23 de Noviembre de 2005
Sin duda alguna uno de los sueños más comunes de las personas es volar. Así somos las personas, siempre envidiando lo que no tenemos, siempre anhelando conseguirlo algún día. Queriendo ser peces, pájaros, ser otra persona, y así soy yo también, no lo negaré, siempre he querido volar. En ocasiones extiendo mis manos tratando de convertirlas en alas para volar, pero no puedo, y eso me entristecía. Ahora me aterra volver a desear algo en mi vida.
Anoche estaba yo muy melancólica cuando empecé a pensar en todos mis sueños, cuerdos y locos, me pasaban uno a uno por la mente, hasta que llegué al último, volar, tan común, sin imaginación, sin originalidad, y aún así la sencillez de ese deseo me dejaba seguir pensando en mundos donde nosotros podíamos hacer lo que quisiéramos. Y pensé, durante un buen rato, por enésima vez ¿qué haría si yo tuviera alas? Seguramente me elevaría por lo alto de los cielos para ver el amanecer que cambia los colores del mundo poco a poco. Me elevaría para poder apreciar mejor un anochecer lleno de colores vivos que van muriendo. Conviviría con otra clase de seres vivos, estaría con ellos, y quizá podría convertirme en el ángel guardián de alguien especial.
Y así, entre tantos anhelos, me sumí en un sueño profundo. Corría rápidamente por una tierra que no era, en nada, parecida al lugar donde yo vivía, era un lugar arenoso, solo podía ver tres colores: Café, el color de la tierra, azul, el color del cielo, y blanco, el color de las nubes, y, a mi parecer, también el del sol. Por un minuto sentí una gran tensión por estar sola en aquel lugar, pero pronto desapareció, me eché a correr en busca de personas, de animales, de una señal de vida, pero nada, no había nada ni nadie, y corrí cada vez más rápido, hasta llegar a mi limite, y extendí mis manos, un poco solamente, y por inercia levantaba mis pies y en ese instante flotaba, yo seguía avanzando, pero mis pies no tocaban el suelo y la gravedad no me afectaba, me detuve por lo desconcertada que estaba, y fue, después de unos minutos de pensar en lo que había pasado que me di cuenta de que podía volar… o flotar, que para mi caso viene a ser lo mismo. Y lo intenté unas cuantas veces más hasta que me elevé cada vez más, y no podía detenerme, ni que lo quisiera hacer. Desde las alturas logré divisar unas montañas, al menos en ese lugar tan lejano, que no se veía desde abajo, había plantas, estaba segura de eso puesto que se veía un verde intenso, un verde vida. Me dirigí hacia allá y en poco tiempo llegué, descendí, y admiré el paisaje que me rodeaba. Era realmente bello, plantas que quizá nunca había visto y las flores despedían un aroma singular, un aroma que no conocía hasta el momento. Quizá eran las flores del paraíso, mi paraíso, todas ellas blancas, radiantes, vivas, ninguna estaba marchita, y me recosté entre toda esa flora, cerré los ojos y me relajé, me sentía realmente bien, y de alguna forma comencé a elevarme por los cielos, estaba flotando, estaba en el aire. No me detenía, si seguía así podría llegar hasta otro planeta estaba segura, pero de repente una barrera invisible detuvo mi paso. Todo se volvió oscuridad y no podía cambiar las cosas, no podía moverme, era como si estuviera siendo aplastada por dos paredes, no me podía mover, ya casi no podía respirar así que gritar me era imposible. Cerré fuertemente los ojos, mi pulso se aceleró, comencé a sudar frío y una lágrima de terror se escapó de mis ojos. Y una voz me llamó.
—¿Tienes miedo?–
—… ¿Quién eres?…—
—Así me gusta— La sensación de una lengua lamiéndome la mejilla izquierda se hizo presente, una lengua fría y áspera, una lengua húmeda, asquerosa, de un ser desconocido.
—¡Déjame en paz!— Grité llena de miedo, pero tratando de ocultarlo.
—¿Por qué iba a hacer eso? Eres deliciosa justo así…—
—¡Maldito cerdo! ¿Tú me atrapaste, tu estas haciendo esto?—
—¿Quién sino?—
—¡Déjame ir!—
—¿En serio quieres eso?… ¿quieres… que… te deje ir?… entonces abre los ojos—
Estaba despierta, había despertado de un sueño, todo para entrar a una pesadilla hecha realidad. Estaba de nuevo en mi habitación, estaba ahí, vacía, la casa sola, ni un solo ruido, no había nadie, no tenía caso gritar. Sin duda mi sueño se había hecho realidad, ahí estaba yo, flotando, atrapada entre el vacío y el techo, estaba completamente prensada contra la construcción y no podía hacer nada, aún podía sentir esa extraña presencia, se movía de un lado al otro seguramente carcajeándose de mi situación, de mi miedo. Y cómo no temer si me esperaba una caída de más de 3 metros y seguramente mi cama no amortiguaría el golpe, porque ese espíritu había dejado claras sus intenciones, no quería matarme, lo sé, si lo hacía tal vez también sería su fin puesto que se alimentaba de mi miedo, y una casa como la mía seguramente nadie la compraría en años.
Y ahí seguía yo, pegada contra la pared, como si hubiera caído al piso. Mi corazón no dejaba de latir intensamente, no se detenía, no paraba, cada minuto iba más, y más rápido, un frío bastante fuerte se coló por mi cuerpo, y luego empecé a bloquear mi mente, empecé a recordar cosas de mi infancia, momentos con mis amigos, momentos divertidos, y reí, cuando me pude concentrar completamente en los recuerdos y salirme de mi realidad, me reí de todas aquellas estupideces que habíamos hecho hace tiempo. Pero dejé de reír cuando me azoté contra el suelo. El fantasma se había ido. Quizá porque terminó de alimentarse de mi miedo, o quizá porque dejé de tomarlo en cuenta.
Y permanecí en el suelo hasta la mañana siguiente, no recuerdo haber soñado más, no recuerdo haber despertado, no recuerdo nada más que un vacío total. Tan tranquilizador después de esa experiencia. Y una vez más tuve que guardar silencio, nadie me creería. Y también, desde ese momento, procuro no pensar en nada, trato de ser nada.