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Un tren en la madrugada
En este relato,
como dicen en algunas películas “los nombres han sido cambiados… etc.
etc.”, si efectivamente, cambié algunos nombres ya que en su momento
el hecho generó las más diversas reacciones con todo lo que ello
conlleva. Muchos lo han olvidado, muchos no quieren recordarlo, otros,
en el transcurso de los años, han fallecido. Pero si bien ya nadie
habla del tema, los hechos que aquí voy a narrar, generan todavía,
cierto rechazo o incomodidad, aún, en los que no lo vivieron. Las
implacables y cómplices arenas del tiempo y del olvido hace años han
comenzado su trabajo sobre lo ocurrido, desgastando y corroyendo los
hechos y circunstancias que lo acompañaron, pero que no han podido
hacer mella en la inexplicabilidad, la cual se ha mantenido
inconmovible a través de todos estos años.
Todo comenzó en
Acevedo, un pequeño pueblo agrícola-ganadero con una población actual
de aproximadamente 1000 habitantes, de la provincia de Buenos Aires,
en el partido de Pergamino, la fría y desapacible madrugada del
miércoles 3 de Julio de 1985. Eran las dos de la mañana cuando don
Juan Di Giaccomo, un hombre dedicado a las tareas rurales a punto de
retirarse de la actividad la cual a través de los años le proporcionó
cierta holgura económica, se despertó sobresaltado al escuchar
claramente lo que parecía el paso de un tren por la estación, de la
cual su casa se hallaba a unos 400 metros. Podía oír claramente como
una locomotora de vapor, jadeante, cinchaba y patinaba sobre los
rieles húmedos como consecuencia de la pertinaz garúa que en esos
momentos se abatía en la zona. Después de despertar a su mujer, corrió
hacia la ventana con el fin de ver algo. Solo oscuridad, quebrada de
tanto en tanto por los faroles de la calle que dejaban caer su haz de
luz reforzado por la fina llovizna dándole un matiz casi sólido. A la
misma hora, el doctor López, cuya casa se ubicaba a la vera de la ruta
188 y a 300 metros de la estación, vio interrumpido su sueño como
consecuencia de un fuerte y constante sonido como de un tren que,
según su testimonio, pasaba a baja velocidad, y que hacía entrechocar
los paragolpes de los vagones en una melodía irregular y disonante.
Era el mismo sonido que despertó al Sr. Di Giaccomo y a tantos otros,
esa madrugada, según pude enterarme a la mañana siguiente.
Todo hubiera sido
perfectamente aceptable sino fuera que esa vía había sido clausurada
hacía 25 años y que en el ferrocarril Mitre, propietario del ramal en
esos tiempos, hacía casi 8 años que se había dado de baja la última
locomotora de vapor.
En aquellos días yo
me encontraba en el pueblo visitando a mis familiares, como lo hacía
regularmente y aprovechando unos días de vacaciones que me habían
quedado del período vacacional del año anterior.
En la mañana
siguiente a los hechos, sin saber de lo ocurrido durante la madrugada,
ya que había dormido profundamente durante toda la noche y nada había
alterado mi sueño, me encuentro en la calle con uno de mis tíos,
camionero, que recién acababa de llegar de un viaje desde Rosario.
Cuando me disponía a saludarlo, mirándome con cara de preocupación, me
pregunta:
- No escuchaste
nada del lado de la vía, como un tren o algo así?
- No. Me sonreí,
esperando algún tipo de broma o algo similar.
- Acá andan
comentando que parece que anoche o a la madrugada pasó un tren. Lo
único que faltaba! Que quieran abrir la vía otra vez! Sabés lo que va
a ser eso para nosotros? Que nos vamos a quedar sin viajes y ahí si
que se nos viene la noche.
Yo no entendía
nada. Quedé en silencio, mirándolo, sin saber que contestar.
Atiné a decirle que
me parecía realmente imposible que un tren haya pasado por el pueblo,
por un ramal, clausurado desde hacía años y que en ese período, nada,
ni siquiera una zorra de inspección había circulado por esos rieles.
