POR UNA IGLESIA NUEVA[i]
Sueño con una Iglesia nueva,
viviendo el Sermón de la Montaña,
cerca del pueblo,
de los humillados y ofendidos de la Historia.
Una Iglesia próxima del pueblo
y lejos de los ricos y poderosos.
Una Iglesia comunión,
fraterna,
cálida,
de rostro humano
y corazón ardiente,
bajo la mirada misericordiosa del Padre,
la generosidad del Hijo
y la presencia vivificadora del Espíritu,
misterioso y actuante
en esta Historia conflictiva,
siempre generando espacios de libertad
(“Donde está la Libertad,
ahí está el Espíritu”).
Una Iglesia pobre,
humilde,
sin poder,
sin dominación,
sin arrogancia,
sin patriarcalismos,
sin monarquías absolutas
ni brazos seculares conniventes.
Una Iglesia alegre,
porque elimina lo superfluo
(y aun mucho de lo tasado como necesario),
una Iglesia feliz,
porque la institucionalidad y la burocracia
no han ahogado sus carismas.
Una Iglesia peregrina,
sin ánimos de cruzada
ni de baluarte del statu quo,
perseguida,
amenazada
por participar en organizaciones populares
y en las luchas del pueblo oprimido.
Una Iglesia sencilla,
casi sin aparatos,
sin liturgias megalómanas,
sin Banco del Espíritu Santo,
sin dobles palabras
ni mentiras,
sin “males menores”
ni “restricciones mentales”,
sin afán de protagonismo
ni de hegemonía moral.
Una Iglesia esperanza,
para los que ya no creen,
para los cansados de tanto cinismo,
de tanta bajeza,
de tanta injusticia
y explotación.
Una Iglesia amor,
asamblea solidaria,
igualitaria,
cuya diversidad de funciones,
carismas y ministerios-servicios,
crean la unidad,
y donde la unidad
no ahoga las diversidades
ni las pluralidades,
aceptando Iglesias indígenas y afros,
asiáticas y latinoamericanas,
con derecho al debate cordial,
la libre investigación
y el sano discrepar,
sin censuras
ni Inquisiciones.
(Nos dijeron un día
que el Vaticano II
abrió las ventanas eclesiales
para que entrase aire nuevo.
Pero,
¿quién las ha vuelto a cerrar?
¿Acaso brillaba demasiado la luz?
¿O es que el polvo del pasado
se negaba a abandonar
los lujosos salones?).
Sueño, pues, con una Iglesia nueva,
la que arranca de los apóstoles,
una comunidad-servicio-para-el-mundo
y no para-sí-misma,
una comunidad que sabe pedir perdón histórico
y sabe perdonar olvidando,
que sabe reconocer:
“¡Me he equivocado muchas veces!”,
que no tiene vergüenza de dudar
y de volver a comenzar,
una vez más,
un nuevo camino.
Sí, lo sé:
¡sueño el mismo sueño de Jesús!
JUIZ-DE-FORA
(BRASIL)
24.01.1993
(DEL LIBRO DE RUI MANUEL GRÁCIO DAS NEVES, Utopía y Resistencia. Hacia una teopoética de la liberación. San Esteban, Salamanca 1994, pp. 41-43).
[i] Al Buen Papa JUAN XXIII, amigo de los Pobres y de la Iglesia de los Pobres, que abrió las ventanas de la Iglesia al Mundo.