendo un relevamiento del Ferrocarril Provincial que iba desde La Plata
hasta el Meridiano Quinto, en Mira Pampa. Fue durante el primer semestre
de 1961, luego que el balance del año anterior, como todos desde hacía
décadas, informara que la relación entre gastos del ramal e ingresos del
sistema había sido negativa. Las cifras, por demás elocuentes, apoyaban la
decisión del Ministerio de cerrarlo definitivamente; y aunque aún no se
había anunciado en forma oficial, en la administración ya se sabía que a
más tardar hacia julio saldría el decreto determinando la clausura de, por
lo menos, los cuatrocientos kilómetros entre Carlos Beguerie y la punta de
rieles, pues era el tramo con mayor déficit. Por ser ingeniero de vías y
obras, me encargaron recorrer la línea y evaluar qué podía recuperarse
tras su inminente desactivación; tarea que debía cumplir en secreto,
porque los empleados de aquella sección intuían su futuro y empezaban a
inquietarse. El sindicato poco podía hacer mientras no hubiera una
notificación formal, pero por precaución la gerencia prefirió que mi
peritaje se hiciera en medio de un total hermetismo.
Un martes a las diez de la noche el tren me dejó en una estación que se
llamaba Galo Llorente. Catorce paradas había visitado contando desde Mira
Pampa, más el jerarquizado edificio del ramal a Pehuajó; ¿qué sorpresa
podría esperarme? Sería, pensé, lo rutinario; un informe calcado de los
otros. Como muchos puntos del itinerario del Provincial, Galo Llorente no
tenía pueblo en torno suyo; pero el ferrocarril le había puesto una
importante construcción con la esperanza que algún día se formase allí un
caserío. Esto jamás ocurrió, y la estación sobrevivía plantada en campo
raso, para un mínimo tráfico de cargas y el casi nulo movimiento de
pasajeros. De hecho fui el único en apearse. Me identifiqué ante el jefe
(como hiciera con los demás, me limité a decirle que inspeccionaba la
enrieladura) y pedí hacer noche allí mismo, para no tener que andar yendo
y viniendo desde Carlos Casares o Nueve de Julio. El encargado arregló
para mí un catre en una dependencia.
Por la mañana, caminando sobre el terraplén en dirección a La Plata
(quiero decir, entre Galo Llorente y Amalia), detecté una irregularidad:
había, un kilómetro adelante, restos de un desvío particular del cual no
tenía noticias; saliendo de la vía única se dirigía hacia el nordeste y
moría tras unos pocos metros. Eso era lo que veía entonces; originalmente
debió ser mucho más largo. Como sabe cualquiera que esté iniciado en
cuestiones del ferrocarril, construir un desvío no es cosa sencilla ni
barata; requiere materiales, mano de obra y tecnología, y desde luego no
puede tenderse sin aprobación. Sin embargo ese desvío no figuraba en
ningún manual, ni siquiera en los más antiguos; no estaba inventariado y a
efectos administrativos no existía. Antes de telegrafiar a la cabecera le
pregunté al jefe de Galo Llorente por aquella rareza, ciertamente única.
El buen hombre se excusó con inocencia: él hacía solo dos años que operaba
en ese paraje; por supuesto que tenía conocimiento del desvío desafectado,
pero nunca se preocupó porque sus cambios estaban anulados desde hacía
mucho tiempo y, francamente, ignoraba en qué época estuvo activo y quién
había sido su propietario. No obstante, quizá comprendiendo que era una
lejana y gravísima infracción, me dijo que mejor podría informarme un
hombre de la zona; un viejo de apellido Castro, cuidador de un campo
vecino que aquella misma tarde, hacia las tres, iría por la estación a
retirar una encomienda.
A las tres en punto estaba esa persona por su trámite; treinta años de ver
pasar al ferrocarril le habían contagiado puntualidad. El jefe nos
presentó: era un criollo antiguo, que venía con ropa de fajina rural;
curtido, circunspecto. Su ceño inspiraba, o más bien exigía, el silencio.
Entendí que su respeto lo encerraba y le entorpecía cualquier
conversación; cuando le pregunté por el desvío, miró el suelo cinco
segundos, como buscando las palabras, y lentamente empezó a explicarse.
—Sí; ya sé de qué me está hablando usted. Nací en Quiroga, señor, pero me
crié en estos campos; todavía me acuerdo que el tren no estaba la vez que
pasó Marcelino Ugarte, y eso que yo era un chico; también me acuerdo de
Casares vieja, y de la lluvia que inundó las chacras de La Aurora. ¡Cómo
puedo olvidarme del desvío, si trabajé poniéndolo! Fue en el año quince;
nos conchabaron a todos porque hacía falta gente. Mi madre, señor, tenía
sesenta años y cocinaba para la cuadrilla. El desvío se hizo para llevar
materiales hasta una empresa; esto era dos kilómetros adentro. Nadie se
enteró a qué se dedicaría ese establecimiento, ni creo que tuviera nombre;
o por lo menos no lo supe yo.
Me extrañó que, siendo de la región y habiendo trabajado ahí, después de
cuatro décadas y media solo conservara una referencia vaga.