Menos un tren, y de noche y con llovizna. Le expresé que era
seguramente una confusión y que quien fuera que hubiera escuchado
algo, podía haber oído cualquier cosa, menos un tren. Añadí que
incluso podía ser una broma dirigida a alguien en especial y que como
suele pasar en los pueblos chicos, alguno escucha, lo toma como real
y la noticia toma relieve. Le sugerí que esperara, que durante el día
seguramente todo se iba a aclarar. Pareció quedarse más tranquilo,.
Que “Todo se iba a
aclarar”? Nada más lejos de la realidad. De los dos testigos u oyentes
iniciales pasamos a catorce. Era la noticia del día, o del mes o por
que no del año. Si, del año, la gente ya hablaba de la reactivación
del ramal como un hecho reivindicatorio: 25 años sin trenes y ahora
volvían, “Es un verdadero acto de justicia” decían. No así los
camioneros, obviamente .
Minutos después, en
la ferretería, me encuentro con don Ernesto Pisano, un viejo amigo de
la familia, quien al verme, sabiendo mi gusto por los ferrocarriles,
casi gritando. me pregunta:
- Escuchaste el
tren?
- No, Don Ernesto,
la verdad que no escuche nada. - Por que, que pasó?
- A la madrugada,
un tren, yo lo escuche desde casa. Iba con vagones, se escuchaba como
golpeaban los paragolpes. Mirá que vivo a 7 cuadras de la vía y se
escuchaba perfectamente. Julia se había ido a la cama y yo me había
quedado tomando unos mates mientras arreglaba un portalámparas y lo
escuche clarito. Que, van a rehabilitar el ramal?
- No.- Le respondí
– Bah, no se, no creo.- concluí. Realmente no sabía que decir. Era
algo tan descabellado como desopilante. Mientras algunos ya daban como
un hecho la vuelta del tren, otros, los camioneros, como mi tío, eran
presa de la angustia.
Algo quedó en claro
en cuanto a los puntos en común de los varios relatos, que escuche
durante esa mañana . Todos coincidían en la hora: las dos de la
mañana, minutos más o minutos menos. Coincidían en el sonido de lo que
posiblemente era la máquina: no escucharon motor de ningún tipo, pero
si el ruido que habitualmente hacen las locomotoras de vapor. Todos
escucharon el golpeteo de los paragolpes de los vagones y el que hacen
las ruedas sobre las juntas de los rieles, tan característico en los
trenes. Y fundamentalmente, todos aseguran que el tren o lo que fuese,
parecía ir hacia San Nicolás ya que el ruido parecía perderse en esa
dirección.
Hacia el mediodía,
me corrí a la ex estación, que por esos tiempos ya funcionaba como
vivienda familiar de quien había sido el último jefe de estación,
fallecido unos cuantos años atrás. La estación estaba conservada tal
como cuando estaba en servicio, salvo por unos macetones y un juego de
jardín bajo el alero. La señora Haydee, conocida mía desde mi infancia
y viuda del fallecido jefe, me narró lo mismo que el resto de las
personas con quién había hablado del tema: al escuchar el ruido, se
levantó precipitadamente, fue hasta lo que antiguamente era el andén y
solamente se encontró con el silencio y la oscuridad, que por efecto
de la llovizna tenía una fantasmal fosforescencia.
Recorrí el lugar y
por lo que pude observar en la vía, nada hacía presuponer que algo
pudiera haber circulado por ahí. Caminé por la misma unos 2000 metros
hacia el sur, como quien va hacia Pergamino, hasta uno de los pasos a
nivel del ramal con la ruta 188. Ahí estaba la prueba irrefutable: el
asfalto de la ruta que cubría totalmente los rieles, estaba intacto.
Si algún vehículo ferroviario hubiera pasado, hubiera dejado su
huella, indefectiblemente.
Un vecino y amigo
de la familia desde muchos años, el Negro, por esos años trabajaba
junto con mi tío Armellini, en la planta de Somisa, y tomaban casi
todas las mañanas el colectivo de la empresa Tirsa, de Rosario, que
por un convenio con la siderúrgica, era la encargada de trasladar los
obreros que vivían en los pueblos que se encontraban sobre la ruta 188
desde Pergamino, esto significaba que los pasajeros eran siempre los
mismos y convivían esa hora y media tanto de ida como de vuelta todos
los días. Mi tío y el Negro, me comentaban que los días subsiguientes
al hecho, éste fue el tema de conversación obligado en el micro. Si
bien ellos no habían escuchado nada esa madrugada, muchos de los que
viajaban, manifestaban haber escuchado algo como el paso de un
tren.
