Frente al lejano califato Abbassi, las pretensiones ambiciosas de poder de los fatimines, y la propia disgregación política de Al-Andalus, se eleva desde el 912 en Córdoba un poder fuerte: el de Abderraman III, proclamado califa algunos años después. Sus buenas relaciones con los dos emperadores cristianos de -Bizancio y el Sacro Imperio- fueron el necesario contrapeso frente a los poderes hostiles. Al-Hakken II fue el digno continuador de su padre. Pero la mayor gloria militar del califato cordobés le cupo a Abou Amir Mohamed, el Almanzor de los cronistas cristianos, verdadero dictador bajo el imperio de Hixem II. El apogeo militar no está marcado solo por las victoriosas campañas contra los cristianos del norte, sino también por un protectorado cordobés sobre parte del Margen, al calor de la basculacion política fatimí hacía el Próximo Oriente.
La España musulmana conoció en el Siglo X, siglo de transformaciones profundas en el mundo islámico, un gran impulso cultural. Las sucesivas ampliaciones de la mezquita de Córdoba, el palacio de Madinat al-Zahra o la biblioteca de Al-Hakken II son testimonios sumamente elocuentes.
Aún después de la muerte de Almanzor, Al-Andalus
conocerá algunos años de gloria para más tarde ser
presa de una disgregación política y de endémicos
conflictos internos. Un espectador de primera categoría de estos
acontecimientos acontecimientos, el polígrafo Ibn-Hamz, expresaría
en frase inolvidable la tragedia del califato cordobés: "la flor
de la guerra civil es infecunda". En el 1031, el último califa -ya
puramente nominal- de la España omeya fue destronado. Una serie
de reyes menores (los "reyes taifas"), de ascendencia hispano-arabe, bereber
y "esclavona", afirmaron su poder en el pequeño conjunto de estados
en el que el el califato hispano-musulman se había disgregado. Llegaba
la hora para la contraofensiva de los reinos cristianos del norte de la
península.