—Lo que fuera, nunca terminó de hacerse; pero llegaron a montar una cosa
muy rara. Nos hicieron levantar en medio de la nada un campamento de
metal. De metal, como lo oye. Doscientas varas por otras doscientas, y un
claro en el centro; todo en fierro de segunda mano, con planchas, barras,
varillas, alambres. Tenía casuchas (ni dos iguales) y letrinas; había
depósitos, garitas, varios despachos y otras construcciones, algunas sin
sentido; recuerdo un vallado de perfiles, que no era muy largo y que
terminaba como había empezado: sin cerrarse. Tuvimos que poner un molino,
y unos rieles podridos clavados a pique que eran columnas cortas, o quizá
palenques. El desvío llegaba hasta el costado de un tinglado que no tenía
paredes. Todo estaba colorado por la herrumbre; jamás vi madera o
ladrillo. En los pisos de tierra, por donde mirase, topaba uno con
escoria, limaduras y piezas más grandes también: bulones, ganchos,
bisagras, eslabones; hasta herraduras tiradas había, y eran completamente
inservibles. ¿Me cree si le digo que era como una isla de fierro en mitad
del campo? Ni los capataces sabían para qué era todo eso. Y como si fuera
poco lo extraño, más de una vez aparecieron chucherías en los alrededores.
Una estatuita de acero, por ejemplo; figúrese desenterrar algo así
mientras se palea un pozo. Y otro día, macheteando pastizales para hacer
el terraplén, dimos con una bola que parecía de bronce; bronce macizo y
verdinoso, y que tenía una raya profunda pegándole toda la vuelta. Si me
atiende la comparación le dire que era como una bocha, pero de medio
metro, más o menos. ¿Para qué serviría, por qué estaba ahí? Ni esa vez ni
ahora encontramos contestación, aunque (créame) le dedicamos bastante al
asunto. Pero no sé si era lo más extraordinario de ese lugar; a mí en
realidad me intrigaba aquel asentamiento sin lógica. Parecía más el
obrador de un loco que el de un ingeniero. Y para qué negarle que las
construcciones nos daban un poco de miedo, porque no las entendíamos; de
lejos se veían puestas sobre la llanura casi pelada y formaban una cosa
vieja, oxidada, monstruosa. No nos gustaba mirarla de noche, cuando le
pegaba la luna. Dos peones desertaron y se fueron a trabajar a otro lado,
y supongo que hicieron bien.
Le aseguré que me interesaba visitar el campamento.
—De eso no quedó nada: como le dije, no llegó a funcionar; quedó
abandonado y un tornado en el treinta y dos tiró abajo lo poco que se
mantenía en pie, y después vinieron unos chatarreros a desmantelar y
llevarse el resto. Se hicieron de una buena cantidad, señor; eso se lo
puedo firmar. Si nunca terminó de hacerse el establecimiento, habrá sido
por lo que pasó al final de aquel mismo año quince.
El viejo lo dijo con un tono conclusivo, pero a propósito dejó abierta
nuestra curiosidad y el jefe de la estación le preguntó qué había
acontecido.
—Era diciembre; una tarde de mucho calor. Casualmente era la primera vez
que mandaban una locomotora al desvío, pero solo para probar. Desde la
mañana venían formándose unas nubes gordas, cargaditas; el viento del este
trajo unas cuantas más. El aire estaba muy pesado y respirábamos la
tormenta. Cuando el cielo se puso negro cayeron unas gotas para
aliviarnos, aunque nada del otro mundo; a las siete sentimos un bramido
espantoso, y lo que vino a continuación fue terrible. La lluvia no era
tanta; eran los rayos, señor. Nunca vi una cosa así. Caían con una fuerza
tremenda, uno atrás del otro sobre el campamento; estábamos aterrados y no
nos animábamos a guarecernos en las casillas o en los galpones, porque
todos los lugares eran alcanzados, y corríamos de aquí para allá sin saber
dónde ir. ¿Sabe lo que era eso? Los refucilos parecían quedarse un rato, y
algunos se movían sobre los fierros antes de borrarse. Uno cayó sobre una
argolla que estaba tirada: la levantó en el aire y la pulverizó. Otro de
esos rayos que duraban bastante dio contra el costado de la locomotora y
le dibujó una línea de izquierda a derecha, como una gran soldadura. Se
olía la electricidad. No teníamos a dónde escapar, pero era claro que las
descargas no nos buscaban a nosotros, sino a las construcciones; así que
disparamos al campo abierto, y aunque digan que es el peor sitio cuando
hay tormenta, no era el caso de aquel día. Vimos una centella que brotó al
revés, desde una columna hacia las nubes; también unas chispas que se
elevaban para reventar en el aire, y cantidad de relámpagos que se
abrazaban al molino, a las vallas, a los perfiles; retumbaban en el techo
de las habitaciones, y era un infierno. Mi madre rezaba y todos, peones y
capataces, estábamos como petrificados. Una hora habrá durado aquello.
Cuando se despejó ya era de noche, y la luna y las estrellas iluminaban
otra vez el campamento y lo hacían parecer un fantasma.
Impresionados por el relato, el jefe de la estación y yo no supimos qué
decir. Los tres permanecimos callados un instante, una eternidad. Le ofecí
un cigarrillo al viejo; no lo aceptó. Luego respiró hondo, esperó otro
poco y agregó:
—Hubo algo más, después. Bajo el tinglado, ese que no tenía paredes,
estaba la bola de bronce que encontramos haciendo el terraplén. Los rayos
se habían ensañado con ella; ahí cayeron más refucilos que en cualquier
otra parte. Por algún motivo que nunca nos explicamos, la bola los atrajo
más; pero seguía en su sitio cuando volvimos: le veíamos unas marcas
negras por las quemaduras, unos manchones como los que quedarían en un
cuchillo puesto al fuego, pero ninguna deformación. Se notaba que ya
estaba fría, y no sé qué aprensión nos quedaba que nadie quiso ni siquiera
tocarla. Uno de los peones (el más chico de los Duarte, que venía de
trabajar en Chivilcoy, o en Bragado) decidió alzársela para recuerdo.
“Zonceras del muchacho”, pensé; “si de pesada, nomás, mañana la deja
tirada otra vez”. Yo estaba mirando a unos metros, señor. El peón, como le
cuento, probó de agarrarla; apenas la tocó cayó fulminado.
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