Me explicaban que
por lo que decían sus habituales compañeros de viaje, también en
Guerrico, Conesa, Erézcano y General Rojo, habían escuchado el paso
del supuesto tren, pero a distintos horarios: los de Guerrico casi a
las 2 y media, aproximadamente a las 3 de la mañana en Conesa, antes
de las 3 y media en Erézcano y pasadas las 3 y media o cuatro menos
cuarto en General Rojo. No subía nadie en Campos Salles por lo que
nunca pude saber si ahí también alguien había escuchado algo. Esto
implicaba que lo que fuera se dirigía en dirección al Este, hacia San
Nicolás a una velocidad constante y coherente. Me decía el Negro, que
muchos aseguraban que el sonido se perdía en dirección a San Nicolás,
a su vez otros no podían determinar claramente la dirección, pero
ninguno, ninguno, aseveró, manifestó que el sonido viajaba en
dirección a Pergamino.
Esa noche me acosté
con mi cabeza dando vueltas por todo lo acontecido durante el día.
Pensamientos, preguntas, suposiciones, se agolpaban dando lugar a un
estado de ansiosa curiosidad, lo que me llevó a la una y media de la
mañana a vestirme, abrigarme bien y dirigirme hasta la ruta con solo
deseo de que se repitiera lo de la madrugada anterior.
Me ubiqué en la
esquina de la calle 13 y la ruta, mirando hacia la vía, la cual se
hallaba a unos 100 metros hacia adentro y hacia el refugio de la
parada de colectivos. Hacía mucho frío. Miro el reloj y aún faltaban
quince minutos para las 2, la hora en que según las versiones había
pasado el supuesto tren. A medida que los minutos pasaban mis
pulsaciones aumentaban. A la 1,50 aproximadamente, justo cuando
acababa de encender mi primer Particulares sin filtro, veo frente al
refugio de la parada de colectivos siguiente mitrando hacia Pergamino,
a unos 200 metros de mi posición, una figura. Inmóvil, que al estar
justo debajo de una de las luces le daba un aspecto casi tétrico. Como
no creo en fantasmas me dirigí hacia ella. Tenía gorra, la cual justo
bajo la luz le ocultaba el rostro bajo una espesa sombra que no me
permitía divisar el menor rasgo de su cara. Ahora estaba de frente. Al
acercarme más, me extiende una mano en un gesto de saludo, que por un
instante dudo en responder. Era don Pisano. Respiré aliviado y
mientras nos dábamos el apretón de manos, podía ver el rostro
sonriente del viejo.
- Me imagino que a
esta hora no estarás esperando el colectivo – Me dice con marcada
picardía
- Y yo me imagino
que Ud. tampoco don Ernesto - le contesté sonriendo.
- Mirá, te lo digo
por experiencia, las cosas se dan una sola vez, si la dejaste pasar,
chau -
- Si, pero estamos
acá, esperando que se repita lo de ayer, lo que haya sido.
- En el campo
vuelta a vuelta se escuchan cosas raras, pero a veces es uno mismo el
que no es capaz de interpretarlas, pero lo de ayer fue distinto: lo
que yo escuché era un tren, sin la menor duda. Yo a esta vía la
conozco bien, de chico, siempre me iba hasta la estación a ver pasar
los trenes, había uno de pasajeros y uno o dos de carga por día en
cada dirección. O sea que si bien ha pasado mucho tiempo desde
entonces, el sonido de un tren me es muy familiar. Lo puedo
reconocer donde sea. Y eso fue lo que escuché, un tren.
Ni bien terminó la
frase, se aparece súbitamente desde nuestras espaldas el señor Di
Giaccomo, lo que nos provocó cierto sobresalto.
- Muchachos, al
tren se lo espera en la estación – nos dijo entre risas. - No pasa
nada? Porque ya es la hora – agregó ya en tono serio.
- No pasa nada –
contestamos casi al unísono.
Y nos quedamos los
tres en silencio, esperando.
Pero esperando que?
Que un supuesto tren fantasma repita su recorrida espectral llevándose
las almas o vaya a saber uno con que otro siniestro propósito. Me lo
repetía una y otra vez, tres personas, mayores de edad, de las cuales
dos revestían el carácter de abuelos, pensantes, parados a las dos y
medida de la mañana, esperando el paso de un tren por una vía muerta.
Y con un agravante, mis dos acompañantes lo habían escuchado la noche
anterior, yo ni eso!
Cuando en la charla
se agigantaban los silencios y yo estaba dando fin a mi cuarto
Particulares, vimos una claridad del lado de Pergamino. Nos miramos.
La luz se hacía cada vez más fuerte. Con el viento del Este a nuestras
espaldas, no percibíamos el menor sonido. De repente, la luz se asoma
detrás de unos árboles y entra por la ruta en la curva de entrada al
pueblo. Se acerca y pasan junto a nosotros. Un camión Mercedes Benz
1114 azul con acoplado pasa raudo e indiferente en su veloz y personal
carrera hacia San Nicolás.
Seguimos la
trayectoria con nuestra mirada y nos quedamos una vez más en silencio.
Eran casi las
cuatro menos cuarto de la mañana cuando resolvimos dar por concluida
la espera. Salvo por el camión, nada había alterado el silencio y la
quietud de esa madrugada.
Caminamos juntos un
trecho, con la cabeza baja y sin hablar, y nos fuimos separando a
medida que pasábamos por nuestros destinos.
El misterio seguía
vivo.
Yo explico, tu explicas,
nadie explica
Los hechos
superaban ampliamente a cualquier ficción. Yo no salía de mi asombro y
cuando alguno me contaba o me preguntaba sobre el tema, me limitaba a
arquear las cejas en señal de ignorancia y me encogía de hombros sin
saber que decir.
El día jueves 4 de
Julio por la mañana en LT35 Radio Mon de Pergamino se comenta sobre
una supuesta reactivación del ramal Pergamino – San Nicolás.
Posteriormente se le hace un reportaje al Sr. Rodríguez, jefe de
tráfico de la estación Pergamino, quien niega la especie y manifiesta
que ninguna formación ha sido despachada de esta estación hacia San
Nicolás, manifestando además, que dado los muchos años sin uso y sin
mantenimiento de la vía, mandar un tren por la misma, era un verdadero
suicidio. Culminando con la frase “ningún tren ha pasado ni pasará por
esa vía en razón de que no hay estudios, ni relevamientos sobre la
misma, y sobre todo, no se tiene nada en carpeta sobre su
reactivación”. Respuesta clara y contundente del Sr. Rodríguez. Pero
los comentarios de todo tipo ya se extendían como un verdadero
incendio forestal, autoalimentándose y cobrando cada vez más fuerza.
En su edición del
día viernes 5 de Julio, el diario pergaminense “La Opinión” hacía
referencia sobre el tema, dejando entrever una posible reactivación
del servicio ferroviario a San Nicolás.
Días después,
también el diario La Opinión de Pergamino, en su edición del 19 de
Julio informaba que el Miércoles 17 de Julio los representantes de
los Centros de Camioneros de las localidades de J.A. de la Peña,
Acevedo y Guerrico y el representante zonal del Sindicato de
Camioneros fueron recibidos en el palacio municipal por el en ese
entonces intendente Dr. Jorge Young. El motivo de la reunión,
señalaba el matutino, era el intercambio de información respecto de la
supuesta corrida de un tren en el ramal Pergamino – San Nicolás el día
3 de Julio y lo que se presentaba como la posibilidad de la
reactivación de dicho ramal ferroviario. Según La Opinión, el jefe
comunal les había manifestado a los representantes de lo camioneros
que según lo que le habían informado funcionarios locales de
Ferrocarriles Argentinos, era que no había la menor intención de la
empresa en activar dicho ramal y que en ningún momento fue despachada
ninguna formación por el mismo, ya que ello resultaba técnicamente
imposible.
Si bien esto
apaciguaba los ánimos de los hombres del camión, no clarificaba en lo
más mínimo la turbiedad de los acontecimientos y más precisamente del
hecho que los generó.
El ingeniero Di
Paola del INTA de Pergamino, en una entrevista publicada por el
periódico El Tiempo, de Pergamino en su edición del Lunes 5 de Agosto,
se refiere al caso, manifestando que “existe la posibilidad de que el
ruido escuchado por gran cantidad de habitantes de los pueblos
ubicados junto a la ruta 188, de los partidos de Pergamino y San
Nicolás el día 3 de Julio a la madrugada, haya sido una bandada de
Theristicus Caerulescens, más conocido como Bandurria Mora o bien de
Cairina Moschata Sylvestris, nuestro conocido pato criollo”. El
ingeniero Di Paola fundamenta su suposición en la costumbre de dichas
especies de volar en grandes cantidades en formación , sobretodo al
atardecer y en ocasiones durante la madrugada. No obstante, el
organismo en su gacetilla informativa del viernes 23 de Agosto señala
que lo ocurrido el 3 de Julio se debió a una fuerte brisa de viento
pampero que paso por la zona en cuestión a la hora de los hechos.
En definitiva, el
INTA estaba tan desorientado como todos, y seguramente por las
presiones intrínsecas de los acontecimientos, se vieron forzados, por
así decirlo, a emitir explicaciones tan inverosímiles como
desafortunadas. Serían las últimas.
Una reunión entre
los intendentes Young y Díaz Bancalari de Pergamino y San Nicolás
respectivamente que se posterga indefinida y definitivamente marcan a
mi criterio el epílogo mediático, si se me permite el término, muy
actual hoy en día, del raro suceso.
Fue pasando el
tiempo, y el clima se fue apaciguando, lenta pero firmemente.
Solamente quedó la anécdota y mil hipótesis. Incluso para mí.
Reflexionando,
tiempo después, pude concluir que en ningún momento mi intención fue
realizar una investigación in situ sobre el hecho, simplemente me
limité a escuchar los comentarios de testigos auditivos (por llamarlos
de alguna manera) y algunos que no lo fueron. Muchos se acercaron
sabiendo de mi predilección por los trenes buscando una respuesta que
no tenía. Las noticias de lo ocurrido en los pueblos vecinos me
llegaron por mi tío y un vecino, de escuchar los comentarios de sus
habituales compañeros de viaje y sobretodo, lo proporcionado por los
medios de comunicación, escrito y radial. Solamente la visita a la
estación y al paso a nivel tienen algún dejo de investigación, pero
solamente fue la curiosidad y la proximidad lo que me llevaron al
lugar y la visita no me demandó más de una hora.
Algo sucedió esa
madrugada. No se que, pero algo ocurrió, algo raro e inusual que llevó
a gente tranquila, que de la calma hace su forma de vida, a entrar en
un estado de excitación y nerviosismo que duró vario meses y aún en el
día de hoy, provoca en los memoriosos las mas disímiles reacciones.
Este no es un caso
único, hay varios hechos si se quiere “similares”. Recuerdo el caso de
la locomotora diesel de los ferrocarriles británicos de la serie
Deltic, Clase 55, número 55.020, denominada “Nimbus”, que nueve meses
después de desmantelada, fue vista intacta por muchas personas en
varias vías férreas de Inglaterra, y no merced a un vulgar cambio de
numeración, como suele ocurrir en nuestros queridos ferrocarriles. El
caso de Torre del Bierzo, España con su revisor fantasma que les
anticipa a los viajeros un horrible accidente 48 horas antes o el
escalofriante incidente de la estación Tamangueyú, provincia de Buenos
Aires que me relatara mi amigo Marcelo Arcas, en el cual sí aparece un
tren salido misteriosamente desde vaya a saber donde, para mostrarse
y volver a la oscuridad tan inexplicablemente como había aparecido.
Una cita inconclusa
El día Viernes 13
de Septiembre yo estaba en Acevedo. Amaneció plomizo, la amenaza de
lluvia que se perfilaba desde las primeras horas de luz, se hizo
efectiva minutos después de las ocho, cuando después de tomarme unos
mates y emprender el viaje hasta el puesto de diarios, se hace sentir
sobre mi humanidad. En momentos en que mi paso se hacía acelerado,
alcanzo a divisar el Renault 12 azul de Don Ernesto Pisano, el cual se
detiene ante mi seña. De la ventanilla del conductor se asoma el
rostro sonriente de Rita, la nieta del viejo:
- Te engañé
Gustavo, esta vez manejo yo – me dice casi con júbilo e inflando sus
mofletes con aire en una mueca tan cómica como encantadora, para luego
soltarlo de golpe y dar paso a una risa clara y melodiosa como un
arroyo pedregoso y cantarín.
La saludo con un
beso, cuando una voz falsamente intimidatoria parte del lado del
acompañante:
- Sigan, sigan,
total, tengo toda la mañana – dijo Don Ernesto, terminando la frase
con una estruendosa carcajada.
Me cruzo del otro
lado del auto y don Pisano que saca sus dos manos por la ventanilla de
su lado aprisionando una de las mías en señal de afectuoso saludo.
- Gustavo, me estoy
yendo con Rita a Rosario para un estudio porque, te informo, al final
me voy a operar de la cadera, me
dice orgulloso.
- Me alegro
Ernesto, esta vez se le dio –
- Gustavo, hoy tipo
4 de la tarde ya pienso estar de vuelta, hacé una cosa, venite a las 6
por casa que tenemos que hablar del tren misterioso. Tengo algo para
contarte – Me dice frunciendo el entrecejo.
- Yo preparo los
mates! – interviene alegre Rita
- Huuuyy! Ya me
pongo a hacer guardia en la puerta de su casa – le digo a Don Ernesto
demostrando falsa y cordial ansiedad
- Lo vale Gustavo,
creeme que lo vale – su cara era ahora más seria pero serena a la vez.
- Chau, nos vemos
Gustavo, se hace tarde. Te espero hoy sin falta. No faltes eh? Mirá
que es muy importante. Chau, nos vemos- reiteró.
- Chau Ernesto,
chau Rita - me despedí acompañando mi saludo con ambas manos.
Me quedé mirando el
auto que se alejaba perdiéndose entre la débil e impertinente cortina
de agua.
Que me iba a
imaginar que esa sería la última vez que vería al Don Pisano y a Rita.
Sobre las 3 de la
tarde mi tío Juan me da la noticia que Pissano y su nieta habían
sufrido un accidente viniendo de Rosario perdiendo ambos la vida.
Un camión y el
asfalto mojado habían sido los infames verdugos.
Inmenso dolor,
lacerante, ardiente. Hasta hoy mi garganta se cierra, mis ojos se
humedecen y mi pecho se comprime al recordar ese momento.
La noticia fue un
durísimo golpe para mí. Tanto por don Ernesto como por Rita, a
quienes conocía de toda mi vida y por los cuales sentía un gran
afecto.
El lunes siguiente,
mientras volvía a Buenos Aires en Chevallier, no pude dejar de pensar
en ellos. Y también empecé a preguntarme sobre lo que tenía para
decirme don Pissano. Que sería? Que era lo que ameritaba una reunión
ese mismo día y la insistencia para que nos viéramos? Obviamente sabía
algo y estaba ansioso por contarme. Pero que era?
Esa pregunta simple
y brutal, me atormenta hasta hoy.
Pero,
el destino cerró el caso, firme y definitivamente. Y como dice el
tango “contra el destino, nadie la talla”.
Cuando uno menos lo
espera
En 2005, fui
enviado por el Ferroclub Argentino, entidad de la que aún soy socio,
a hacer un relevamiento de vía sobre el tramo entre Pergamino y
Fontezuela, donde 15 días más tarde correría un tren especial entre
esas dos estaciones. Mientras volvía a Pergamino en una locomotora que
había actuado de apoyo, charlando con uno de los maquinistas de
apellido Alí, surgió el comentario que mi familia era de Acevedo. Dio
una profunda pitada a su cigarrillo y entre el humo celeste que le
acariciaba la cara inmisericorde me dice:
- Ah, donde corrió
el tren fantasma, hace como veinte años-.
Me corrió un frío
que me erizó la piel, a pesar de que la temperatura de ese día era más
que agradable. Se refería sin duda a esa madrugada de 1985. Le comenté
que si bien no lo había escuchado, yo había estado en el pueblo
aquella noche y que después se había armado un lío bárbaro. Pita
profundo nuevamente su cigarrillo, y me cuenta lo siguiente:
-Mirá, veníamos con
un tren de carga desde Rosario con destino a la capital. Eran
aproximadamente las 3 y media de la mañana, pasamos la estación San
Nicolás a velocidad lenta, y casi a la altura donde estaba el
desparecido empalme con la vía que venía de Pergamino, observo sobre
mi derecha, es decir sobre el mismo ramal clausurado, una luz
amarillenta, parecía de locomotora, seguro, era de locomotora, y por
lo que parecía, de vapor. No se, yo las había visto en la zona de
Rosario antes de que las sacaran de servicio y las conocía bien,
conocía su luz, un solo farol; en cambio todas las diesel del Mitre e
incluso los coche motor tenían dos luces, ubicadas juntas en forma
vertical. Pero, una locomotora de vapor en el Mitre, en 1985, era
imposible, disparatado. La máquina o lo que fuere, no se veía, solo
era su luz. Estaba como a 200 o 300 metros, inmóvil, como esperando
señal para avanzar. Lo extraño era que en ese lugar, no había caminos
por los cuales se pudiera llegar en algún vehículo y el empalme había
sido levantado hacía muchos años, por lo cual no había combinación
física entra ambos ramales. Ahí no tendría por que haber ninguna luz.
Le dije a mi compañero que mirara y nos quedamos realmente extrañados.
Al llegar a la próxima estación, Sánchez, informo de lo sucedido al
jefe de la estación, de apellido Campos, quien ante mi requerimiento
anota el incidente en el libro de novedades. Después seguimos rumbo a
la capital sin contratiempos pero obviamente el tema de ahí en más y
hasta llegar a destino, fue “la luz misteriosa sobre el ramal
clausurado”. El tiempo pasó y si bien los hechos quedaron atrás, el
recuerdo de tanto en tanto, aparece- culminó el maquinista.
Cuando llegamos, me
bajé de la locomotora, nos despedimos y me fui para Acevedo, de donde
partiría dos días después a Buenos Aires. Me había quedado como en
trance. En el viaje hasta el pueblo sentí como una especie de
intranquilidad o de ansiedad, no se explicarlo, pero de algo estaba
seguro: esa noche no dormiría, tal vez tratando de escuchar algún
tren.
Triste, solitario y final
Tal vez el título
del inolvidable Osvaldo Soriano sea una muestra cabal de los últimos
años del ramal, signados por el silencio, el óxido y la indiferencia.
Sin embargo hay
algo más. En 2002, el cuñado de un primo mío que trabajaba para NCA
(al que llamaré Hernán), el operador del servicio de cargas del ex
Ferrocarril Bartolomé Mitre, es destinado a la estación Sánchez. En
2005, cuando me entero de su destino laboral, charlando en una fiesta,
le pido se fije en los libros de novedades antiguos, si hay alguna
anotación en el día 3 de Julio de 1985 y que me averiguara sobre la
posibilidad de consultar esa documentación. Paralelamente tiendo las
redes para tener una charla con una persona de NCA, en esa época
asegurado del broker asegurador donde me desempeño laboralmente, con
la cual tenía diálogo habitual sobre el tema específico a mi
actividad, a fin de tener posibilidad de consultar documentación
antigua que pudiera hallarse en la estación Sánchez.
Quince días después
Hernán me confirma que al asumir NCA la operación de los ramales del
Ex Mitre, todos los libros y documentación con cierta antigüedad de la
estación, habían sido tirados o destruidos.
Golpe mortal a mis
deseos. Eso ya lo había visto en la estación de Pergamino al asumir la
nueva concesión, cuando registros, libros y documentos de más de 100
años, habían sido quemados o arrojados a la basura.
Punto final a la
historia.
Como datos
adicionales, cabe acotar que el ramal se mantuvo desde el día de su
cierre hasta mediados de los 2000, no operativo pero intacto. A partir
de ahí, el auge de la soja hizo que muchos chacareros, sobre todo
desde Conesa hacia San Nicolás, sembraran el terreno ferroviario a
ambos lados de la vía, lo que derivó que en los últimos años
literalmente arrancaran durmientes y rieles para obtener una mayor
superficie de siembra.
Hoy en día la
situación se ha agravado, poniendo al ramal al borde de la
desaparición física.
Seguramente a nadie se le escapará una lágrima cuando
desaparezca del todo y el paso del último y definitivo tren surque sus
rieles: el del olvido, salvo por aquella madrugada del 3 de julio de
1985 cuando quizás por única vez, tuvo la relevancia de una vía
principal. |